6/18/2022

Nosotras ante la privación del deleite y el espacio: la confrontación de nuestros cuerpos

  

Un universo de millones de años luz. ¿Por qué, entonces, muchas mujeres dedicamos años de nuestra vida a ocupar el menor espacio en él?

Mientras más chiquita, mejor

Todo empezó tiempo atrás. No es una idea que se incrustó de repente en nuestras cabezas, un pensamiento que llegó espontáneamente y se quedó para siempre: “Tienes que ser delgada, tu cuerpo no debería abarcar tanto espacio”. En realidad, lo aprendimos de pequeñas y lo reforzamos mientras crecíamos, desde nuestros círculos más cercanos como la familia, las amigas que comentaban sobre sus propios cuerpos o nuestras parejas, hasta los medios, los terrenos laborales e incluso los servicios de salud.

La profesora y escritora feminista Roxane Gay lo cuenta en las memorias sobre su cuerpo condensadas en el libro Hambre, mientras comparte su experiencia de vida como una mujer con cuerpo grande en un mundo que odia y discrimina las corporalidades gordas, particularmente las de las mujeres:

“Esto es lo que se enseña a la mayoría de las niñas: que tenemos que ser delgadas y pequeñas. Que no debemos ocupar espacio. Que debemos ser vistas pero no escuchadas, y que si somos vistas, debemos agradar a los hombres y resultar aceptables de cara a la sociedad”.

Roxane Gay

Desde niños, se impulsa a los hombres a tomar y conquistar lugares, no solo en sentido figurado, sino en términos del espacio; esto se refleja en acciones como el manspreading, cuando se sientan con las piernas muy abiertas en el transporte público sin importar la invasión al espacio personal de las y los demás pasajeros. Mientras tanto, las mujeres aprendemos que un cuerpo deseable es un cuerpo chiquito, compacto: un cuerpo que no ocupa espacio en un universo casi infinito.

“El lugar de una mujer es la cocina”, pero ¿qué hay del comedor?

Visualicemos una escena familiar: un grupo a punto de comer, se percibe la expectativa flotante por el platillo estelar de la casa, desde la cocina surgen aromas que prometen una experiencia deliciosa, de la mesa emana el ansia por saborear la comida que está guisándose desde hace un buen rato. De pronto, aparece quien desde muy temprano se dedicó a preparar el manjar. ¿Pensaste en una mujer?

La doctora en ciencia social con especialidad en Sociología, Paloma Villagómez Ornelas, ha estudiado las experiencias sociales alrededor de la alimentación, en especial en entornos de precariedad. Sobre el tema de las desigualdades en los procesos alimentarios dentro de las familias, la investigadora puntualiza que –además de la clase– el género atraviesa las dinámicas en los hogares mexicanos, lo que impacta en la desigualdad de la alimentación y el bienestar de las mujeres.

CIMACFoto: César Martínez López

La socióloga considera que, desde la división sexual del trabajo que en la mayoría de los casos asigna el rol de cuidadoras a las mujeres, también se les consignan tareas específicas sobre la alimentación de los suyos que no solo atañen al trabajo físico, sino también al emocional e intelectual, y poseen una carga afectiva muy importante: la distribución de los recursos, la elección y compra de alimentos, la planeación de las comidas, su preparación y almacenamiento.

“Hay procesos que no se ven y que son muy demandantes porque exigen –de las mujeres en particular– que hagan unos cálculos muy complejos entre los recursos que tienen y lo que pueden adquirir con eso. No solo lo hacen considerando para qué les alcanza lo que tienen, sino también tienen que considerar una cantidad de necesidades y gustos específicos dentro del hogar”.

Paloma Villagómez Ornelas

Pero la carga desigual no se concentra únicamente en las labores alrededor de los alimentos. Después de todos los pasos dispuestos para presupuestar, comprar, negociar, preparar, distribuir y consentir, viene una imposición aprehendida: privarnos del deleite. Así como internalizamos que un cuerpo deseable es aquel que “no estorba” y ocupa poco espacio, también aprendemos que una forma de conseguirlo es no comer.

De este modo comienza el ciclo: regímenes alimenticios estrictos, ejercicio extremo, procedimientos estéticos para ocultar o eliminar lo que “nos sobra”, romper la dieta, volver a empezarla. Es entonces cuando nuestra relación con el cuerpo y la comida se trastoca aún más.

Mientras dedicamos horas y esfuerzo a las actividades cotidianas, acumulamos una doble carga de presión alrededor de la comida y las corporalidades, lo que en muchas ocasiones desemboca en trastornos mentales y enfermedades. Nuestras preocupaciones se incrementan y lo que debería ser una actividad natural, necesaria, intuitiva, disfrutable y con amplias significaciones sociales y culturales se convierte en un martirio. Lo que puedo comer y lo que no, ¿cuántas calorías hay en cada alimento?, ¿qué hacer si me invitan a un lugar y no tienen la opción light?, ¿cómo se verá reflejado este platillo en mi cuerpo?, si engordo ¿qué implicaciones tendrá esto en la manera que el mundo se relaciona conmigo?

De acuerdo con datos del Gobierno de México, los desórdenes alimentarios han aumentado en 300 por ciento a nivel nacional en las últimas dos décadas. Cada año se registran alrededor de 20 mil casos de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en el país, que suelen afectar en mayor proporción a las mujeres, nueve por cada hombre.

En este sentido, Paloma Villagómez sostiene que incluso en diversos estudios de corte epidemiológico se ha planteado cómo la atención diferenciada entre hombres y mujeres alrededor de la alimentación afecta la salud de las niñas en etapas muy tempranas: “Hay ciertas expectativas del cuerpo de las mujeres y ciertas representaciones de cómo debe ser un cuerpo de mujer que nos hacen pensar que necesitan comer menos. Como se espera que una niña sea pequeña, que sea delgada –muy delgada, a veces– y que sea menos activa que un niño, cuando ya le pasa algo, cuando ya hay síntomas de alguna forma de desnutrición o de enfermedad, no se dan cuenta los papás o tardan mucho en hacerlo”.

Por ello, distintas enfermedades o padecimientos que se manifiestan en el achicamiento de los cuerpos de las mujeres tardan en identificarse “porque es lo que se espera del cuerpo de una mujer, que ocupe poco espacio”, destaca la investigadora.

Tu cuerpo es mío

La libertad de los hombres para dominar diversos terrenos no solo se observa en las acciones sistemáticas para negarles lugares a las mujeres u otorgárselos solo como cuotas por cubrir, sino también en el control que buscan ejercer sobre ellas en el espacio público.

En 2014, la periodista Emma Gray relató su experiencia al salir de una tienda de yogurt helado en Nueva York, cuando un desconocido le gritó que no debería estar comiendo eso, pues engordaría. Al analizar la situación, la columnista del Huffington Post concluyó que la acción del extraño mostraba la idea que tienen los hombres sobre su supuesto derecho para controlar a las mujeres en público.

El episodio que vivió Emma también le permitió observar que ese “derecho” percibido por los hombres se extiende no solo al control del espacio, sino al de los propios cuerpos. En su caso, notó que el atrevimiento del extraño implicaba que, en el fondo, él creía que tenía derecho a decidir cómo debía ser el cuerpo de la periodista en el futuro: no te lo comas, vas a engordar (y yo no quiero eso).

Imagen: Pexels

Además del deseo internalizado de empequeñecernos, en la vida diaria nos damos cuenta de que no se trata únicamente de un anhelo innato por tomar el menor espacio posible. Una cuestión central es en qué medida confiamos en nuestro cuerpo para ocupar su lugar en el universo.

La psicóloga certificada en Terapia Cognitivo Conductual para TCA, activista y fundadora del modelo de acompañamiento Acuerpada, Ana Paula Molina, resalta que: “El cuerpo es nuestro vínculo con el mundo, es lo que nos conecta con él. Cuando no estamos bien con ese vínculo con el mundo, no podemos experimentarlo”.

Un lugar que te dice “NO”

Los problemas al vivir en un cuerpo que ocupa más espacio del esperado socialmente van más allá de la percepción personal sobre la corporalidad y la comida. Aunque el aprendizaje sobre nuestros cuerpos y la alimentación afectan en general cómo nos relacionamos con nosotras mismas e impactan nuestra salud mental y emocional, en el caso de las personas gordas se vuelve tangible la necesidad diaria de sobrevivir en un sistema social basado en la violencia contra los cuerpos gordos: “Tú puedes trabajar mucho la aceptación corporal, pero la violencia no se detiene”, señala Ana Paula.

De acuerdo con la asesora certificada en alimentación intuitiva, las restricciones son materiales y responden a estructuras discriminatorias hacia los cuerpos grandes. Esto se observa a diario de diferentes formas: asientos pequeños en el transporte público, cinturones de seguridad que no se ajustan a todo tipo de cuerpos –lo que incluso pone en riesgo la vida de las y los usuarios de automóviles–, hasta la falta de batas hospitalarias o indumentaria médica cómoda y apta para cuerpos gordos.

Así, los espacios en concreto –diseñados a partir de una mirada patriarcal y gordofóbica– imposibilitan el acceso a una vida digna y libre para las mujeres gordas que de manera literal no caben en ellos, lo cual obstaculiza su acceso a servicios de salud, transporte eficiente, actividades educativas o recreativas y oportunidades laborales.

“Al final, una vida vivida intentando encogerte, intentando desaparecer, no es una vida vivida”.

Ana Paula Molina

Frente a una realidad en la que se limitan las libertades y se arriesga el acceso digno al ejercicio de los derechos humanos, la psicóloga subraya que dentro de las luchas del feminismo es imprescindible considerar las distintas estructuras de opresión que violentan a las mujeres, incluida la gordura. Se requiere analizar y trabajar desde la interseccionalidad, pues es necesario contemplar las categorías de raza, discapacidad, clase, edad y orientación sexual que atraviesan a las personas –en específico a las mujeres–, a fin de desmantelar el sistema violento que se fundamenta y beneficia de las opresiones.

“Es trabajo de cada una aprender activamente sobre antirracismo, activamente aprender sobre antigordofobia, activamente aprender sobre el tema anticapacitista para poder, entonces, hacer una lucha mucho más completa”, enfatiza Ana Paula Molina.

Ante el panorama que enfrentamos vale la pena considerar si, entre las resistencias cotidianas que emprendemos, podríamos detenernos un momento cuando nos invade la presión inminente de “no perder la figura” y pensar –en contraataque– que merecemos no perdernos el mundo: 93 mil millones de años luz, más que suficientes para ocuparlos sin reservas con toda la inmensidad de nuestros cuerpos.

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