3/08/2026

La razón de que los jóvenes estén así…

 Óscar de la Borbolla

"¿Qué reacción podrían tener los jóvenes de hoy más que la depresión ante el calentamiento global, la falta de agua, el desempleo y el subempleo...?"

A mediados del siglo pasado, se extendió por el mundo una visión pesimista. No sólo fue a través de pensadores existencialistas como Jean Paul Sartre o Albert Camus, sino con obras de teatro como las de Eugenio Ionesco, Samuel Beckett o Harold Pinter, dramaturgos que se denominaban del absurdo; hubo también cineastas como François Truffaut, Jean-Luc Godard o Michelangelo Antonioni que contribuyeron a esa misma visión. Se trataba, en todos los casos, de mostrar el absurdo de la existencia. Los jóvenes de entonces quedamos pasmados. Muchos habíamos crecido en ambientes donde la existencia era diáfana, pues se percibía la vida de una manera simple: había que estudiar, trabajar, ser felices y al final, cuando sobreviniera la muerte, la preocupación quedaba, literalmente, eclipsada con Dios. No era un Dios que se entendiera profundamente ni que se asumiera con una fe firme; era más bien un barniz religioso, suficiente para dejar tranquilos a quienes no se cuestionaban demasiado.

La sensación de absurdo era provocada por novelas como La náusea o El extranjero, o por obras de teatro como Esperando a Godot o El final de la partida, o con películas como Blow up o Pierrot el loco. La juventud de entonces comenzó a asomarse al sinsentido de la existencia; era una experiencia novedosa que incluso se denominó "experiencia límite". Era como de pronto tropezar con la gratuidad del mundo y con su total sinsentido; Sartre expresó muy bien esa sensación con la fórmula: "la náusea existencial". Era una vivencia que duraba lo que tarda una tarde o un estremecimiento, pues uno se reponía casi de inmediato al reconectarse con las urgencias de la vida cotidiana. Esa vida cotidiana en la que uno no tiene tiempo para asuntos metafísicos, pues está demasiado ocupado en resolver problemas urgentes como el dinero, el bienestar de las personas a las que se quiere; esa cotidianidad donde uno se encuentra con amigos y, también, donde uno procura cuidarse de que algún malintencionado le meta a uno una zancadilla. Esa vida cotidiana que es absolutamente absorbente porque en ella está cuanto nos importa: donde todo tiene sentido: una sonrisa, un apretón de manos, un like, un desdén, un aumento de sueldo, un "sí" o un "no" que, pese a ser monosílabos escuetos, son capaces de cambiar el rumbo de nuestra vida.

La vivencia de absurdo rasgaba por un momento la cotidianidad y se hacía ver la nada, pero, casi de inmediato, el asomo del sinsentido se cerraba y uno volvía a enfrascarse en su vida, porque uno tenía una vida con un montón de anhelos y de personas importantes y de deseos que quería cumplir y de cosas que quería tener, y uno sentía a flor de piel la injusticia que le cometían, y odiaba con toda el alma a quien indebidamente se había quedado con lo que a uno legítimamente le correspondía, y donde todo era importante, hasta el color de las paredes o la mancha en la ropa o el peinado que le descomponía el viento. La vida cotidiana es el mundo del sentido. Un sentido tan poderoso que cierra el hoyo provocado por el absurdo.

Y hubo muchos jóvenes de mediados del siglo XX que incluso le daban un sentido heroico a sus vidas y querían trasformar este mundo, porque les indignaban la injusticia, las desigualdades, el dolor ajeno. Muchos que experimentaban su vida con un sentido de trascendencia social y que no tenían tiempo para darse el lujo de vivencias pequeñoburguesas existencialistas. Para ellos, los encuentros fugaces con el sinsentido sencillamente no existían. Lo que había era la necesidad apremiante, la urgencia vital de hacer algo para transformar este mundo. La vida tenía sentido, un sentido total, y esos jóvenes vivían entregados a conseguir su meta. En aquel tiempo, no había sitio para la indiferencia, no había lugar para el vacío, porque todo estaba lleno de futuro y uno sentía que el futuro era casi palpable, sólido, seguro.

Durante 50 años fui profesor de filosofía en la Universidad y, obviamente, poco a poco, fui dejando de ser joven; pero los jóvenes también poco a poco dejaron de serlo, sobre todo en la última década: cada generación llegaba al aula con menos fuerza. Al principio de mi carrera docente ser joven era ser apasionado, interesado, curioso, preocupado, comprometido; sin embargo, un día, no hace muchos años, a la universidad llegaban jóvenes más viejos que yo; eran tan viejos que nada los entusiasmaba, que nada lograba conmoverlos. Y los vi convertirse, incluso, en zombis: estaban deprimidos, ausentes, indiferentes a todo, sin ánimo. Lo que pasó en mi entorno, pasó también en el resto del mundo, y hoy quisiera no ofrecer una teoría, ni siquiera una hipótesis para explicar lo ocurrido; quisiera únicamente dejar constancia de mi impresión de persona común y corriente que ha tenido el privilegio de vivir de mediados del siglo pasado a lo que va de este.

En algún momento me parecieron inexplicables los jóvenes de hoy, no por sus atuendos estrafalarios y sus tatuajes, sino por las estadísticas de depresión, el consumo de alcohol y de drogas, por la tasa de suicidios, la indolencia, el desgano, la indiferencia en el trabajo, el poco interés por el estudio, la falta de concentración, el nivel raquítico de palabras que usan en sus conversaciones y, sobre todo, por el hecho inconcebible de que prefieran pasarse la vida encerrados, contemplando una pantalla, perdidos en el mundo virtual de las redes sociales que querer tragarse y atragantarse con el mundo. Inconcebible que hayan desertado del mundo real para mudarse al mundo virtual, a la evasión total.

En un principio, digo, me pareció incomprensible el fenómeno que estaba ocurriendo; pero lentamente fue pareciéndome lógico, completamente lógico, incluso, obvio. Sólo revisemos el panorama para que se transparente el comportamiento de los jóvenes actuales: hoy no existe en la mente de nadie la utopía, lo que hay son docenas de distopías, de versiones apocalípticas del futuro. ¿Qué más podría haber ante el fracaso real de las utopías? Fracasó la ciencia que era la panacea prometida por Moro, Bacon o Campanella; fracasaron las utopías de justicia y equidad que plantearon los socialistas y los anarquistas; fracasó la democracia ante el poder de manipulación que posee la tecnología mediática al servicio del dinero... ¿Qué otra reacción podrían tener los jóvenes de hoy más que la depresión ante el calentamiento global, la falta de agua, el incremento incesante de los gases de efecto invernadero, la acelerada extinción de las especies, las sofisticada variedad de las armas de destrucción masiva, el desempleo y el subempleo, los algoritmos que los encierran en una burbuja informativa y la amenaza que implica la IA de volverlos no solo a ellos, sino a todos unos seres no útiles, prescindibles, desechables? La fuerza que poseía la vida cotidiana porque dotaba de sentido ya no es suficiente para cerrar el boquete gigante de absurdo de este mundo que no ofrece esperanzas por ningún lado. Un mundo donde el futuro ha dejado, no digamos de ser tangible, sino, siquiera, incierto, pues se vislumbra como la certeza de que no habrá futuro.

¿Con qué podría cerrarse esa nada que parece estar ahí devorándolo todo, ese dilatado absurdo, si hoy la vida cotidiana ya no tiene ni siquiera el atractivo poderoso que implicaba el amor? Sí, el amor que hacía que una persona cualquiera se convirtiese de pronto en importantísima y por esa persona se tensaran los días y se llenaran de entusiasmo y de ganas. Hoy, cualquiera se junta con cualquiera y se sustituye con cualquiera y, por supuesto, ni ahí se encuentra nada con sentido. Y otro tanto ocurre con la indignación, ese poderoso resorte que nos llenaba instantáneamente de sentido, provocándonos una reacción de rabia. Hoy la indignación es un resorte que se ha aflojado, pues son tantas las indignidades, se suceden tan velozmente unas a otras, que ya más que reaccionar indignados parpadeamos ante un nuevo acontecimiento abominable y nos da lo mismo. El absurdo que fue en el siglo pasado una experiencia límite se ha vuelto una vivencia estacionada. Aquellos antihéroes de las novelas La náusea y El extranjero, Antoine Roquentin y Meursault, son Pedro y Juan y María y Guadalupe, el ejército incontable de los jóvenes de hoy, a quienes se les ha dinamitado el campo gravitatorio de la vida cotidiana que es donde existía el sentido.

Sólo me resta decir que deseo profundamente estar exagerando, pero que, a veces, la exageración nos deja ver lo que bien podría estar por suceder o ya está ocurriendo.

X @oscardelaborbol

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