3/15/2026

Trump y sus lacayos de América Latina

 Héctor Alejandro Quintanar

"México dio su mensaje con una afortunada ausencia porque no estuvo presente en esa cumbre del conservadurismo continental".

El fin de semana pasado se celebró la llamada Cumbre del "Escudo de las Américas" en Florida, que en los hechos fue una reunión de las derechas gobernantes en América Latina con el Presidente de los Estados Unidos, y, más descriptivamente, se trató de una especie de indigno besamanos latinoamericano hacia ese posfascista peligroso llamado Donald Trump.

La reunión, presuntamente, versó sobre las premisas que deben regir la seguridad como modelo compartido en la región. Pero en realidad se trató de un espacio donde, como refrito de la actitud interventora con que Estados Unidos rigió la segunda mitad del siglo XX, Trump palmeó en público los lomos de sus mascotas más fieles, expuso a la mano dura como un horizonte ideológico común, y, con un tono trasnochado, habló de la influencia China, país que, a diferencia de la potencia norteamericana, nunca ha intervenido con la fuerza en América Latina, como una amenaza regional.

México dio su mensaje con una afortunada ausencia, porque no estuvo presente, por las razones que sean, en esa cumbre del conservadurismo continental. A diferencia de la Conferencia Política de Acción Conservadora, que parece más bien un grupo de autoayuda fascista para procesar las frustraciones de engendros como Agustín Laje y otros agitadores de la “nueva derecha”; esta reunión expuso sin atenuantes los riesgos que se corren cuando gobiernan personajes sin un proyecto claro relativo a la soberanía y el combate a la pobreza.

En lo tocante a nuestro país, fue un gran acierto que la Presidenta Claudia Sheinbaum no sintiera el menor aprecio por esa reunión, donde, además, Trump expuso que México pone trabas a su entendimiento de “combatir los cárteles”, con lo que se desprende que el Gobierno mexicano no permite una injerencia de ese calibre en un tema complejo que no puede resolverse como el vecino del norte entiende las relaciones internacionales, es decir, a través de rupturas del orden y el sentido común; y la exacerbación del crimen político y la sangre, como ocurre hoy en Venezuela e Irán, y como ha ocurrido históricamente cuando se trata del interés geopolítico estadunidense desde el siglo XIX.

Pero de esta reunión, en el aspecto ideológico hay algo que vale la pena subrayar, en razón de la visibilidad de personajes como Nayib Bukele o Javier Milei. Y es que la derecha latinoamericana, aunque tenga una inamovible raíz conservadora, no es igual y tiende a adaptarse, o a sobajarse, con el paso del tiempo.

Ideólogos del conservadurismo mexicano, por ejemplo, en su momento fueron firmes defensores de la soberanía, como fue el caso de don Lucas Alamán en el siglo XIX. E incluso la ultraderecha más obtusa del siglo XX mexicano solía tener exabruptos extraños que, sin embargo, revelaban un mínimo de autodeterminación, como cuando sectores ultracatólicos mexicanos -que terminarían en esa cosa llamada FRENA de 2019-, profesaban un desprecio total a la Revolución Cubana, pero le reconocían gran mérito por haber combatido con éxito al imperio estadunidense en 1959.

Se puede poner en entredicho la lucidez de la ultraderecha católica mexicana, al suponer que más que un tema de soberanía, su postura antiyanqui obedece a un precepto católico. Rechazan la injerencia estadunidense en América Latina no porque ello sea un acto abusivo e indigno en sí mismo que lacera los recursos y autodeterminación de los pueblos, sino porque Estados Unidos representa para ellos la religión protestante, misma que consideran no debe imperar en la América descendiente de la hispanidad católica.

Hoy, a tono con los cambios en las derechas radicales de la región acordes al giro neoliberal de la década de 1970 y la posterior disolución soviética, esta ultraderecha tiene una vocación lacayuna que no oculta, sino presume. Como niño de kínder orgulloso de la estrellita dorada que se le cuelga en la frente, la pléyade de gobernantes latinoamericanos que se sobaja por sí misma ante un personaje envilecido como Trump es de espanto.

Otro elemento digno de reflexión es asimismo la enunciación grotesca de un personaje como Javier Milei, que en medio de la barbarie iniciada por Israel y agravada por Estados Unidos, le dice a todos, casi en el marco de esa reunión, que es el Presidente más sionista del mundo. Buen momento para reflexionar sobre ese exponente de la derecha libertaria argentina, hermanada y con inmersiones de la ultraderecha clásica de ese país, que en el siglo XX fue militantemente judeófoba, y tiene entre sus raíces al nacionalismo católico de Julio Meinville, sacerdote desorbitado que, repitiendo consignas medievales, señalaba al judaísmo como la unión conspirativa de todos los males anticristianos -es decir, iluminismo y comunismo-, y tuvo en la última dictadura militar argentina a personajes formados en esa tradición racista, antilaica y antimoderna, como el capellán de la policía bonaerense Christian Von Wernich, quien en su juventud porril perseguía rectores de universidades para golpearlos sólo por su origen judío.

La mentalidad de la ultraderecha argentina ha cambiado. Si estuviéramos en los años cincuenta del siglo pasado, quizá un Milei de entonces sería un rabioso judeófobo para quien los judíos serían unos zurdos de mierda al servicio de la Unión Soviética. ¿Por qué hoy se postra ante Benjamin Mileikowski? Hay que decirlo, sus simpatías no están con la amplia, laica y multidimensional tradición de la cultura judía, sino con el Estado de Israel y la fuerza genocida que hoy lo rige.

Podrían así buscarse hipótesis en dos elementos. El primero de ellos, el cambio de la mentalidad ultraderechista en occidente a partir del 11 de septiembre de 2001, cuando el objeto de la esencial xenofobia de la posguerra fría se volcó ya no al judío como embozo comunista, sino al musulmán que, en esta manera estrecha de ver el mundo, es sin más un terrorista en potencia.

Y, asimismo, en el supremacismo racista del sionismo religioso, ese que no respeta ni a sus propios muertos y, más que defenderse, busca formar a entes violentos que, ideológicamente, buscan distinguirse y no tener nada que ver con aquella generación de seres humanos que fueron víctimas de un genocidio perpetrado por los nazis a mediados del siglo XX. Ese sionismo religioso y vil -representado por criminales como Mileikowski o Itamar Ben Gvir- que hoy traiciona la historia judía y comete un genocidio ya no es para las ultraderechas un enemigo, sino un ejemplo por seguir. Momento de considerar que, sin más, el hilo conductor de estas derechas es una mezcla paradójica de sadismo, el placer de ver sufrir a otros, y masoquismo, como muestra su actitud de lacayos ante la miseria de Donald Trump.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario