Un viaje a la verdad: lo contraintuitivo
El Oasis de la Insignificancia
Óscar de la Borbolla
"En algún sentido parecería que la ciencia se ha propuesto llevarle la contra a nuestras intuiciones más ciertas".
Hoy se habla mucho de lo contraintuitivo. Es un concepto que ha puesto de moda la mecánica cuántica en virtud de las propiedades extrañas que ha descubierto en la profundidad de la materia; sin embargo, no la palabra "contraintuitivo", pero sí su necesidad en el vocabulario nació, cuando en el Siglo VI a. C., apareció el primer filósofo: Tales de Mileto. Recordemos que "contraintuitivo" es un adjetivo que sirve para referirse a la incongruencia que se da entre lo que ocurre realmente y la idea que a nosotros nos parece obvia. Lo que suponemos y hasta consideramos evidente no se parece en nada a lo que, en efecto, es o sucede.
Imaginemos a lo contemporáneos de Tales, trasladémonos 27 siglos al pasado cuando la gente, por muy ajena que hoy pueda parecernos, reaccionó exactamente como reaccionamos nosotros ante lo que contradice nuestra más íntima convicción. A todos nos consta la diversidad del mundo: sobre mi escritorio, ahora mismo, están unos libros, una taza, un teléfono celular y un vaso con plumones y bolígrafos, además de mi computadora y mis manos. Cada quien tiene ante sí una diversidad de objetos distintos y, de pronto, a Tales se le ocurre decir que todas esas cosas distintas son lo mismo, que el principio de todo es el agua, que todo lo que está ante nosotros y que distinguimos perfectamente, puesto que se muestra como diversidad, es agua. Hoy sabemos que no todo es agua, pero gracias a esa afirmación, desde entonces, se busca lo que las cosas tienen en común y, gracias a ello, entre otras muchas consecuencias nacieron las ciencias. Hoy la física no afirma que todo sea agua, pero nos dice que TODO son partículas o incluso cuerdas bidimensionales.
A una distancia de 27 siglos, los seres humanos seguimos viendo a nuestro derredor cosas distintas: nadie confunde un semáforo con una manzana; pero ya no nos resulta tan chocante la idea de que haya un componente básico, de que todo sea en el fondo lo mismo. Y es por ello que la afirmación de Tales ya no nos parece tan contraintuitiva como a sus contemporáneos. Con la afirmación de Tales —el acuerdo es unánime— da inicio el conocimiento científico; fue una afirmación que provocó en su tiempo lo que hoy se denomina resonancia cognitiva (una frase elegante para referirse a lo antipático y chocante).
Casi podría decirse que cada avance, en verdad decisivo, de la ciencia resulta contraintuitivo, y es que los seres humanos somos dados a fundar nuestras "verdades" a partir de lo que nos parece obvio o evidente. Por ejemplo, que nuestro planeta está quieto, pues, salvo cuando tiembla, no hay nada más fijo que la Tierra. Yo admito, pero a regañadientes, que la velocidad a la que va nuestro planeta dándole de vueltas al sol es de 30 kilómetros por segundo. Aunque a mí la Tierra me parece quieta. Veámoslo con calma: 30 kilómetros por segundo equivalen aproximadamente a poco más de cien mil kilómetros por hora. 100,000 km/h es una velocidad que no me entra en la cabeza. Yo camino a 4 kilómetros por hora y la velocidad máxima que, como tal, he experimentado es cuando el avión en el que voy de viaje despega. Lo hace a una velocidad entre 250 y 300 km/h, ya luego cuando asciende a lo que se llama "altura de crucero" puede llegar hasta 900 km/h, pero no siento esa velocidad. Según mi experiencia, lo que sí es evidente es el despegue, la velocidad me encaja sobre el respaldo del asiento. ¿Cómo entender que la Tierra recorre su órbita a 100 mil kilómetros por hora y no sintamos nada. Y eso sin sumarle otras velocidades, pues el Sol también está en movimiento, al igual que nosotros orbita el centro de la Vía Láctea a una velocidad de más 800 mil kilómetros por hora, y la Vía Láctea junto con Adrómeda y otras galaxias a su vez orbitan en torno al Gran Atractor. En otras palabras, la velocidad a la que nuestro planeta va persiguiendo al Sol que, a su vez, persigue a la Vía Láctea, que está en movimiento, da una velocidad altísima y esto es una verdad contraintuitiva. Entiendo, la admito; pero para mí, según el sentir de mi cuerpo, el suelo está quieto. En algún sentido parecería que la ciencia se ha propuesto llevarle la contra a nuestras intuiciones más ciertas.
La cuestión más contraintuitiva, sin embargo, con la que me he topado no llegó a mí cuando me asomé a la mecánica cuántica, aunque ahí, en efecto, cada paso pone en crisis la lógica con asuntos como la acción a distancia que viola la velocidad de la luz o la superposición que Shodinger intentó ridiculizar con su famoso experimento mental en el que un gato está vivo y muerto a la vez. No, lo más contraintuitivo fue la respuesta a una pregunta de total sencillez, atribuida al filósofo Berkeley para resumir la tesis central de su filosofía: "el ser es ser percibido". La pregunta es: ¿si un árbol cae en un bosque donde no hay nadie hace ruido? Esta pregunta no pone en duda que el árbol caiga, sino si se produce o no algún ruido. Fue discutida durante un largo tiempo, muchos sostuvieron que sí y otros que no. Hoy sabemos que el ruido, el sonido en general, no es otra cosa que ondas sonoras, ondas que se propagan en el aire o en el agua o en algún medio que ondule y que no suenan, pues el sonido es una experiencia subjetiva que se produce en nosotros, cuando nuestro oído, estimulado por esas ondas, manda unas señales eléctricas al cerebro, y es en nuestra conciencia donde esos estímulos eléctricos son percibidos como sonido.
Y lo mismo sucede con el color. Los colores son ondas electromagnéticas de distinta frecuencia. Ondas que nosotros percibimos como colores: el rojo no es en sí mismo rojo, es una simple frecuencia incolora que se encuentra entre los 400 y los 480 terahercios y que nosotros experimentamos como rojo. E igual pasa con todos los demás estímulos que recibimos por los sentidos. No es que no exista algo ahí, afuera de nosotros, puede ser que sean campos y partículas que se colapsan, como sostiene la física moderna; pero en modo alguno son el mundo tal y como lo percibimos.
De todas las verdades científicas, esta idea es la que más se contrapone a lo que intuitivamente doy por bueno. Racionalmente la acepto, pero me resulta imposible admitir que mi hijo o mi esposa o mis amigos o el motociclista que estuvo a punto de atropellarme hace unos días, no sean lo que mi intuición me dice que son: personas reales; sin embargo entiendo que son campos que vibran, frecuencias electromagnéticas que mi cerebro de un modo aún no del todo comprendido, transforma en experiencias subjetivas. Me resulta inconcebible que nada exista afuera de mí como lo capto dentro de mí o, en pocas palabras, que todo cuanto me rodea sea una ilusión, una alucinación compartida por todos los seres humanos pues, hasta en el caso de que todos alucinemos lo mismo, eso no le quita que lo que llamamos realidad es una alucinación.
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