5/09/2026

En casa, pariendo y sin voto: la manosfera promueve en EEUU el fin del sufragio femenino

huffingtonpost.es

Carmen Rengel


No es novedad que una parte inquietante de la población, los creyentes de la manosfera, quiere a las mujeres en casa limpiando, cocinando, planchando y atendiendo a la prole. Trabajar fuera es de rebeldes, porque un oficio trae autonomía y dinero, además de la peligrosa posibilidad de pensar en algo más que en la cesta de la compra. En su sueño de tener un vegetal a su vera, hay una corriente en Estados Unidos que aboga incluso por quitarle a sus mujeres el derecho al voto. Para qué decidir si sus elecciones son emocionales y blandas. Ah, y progresistas, sobre todo, progresistas. 

No es algo nuevo, pero sí más intenso y extenso. Ya en 2016, cuando el actual presidente de EEUU, Donald Trump, ganó por primera vez los comicios, hubo una campaña importante bajo la etiqueta #Repealthe19th, o sea, revocar la 19ª enmienda, la que consagra en la Constitución el derecho al voto en igualdad para hombres y mujeres. "El derecho al voto de las personas ciudadanas de los EEUU no puede ser negado ni coartado por los Estados Unidos ni por cualquier estado por motivos de sexo", reza. Con altibajos, el movimiento se ha mantenido vivo todos estos años, hasta repuntar en las elecciones locales y estatales del pasado noviembre. 

La razón fue el enorme escozor que produjo la victoria del demócrata Zohran Mamdani, nuevo alcalde de Nueva York, al que apoyaron un 82% de las mujeres de 19 a 29 años de su comunicad. El centrista Andrew Cuomo se quedó en el 14%; el republicano Curtis Sliwa, sólo un 4%. Se produjo entonces un levantamiento formidable de quienes entienden que las norteamericanas están llevando a su país a lo woke, por lo que deben ser paradas cuanto antes. Una tesis que defienden influencers, podcasters, youtubers y cierta parte de la iglesia evangélica. 

Y ahí está clave para entender la gravedad del momento: antes, estos comentarios se quedaban en las redes o en foros más o menos limitados pero, al entrar la religión de por medio, también han logrado el apoyo de altos funcionarios de la Administración Trump. El más destacado, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, que los retuitea con alegría. ¿Puede el Gobierno federal contagiarse y buscar el fin de este derecho?

El ideario

La oposición al derecho al voto femenino ha permanecido latente en los extremos de la opinión política en EEUU por décadas. Sobre todo, ha seguido viva en gran medida en comunidades cristianas ultraconservadoras, que tienden a considerar a las mujeres como algo intermedio entre niñas y bienes, propiedades. Argumentando que las mujeres no eran intelectual ni moralmente aptas para la ciudadanía, estas sectas declaraban que debían retirarse de la esfera pública, incluida la participación política, y someterse al dominio de sus esposos.

La idea ahora retomada va en paralelo a una tendencia muy acorde con la mentalidad MAGA (Make America Great Again), la que defiende Trump y ha fagocitado casi por completo el antiguo Partido Republicano, la derecha de siempre. La idea es disuadir a las ciudadanas de trabajar fuera de casa y tener otras ocupaciones que no sean las habituales de un ama de casa, a la par que se limita el derecho al aborto o se dan medallas a las familias numerosas. 

Los argumentos que han empleado hasta ahora van desde que es bueno para su "bienestar emocional" a que se evitarán que otros "críen" a sus hijos en guarderías, pasando por que mejorará "la salud alimentaria y espiritual de toda la familia" con su "compromiso" con el hogar. Son todo comentarios extraídos de la infinita lista de mensajes que se alojan en redes bajo la etiqueta citada, de quienes quieren "proteger a la nuestra nación de la empatía suicida" femenina. 

Lo que llama la atención del nuevo repunte es que, hasta ahora, no se llamaba tontas tan abiertamente a las mujeres. Ahora se hace sin rubor. Tontas y temerarias. Por eso hay que callarlas o inhabilitarlas, como decían los religiosos antes. La minoría ya no lo es tanto. Ahora se viralizan comentarios como los de Dale Partridge, un pastor que afirma que fue un "error" dar a las mujeres este derecho al voto hace un siglo (1920). "Si pudimos derogar Roe v. Wade, creo que podemos revocar la 19ª Enmienda", declara, aludiendo al caso de 1973 por el que la Corte Suprema dictaminó que la Constitución de EEUU protege la libertad de una mujer embarazada para elegir abortar sin excesivas restricciones gubernamentales. Esa doctrina fue tumbada en 2022 por un Supremo más conservador. 

Partridge, al frente de la Iglesia King’s Way en Prescott (Arizona), calcula que la enmienda podría estar derogada "en 10 años". Lo auguró en una publicación del pasado febrero, en la que argumentaba que la autorización del voto femenino conlleva consecuencias negativas. A saber: 

  • "Las mujeres votan con emoción"
  • "La política nacional se feminiza"
  • "Llegan inmigrantes en masa"
  • "Se legaliza la inmoralidad sexual"
  • "Se celebra el multiculturalismo"
  • "Los sentimientos se convierten en el criterio de la moralidad"
  • "La justicia se tacha de "severa"
  • "Las naciones occidentales colapsan"
  • "Las mujeres culpan a los hombres"

Partridge es conocido por sus polémicas, votos aparte. Afirma que las mujeres deberían dejar de usar leggings porque incitan a la lujuria en los hombres, y su esposa rápidamente los eliminó de su armario. Dice que, en cambio, deberían ponerse velos en la iglesia. Y más cosas: que la mujer "no debe usar su autoridad" sobre el hombre sino acoger su "feliz sumisión", que el matrimonio interracial "no es ideal" -aunque su esposa es mexicoamericana-. Este reformado conservador, que fue empresario después de buscar una carrera como jugador de béisbol, cosecha obras que de buen cristiano no son, desde su historial reconocido de plagio del trabajo de otros en sus escritos a la tala de los árboles del vecino para tener mejores vistas, porque él lo vale. 

Doug Wilson, un pastor controvertido radicado en Moscow (Idaho) y cofundador de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas, está de acuerdo con Partridge y así lo dice por donde va. Incluso en medios potentes como la CNN (nada residual), donde lo llaman porque es inmenso el poder de su comunidad. Afirma, por ejemplo, que 19ª Enmienda se aprobó porque los estadounidenses adoptaron "la mentira del individualismo", que "perjudica" a las familias. Aboga por un sistema patriarcal donde el cabeza de familia masculino emite un solo voto para su familia, privando efectivamente del derecho a las mujeres, a menos que sean las cabezas de familia, cosa que rara vez ocurre. Un hogar, un voto, y macho, es la idea. 

En la red de iglesias que comanda, con más de 150 congregaciones en cuatro continentes, se incluye a Hegseth, el jefe del Pentágono u expresdentador de la cadena Fox, como miembro. En agosto pasado, el secretario de Defensa -que en su momento fue acusado de agresión sexual, aunque el caso fue cerrado tras un acuerdo con la víctima-, compartió un vídeo en el que pastores como Wilson explican su oposición al derecho al voto de las mujeres, con el lema "Todo de Cristo para toda la vida", una consigna nacionalista cristiana.

En esa intervención, pronunció dos frases clave: "en mi sociedad ideal, votaríamos por hogares" y "las mujeres son el tipo de persona de las que salen otras". 

Más allá de las iglesias

Sin embargo, en las últimas décadas, una corriente más secular de oposición al sufragio femenino también ha cuestionado el derecho al voto de las mujeres. Surge de las corrientes de la derecha que defienden el determinismo biológico, un conjunto de posturas que abarcan desde la psicología evolutiva hasta la eugenesia. Sí, mucho negacionista de todo en este cajón. 

Esta visión del mundo tiende a presentar a las mujeres como inferiores no por mandato divino, sino por naturaleza, que, según se afirma, las ha hecho demasiado estúpidas o demasiado irresponsables para votar. Son más emocionales y menos lógicas, piensan menos y, por eso, deben ser apartadas de la vida pública. Si a eso se suma el momento de insatisfacción general en la sociedad norteamericana, especialmente joven, y el movimiento de nostalgia que defiende que antes se vivía mejor, surgen movimientos como las trad wives, las esposas hacendosas de Instagram y TikTok, que priorizan la casa, los hijos y la belleza propia para que la disfrute el marido. Una visión en positivo, que entra como el azúcar. 

Destaca en este bloque Helen Andrews, editora de una revista de derecha cuyo reciente artículo, "La Gran Feminización" (octubre de 2025), se ha convertido casi en una Biblia para ellos, más aún viviendo de una mujer. En su tribuna sugiere que la presencia de las mujeres en la vida pública podría representar "una amenaza para la civilización" y afirma que las mujeres han "evolucionado" hacia diversos hábitos aparentemente contradictorios: por un lado, son demasiado empáticas y orientadas al consenso, y por otro, demasiado cotillas, intrigantes y pasivo-agresivas. 

La conclusión lógica del argumento de Andrews es que las mujeres, por eso, deberían ser excluidas de inmediato de la vida política y de todas las instituciones importantes. La ciudadanía no la pone en tela de juicio, pero sí avisa: "el estado de derecho no sobrevivirá a que la profesión legal sea mayoritariamente femenina". 

Al describir a las mujeres como un obstáculo para las prioridades conservadoras, se hace eco de Peter Thiel, el capitalista de riesgo, megadonante de la derecha y mentor de larga data de JD Vance, el actual vicepresidente de EEUU, que escribió en 2009 que su mundo libertario ideal se había vuelto políticamente inviable debido a "la extensión del derecho al voto a las mujeres". Más tarde matizó sus palabras, afirmando que no creía que "ninguna clase debiera ser privada de sus derechos". No obstante, su cita se sigue repitiendo, incansable, en los foros machistoides. 

Foros en los que es un habitual, también, el joven Nick Fuentes, un comentarista político muy apoyado en las redes sociales, que abiertamente defiende que hay que quitar el voto a determinados colectivos sociales. "Las mujeres, seguro", afirma. Su argumentario se reduce a que son "difíciles de tratar" y que siempre votan "por la persona equivocada", esto es, demócrata. Palabra de un nacionalista blanco de 27 años, admirador de Adolf Hitler y que no ha tenido relaciones sexuales en su vida. 

Un número creciente de influencers de derecha simplemente afirma que opinan que las mujeres no deberían votar porque las odian y desean que estén sometidas a la dominación masculina. Andrew Tate, el influencer de los derechos de los hombres y presunto traficante de personas y violador contra el que hay procesos en Reino Unido y Rumanía, publicó en septiembre en su cuenta de X: "Dejen de permitir que las mujeres voten, dejen de darles cargos de juezas, dejen de darles nombramientos políticos… MUJERES: darles poder político y social es lo que nos ha llevado a esta situación". 

A su entender, las mujeres "no están hechas para ser personas totalmente independientes" y por eso no deberían votar, porque son influenciables y no ven "el panorama global" de la sociedad por la que -afirma sin conocer la historia- "jamás se sacrificarían". 

Tate no sólo es conocido por sus mensajes y sus juicios, sino por ser uno de los referentes citados en la serie Adolescencia, cuando el menor que mató a una compañera trata de explicarle a su padre cómo piensa. La palabra con la que el propio influencer se define es "misógino". 

Votan mal

La idea de que votan mal es generalizada en estas corrientes. Es muy conocido el vídeo de un tiktoker llamado Icanexplainmike (MansplainerPrime), en el que compara los mapas de las elecciones más recientes de EEUU, las de 2024, si sólo hubiera habido voto femenino. Los resultados finales fueron de 312 votos electorales a favor de Trump frente a los 226 que se llevó la aspirante demócrata, Kamala Harris, pero sin votantes hombres las cosas habrían quedado 122-413. Por eso pregunta a su audiencia si la enmienda que quieren quitar les sigue pareciendo "inofensiva". "Que no voten las mujeres ni una sola vez más", concluye.

Ya se había hecho lo mismo en 2016, comparando las votaciones entre Trump y la liberal Hillary Clinton: la demócrata hubiera sacado 458 votos si sólo hubieran votado norteamericanas (frente a 80 del republicano); votando sólo hombres, habrían sido 188 contra 350, a favor del varón.

Celina Stewart, la directora ejecutiva de la Liga de Mujeres Votantes de los EEUU, expone que esta persecución se produce "precisamente por nuestra participación en la democracia". Porque las norteamericanas no han sido estatuas de sal, sino que son las que más votan, más derechos reclaman y más iniciativas promueven. Indignada, se pregunta si su país "sigue siendo América", vistos los valores de algunos de sus pobladores y las amenazas a libertades y derechos "asentados". Asume que ha habido otras luchas, otras "cazas de brujas" y se han superado, pero hace falta "trabajar juntos y mantenernos convencidos de que la democracia nos pertenece a todos". 

Estamos ante un intento mayor, a sus ojos, de "deshacer todo el progreso que se ha logrado desde los movimientos de derechos civiles", para reducir "el número de gente que puede participar en una elección en cada ciclo". "Buscan un medio de ejercer control en la vida de los ciudadanos de EEUU", acusa. Se revuelve ante los que creen que esto pasará en la legislatura de Trump, "porque ya se ve que viene de lejos y tiene afán de perdurar". "No, es una alarma máxima, no podemos esperar a que alguien venga y lo arregle", demanda. 

Porque no es sólo la máxima de ir a por el derecho al voto, sino que ya se está tratando de implementar una serie de leyes que, poco a poco, reducen el poder electoral de las mujeres. Cita normas como la que exige una prueba de ciudadanía norteamericana para poder votar y que hace que casi 70 millones de mujeres puedan quedarse en el limbo. Razón: "porque tomaron el apellido de sus maridos al casarse y ahora no coincide con el de las partidas de nacimiento". "Sin esa verificación, su derecho peligra", resume. 

"El fin de la enmienda se debate en la calle y las redes pero no se ha llevado aún a las instituciones. Sin embargo, esta idea de la nacionalidad es oficial, como otras tantas normas estatales en el mismo sentido. "Investigaciones del Centro Brennan y la Oficina de Responsabilidad Gubernamental de EEUU demuestran que los requisitos excesivamente engorrosos de identificación con fotografía pueden impedir que los ciudadanos elegibles voten. La falta de la identificación requerida es particularmente común entre las minorías, los votantes de bajos ingresos, los jóvenes, las personas mayores y quienes enfrentan barreras económicas para obtener documentos", enumera. Por esta razón, si bien las medidas relativas a la documentación electoral suelen presentarse como esfuerzos para garantizar la "integridad electoral", en la práctica "es probable que limiten la participación".

Insiste en que hay "sutiles" cambios que ya se van aplicando, sobre todo por republicanos, que no se comentan tanto pero afectan al derecho femenino, como la limitación del voto por correo o de los horarios y espacios de votación, un horror para mujeres que trabajen por horas o cuiden a ancianos y niños. "Cuando los legisladores dificultan el voto, deciden qué voces importan. Una democracia que funciona convenientemente solo para quienes no tienen restricciones no es una verdadera democracia", asume. 

¿Pero cómo se combate todo esto? "Con educación", responde rauda, pero, de seguido, dice también "estando encendidos, agitados", movilizados, en fin. "Reclamar la democracia no es un acto de voces aisladas, requiere un movimiento orquestado. "Debemos recordar a este país, e incluso a nosotras, lo que somos y lo que defendemos", expone. "No es demasiado tarde", valora. 

Aboga también por defender la "seguridad" del sistema electoral norteamericano, que tiene "salvaguardas partidistas", "copias de seguridad de papeletas" o auditorías posteriores que garantizan que los números son muestra de la voluntad popular, "de todos los ciudadanos". 

Y, sobre todo, por no ceder. Por estar en todos lados, en cada asociación escolar o vecinal, en cada consejo y partido, en los presupuestos participativos y en las iniciativas populares, en los puestos de la administración y los sindicatos, donde se hacen las leyes y donde se aplican. "No necesitamos menos mujeres sino más, instituciones y sistemas más representativos y receptivos, que hacen que la confianza pública crezca y los debates se amplíen, en diversidad. Cuando ni siquiera las mujeres han recibido el reconocimiento que merecen, no es momento de borrarlas, ¿verdad?". 

Concluye con un aviso a navegantes: "Quienes subestiman el poder cívico de las mujeres descubrirán, como la historia ha demostrado una y otra vez, que las defensoras más tenaces de la democracia suelen ser las que más han tenido que luchar para reclamar su lugar dentro de ella".

No hay comentarios.:

Publicar un comentario