4/12/2026

El trumpismo y México

Fabrizio Mejía Madrid

"Si la base del MAGA dice practicar los valores de los cristianos, Trump es un adúltero confeso, un presunto violador y pedófilo, y mentiroso contumaz".



El trumpismo se ha convertido con los meses en lo que Trump diga. Ya desde el inicio, sus contradicciones eran notorias. Si su base decía que quería regresar a la Declaración de Independencia de la supuesta nación blanca y cristiana, Trump se dedicó a actuar fuera de la Constitución desde que incitó a sus seguidores a tomar el Congreso el 6 de enero de 2021, a decretar órdenes sin tener las atribuciones para ello, como en el caso de los aranceles, a detener personas, ciudadanos y sin papeles, sin órdenes de aprehensión algunas, o liberar narcotraficantes como el caso de Orlando Hernández. Si la base del MAGA dice practicar los valores de los cristianos, Trump es un adúltero confeso, un presunto violador y pedófilo, y mentiroso contumaz. Si la base de Trump dice admirar a los matemáticos e ingenieros de Silicon Valley, Trump es abierta y orgullosamente anti-intelectual y, además, un empresario fallido que ha quebrado sus diversas empresas en seis ocasiones. Desde hace un año, una parte de la base del trumpismo está empujando una solución al conflicto interno en los Estados Unidos con una medida de fuerza: hacer de Donald Trump un “César Rojo”, como lo llamó uno de sus asesores desde el 2016, Michael Anton. Esto quiere decir que sería un dictador que ayudara a restaurar la influencia del pueblo en las decisiones de Washington. El problema menor es un Presidente actuando fuera de la Constitución y de acuerdo a su estado de ánimo. El problema mayor es qué entienden por “pueblo”, pues se trata del marasmo xenófobo, racista, masculinista tóxico, anti-derechos, de los blancos varones como Pete Hegseth o JD Vance.

Empecé por aquí porque, para responder a la pregunta de qué le espera a México bajo este segundo trumpismo, es necesario saber de qué hablamos cuando hablamos del nuevo Trump. De eso trata esta columna. En primer término hay que hacer una breve historia del radicalismo de derechas en las últimas décadas para entender cómo Estados Unidos tiene a una parte de su población convencida de las bondades de Donald Trump, no obstante, los resultados desastrosos de su primer año-segundo periodo en empleos, inflación, comercio internacional, inmigración, y seguridad nacional.

El movimiento MAGA tomó por asalto el Partido Republicano después de un periodo de relativa institucionalidad con Ronald Reagan, Rush Limbough y el Tea Party. Pero fue a partir de la toma del Capitolio en 2021 que el trumpismo se alió a tres corrientes que ya no se reconocen en la república constitucional. La primera es la llamada de los “Clairemonsters”, un grupo de presión ideológico con base en el Clairemont Institute de California. La segunda es el National Conservatism, con la Fundación Heritage detrás. Y el tercero son los libertarios tecnócratas de Silicon Valley, como Elon Musk, Peter Thiel, y Alex Karp. Juntos formularon ese Plan 2025 que Trump siempre negó que tuviera que ver con su campaña y que delinea hasta qué extremo de la derecha están los principales intereses del trumpismo. Todos estos grupos tienen una doctrina de posicionamiento político que se llama “no hay enemigos en la derecha” o NETTR, por sus siglas en inglés. Esta doctrina es de unificación y prohíbe a alguien de la derecha criticar o denunciar a otro que esté también a su derecha. Por lo tanto, se aclara que el enemigo son los liberales y sus voceros llamados despectivamente woke.

Vale la pena recorrer la ideología de estas tres vertientes que dan lugar al nuevo trumpismo. La del Clairemont Institute fue fundada por el pensador Leo Strauss, cuya postura hasta su muerte en 1973 fue que Occidente estaba perdiendo su occidentalidad dada la invasión de otras culturas. Los straussianos apoyaron sobre esa base la Guerra de Irak de Geoge W. Bush. Su heredero fue Allan Bloom en la Universidad de Chicago que abanderó una cruzada contra el “relativismo”, es decir, la aceptación de las mezclas culturales. Su libro El cierre de la mente moderna es un manifiesto por la afirmación de lo estadunidense como una verdad universal. En Claremont Bloom fue retomado por Michael Anton, quien escribió la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, donde asegura que Europa está en un “borramiento civilizatorio” por los altos niveles de inmigración que permite. Una idea que Trump y Marco Rubio han repetido en cada ocasión que se habla de la OTAN o de Groenlandia. En el caso de México, la estrategia redactada por Anton dice: “Nuestros objetivos para el hemisferio occidental se pueden resumir en 'Alinear y expandir'. Reclutaremos a nuestros aliados consolidados en el hemisferio para controlar la migración, detener el tráfico de drogas, y fortalecer la estabilidad y la seguridad terrestre y marítima. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevos socios, a la vez que reforzamos el atractivo de nuestra nación como socio económico y de seguridad predilecto del hemisferio. La política estadounidense debería centrarse en reclutar líderes regionales que puedan contribuir a crear una estabilidad tolerable en la región, incluso más allá de las fronteras de esos socios. Estas naciones nos ayudarían a frenar la migración ilegal y desestabilizadora, neutralizar los cárteles, la manufactura local y desarrollar las economías privadas locales, entre otras cosas. Recompensaremos y alentaremos a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que se alineen ampliamente con nuestros principios y estrategia. Sin embargo, no debemos ignorar a los gobiernos con perspectivas diferentes, con quienes, no obstante, compartimos intereses y que desean colaborar con nosotros”. Michael Anton ha apoyado estas ideas desde que Trump fue candidato la primera vez en 2016. Entonces dijo una frase que todos los días parece recién acuñada: “Sí, Trump es peor que imperfecto. Pero ¿qué importa? El supuesto bufón es más prudente, práctico que todos esos sabios bien intencionados que se le oponen”.    

Luego, la segunda, la de los neoconservadores estaría representada por gente como Patrick Deneen. Él ha sostenido que es el cristianismo y sus iglesias las que proveen de un sentido de comunidad a los Estados Unidos. Así que aboga por la disolución de las diferencias entre Estado e iglesia para que la política se base en valores espirituales. Lo que esto quiere decir lo hemos visto en el transcurso del mes de guerra de Israel y Estados Unidos contra Palestina, Irán y Líbano: citar la Biblia sin ton ni son, decir que Trump es Jesucristo, o que esta guerra es la que bautizaron las Escrituras católicas como la guerra de Og Magog. Estas ideas religiosas en política han sido cobijadas por la Fundación Edmind Burke, presidida ahora por Yoram Hazony, un israelita que argumentó en el 2018 que la Unión Europea (UE) había destruido a las naciones que la componen. Este vocero ha sido repetido en innumerables ocasiones por el Presidente de Hungría, Viktor Orbán.

Por ultimo, la tercera corriente del nuevo trumìsmo son los libertarios tecnócratas como Alex Karp, Peter Thiel, Bill Gates, Elon Musk o Jeff Bezos. Todos ellos son anti-inmigración, por pensar que la técnica y sus billones de dólares los hace superiores genéticamente a los trabajadores. Creen, como ya he descrito en estas columnas, en acelerar la producción de petróleo y gas para desarrollar sus clusters de megadatos que permitan crear una vigilancia inteligente sobre todos los seres humanos subalternos, desplazar a las élites financieras y tecnológicas a Marte, y dejar un planeta en ruinas.

Los tres grupos, los Clairmonsters, los neoconservadores, y los aceleracionistas tecnocráticos, creen que en la masculinidad brutal y en el uso indiscriminado de la fuerza militar. Pero, sin duda, lo que ha permitido la doctrina de “no enemigos en la derecha” es que se vayan borrando los límites y las contradicciones entre los grupos, y que incels o supremacistas convivan con libertarios y fanáticos religiosos en torno a Donald Trump. Alguien que inventó a la policía paramilitar del ICE, Stephen Miller, es bienvenido como orador tanto en el Clairmont Institute como en las reuniones de los neoconservadores. Otro es JD Vance, el actual Vicepresidente, que pasó, como Rubio, de ser anti-Trump a tapete de Trump. Basta leer el recuento del New York Times sobre cómo se decidió la guerra contra Irán, con Netanyahu como ponente, para saber que Vance juega de fiel escudero de las demencias guerreristas. Para esa misma guerra, Space X, Palantir, Amazon y Google recibieron contratos de IA para detectar personas para masacrar. Para esa misma guerra, los religiosos tuvieron justificaciones basadas en supuestas citas textuales de la Biblia. Para esa misma guerra, los nacionalistas conservadores anteponen la visión estadunidense a todos sus aliados, excepto Israel.

Pero usted diría, ¿qué tiene que ver Trump con ese trumpismo? Y estaría en lo cierto porque el hombre no sabe dónde está Marte ni Europa, ni es un lector de la Biblia ni de Allan Bloom. No es tampoco un anti-globalista que quiere encerrar a Estados Unidos tras sus fronteras, sino alguien que quiere hacer negocios a las costillas de los más débiles, como Venezuela, Cuba y Gaza. Tampoco es anti-tratados comerciales, siempre y cuando pueda sacar un beneficio personal o familiar en las transacciones. Es un corrupto y también es alguien que no tiene empacho en prometerle a todos los que quieren escuchar. Como escribe en su ensayo Laura Field: “Los magnates tecnológicos siguen apoyándolo, a pesar de que sus aranceles perjudican sus intereses, porque pueden obtener otras concesiones. Y los posliberales se mantienen fieles a él, a pesar de su inclinación por las guerras en el extranjero y las exenciones fiscales para los ricos, porque está dispuesto a firmar decretos que condenan la teoría crítica de la raza y el transgenerismo”.

Lo que es cierto es que el trumpismo va a sobrevivir a Donald Trump. Los republicanos serán, por lo menos en las siguientes décadas, depositarios de esas tres corrientes de la nueva derecha radical estadounidense. Piensen en alguien como JD Vance, que lo mismo va al Clairmont Institute, que le consiguió trabajo a Michael Anton en la oficina de Musk que recortó supuestamente los gastos del Estado gringo, que se dice admirador del catolicismo lunático de Denee, y cuya campaña al Senado fue financiada directamente por Peter Thiel, de Palantir. Todo esto mientras se decía representante de los olvidados en los Apalaches, y estar contra la élite tecnológica de Silicon Valley. Vance es como Trump: tiene algo qué decir para cada grupo

Después de este breve recuento adivinarán que la posición de México no puede ser sino de cautela frente a estos personajes. Sus contradicciones se han venido profundizando quizás por la consigna del “no enemigo en la derecha” y para muestra pongo a su consideración lo que sucedió con el genocidio de Gaza, donde los antisemitas de la derecha tradicional se juntaron con los neonazis y todo terminó en una discusión de si MAGA debería apoyar o no las guerras de Netanyahu. Tucker Carlson y JD Vance mantuvieron posturas encontradas a partir de una entrevista que el primero le hizo a Nick Fuentes, un abierto nazi y negacionista del Holocausto.

Como no son realmente anti-globalistas, sino que creen en un hemisferio americano, las negociaciones tanto comerciales como militares nunca van a terminar con México. Tampoco es posible pensar que, una vez firmados los acuerdos, Trump respete nada. Tampoco que descarte alguna agresión contra Cuba, México, Colombia, Panamá o cualquier nación que él decida que está en su rango de seguridad nacional. Será un tanto tortuoso lidiar con ese hombre que ha sido propuesto como "César Rojo" o como Jesucristo porque nada parece limitar sus decisiones, no el Congreso ni la Corte. Porque, si bien hemos hablado de la nueva derecha republicana, no se puede decir lo mismo de los demócratas liberales. Esos no han hecho una revisión autocrítica y sólo están en espera de que el trumpismo se desbarranque solo. Mientras, Trump ya no tiene ni siquiera respeto por lo que él mismo dijo el día anterior. Parte de su autocracia es que pretende reinventar todos los días sus propios dichos y en esa cabeza caben muchos.

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