39 Festival Internacional de Cine de Toronto
Leonardo García Tsao
El cine policiaco hongkonés ha sido tan influyente que hasta Martin Scorsese se sintió atraído por hacer un remake de Infernal Affairs (2002), de Andrew Lau, en el caso de Los infiltrados (2006). Ahora Scorsese le ha devuelto el favor fungiendo como productor ejecutivo de Revenge of the Green Dragons (Venganza de los Dragones Verdes), el debut hollywoodense de Lau, quien lo ha codirigido con Andrew Loo.
Supuestamente basado en una historia real, una ola de crimen en el
barrio chino de Nueva York tras la masiva llegada de indocumentados en
los años 80, la película sigue la evolución delincuente de un par de
amigos que, desde niños, han pasado la prueba de fuego para pertenecer
a la pandilla titular. Según se muestra en la película, los mentados
Dragones Verdes causaron más muertes que el virus del ébola.
Nadie se salva de ser fulminado a balazos en esta minisaga llevada a
un ritmo trepidante –según podía esperarse de un cineasta de Hong
Kong–,pero que sin embargo no interesa mayormente porque los dos
jóvenes protagónicos carecen de una personalidad distintiva. Además,
las secuencias de violencia son tan abundantes como para entumecer
nuestra sensibilidad. Ya no importa quién resulte muerto, pues ese
parece ser el destino de la mayoría de los personajes. Como productor,
Scorsese debió haber supervisado que alguno de los responsables viera
una de sus propias películas, para brindarle el debido peso a la
historia y el desarrollo de personajes aunque, claro, la culpa también
la comparte el guionista Michael Di Jiacomo, quien no tiene
antecedentes muy ilustres.
Para comprobar el lado sórdido y triste del crimen verdadero y la
subsecuente investigación policiaca ha servido ver el nuevo documental
del británico Nick Broomfield, The Tales of the Grim Sleeper,
que enfoca la sorprendente historia de un asesino en serie que se sale
de la estadística, Lonnie Franklin Jr., de quien se sospecha mató a
cerca de 200 mujeres. Lo sorprendente es que Franklin no resultó ser un
hombre blanco, solitario y nomádico, como suelen ser los asesinos en
serie, sino negro, hombre de familia y sedentario buen vecino, con
varios amigos en el barrio de South Central en Los Ángeles.
Según
revela Broomfield con su equipo mínimo –ahora su hijo Barney es el
camarógrafo mientras el documentalista mismo se hace cargo del sonido–,
la policía de esa ciudad estadunidense no le prestó suficiente atención
al caso, pues se tardaron 25 años en encontrar al culpable, cuando
había el testimonio y el retrato hablado de algunas sobrevivientes. La
tesis del cineasta es que la indiferencia de la ley se debió al estatus
social de las víctimas, la mayoría prostitutas y drogadictas negras.
Otra cosa hubiera pasado si los asesinatos hubieran ocurrido en Beverly Hills, según señala una militante de la Black Coalition Fighting Back Serial Murders, que llevaba años protestando contra la ineficiencia policiaca. Como es comprensible, ni el alcalde de Los Ángeles ni su jefe de la policía aceptaron ser entrevistados por el incisivo documentalista.
Mientras tanto, le siguen lloviendo críticas a la organización del
festival de Toronto. Ahora los indignados son los automovilistas que
han enfrentado severos embotellamientos tras el cierre de tres cuadras
de la céntrica calle King para dar lugar a una improvisada zona
peatonal, que funciona idealmente para escenificar el paseíllo de la
alfombra roja para el Roy Thomson Hall y el teatro Princess of Wales.
No se puede complacer a todos.
Twitter: @walyder
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