9/24/2008

DESPUÉS DEL 15-S, CAMBIARON LOS REFERENTES


A partir del cobarde atentado del 15 de septiembre (15-2), para usar el código empleado con los atentados del 11 de Septiembre del 2001 (11-S) en las Torres Gemelas de Nueva York o del 11 de marzo (11-M) en la estación de Atocha en Madrid, marcó una huella en la historia de México.
Desde hacía varias décadas no se había producido un acto terrorista en nuestro país, si se considera éste como aquel atentado contra civiles inocentes para generar terror o atemorizar en grado sumo con un propósito criminal o político.

Si el ataque hubiera sido a 100 metros del lugar donde ocurrió el estallido de la primera granada, en la Plaza Melchor Ocampo, de Morelia, es decir, sobre el balcón, probablemente hubiera resultado en una trágica masacre, pero se trataría de un atentado político. Afortunadamente no ocurrió este escenario de pesadilla, que hoy nos tendría en una situación peor que ahora.
Y no es que una de las categorías políticas sea menor o mayor que la otra, más benigna o más condenable, más fuerte o más suave. Aquí no se trata de matices, sino simplemente de conceptualizar el tema. Para entender la realidad hay qué explicarla, dicen los clásicos.

Por eso el afán de muchos comentaristas políticos de establecer si se trató en efecto de un atentado terrorista o de un simple acto criminal. Sin duda alguna, como lo señaló el propio gobernador Leonel Godoy o el secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño.

Lo cierto es que se trató de un hecho que, queramos o no, marcó ya la historia contemporánea de México, más para mal que para bien.
Quienes perpetraron ese artero ataque contra personas humildes, niños, mujeres y ancianos entre ellas, que simplemente trataban de festejar la fecha cívica más importante del año en medio de un ambiente de algarabía, sembraron un trauma social que difícilmente será superado.

Como lo muestra una encuesta de María de las Heras en el Milenio Diario, hoy 67 por ciento de los mexicanos teme acudir a lugares públicos. El 40 por ciento piensa que el presidente y su equipo no saben como controlar a los narcos y creen que el fenómeno se les está literalmente “yendo de las manos”, de acuerdo con las conclusiones de este sondeo.

El 83 por ciento de las personas piensa que “se pueden seguir repitiendo este tipo de casos y sólo el 13 por ciento piensa que fue un hecho “aislado” y que sea “difícil que se repita”.

Los resultados de este estudio nos dejan atónitos. El ánimo social ha decaído. Se ha ido al precipicio.

En tiempos de la crisis financiera argentina, había un dicho que decía que con el presidente Saúl Menem el país se hallaba al bordo del precipicio, pero que con sus sucesores “se dio un paso adelante”.

Lo mismo podemos decir de México: con el gobierno del presidente Ernesto Zedillo estábamos al pie del desfiladero pero con el foxismo y el calderonismo dimos un salto.

Algunos analistas afirman que con el atentado en Morelia constituyó un “salto cualitativo”, pero en realidad se trata de un “salto al vacío”, hacia el abismo.
Al agudizarse la violencia, con el hallazgo de 12 cuerpos sin cabeza en Yucatán primero, luego de 24 cadáveres en La Marquesa y después del estallido de 2 granadas, una en la plaza principal de Morelia y otra a cuatro calles de distancia, que cobraron la vida de ocho personas y dejaron más de 100 heridos, varios de ellos con alguna de las extremidades amputadas, se acentúa el clima de zozobra, de sospecha y de rabia.

Hay un ambiente de psicosis y una sensación de que nadie está a salvo y ni siquiera en casa uno se encuentra uno seguro, alimentada también por el deshonroso liderato mundial que ostentamos en materia de secuestro. Y al mismo tiempo se sospecha de todo y de todos. A los policías se les mira ya no como la cobija o la sombrilla en la cual uno se puede guarecer, sino de la cual uno tiene que cuidarse.

Todos estos ingredientes mezclados se asemejan a la fórmula de la dinamita.
Cuando despertamos todas las mañanas y encendemos la radio o la TV o abrimos las páginas de Internet para ver las noticias, ya no nos sorprende saber que fueron hallados cadáveres decapitados o que asesinaron a tal o cual mando policial; que estalló una bomba o hubo un enfrentamiento. Estamos perdiendo la capacidad de asombro y nos estamos acostumbrando al horror.

La colombianización de México se está consolidando. Ya sólo falta que surjan los “paras” o paramilitares que asolaron a Colombia, es decir, una especie de “escuadrones de la muerte” o comandos armados que se encargarían de hacerse “justicia por mano propia”, financiados por oscuros personajes del poder o por hombres de negocios.

Sería la puntilla que terminaría por alterar nuestra antigua armonía y que nos dejaría a merced de la anarquía y en un estado de violencia permanente.
Todos nuestros referentes han sido alterados. Ya no hay un PRI que nos proteja con su combinación de mano dura y mano blanda o el presidente imperial que ordene se haga una cosa y ésta orden se cumpla como si estuviera grabada en mármol.

Como acertadamente lo han interpretado algunos amanuenses de la prensa, los cárteles de la droga protagonizan una suerte de “guerra de guerrillas”. Las alianzas tradicionales se han trastocado. Los códigos se han roto. La “omertá” (código de silencio) no se respeta más.

La regla de no atentar contra familiares se ha roto. Las formas de violencia son cada vez más terroríficas y torcidas.

Surgen a la sombra de los grandes cárteles, los medianos y los pequeños.
Primero se atribuyeron los ataques con Granada en Morelia a La Familia, una célula disidente de los Zetas, que a su vez es el “brazo armado” del cártel del Golfo, y que se habría puesto a las órdenes del cártel de Sinaloa.

Ahora resulta que La Familia coloca mantas en Morelia y otras zonas de Michoacán para acusar a Los Zetas.

Alguien dijo estos días de confusión y duelo que con este mensaje, también lanzado a través de telefonía celular (el crimen organizado usando las herramientas más modernas de la tecnología, incluyendo el popular sitio de videos y las comunidades virtuales de Youtube, Hi-5 y Facebook): “ahora resulta que “los narcos buenos nos van a defender de los narcos malos, porque el gobierno no puede”.

Lo más lamentable es que ni los decapitados de Yucatán, ni los masacrados en La Marquesa ni los ataques con granada en Morelia se han resuelto y se van a resolver.

Lo más probable es que, como se suele decir, empeoren las cosas antes de mejorar y este no es un mal deseo sino el reconocimiento objetivo de la realidad.

El gobierno del presidente Felipe Calderón enfrenta el reto más grande que autoridad alguna haya encarado en muchas décadas.

Los vacíos de poder se multiplican en pueblos, rancherías, municipios, estados y hasta grandes ciudades. Y lo mal es que ya no sólo los cacicazgos, sino las mafias los están llenando.

La crisis política, institucional, económica, social y de seguridad amenaza con rebasarnos. Lo más preocupante es que se recrudece en momentos en que los mexicanos nos preparamos para las elecciones intermedias del 2009, donde habrá de renovarse la mayor parte del Congreso.

La amenaza de que el narcotráfico se convierta en el “gran elector” está latente.

Partidos, organizaciones, ciudadanos, grupos, clubes y facciones tienen ya no el deber, sino la obligación de sumar fuerzas para hacer frente al enemigo formidable que representa la violencia del crimen organizado.

Quizá nuestro futuro como nación esté en entredicho. Tenemos que articular esfuerzos y unir voluntades, posponer diferencias y dejar a un lado dogmas y caprichos. El único partido que vale hoy es México. Si nos cruzamos de brazos y dejamos que las cosas se muevan en forma inercial, pagaremos las consecuencias. Aunque debemos reconocer que ya las estamos pagando.

GRANOS DE CAFÉ

La creación de un mapa ciudadano de seguridad a que distintas organizaciones civiles han convocado para establecer con precisión los lugares más peligrosos y el tipo de delitos que se cometen en ellos, es un esfuerzo loable pero inútil, porque es la policía, independientemente de su jurisdicción, la que comete desde simples asaltos, hasta los más elaborados secuestros.

La reciente comparecencia ante el senado de la República de los responsables federales de la seguridad en el país, Eduardo Medina Mora, procurador general de la República, y Genaro García Luna, secretario federal de Seguridad Pública, derrumbó las magras esperanzas de aspirar a un México realmente seguro. Ambos personajes, cuyas cabezas inexplicablemente no han rodado todavía (en sentido figurado), aceptaron que no han funcionado los programas anticorrupción ni los planes para limpiar las policías, sean locales, municipales, estatales o federales.
El estancamiento, por tercer año consecutivo, en el sitio 72 en el ranking mundial de corrupción -divulgado por Índice de Corrupción y Percepción de Transparencia Internacional 2008-, es un botón de muestra del riesgo social en que vivimos.

A esta decepcionante realidad se suman las malas noticias que en el cotidiano quehacer nacional ocupan las primeras planas. Diariamente se anuncia la captura de bandas delictivas comandadas por policías de todos los rangos. El caso más fresco es el de 3 policías que secuestraron a un testigo de su último plagio. ¿Así, cómo?…Sus comentarios envíelos vía internet a la dirección

No hay comentarios.:

Publicar un comentario