8/18/2014

Reforma estructural que falta: Incremento al salario mínimo


El salario mínimo en México es de apenas 148 dólares mensuales, es el más bajo de América Latina.


El Jefe de Gobierno del DF, Miguel Mancera, en compañía de la secretaria del Trabajo, la feminista Patricia Mercado, y personalidades de la CEPAL, en ocasión al Foro Internacional Salarios Mínimos, Empleo, Desigualdad y Crecimiento Económico,la semana pasada abrieron un debate largamente silenciado en el país: La función de los salarios mínimos (SM) en la recuperación y mejoría de las condiciones de vida y de consumo de las y los trabajadores mexicanos. 

Debate sin duda fundamental ahora que el “futuro promisorio” está a las puertas de todos los mexicanos “gracias a las reformas estructurales” recién promulgadas. Aunque hasta ahora el presidente Enrique Peña Nieto, sólo ha ofrecido una baja gradual en las tarifas de gasolina y gas natural. Lo que equivale prácticamente ofrecer a la ciudadanía cuentas de vidrio a cambio del ingente valor de los recursos naturales (agua, hidrocarburos, minerales) entregados a los inversionistas nacionales y extranjeros.  

Los argumentos ofrecidos por los promotores del debate son contundentes y sólo los reseñamos: De una parte señalaron la importancia del SM en las percepciones y condiciones de 7 millones de personas (14% de la PEA ocupada) resaltando la función de parámetro-ancla que ha jugado en las estrategias de contención inflacionaria desde hace mas de treinta años, además de ser la variable de indexación para las prestaciones sociales (fondo de vivienda, salud, crédito, jubilación, etc.) de la población asalariada (67% de todos los que laboran).  

El sentido político de esta llamada de atención del responsable de gobierno del DF sobre el SM, puntualmente sincronizada con la alharaca en torno las reformas estructurales recién promulgadas,  es poner sobre la mesa un tema olvidado, soslayado o francamente silenciado, en torno al modelo de crecimiento seguido por los gobiernos priístas y panistas desde los años noventas, en que se inician dichas reformas. Y es poner cara a cara saldos sociales frente a las promesas. La propia Patricia Mercado en entrevista a Canal Once lo puso en estos términos: “El salario mínimo no estaba en la agenda de grandes reformas económicas; pero la realidad nos obliga a encarar esta que puede ser llamada, la primer reforma estructural para la igualdad en México”.

Esa realidad es que el crecimiento promedio anual del SM medido en pesos, ha sido de dos pesos anuales entre 1994 y lo que va de 2014. A contrapelo de lo que ha ocurrido en otros países latinoamericanos como Brasil Perú y Uruguay donde crecieron 3% anual en los últimos años; y de Chile y Costa Rica donde lo hicieron a 2%, México fue de los países de las región donde los salarios reales sufrieron incluso reducciones en los últimos años (OIT Informe Los salarios en el Mundo 2013) compartiendo la misma situación de Nicaragua, El Salvador y Honduras que son los países más deprimidos económicamente hablando en el subcontinente.

Brasil por caso ha mantenido una estrategia de revaloración del SM desde hace 20 años, acelerada desde 2005 por los gobiernos del PT como parte de la estrategia para recuperar el mercado interno a través del consumo doméstico. Esta misma estrategia siguió durante la llamada Gran Recesión (2009-2010) haciendo de la política salarial un estrategia anti cíclica de la crisis. Por el contrario en México el SM se ha mantenido sistemáticamente a un nivel por debajo de la inflación usándose como ancla en el crecimiento de precios, debido al arrastre del  mismo en las prestaciones sociales.

Además de que los salarios bajos han sido una palanca sistemáticamente activa para mantener la plataforma exportadora mexicana. El SM en México de apenas 148 dólares mensuales, es el más bajo de América Latina, aunque la relación del  PIB  per cápita es de las más altas de la región, de suerte que de acuerdo a las estimaciones de PIB  el crecimiento del salario mexicano debiera ser 165 veces mayor que el actual pasando en la “Zona A” de 67.3 a 178.3 pesos. Por el contrario nuestro país ha mantenido el SM más bajo de toda la región desde 1995 y lo peor es que su tendencia es decreciente.

Con frecuencia se afirma desde los centros de poder político y económico mexicanos que no se debe subir la tinta respecto al estatus del SM  porque “es muy poca la población ocupada que los percibe”. Pero una mirada a los salarios industriales puede servir para mostrar cómo el ancla a los SM repercute sobre el resto de las percepciones salariales. 

En 2001, los salarios manufactureros en México eran cuatro veces más altos que en China, para fines de 2013 los salarios mexicanos están ya por debajo de los de China, razón por la cual las exportaciones mexicanas – se dice- “han recuperado competitividad” en el mercado norteamericano. Según Kamil,H.,y Zook, J (2013) los salarios del sector manufacturero chino medidos en dólares crecieron casi 20% anual entre 2003 y 2011, lo cual refleja tanto el crecimiento nominal de los salarios como la apreciación de la moneda china. En el sector manufacturero mexicano, por el contrario, los sueldos promedio se han mantenido relativamente estables en dólares, debido a un crecimiento salarial manufacturero moderado (1.2%) y a la subvaluación del peso.

Recordemos que a mediados de los 90, México adoptó una estrategia de desarrollo exportador con la firma del TLCAN, ofreciendo una expectativa de crecimiento a tasas por arriba del 6% anual y crear con poco más de millón y medio de nuevos empleos.

Como sabemos estos cálculos optimistas se estrellaron ante los arrecifes de la falla fiscal de la economía estadounidense que se ha mantenido a baja tasas de crecimiento, aún cuando la sociedad de este país vecino con nosotros le ha sido altamente rentables. Ya que maquila, pos maquila y localización de la Inversión Extranjera Directa estadounidense hacia los seis estados fronterizos de México (BBVA-Bancomer y CONAPO, 2013) más la importación de mano de obra barata a través de la emigración mexicana estimada en 11.9 millones de personas según CONAPO, ha sido muy funcional para mantener niveles de competitividad en la economía norteamericana, logrando también y inhibir el crecimiento de los salarios en Estados Unidos, o incluso presionarlos a la baja en ciertos segmentos del mercado (construcción, servicios personales, algunas manufacturas).[1] 

Por la contraparte mexicana este modelo “maquilador” y la propia emigración masiva que ha desatado, han servido para despresurizar el mercado de trabajo mexicano y generar un sector exportador conformado por poco más de 5 mil establecimientos manufactureros que proveen empleos a poco mas de dos millones de personas. A esto se agregan los ingresos por remesas de la mano de obra mexicana emigrante, que en varios años han sido la segunda fuente más importante de ingreso de divisas del país, solo después de los ingresos petroleros (2007 y 2012) y que en conjunto alcanzan un mayor nivel que la IED norteamericana que ingresa anualmente a México.

En este sentido ambos países – con todas sus distancias y diferencias- han uncido su carro al del vecino, por lo que muchas de sus dinámicas económicas, demográficas y culturales, sólo pueden comprenderse y enfrentarse traspasando fronteras.

Pero los motores del crecimiento económico y de las fuentes de divisas que sustentan el nuevo modelo de desarrollo mexicano, descansan fuertemente en el factor trabajo barato en tres vertientes: a)El valor nominal del trabajo ha sido una de las anclas deflacionarias internas y base de la competitividad internacional. Según el INEGI, el factor trabajo ha pasado de representar 40.7% del valor del PIB en 1980, a 28.6% en 2006 y 27.8 en 2010. b)La industria maquiladora de exportación, pos maquila, o industria de Bienes de Procesamiento como se ha rebautizado a las empresas subcontratadas para la maquila o ensamble de productos, se sustenta en bajos salarios y subcontratación (outsourcing); y c)La exportación masiva de mano de obra barata que envía al país anualmente divisas equivalentes al 20% del PIB.

Por otra parte, la productividad de la economía mexicana ha descansado fundamentalmente en el trabajo. Durante el período 1994-2010 el PIB por habitante creció a una tasa de 0.95%, el crecimiento de la productividad del trabajo fue de 0.76%, y la diferencia fue aportada por un aumento en las tasas de participación de la población en la fuerza laboral, 0.18% (Romero, J. COLMEX 2011)

Con todo, en la primera década del nuevo siglo México es uno de los países con bajo crecimiento de América Latina, a pesar de que se ubica dentro de los países más abiertos a los flujos  financieros y comerciales, ya que actualmente los tratados de libre comercio firmados por México con el resto del mundo cubren países que representan 80% del comercio mundial. Aunque a diferencia de los países del Cono Sur no ha diversificado sus relaciones comerciales con países emergente, como son: China, la India y Corea del Sur.

La economía mexicana ha permanecido monetariamente estable desde el año 2000, con tasas bajas de inflación y altos niveles de reservas en dólares como lo indica el decálogo de las políticas de ajuste,  pero apenas si ha crecido. Paradójicamente, México es el exportador número uno de manufacturas en América Latina (preponderantemente televisores, refrigeradores y automóviles); duplicando el valor de sus exportaciones de 166 mil millones en el año 2000, a 370.9 mil millones en 2012. Estados Unidos es el mercado de 85% de sus exportaciones equivalentes a casi 24% del PIB mexicano.  Pero en términos de ingreso salarial, la población mexicana ha perdido 73% de su poder adquisitivo.

A esto se suma la polarización de las condiciones de ocupación que se presenta en varias líneas de división entre los tipos de ocupaciones; entre  la población ocupada protegida por la seguridad social y la no protegida; los trabajadores y trabajadoras con representación sindical y los que carecen de ella; los trabajadores permanentes y los temporales; los que tienen condiciones laborales aceptables y los que se encuentran en condiciones críticas de ocupación. 

En este panorama ha estado también presente, la flexibilidad numérica en las jornadas de trabajo y en el ajuste de personal, a través de empleos temporales sin protección social, empleos externalizados o subcontratados y trabajos atípicos[2].

En adición, por el carácter de la estructura demográfica y el limitado efecto de los sistemas de jubilación, encontramos tres generaciones de mexicanas y mexicanos actualmente en el mercado de trabajo, por lo que la segregación ocupacional y laboral también arroja resultados no sólo entre mujeres y hombres, sino  entre cada uno de los sexos en razón a los grupos de edad. Todo ello abona a la existencia de una alta complejidad en las brechas de desigualdad en el mercado de trabajo y a una gran situación de injusticia social.

Además de los bajos salarios, los ingresos de las y los trabajadores mexicanos se ven también afectados por el sistema impositivo que desde hace más de treinta años ha dejado de ser progresivo en relación a los ingresos y la renta percibidas, para centrarse en los impuestos indirectos (IVA). En tanto la tasa promedio de impuestos (sumando Impuesto sobre la Renta (ISR), contribución a la Seguridad y la vivienda en el caso de tener derechos) suma un porcentaje cercano al 25%, por lo que una cuarta parte de cada peso que ganan estos trabajadores van a las arcas fiscales.

La desigualdad de los salarios por regiones, afecta tanto a trabajadores calificados y no calificados. Mientras en la zona fronteriza  del norte se presenta un salario promedio por encima del nacional así como una menor desigualdad entre asalariados, en el resto del país los promedios son por debajo del mismo y la desigualdad es mayor.  En  las zonas del sur, se registran los premios salariales educativos mas bajos.

Por eso hoy que desde los centros de poder celebran la conclusión de las reformas estructurales “que el país necesita para crecer” no se puede, ni se debe soslayar el debate sobre la recuperación salarial que es, como señaló Patricia Mercado, la reforma estructural para superar la desigualdad.

 

[1] Anuario de Migración y Remesas, 2013. BBVA-Bancomer-Consejo Nacional de Población, 2013.
[2] El término atípico se aplica a las ocupaciones que no se encuadran con el modelo de trabajo estándar que llego a ser el tipo ideal del salariato (Castel, R, …) Es decir empleo no industrial, no estable, no necesariamente subordinado a un solo patrón y empresa, en lugar fijo y a jornada completa. Y tampoco a tiempo indeterminado. El trabajo atípico es el nuevo trabajo flexible no subordinado a un solo patrón o integrado a una sola empresa; sin contrato establecido o con contrato temporal, sin jornada completa. Ejemplos de trabajos atípicos son: trabajos a tiempo parcial, sin horario determinado; por llamada, por obra, a domicilio, con agencias de contratación, por contratos de prueba, estacionales, venta callejera o casa por casa, pago por comisión o con mercancía.  Ver Pacheco, E., De la Garza y Reygadas (coord.)  Trabajos atípicos y precarización del empleo. El Colegio de México, 2011.

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