2/01/2026

La filosofía para la Revolución de las Conciencias



Por Fernando Buen Abad

La revolución de las conciencias como proceso social, colectivo y emancipador frente a la hegemonía del capital, la dominación simbólica y el poder mediático en el capitalismo contemporáneo.

La filosofía para la Revolución de las Conciencias

Semejante revolución se inscribe en una tradición crítica que entiende la filosofía no como contemplación abstracta sino como práctica viva, militante y transformadora. Pensar es siempre un acto político, y no existe neutralidad posible en un mundo atravesado por relaciones de dominación material y simbólica.

La conciencia no es un fenómeno puramente individual ni espiritual, sino una construcción social e histórica determinada por las condiciones materiales de existencia, por los modos de producción y por las luchas de clase que atraviesan a la sociedad. Por eso, hablar de revolución de las conciencias implica necesariamente hablar de revolución social, de disputa por el sentido, de confrontación con los aparatos ideológicos que reproducen la hegemonía del capital.

Desde esta perspectiva, la filosofía deja de ser un ejercicio elitista para convertirse en una herramienta de combate cultural. La ideología de la clase dominante no surge espontáneamente, sino que es producida, administrada y reproducida por un sistema mediático, educativo y cultural que naturaliza la explotación, el individualismo y la desigualdad. La llamada “libertad de pensamiento” bajo el capitalismo aparece así como una ilusión y como un engaño porque los marcos dentro de los cuales se piensa ya están condicionados por intereses económicos y políticos concretos. La revolución de las conciencias, entonces, no puede limitarse a un llamado moral al “despertar”, sino que exige un análisis riguroso de las estructuras que moldean la economía, el pensamiento y de los dispositivos que colonizan la subjetividad.

Toda conciencia es siempre conciencia social. No existe un “yo” aislado que piense al margen de la historia. El sujeto se forma en el trabajo y en el lenguaje, en la cultura y en la lucha. Por eso, la revolución de las conciencias no se reduce a un cambio interior individual, sino que es un proceso colectivo de desalienación. Alienación entendida, en sentido marxista, como la separación del ser humano respecto a su propio trabajo, a los frutos de ese trabajo, a los otros y a sí mismo. El capitalismo no sólo explota cuerpos, también expropia sentidos, secuestra el tiempo, mercantiliza los afectos y empobrece el pensamiento. La filosofía para la revolución de las conciencias tiene, entonces, la tarea de desenmascarar esas formas de alienación y de contribuir a la construcción de una conciencia histórica capaz de reconocerse como sujeto de transformación.

Un eje central es la crítica a la hegemonía mediática. Los medios de comunicación no son simples transmisores de información, sino fábricas de sentido que producen consensos, miedos, deseos y silencios funcionales al poder. La revolución de las conciencias pasa necesariamente por una revolución semiótica, por una disputa radical del lenguaje, de las imágenes y de los relatos. Pensar filosóficamente este proceso implica comprender que la batalla cultural no es un terreno secundario, sino uno de los campos principales de la lucha de clases contemporánea. La dominación simbólica es tan efectiva porque logra que los dominados piensen el mundo con las categorías de los dominadores, aceptando como natural lo que es histórico y como inevitable lo que es producto de decisiones políticas.

En este marco, la filosofía no puede separarse de la praxis. No se trata sólo de interpretar el mundo, sino de transformarlo, pero esa transformación exige una conciencia organizada, crítica y creativa. La revolución de las conciencias no es un acto espontáneo ni puramente emocional; requiere formación teórica, debate colectivo, confrontación de ideas y construcción de nuevas pedagogías. La educación, entendida como proceso político, ocupa aquí un lugar central. No una educación bancaria, reproductora de obediencias, sino una educación emancipadora que enseñe a pensar dialécticamente, a identificar contradicciones, a historizar los problemas y a reconocerse como parte de un proyecto colectivo.

Esta filosofía para la revolución de las conciencias también implica una crítica profunda al idealismo y a las corrientes que separan la conciencia de las condiciones materiales. No basta con “pensar diferente” si no se transforman las relaciones sociales que producen ese pensamiento. Las corrientes que reducen la emancipación a un cambio de actitud individual terminan siendo funcionales al sistema, porque desplazan la responsabilidad de la transformación hacia el individuo aislado y despolitizan el conflicto social. Frente a ello, la filosofía para la revolución de las conciencias reivindica la necesidad de articular conciencia y organización, pensamiento crítico y acción colectiva, ética y política.

Otro aspecto fundamental es la dimensión ética de la revolución de las conciencias. La ética no puede ser una moral abstracta, sino una ética histórica, situada, comprometida con los oprimidos. La conciencia revolucionaria se expresa en la coherencia entre pensamiento y acción, en la solidaridad concreta, en la capacidad de indignarse frente a la injusticia y de actuar para transformarla. Esta ética no se impone desde arriba ni se decreta; se construye en la lucha, en la experiencia compartida, en el reconocimiento del otro como sujeto y no como mercancía o enemigo.

Así la revolución de las conciencias, en este sentido, es un proceso largo, contradictorio y siempre inacabado. No hay un punto de llegada definitivo, porque la conciencia se transforma al ritmo de la historia y de las luchas sociales. La filosofía tiene la tarea de acompañar críticamente ese proceso, evitando tanto el dogmatismo como el relativismo. Pensar críticamente implica cuestionar incluso las propias certezas, someterlas a la prueba de la realidad y del debate colectivo. La importancia de una filosofía que no se encierre en sí misma, que dialogue a parir de las agendas de las luchas y movimientos sociales, con las prácticas culturales populares y con las experiencias concretas de resistencia.

Finalmente, la filosofía para la Revolución de las Conciencias es una apuesta por la esperanza activa. No una esperanza ingenua o pasiva, sino una esperanza fundada en la comprensión de las contradicciones del sistema y en la capacidad histórica de los pueblos para transformarlo. La conciencia revolucionaria no es optimismo vacío, sino claridad crítica y voluntad organizada. En un mundo marcado por la mercantilización total de la vida, por la violencia estructural y por la colonización del pensamiento, la revolución de las conciencias reivindica la filosofía como arma de lucha, como espacio de creación colectiva de sentido y como motor indispensable para la emancipación humana.

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