3/29/2026

La decadencia gringa

 Fabrizio Mejía Madrid

La decadencia gringa

"Un caso que precipita la decadencia del sistema gringo es la participación de los billonarios de la tecnología en la campaña de Trump".

Hay tres mitos sobre los Estados Unidos que todavía mucha gente quiere creer: 1) Que tienen el ejército más poderoso del mundo; 2) Que tienen la tecnología más avanzada; y 3) Que su democracia es la mejor del mundo. Estos tres mitos se vienen abajo nada más acercándose a lo que exhiben en estos días: su aparato industrial-militar y su aparato digital-electoral están carcomidos por la corrupción, por los conflictos de intereses, por la avaricia. Ambos sistemas se han interconectado desde finales de la II Guerra Mundial: con sus intervenciones militares exportaban la democracia y ---dicen todavía--- las libertades. Pero hay algo que se les ha podrido casi por completo: ambos aparatos, el militar y el electoral, ya sólo funcionan para generarle dinero a los corporativos. Ya no importa si se pierden o ganan guerras. Ya no importa si se ganan o se pierden elecciones. Esta columna trata sobre esa decadencia del imperio autollamado “americano”.

En la introducción al libro que recopila los reportajes de Andrew Cockburn en la revista Harpers llamado Washington is Burning (Washington se quema), el periodista asegura lo siguiente: “Desde el triunfo por segunda ocasión de Donald Trump Las acciones de las corporaciones penitenciarias se dispararon ante la expectativa de obtener grandes beneficios con el posible encarcelamiento masivo de migrantes. Las garantías legales contra el saqueo por parte de especuladores financieros, especialmente la industria de las criptomonedas, fueron eliminadas. Las corporaciones de defensa y sus socios militares se frotaron las manos con la expectativa de recibir presupuestos billonarios para el levantamiento de un Domo Dorado de defensa anti-aérea en todo Estados Unidos”. Estos tres proyectos que, para todos nosotros, son el ICE encarcelando personas y hasta disparándoles a quema ropa ---lo que implica que las aseguradoras de los municipios leven las cuotas---, las tarifas arancelarias o los anuncios de Trump para manipular la cotización del precio de las acciones bursátiles o de las materias primas, y las amenazas militares de todos los días contra Canadá, Groenlandia, México, Cuba y su cumplimiento en Venezuela.

Por supuesto no es que Donald Trump esté solamente loco sino que los dos aparatos que a Estados Unidos le le dan coherencia se benefician de sus políticas por más erráticas que sean. La idea de que un presidente pueda declarar emergencias nacionales cuando así lo considere necesario desde 1977, ha provocado que se use lo mismo para el fentanilo que para la migración legal y hasta para atacar a un país como Irán que estaba negociando ya no enriquecer más uranio. No importan las razones. El asunto es sostener acciones políticas que sigan beneficiando tanto a la industria de las consultorías electorales, propaganda mediática, encuestadoras, tanto o más que a los fabricantes de armas de destrucción masiva. En su antología de reportajes, Cockburn nos presenta esta imagen. En las horas antes de la toma de posesión de todo Presidente de Estados Unidos desde Richard Nixon hay una reunión con los militares donde le muestran el procedimiento para disparar armas nucleares. En las horas siguientes a la toma de protesta, otra reunión, ahora con abogados, le muestra al Presidente que puede hacer de existir una emergencia nacional: el toque de queda, la desaparición de las garantías individuales, el control sobre el Internet, y la desaparición de oponentes considerados peligrosos. En el caso de Trump, hasta ahorita, las decisiones presidenciales ha sido irse a una guerra en Asia Occidental, imponer aranceles, y amenazar con suspender las elecciones intermedias porque no son confiables. En caso de “emergencia nacional” —que puede invocar cuando quiera— se activan más de cien disposiciones especiales, como congelar las cuentas bancarias de los estadounidenses o desplegar tropas en territorio nacional. Una de estas disposiciones incluso permite al presidente suspender la prohibición de realizar pruebas de armas químicas y biológicas en seres humanos. Pero eso no es todo. Cuenta Andrew Cockburn que existe un organismo del Estado llamado de Vigilancia de Inteligencia Extranjera que propone a un grupo secreto de once jueces espiar a determinadas personas. Entre 1979 y 2012 el organismo pidió a los jueces 33 mil 900 permisos para intervenir telefónicamente a miles de personas. Los jueces se lo negaron sólo en once ocasiones. Escirbe Cokburn: “Ronald Reagan dirigió una extensa operación encubierta en Nicaragua utilizando fondos provenientes de la venta secreta de armas a Irán. George Bush atacó Panamá sin la aprobación del Congreso (pero respaldado por un dictamen jurídico del Fiscal General Adjunto William Barr) tan solo unos años después, mientras que Clinton haría lo mismo en Serbia. George W. Bush utilizó la autorización del Congreso para el uso de la fuerza militar contra Al-Qaeda tras el 11-S para ocupar Irak, interceptando ilegalmente las comunicaciones de ciudadanos estadounidenses durante todo el proceso. Barack Obama abrió nuevos caminos extra constitucionales al ordenar la ejecución mediante dron de un clérigo musulmán que había nacido en Nuevo México. Nadie sufrió consecuencias”.

Sólo un principio rige la política en Estados Unidos entre Demócratas y Republicanos y es el principio de la colusión. El pegamento es lo que Cockburn llama “la clase consultora”, es decir, las compañías de marketing electoral, los clubes de financiamiento, los lobbies de intereses económicos, los publicistas de las redes, los despachos de estrategia, los medios de comunicación, y las encuestadoras. Dentro de ellos, existe un tipo de organización que puede formarse por tres personas que está habilitada por ley para conseguir financiamiento privado de un candidato. No hay límite a lo que un dueño de empresas químicas como la de los Koch Brothers que financió al Tea Party y se opuso abiertamente al Obamacare. Marco Rubio, por ejemplo, en su fallida campaña de 2012 recaudó de los casinos de Sheldon Adelson más de 150 millones de dólares. Porque a la industria de las elecciones no le importa si gana o pierde su candidato. Igual ganan dinero. Una vez que pierden y ya facturaron pueden vender al mejor postor sus listas de donantes. “Así como la industria de defensa promueve con éxito sistemas de armas ineficaces pero altamente rentables, la industria electoral sigue utilizando esta herramienta de campaña ineficaz para candidatos desesperados”. Hay que recordar que Kamala Harris recaudó y gastó mil 500 millones de dólares en 15 semanas contra Donald Trump que recaudó mil cien millones, de los cuales unos 120 eran de Elon Musk. Peter Thiel de Palantir le donó al vicepresidente JD Vance una cantidad similar y ahora tiene los contratos de reconocimiento facial para el genocidio en Palestina y la guerra contra Irán.

Dos lobbies de interese intervinieron con fuerza financiera en la campaña de Donald Trump y los candidatos de MAGA. El primero, el Comité de Asuntos públicos Americano-Israelí ---AIPAC--- que actúa bajo diversas disfraces legales: como una fundación educativa exenta de impuestos, una organización de cabildeo, el coordinador de comités de acción política locales aparentemente independientes y un agente extranjero no registrado. El segundo fue la Fundación nacional Cubano-Americana que se creó casi como una calca de la israelita. Si vemos las decisiones de Donald Trump en Asia Occidental y en el Caribe podemos concluir que no se trata de una estrategia de él o de los Republicanos, sino de quienes los llevaron al triunfo electoral. Así, Estados Unidos no es ni por asomo una democracia popular. Además de que un candidato puede perder el voto del pueblo pero ganar en un Colegio Electoral como sucedió con George Bush junior, las decisiones no obedecen al interés nacional sino al comercio entre intereses privados y financiamiento de campañas demócratas y republicanas. Desde ese punto de vista la decadencia de esa democracia en América está totalmente corrompida por el dinero.

Un caso que precipita la decadencia del sistema gringo es la participación de los billonarios de la tecnología, los de Silicon Valley, en la campaña de Trump para que les entregara contratos militares. El genocidio de Gaza fue posible por la ayuda de la ciber vigilancia y la decisión de los supuesta inteligencia artificial para disparar. El desastre que ha sido para Estados Unidos la respuesta de Irán en la guerra también se debe a esto.

La historia del fracaso de la tecnología de vigilancia en tareas de guerra tiene muchos episodios. Uno de los más recordados es cuando se supone que IBM había desarrollado una forma de detectar la orina y los pasos de los vietnamitas del Frente de Liberación Nacional de Ho-Chi.Minh en sus rutas secretas. La operación se llamó Iglú Blanco y tenía una supercomputadora en Tailandia que costó millones de dólares de 1972. No funcionó. Los vietnamitas colgaban cubetas con orina de los árboles al azar y paseaban ganado por las veredas introduciendo datos falsos a la super computadora. El origen del Internet, ya lo saben, fue un programa de la CIA llamado Arpanet que tenía como objetivo espiar a los jóvenes que se oponían a la guerra. Otro programa secreto para lo mismo dio origen a lo que hoy es Google Earth y Google Maps. En 2003 el dueño de Pay Pal, Peter Thiel, utiliza sus aplicaciones para detectar fraudes bancarios para desarrollar una empresa llamada Palantir que se ocupa de detectar patrones comunicativos. Quien fuera el secretario de marina de Obama, Robert O. Work se vincula accionariamente a Palantir y en 2017 dan origen al programa insignia del genocidio en Gaza, el Proyecto Maven que no es más que el uso de las filmaciones de miles de drones para ubicar posibles objetivos militares. Google se incorporó también en este programa de asesinatos masivos. Según sus creadores, tienen algo llamado ATR que es un reconocimiento automático de un objetivo a ser asesinado. Funcionan con rasgos faciales. Y fallan si el objetivo, por ejemplo, se pone una caja de cartón en la cabeza. Pero eso no impidió que se apuntaran a los contratos de reconocimiento facial Amazon, y otra vez Google y Palantir. Por su parte, Google también se prestó a hacer un programa llamado Dragonfly para reconocer disidentes para el gobierno chino. Jeff Bezos, por ejemplo, en 2013 ganó un contrato de la CIA por 600 millones para prestar su nube de almacenamiento para tareas de inteligencia. Microsoft ganó otro por 22 millones para desarrollar un casco de realidad aumentada para soldados pero fue desechado porque los militares se mareaban y vomitaban en el campo de batalla. Ahora las empresas de tecnología negocian juntas los contratos del Pentágono: Palantir, Amazon, Microsoft, y Space X. El año pasado, Trump presentó el Plan de Acción de la Inteligencia Artificial. Son decenas de enjambres de centros de datos por todo el país que se van a alimentar de energía fósil. Ahí dijo que debían garantizar el precio del petróleo más bajo para poder hacerlas. Para que se dé una idea, uno de estos enjambres propuesto para Virginia, va a necesitar cuatro plantas nucleares para funcionar.

Pero la corrupción no es sólo de los libertarios de la tecnología. Lo es de los propios altos mandos del ejército y la marina estadunidenses, Dice Cockburn: “Entre 2008 y 2018, al menos 380 altos funcionarios del departamento y oficiales militares se convirtieron en lobistas, miembros de juntas directivas, ejecutivos o consultores de contratistas de defensa en los dos años posteriores a dejar el ejército. Desde el final de la Guerra de Corea, el exanalista del Pentágono Franklin Spinney, ha revelado un patrón intrigante: en general, el presupuesto ha crecido a un ritmo constante del cinco por ciento anual. Cada vez que la cifra ha caído por debajo de esa tendencia, ha surgido una temible «amenaza» justo en el momento oportuno para justificar aumentos de presupuesto militar”. Ni siquiera el fin de la Unión Soviética en 1991 logró aminorar ese crecimiento del cinco por ciento anual. Lo que vemos es ya una corrupción llevada al límite más terrible: matar para ganar dinero.

Andrew Cockburn le dedica un capítulo a Honduras. La historia la sabemos de sobra los latinoamericanos: los gringos comandados por Hillary Clintos como Secretaria de Estado de Obama le dan un golpe al presidente constitucional Manuel Zelaya para imponer a un narcotraficante, Juan Orlando Hernández. Lo hacen presidente de ese país y, luego, lo apresan para enjuiciarlo y Trump lo deja libre mediante un indulto. El periodista de Harpers hace una aclaración al final: como parte de las privatizaciones salvajes de Honduras en esos años, se crearon zonas de fábricas extranjeras que no se guían por las leyes laborales del país. Donald Trump produce sus camisas en maquilas en Choloma, cerca de San Pedro Sula. Así que tanto las guerras como la supuesta guerra contra el narco no son para ganarse sino para administrar cuantiosos recursos, públicos, privados, no importa. Pareciera que no existe la noción de conflicto de interés en los Estados Unidos. En tan sólo un año, la familia Trump ha ganado con su Presidencia tres mil millones de dólares.

Tecnología que no se fabrica para que funcione, guerras que no importa si se pierden, elecciones que son un mero trámite para medirse en talento para recaudar dinero a puños, todo eso ha devenido en la decadencia del imperio que alguna vez fue Estados Unidos. Sus dos aparatos, el industrial-militar y el digital-electoral funcionan ya por sí mismos pero no producen libertad o democracia como ellos solían presumir, sino solamente dinero.

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