7/09/2016

Elie Wiesel, un guardián de la memoria


Los crímenes de odio. El racismo como antítesis de la salud emocional, en las personas y en los pueblos.

lasillarota.com
“Por los muertos y los vivos , debemos dar testimonio”.
El escritor y Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel. Tomé la fotografía del sitio de la Agencia de Noticias Enlace judío.
El escritor y Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel. Tomé la fotografía del sitio de la Agencia de Noticias Enlace judío. 
Este va a ser un texto largo, quiero hablar un poco de la vida y de la obra del escritor Elie Wiesel, y de por qué la lectura de los escritores- testigos del Holocausto me parece indispensable. Indispensable para cada persona que intente luchar contra toda forma de violencia y de racismo, primero hacia adentro de una/o misma/o, después hacia el exterior. ¿Acaso hay otra manera de hacerlo? Indispensable para quienes deseamos construir sociedades en las que el respeto de los Derechos fundamentales de las personas sea el piso firme de la convivencia cotidiana. Decimos: “Nunca más el horror”, y el horror sigue allí en sus distintas dimensiones. Como si traicionáramos los caminos de la memoria.

Leer los testimonios de las víctimas es una oportunidad de intentar convertirnos -un poco- en mejores personas. Por lo menos intentarlo. Una no es la misma después de Primo-Levi, Celan, Wiesel. Una no es la misma después de escuchar los horrores que ha sido capaz de concebir la condición humana. Me dirán, ¿para qué leerlos, si tenemos ya nuestros horrores inmediatos? Me lo han dicho. Porque el régimen nazi concibió y  llevó a cabo la destrucción sistemática de millones de personas. Y porque no son lecturas ni aprendizajes excluyentes: los horrores de entonces y los de ahora. También, porque la rebelión del gueto de Varsovia, los prisioneros de los campos anotando a donde pudieron sus experiencias, jurándose no olvidar, compartiendo un minúsculo mendrugo de pan, son un ejemplo de lucha y de infinito amor por la vida en condiciones extremas.


El escritor Elie Wiesel murió el sábado a los 87 años en su casa de Manhattan. En 1986 recibió el Premio Nobel de la Paz por su trabajo contra la violencia, el racismo, la represión. Lo recibió junto a su esposa Marion Rose, judía austriaca y también sobreviviente de los campos de concentración, y junto a su hijo Schlomo.  Wiesel nació el 30 de septiembre de 1928 en Sighet, una ciudad entonces rumana que Hungría se anexó en 1940. La población judía húngara fue entregada a los nazis y encerrada en guetos. El 16 de mayo de 1944 Elie y su familia fueron deportados. Los viajes interminables hacinados en los trenes de la muerte.

Elie y su padre Schlomo llegaron a Buna Werke III- Monowits, bajo el control del campo de exterminio de Auschwitz. Permanecieron allí ocho meses y al final, durante la debacle del régimen nazi fueron trasladados a otros campos. En 1945, tan cercana ya la liberación, su padre fragilizado por  el trabajo forzado, el hambre y la disentería, fue asesinado a golpes por un soldado nazi. Su madre Sarah y su hermana menor Tzipora murieron en las terribles condiciones de los campos. Elie fue liberado de Buchenwald a los 16 años. Con su tatuaje en el brazo: número A-7713. Sobrevivieron sus hermanas Bea e Hilda. Llegó a París e hizo estudios en la Sorbona. Comenzó a trabajar como periodista.

En 1954, Elie Wiesel narró por primera vez sus experiencias en Auschwitz durante una conversación con el escritor católico François Mauriac, Premio Nobel de Literatura. Quizá fue allí donde se liberó su palabra. Por fin. Donde asumió plenamente el compromiso con ser el guardián de la memoria. La primera versión de “La noche”,  fue escrita en yiddish, la lengua de sus orígenes, y se llamaba “Y el mundo permaneció en silencio”. Esta versión tuvo que editarse para su publicación en 1958 en francés: “La nuit”, traducido a 30 lenguas y con una venta ya de seis millones de ejemplares. Seis millones de libros, como una cifra simbólica: uno por cada uno de los seis millones de judíos asesinados por los nazis. “La noche” se convirtió en una trilogía: “Amanecer”, “Día y “Noche”.

En 1961, durante el juicio del nazi Adolf Eichmann (el juicio tras el cual Ana Arendt escribió “La banalidad del mal”), fue corresponsal en Israel del periódico yiddish de Nueva York. Apátrida desde el Holocausto, Wiesel obtuvo en 1963 la nacionalidad estadounidense. El objetivo de vida de Wiesel a través de su escritura, sus cursos en distintas universidades y sus centenares de conferencias alrededor del mundo, fue conservar la memoria del Holocausto y de sus víctimas. Luchar contra el negacionismo que afirma que el exterminio nunca tuvo lugar, que las cámaras de gases y los hornos crematorios no existieron.  Después de recibir el Premio Nobel de la Paz, creó junto con su esposa la “Fundación Elie Wiesel para la Humanidad”.
El Partido Nacional Socialista de México.
El Partido Nacional Socialista de México. 
El Nacional Socialismo a la mexicana y el racismo en México
(Una experiencia personal).

Crecí en Tabasco, con un abuelo materno que admiraba a Adolf Hitler y a la Alemania Nazi. En su generación, no era el único. Nunca he entendido cómo el discurso Nacional Socialista llegó hasta nuestros trópicos y nutrió unos niveles de racismo tan inimaginables, sobre las bases de un racismo que sin duda existía desde siempre. Durante mi infancia vi cantidad de fotografías heroicas de Hitler en los libros de la pequeña biblioteca de mi abuelo. También del nazi  Rommel, “El zorro del desierto”. Mi abuelo nunca me habló mal del pueblo judío, (supongo que le quedaba demasiado lejos), su racismo, como el de tantos mexicanos racistas, se volcaba hacía chivos expiatorios más inmediatos.

Me hablaba, eso sí, de “la eficacia y el milagro económico de la Alemania nazi”,  de cómo “Hitler devolvió su dignidad a un pueblo humillado“, de su poderío militar que le había permitido someter a pueblos ‘inferiores’”, y de cómo “los mexicanos productivos y de bien tenían que entender que hay gente que nació para ser controlada y doblegada, para estar al servicio de los más fuertes, porque son incapaces de construir por ellos mismos”. La “supremacía de la raza” y  “los blancos nacieron para dominar a los demás”. Nunca logró explicarme por qué. Más bien, nunca le pareció necesario que existiera una explicación.

En la tropicalización del discurso: “Es nuestro deber controlar a la indiada”. Ya no era ni siquiera cuestión de mencionar los más elementales Derechos Humanos,  que yo no sabía que se llamaban así, aquello me sonaba cruel, enfermo, era lo que podía pensar entonces: muy enfermo. Y luego se me atravesaba esta realidad enorme como las pirámides de Palenque: ¿qué hacía mi abuelo con nuestro mestizaje?

Recurro a estas memorias del absurdo, porque estoy convencida de que uno de los más graves problemas en México es el racismo. El racismo de todos contra todos, que nos divide, nos daña, nos lanza a la agresión cotidiana. A la incapacidad de sumarnos.  También, porque a estas alturas de la historia de la humanidad, el antisemitismo sigue vigente con una intensidad aterradora. Cuando una lee los comentarios debajo de las notas donde mencionan al pueblo judío, a un funcionario judío, o simplemente a cualquier ciudadano de origen judío, los niveles de violencia de cantidad de comentarios son de terror. “Extrañamos a Hitler”, “Qué lástima que no le dio tiempo de hacerlos jabón a todos”, “Que se larguen porque no son mexicanos”. “Las cámaras de gases no existieron”. “Se hacen millonarios vendiéndose como víctimas”. “Los asesinos de Jesús”, “Que le arranquen la piel y lo hagan lámpara”.

Leer a los escritores-testigos de la shoa

No había entendido la dimensión del Holocausto hasta que escuché por primera vez las palabras de un sobreviviente de Auschwitz (judío polaco, residente en París),  liberado a los 21 años: Joseph Bialot, autor del testimonio (cincuenta años después): “Es en invierno cuando los días se alargan”. En los años ochenta, la diferencia entre México y Francia con respecto a la información y a la conciencia de la persecución y el intento de total exterminio de los que fue víctima el pueblo judío, era abismal. Ya no es así, tenemos acceso inmediato a testimonios, libros de análisis, películas, series.  Abunda la información en internet. Y sin embargo… el antisemitismo sigue allí, y la dificultad para entender las consecuencias letales de los discursos de odio.

Una noche le pedí a Joseph Bialot (fallecido en 2002), que me escribiera una lista de los escritores-testigos del Holocausto. Elie Wiesel era uno de ellos. Recuerdo mi primera lectura de su “Trilogía de la noche”. Recuerdo cómo la ciudad de la realidad se convertía en un espacio fantasmagórico a cada página. Como las palabras y la memoria de Wiesel te arrancaban de las pequeñas certidumbres cotidianas para lanzarte hacia los territorios del horror nazi. No, no había entendido la magnitud de la empresa de destrucción sistemática creada por Hitler, hasta leer a los escritores- testigos de “La Shoa”, como elige llamarle el periodista y director de cine Claude Lanzmann, (pareja por años de Simone de Beauvoir).
Neonazis mexicanos.
Neonazis mexicanos. 
El más célebre fragmento de “la noche”

“Jamás olvidaré esa noche, la primera noche en el campo, que convirtió mi vida en una larga noche, siete veces maldita y siete veces sellada. Jamás olvidaré ese humo. Jamás olvidaré las pequeñas caras de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espirales de humo bajo un cielo azul en silencio. Jamás olvidaré esas llamas que consumieron mi fe para siempre. Jamás olvidaré el silencio nocturno que me privó, por toda la eternidad, del deseo de vivir. Jamás olvidaré esos momentos que asesinaron a mi Dios, a mi alma, y convirtieron mis sueños en polvo. Jamás  olvidaré eso, incluso si estoy condenado a vivir tanto como Dios mismo. Jamás”.

Tomo integra la traducción al castellano de “La noche”, sólo me permití sustituir el “nunca”, (la palabra francesa es “jamais”), por el “jamás”, que me parece una palabra con una connotación más definitiva e inapelable, creo –también- que el “jamás” corresponde a lo rotundo de esa primera frase que se logra como un tajo en la traducción al inglés: “Never shall I forguet that night”. ¿Por qué  es tan intensa la frase en inglés? Porque transmite ese contenido de juramento casi sagrado, sobre el cual Elie Wiesel construyó su vida y su obra.
                      
Las preguntas de un sobreviviente

Wiesel escribió cerca de cuarenta libros.  ¿Por qué soy el sobreviviente de un mundo aniquilado, destruido? ¿Por qué no sobrevivieron mi padre, mi madre, mi hermana, mi amigo de infancia? ¿Cuál es el sentido de la vida de un sobreviviente?¿Cómo vive el sobreviviente la culpa de estar vivo? Y la respuesta que nos llega en las páginas de su obra escrita, y de la inmensa obra a la que dedicó su vida es: para dar testimonio.  Para hablar por quienes fueron silenciados para siempre en medio de las más crueles y deshumanizantes torturas. Para que ese testimonio se transforme en un “Nunca más la barbarie”, contra ningún pueblo, ninguna raza, ninguna religión. Ningún grupo humano.

No sé cómo logré acomodar el nazismo de mi abuelo y mi amor por él, lo que sí sé, es que sus discursos me llevaron muy pronto a la convicción de que era indispensable leer todo lo que tuviera que leer para aprender a sentir y pensar distinto. Me parecía y me sigue pareciendo un problema de elemental salud emocional. Nadie será jamás emocionalmente sano si es capaz de retomar los discursos de odio, y de celebrar la voluntad de dominio que termina siendo, lo imaginemos o no, una bienvenida a la violencia. Nadie será emocionalmente sano mientras piense que el color de la piel de una persona, su religión, sus orígenes, su grupo de pertenencia, determinan su lugar en el mundo.

El no a toda forma de discriminación y de violencia es un trabajo interior que dura toda la vida. ¿Acaso hay un momento en el que una puede decir: ya sané, ya lo logré? No lo creo. Pero en ese aprendizaje indispensable de cada una/o – el que nos lleva a construir sociedades más justas y respetuosas de los Derechos fundamentales- los escritores-testigos del Holocausto son grandes maestros.

En su ausencia física volvemos a sus páginas. A sus memorias, “Todos los ríos van al mar”. A su imprescindible, “Trilogía de la noche”, al “Testamento de un poeta judío asesinado”, a “Callarse es imposible”, su diálogo con el escritor Jorge Semprún.

Farewell Elie Wiesel. Empecinado y valiente guardián de la memoria.

@Marteresapriego
@OpinionLSR

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