"En el agregado regional, el bajo crecimiento de los últimos años podría acentuarse si el conflicto en Medio Oriente no amaina".
La guerra de Trump y Netanyahu contra Irán está en un lugar recóndito del mundo desde la óptica latinoamericana. Medio Oriente queda lejos. No obstante, la globalización hace que todos los países tengan algún tipo de pellejo en juego, sobre todo los más abiertos al comercio de bienes y al flujo de capitales. Al poner en la balanza el precio de las materias primas, los volúmenes de las exportaciones y la inflación, entre otros, un conflicto prolongado supondría más costos que beneficios incluso para una región donde la mayoría de los mandatarios de peso promueven la paz y pretenden gravitar lo más alejado posible de la órbita estadounidense. Llevados al tablero político, esos costos netos podrían tener eco electoral.
Venezuela es el ganador obvio de la región desde un punto de vista estrictamente económico. Condicionada por la intervención vigilante de Washington, el salto en los precios del petróleo reactivaría una economía aletargada. Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo, pero es el menor productor entre los 10 mayores poseedores de reservas petroleras; lastra una producción declinante debido a la baja inversión y, sobre todo, a las sanciones contra la petrolera estatal (PDVSA) impuestas por el mismo Trump en su primera presidencia. Tras la captura ilegal de Maduro, las exportaciones de crudo se duplicaron en febrero en relación a enero. No es descabellado pensar que la Casa Blanca atacó primero a Venezuela para asegurar el suministro energético ante una posterior escalada de precios, y así ganar armas para ahorcar a Irán.
Para Brasil, uno de los países de la región más cerrados al comercio internacional, el golpe estaría relativamente contenido. Por una parte, una guerra en Medio Oriente beneficiaría a Petrobras mediante un mejor precio de exportación y un probable premio al petróleo no conflictuado. En cambio, los agricultores brasileños son fuertes importadores de fertilizantes, si bien trasladarían el costo de insumos al exterior. Por otra parte, una demanda débil en China, principal socio comercial, podría afectar las exportaciones brasileñas de soya, hierro y carne, aunque cualquier caída sería menor a la registrada en la manufactura. Finalmente, el alza en los precios del petróleo transferiría recursos productivos del azúcar al etanol para la producción de gasolina, a su vez impulsando el precio de exportación del primero por el tamaño del mercado brasileño. En general, los términos de intercambio de Brasil podrían amortiguar el choque. Por otro lado, Colombia sería el caso más cercano a Brasil, si bien tiene un comercio internacional más dependiente de Estados Unidos que de China.
México estaría más expuesto a una desaceleración de la economía estadounidense bajo un escenario de conflicto alargado que merme las expectativas de crecimiento y engorde las presiones inflacionarias. Actualmente, ocho de cada 10 dólares en bienes enviados al exterior tienen como destino el vecino del norte, y un choque de oferta energético podría trastornar un consumo ya debilitado antes por Trump y visible en el aumento del desempleo. La manufactura, a diferencia de algunas materias primas no industriales, tiende a ser procíclica —bailan al ritmo del crecimiento económico y paran cuando mengua—, en especial en bienes duraderos (como automóviles) y consumo discrecional. Por otra parte, más difusa sería la ganancia de atractivo turístico por la creciente inseguridad relativa de Medio Oriente, en particular para los británicos que visitan Quintana Roo por sol y playa y para los estadounidenses, canadienses, españoles y franceses por arqueología.
Chile y Perú serían los más vulnerables a los vaivenes de la minería. Dependientes del precio internacional del cobre, que en esencia depende de la actividad industrial y no del vuelo al refugio como el oro y la plata, ambos padecerían un menor dinamismo global. El cobre representa cerca de la mitad de las exportaciones chilenas, mientras que genera aproximadamente un cuarto de las exportaciones peruanas. Si bien las políticas de Trump y el protagonismo de los minerales críticos catapultaron el precio del cobre en el último año, la guerra en Medio Oriente podría frenar el ascenso y, en el peor caso, revertir lo ganado. Al sumar que ambas economías andinas son dependientes de las importaciones de gasolina y gas y que además están inmersas en periodos de transición presidencial, si bien de naturaleza muy distinta, la incertidumbre podría trastocar los planes de inversión pública y privada y socavar la agenda de los gobiernos entrantes.
Para Argentina, un conflicto prolongado tiene potencial desestabilizador por la situación crítica de la balanza de pagos y las finanzas públicas. Si bien las ganancias por mejores precios de exportación en Vaca Muerta podrían generar divisas que hoy escasean, un choque energético a nivel global podría revertir la inflación declinante (aunque aún elevada) en la que Milei apostó su programa económico y el futuro político de La Libertad Avanza (LLA). En momentos en que los hogares argentinos registran tasas de morosidad crediticia por los cielos y el desempleo en la manufactura crece, el gobierno tiene estrecho espacio de maniobra para sortear turbulencia financiera global. Medio Oriente, potencial Waterloo de Milei, podría aflojar las pinzas que sostienen la economía entera.
En el agregado regional, el bajo crecimiento de los últimos años por la moderación del ciclo de materias primas y el surgimiento de retadores asiáticos en la manufactura podría acentuarse si el conflicto en Medio Oriente no amaina. En lo inmediato, las implicaciones electorales bailarán al son de Trump. Con las elecciones en Colombia (mayo) y Brasil (octubre) en puerta, cualquier vuelco de sentimiento traería un potencial voto de castigo (ciertamente injusto) contra el progresismo incumbente, si bien la cercanía de ciertos candidatos a Trump podría lastimar sus opciones de triunfo si Washington descarrila la economía mundial. Huelga decir, América Latina no es ajena al caos desatado por Washington y Tel Aviv.


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