Escrito por Sandra de los Santos Chandomi
Leí La casa de los espíritus, de Isabel Allende hace muchos años. En su momento no me dijo mucho. Vi la serie que se estrenó hace poco en Prime y la fui viendo de a poco, y quise releer el libro. En esta ocasión me dijo mucho más. Sigo sin ser gran fan, pero creo que tanto el libro como la serie nos dicen algo, o mucho, a las personas que vivimos en Latinoamérica y, sobre todo, a las mujeres.
En la serie me impactaron mucho las escenas de tortura. Me sorprendió cómo había borrado de mi mente esa parte del libro tan fuerte. Me sorprendió más recordar con mucha nitidez lecturas sobre tortura de libros de Benedetti (Con y sin nostalgia y Pedro y el capitán) o de Márquez y Galeano, que el de Isabel Allende, que narra la tortura desde el sentir de las mujeres. Tal vez estaba muy “chavita” cuando leí por primera vez La Casa de los Espíritus y mi corazón no podía procesar esa parte…
La tortura busca hacer perder la humanidad de quien se somete a ella, humillarla, ultrajarla, reducirla. Es la demostración de poder más baja y vil, tan vil que quien la ejecuta pierde su humanidad, ya no puede ser llamada persona. Quienes la solapan, la permiten o la ejecutan deberían perder la tranquilidad, pero la hemos naturalizado tanto que ha dejado de ser sorpresa, nos ha dejado de doler. Vemos países torturados, genocidios y nada. La tortura más terrible no empieza en esos cuartos oscuros, sino cuando ya no nos estremecemos cuando se alumbran esos cuartos, cuando se abren esas puertas y ya no nos horrorizamos.
La tortura es cosa de ahora y no de hace tiempo, que le puede suceder al vecino, pero también a nosotras y nosotros. Que ese horror es cosa del presente, muy presente, muy cerquita. Se escapa de los libros y de las series, es muy real.
Tanto en La casa de los espíritus , como en uno de los cuentos de Con y sin nostalgia, hacen referencia al gusto de los torturadores por la música clásica.
Cómo pueden los viles disfrutar de la belleza que produce la humanidad y, al mismo tiempo, destruirla. Así pueden…por eso tenemos un país lleno de poesía, pero también de fosas.
Sandra de los Santos Chandomi
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