2/09/2014

Mar de Historias Geranios y cortinas blancas



Cristina Pacheco

Abrí la puerta y me sorprendió ver a quien menos esperaba: Daniela. Respondió a mis frases de bienvenida con voz débil. Mi expresión alegre se borró ante el desconsuelo que leí en el rostro de quien había trabajado en mi casa durante 11 años y al cabo de ese tiempo se había convertido en mi amiga o, mejor dicho, en parte de mi familia.

Siempre consideré la separación de Daniela como algo remoto, si no es que imposible. Me equivoqué. Un domingo volvió de su paseo más temprano que de costumbre para decirme que Faustino, su novio eterno, al fin le había propuesto matrimonio. La sorpresa apenas me dejó aliento para felicitarla. Llorosa, Daniela me pidió que fuera su madrina y me hizo prometerle que iría a visitarla a Morelia.

¿Y qué va a buscar allá? La respuesta fue clara: vivir sin tanto ajetreo, sin sentirse expuestos a la violencia y a la inseguridad que hay aquí, caminar sin el miedo de toparse con asesinos y ladrones. La llamé exagerada. Siguió hablando. En Morelia, según le había dicho por teléfono su futura cuñada, la vida aún era apacible y barata. Por si estas ventajas fueran pocas, los dos tendrían posibilidad de mejorar su condición: Faustino como barnizador en una fábrica de muebles y ella en su miscelánea. Pensaba establecerla en la casa que rentarían en una colonia nueva, orillada. Optimista como nunca, Daniela me habló de geranios en las ventanas, cortinas blancas, helechos en el patio y un perro. Tenerlo había sido su gran ilusión desde niña. Nunca pudo colmarla por falta de espacio y de tiempo. En Morelia disfrutaría de ambas cosas, y aparte de la mayor tranquilidad.

Me extrañó que en el inventario de su ya próxima vida nueva Daniela no hubiera incluido en primer término la posibilidad de tener hijos. Faustino y ella estaban de acuerdo en no tenerlos. No me atreví a preguntarle el motivo. Pensé que si lo hacía iba a nublarse el futuro luminoso de Daniela: geranios, cortinas blancas, helechos, un perro.

II

La noche antes de su boda, Daniela y yo nos quedamos conversando durante horas. Hablamos del día en que llegó a mi casa, de su eterno temor a la olla exprés (consecuencia del accidente sufrido por su antigua patrona), de su cariño por mi madre y la devoción con que guardaba el rosario que ella le había traído de San Juan de los Lagos. El recuerdo la hizo llorar, pero en seguida, como era su costumbre en los momentos difíciles, se impuso serenidad: No es momento de lágrimas. Cierto, y menos cuando estaba a unas horas de casarse.

Pasamos un buen rato mirando las fotos de mi familia que ella tenía en una caja de zapatos. Me aclaró quiénes eran los personajes como si yo no supiera que se trataba de mis padres, mi hermano Guillermo que en paz descanse, mi madrina Aurelia cargada de pulseras de cobre que nunca la libraron de la artritis y Justiniano, el tío que colgó los hábitos para casarse con una viuda halitósica vendedora de reliquias.

Me conmovió el afecto de Daniela hacia mi familia. Le dije lo mucho que iba a extrañarla y me pidió disculpas por dejarme sola. Creo que en aquel momento las dos pensamos en el futuro inmediato: ella en su nueva vida y yo en cómo iba a ser la mía sin su apoyo solidario. Incapaz de adivinarlo me volví práctica: ¿Hay ropa en la tintorería? Daniela me dijo en dónde guardaba la nota y me dio otros pormenores domésticos. En pocas palabras me devolvió mi casa.

Culminó su informe con las indicaciones que, según ella, tendría que darle a la nueva. El tono celoso con que aludió a la trabajadora que tarde o temprano iba a sustituirla me causó gracia. Me reí porque después de todo no era momento de llorar. Daniela estaba en el umbral de su felicidad: geranios, cortinas blancas, helechos en el patio, un perro.


III

Daniela se veía exhausta pero no quiso descansar. Le ofrecí café. Lo bebimos en la cocina. Varias veces le pregunté a qué se debía su regreso a la ciudad y si era definitivo. Sin ánimo para responderme, sólo agitaba la cabeza. Temí que algo malo le hubiera sucedido a Faustino. Me dijo que estaba bien y que se había quedado en el hotel. Por un minuto se dedicó a mirarlo todo: su estufa, su fregadero, su refrigerador, su mesa de madera con marcas de cuchillo y quemaduras.

Para darle tiempo a que se repusiera le hice un resumen de mi vida desde el momento en que se había ido hasta una hora antes cuando, después de dos años de no verla, apareció en la puerta desmejorada y temblorosa. Me interrumpió: Todo aquello se volvió un infierno. Con miedo no se puede vivir. Relacioné sus palabras con las noticias acerca de la violencia en Michoacán. Temí que ese horror hubiera contaminado su vida, pero ignoraba en qué forma.

No fue fácil lograr que Daniela me lo dijera. Lo hizo en desorden, entre grandes silencios y accesos de llanto. Se refirió a vecinos que de la noche a la mañana desaparecían, a negocios abandonados, a calles y plazas desiertas hasta que al fin se atrevió a hablar del recado que un lunes encontró bajo la cortina metálica de su miscelánea: Te vamos a visitar.

Daniela pensó que era una broma infantil, arrojó el papel a la basura y no se lo mencionó a Faustino. En cambio le dijo que dos muchachos en una motocicleta habían estado a punto de atropellar al Pulgas, su perro. Después de la cena se fueron a dormir sin poner el candado. ¿Para qué? En la colonia todos se conocían (lástima que algunos se hubieran ido sin avisar) y, excepto los motociclistas, no llegaban fuereños por allí.

Pasaron unos días antes de que le llegara otro recado idéntico al primero: Te vamos a visitar. Un tercer mensaje inquietó a Daniela. Lo hizo pedazos pero cuando Faustino regresó de su trabajo lo puso al tanto. Él dijo que seguramente se trataba de una campaña para promocionar nuevos productos.

Esa misma tarde reaparecieron los motociclistas. Iban de un extremo a otro de la calle a toda velocidad, divertidos por el nerviosismo de Pulgas. Cansados de su juego se detuvieron frente a la miscelánea pero sólo uno entró a comprar cigarros. Daniela le dijo que no se los habían surtido y le preguntó si deseaba otra cosa. La respuesta del hombre fue clara: quinientos pesos semanales si querían mantener abierto su negocio. Daniela entendió rápido de qué se trataba y le confesó que ese dinero no le caía ni en una quincena. El hombre se limitó a preguntarle a quién amaba más, si a su marido o a su perro. No esperó la respuesta. Se fue.

Daniela llamó a la fábrica y le pidió a Faustino que regresara de inmediato. Estaba asustada. Sólo en persona podía explicarle el motivo. Se lo dijo y Faustino montó en cólera. Antes quemar el dinero que entregárselos a esos malditos extorsionadores. Daniela sugirió recurrir a la policía. Faustino se lo prohibió. Confiaba en que su resistencia vencería la voracidad de los malhechores.

Por varios días no sufrieron acoso. Daniela mantuvo la serenidad hasta que un domingo por la noche encontraron sobre la cortina metálica un nuevo recado y luego otros, cada uno más preciso, más violento que el anterior. Eran tan horribles que a Daniela le quitaban el apetito y el sueño. Faustino le prohibió leerlos. Otra vez cesaron los mensajes. El último apareció junto al cuerpo decapitado de Pulgas.
Ante el brutal aviso no tuvieron más remedio que huir. Lo hicieron de noche, en silencio, dejando atrás su casa, su vida, sus proyectos. Geranios, cortinas blancas, helechos y el cadáver de un perro.

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