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9/13/2026

Milei resucita al monstruo Pinochet

Héctor Alejandro Quintanar

"El libertarismo de Milei, que lo lleva hoy a reivindicar a un dictador sanguinario, significa llanamente estar libre de escrúpulos".


Milei resucita al monstruo Pinochet. Por Héctor Alejandro Quintanar

El 3 de septiembre pasado, en el contexto del Foro de Madrid, es decir, una reunión internacional de las derechas más representativas de América Latina, el Presidente argentino Javier Milei habló en Santiago de Chile para tratar de articularse en pos de combatir a los “zurdos mugrosos”.

La jerigonza y coprolalia de Milei no es absolutamente nada nuevo. De hecho, se ha tratado de una estrategia exitosa para que los personajillos de su tipo, que no encajan en ningún partido político por carecer de límites normales, transiten de las cloacas mediáticas a la competencia política; es decir, de la marginalidad al centro, haciéndose pasar por llaneros solitarios que atacan a todo el statu quo político cuando en realidad dependen de él para avanzar, como fue el caso del desprolijo argentino, que debió aliarse al macrismo y remanentes de la última dictadura de su país y empresarios como Eduardo Eurkenian para volverse Presidente en 2023.

Que ese personaje estridente y sádico, que disfraza de un supuesto individualismo económico su enfermiza incapacidad de socializar sanamente, hable de “zurdos mugrosos” o “zurdos de mierda” en una reunión de fachas no tiene ya nada de original y solamente recrudece a los modos flemáticos y sosos de otras derechas del continente.

Pero más que el contenido del mensaje de Milei, vale la pena resaltar el escenario y los destinatarios. Porque ahí, en Chile, el dizque libertario argentino se dedicó a tres cuestiones fundamentales; fustigar a los zurdos; despotricar contra el Presidente español Pedro Sánchez; y, en algo destacable por su miseria, fue a hablar en tono laudatorio del exdictador chileno Augusto Pinochet, aunque no lo haya mencionado.

En una rabieta anacrónica, el porquerizo Milei reivindicó el golpe de Estado pinochetista a escasos días de que se celebre su 53 aniversario. Y lo hizo con un discurso indigno, alegando dos cuestiones: la primera, que Allende era “comunista”; y la segunda, que el derrocamiento trajo supuesta estabilidad económica al país sudamericano por 40 años, lo que lo volvió la “envidia” regional.

Así, Milei refrió las viejas taras autoritarias del siglo XX. Su discurso en nada se diferencia de las sandeces que dijo Moors Cabot, quien en 1954 le presumió al Embajador brasileño en Washington que deliberadamente su país había mentido con que Jacobo Árbenz en Guatemala era comunista para facilitar su derrocamiento ilegítimo; ni se distingue de los berrinches antidemocráticos de Claudio X. González Laporte, que en 2006 acusaba que, si López Obrador ganaba, habría que hacer un golpe como a Allende.

Pero en esta zahúrda de personajes grotescos, es necesario resaltar cuatro cuestiones de por qué la figura de Pinochet es intolerable.

La primera de ellas, porque Pinochet se trató no sólo de un anticomunista estándar respaldado por la peor directriz de la política exterior norteamericana del siglo XX. Se trató también de un traidorzuelo oportunista. Un tipejo acomplejado que le tenía un resentimiento brutal a los militares progresistas Carlos Prats y René Schneider, ya que ellos fueron siempre brillantes y respetados en la armada chilena, mientras el lerdo Pinochet era visto como un grisáceo que apenas logró pasar sus materias.

Inmerso en el entorno de Allende en 1970, Pinochet fingió lealtad y simuló al máximo su teatro, incluso al ser el comandante que derrotó un primer intento de golpe de Estado contra Allende el 29 de junio de 1973, denominado "El tanquetazo", perpetrado por Roberto Souper, a quien el doble cara Pinochet neutralizó, pero sólo para copiarle las mañas y encabezar él miso el golpe definitivo dos meses después.

El segundo elemento es el siguiente. Después de perpetrar el antidemocrático golpe de Estado, Pinochet implementó un fallido proyecto económico que hizo agua en 1975, ante lo cual importó a rajatabla los dogmas neoliberales, removió a su Ministro de Economía Fernando Léniz para enquistar a Sergio de Castro, y fue respaldado por una serie de economistas de la Escuela de Chicago, como Hayek y Friedman, donde el primero escupió que era mejor una dictadura liberal que una democracia sin liberalismo. Así, mientras el proyecto neoliberal se iniciaba en el mundo anglosajón por la vía de las urnas, con los triunfos horribles pero legales de Reagan y Thatcher, en América Latina el neoliberalismo se abría paso por la vía antidemocrática de la dictadura y la imposición militar.

El tercer elemento es que Pinochet profundizó una herida ya abierta desde 1954 en América Latina con el primer golpe de Estado de la Guerra Fría interamericana en la región en Guatemala, y eso fue el de llevar las Dictaduras de la Seguridad Nacional a su punto culminante: la Operación Cóndor. El golpe chileno de 1973 fue represor y persecutor despiadado contra todo tipo de opositores democráticos. Muchos de ellos se refugiaron en el país vecino, la Argentina, aún gobernada en ese año por la herencia peronista.

Pero en marzo de 1976 un nuevo golpe militar, encabezado por el asesino Videla, sacudió a los argentinos, que de ese modo comenzaron a padecer la peor dictadura del siglo XX en su tierra. La posición geográfica separada por los Andes, la afinidad ideológica, la paranoia anticomunista y la mentalidad criminal, generó puentes de comunicación entre las dictaduras chilena y argentina, porque entre los objetivos de Pinochet estaba el perseguir no sólo a los disidentes dentro del país sino a los que habían logrado huir.

Así, con la intención de atacar a posibles focos de organización anti-dictaduras fuera de las fronteras; Pinochet, Videla y el dictador paraguayo Stroessner instaron a la Operación Cóndor, un mecanismo de represión selectiva contra personajes notables y de coordinación supraestatal que pretendía que los disidentes estuvieran acechados en cualquier país del Cono Sur e incluso otras regiones, y, con redes logísticas y militares coordinadas, las dictaduras pudieran atrapar y castigar, usando recursos de los otros regímenes criminales militares aliados, a perseguidos donde quiera que se encontrasen y aunque hubiera podido huir de su país de origen.

El cuarto elemento es la brutalidad sanguinaria que perpetró Pinochet. Con 40 mil víctimas entre asesinatos, desapariciones, tortura y presidio político; el golpe inenarrable contra los derechos humanos que significó el pinochetismo fue tan hondo, tan multicriminal y tan oscuro, que incluso la política exterior estadunidense debió desentenderse del carnicero chileno. En un episodio histórico, el gobierno de James Carter en Estados Unidos puso de manifiesto su escepticismo ante el salvajismo pinochetista, y se recuerda la frase del criminal Kissinger, quien respecto a Pinochet decía que necesitaban un cirujano y contrataron a un carnicero.

Ya para que un criminal de Guerra como Kissinger vea con desdén a un asesino lerdo como Pinochet es porque la situación chilena era de una gravedad abismal, misma que, ante las múltiples denuncias internacionales sobre derechos humanos y presión del entorno global; terminó desprestigiando a todos los regímenes militares anticomunistas latinoamericanos en su conjunto. No puede entenderse el proceso de democratización del fin de siglo XX en América Latina -así haya sido limitado y poco fructífero- sin entender el desgaste de las dictaduras militares de la región. Y no puede entenderse este desgaste sin la imagen real de un Pinochet sanguinario, corrupto, criminal en todo orden, que terminó mal visto incluso por la égida estadunidense.

Este último punto debería ser más que suficiente para saber que el pinochetismo en Chile dejó sólo sangre, destrucción y fracaso. Miles de muertos y desaparecidos y torturados inocentes. Una economía que aunque se pregonó ejemplar asedió a los derechos laborales de los chilenos. Y un país fracturado, sangrante, donde hasta 1970 había cierto consenso incluso de tintes progresistas (porque hay que recordarlo, en la elección que ganó Allende en ese año, sus adversarios tenían muchas coincidencias programáticas con él) y el anticomunismo rabioso era una expresión minoritaria, que creció a causa de las mentiras y violencia ejercidas por el propio Pinochet y sus adláteres en medios.

Por esas razones, Pinochet debió lanzarse al basurero de la historia y al excusado de una cárcel, donde en un acto de justicia legal y poética murió su vecino y colega Videla en 2013. Pero no. La derecha chilena lo sacó de la alcantarilla y hoy es una referencia central del gobierno de Kast, quien por cierto actuó en campañas propagandísticas a favor de Pinochet en el plebiscito de 1988.

Que hoy Milei haya ido a reivindicarlo en Chile es un signo ominoso. Sobre todo al venir de un Presidente de Argentina, país que a diferencia de su vecino chileno y de todas las demás dictaduras, fue el único que sí castigó a muchos de sus dictadores. Milei busca con ello hacer lo que siempre ha hecho: tratar de correr los límites de lo tolerable; decir sandeces que el sentido común y la historia han rechazado ya para tratar de insertarlos y validarlos en la conversación pública.

En eso consiste la libertad de Javier Milei. No en una ausencia de barreras estatales para que los individuos interactúen en un beneficio común. El libertarismo de Milei significa llanamente estar libre de conocimiento histórico; libre de decencia y libre de la sensibilidad mínima que debe imperar en cualquier persona sana. En resumen, el libertarismo de Milei, que lo lleva hoy a reivindicar a un dictador sanguinario, significa llanamente estar libre de escrúpulos.


9/06/2026

Calderón es el abuelo; Operación Berlín es la hija y la Derecha Diario es el nieto

                              Calderón es el abuelo; Operación Berlín es la hija y la Derecha Diario es el nieto

"La Derecha Diario aparece como una letrina más cuyo principal efecto es tratar de intimidar a los contrarios y radicalizar a los más obtusos".

Para cualquier persona con un mínimo de decencia, asomarse a la Derecha Diario en su versión mexicana, o en cualquiera de ellas, es un ejercicio masoquista o de curiosidad antropológica que, en cualquier caso, debe hacerse con las fosas nasales fruncidas, porque ni siquiera se trata de un panfleto de agitación política, es sin más una letrina de calumnias que hace ver elegante e ingeniosa a cualquier pared de baño público vandalizada por albureros.

El objetivo de la Derecha Diario no parece ser difundir ideas o movilizar audiencias en algún sentido político. Su meta parece mucho más burda: pretende intimidar a través de la injuria a sus adversarios, y con ello el tácito deseo de desmovilizar a los contrarios. No es, pues, un ejercicio para construir audiencias amplias, sino una vía para fanatizar a un grupúsculo marginal de gente carente de crítica o de escrúpulos.

Mirar su contenido significa algo predecible: una falsedad por acá, una cauda de adjetivos sin sustento por allá, una difamación por aquí, una bajeza por acullá; en un tono donde son capaces de basarse en una estolidez fantasiosa para hacer asociaciones forzadas. Así, por ejemplo, el famoso e irrelevante saludo de López Obrador con la mamá del "Chapo" es la base para acusar a toda una estructura gubernamental y su partido de “narco”, prefijo que usan contra todos sin el menor recato y sin notar las posibles implicaciones peligrosas.

No se dice nada nuevo hasta aquí. La Derecha Diario aparece como una letrina más cuyo principal efecto, deseado o no, es tratar de intimidar a los contrarios y radicalizar a los más obtusos. Pues bien: ahí en esa falta de originalidad de esa letrina digital es donde estriba un problema distinto.

Y ello es porque las suciedades que hace ese panfleto no son nada nuevas en México y, de hecho, han tenido un protagonismo indebido en nuestro país. Porque si se trata de publicar calumnias para deslegitimar o intimidar adversarios a través del ciberespacio, lugar que se prioriza porque ahí hay menos posibilidades de regulación, la historia mexicana ha sido prolífica en ello, pero ahí resalta un punto de inflexión, y ese fue el de la elección fraudulenta de 2006.

La campaña panista de ese año, que todos recordamos con la acusación al candidato puntero de ser “un peligro para México”, fue sucia, violatoria abiertamente de varios artículos del Cofipe, y, sobre todo inédita. No había en la historia de nuestro país ningún precedente de la turbiedad de esa campaña.

Esto parece una exageración si pensamos que México vivió un régimen autoritario en el siglo XX donde sin duda se calumniaba e intimidaba a los adversarios. Pero en términos de propaganda, hubo una diferencia. Y es que el régimen priista sí emitía mentiras contra sus enemigos, pero para hacerlo usaba dos vías informales: la línea editorial de los noticiarios y medios cooptados o afines; o la clandestinidad, como ocurría con los panfletos anónimos o libelos que se fabricaban en los sótanos de la Secretaría de Gobernación, como el famoso libelo El Móndrigo, hecho para atacar a los estudiantes de 1968, o Danny, sobrino del tío Sam, para calumniar a Cosío Villegas en 1974.

La propaganda de 2006 fue un cambio en ese sentido, porque, por primera vez en la historia, una campaña sucia se hacía deliberadamente en tiempos formales y bajo la firma de un partido político en el poder. El PAN, así, hizo lo que ni el PRI, así fuera por estrategia o demagogia, se atrevió, y eso es el hecho de haber convertido en campaña oficial lo que antes se hacía desde la marginalidad o el anonimato.

Y esa campaña fue pionera en otros tres aspectos: por primera vez el Presidente de la República se metió, violando la ley, a enturbiar la campaña con spots. Por primera vez los empresarios participaron, también violando la ley, para emitir de forma masiva comerciales en contra del mismo candidato al que atacaba el PAN. Y por primera vez la internet fue usada para hacer campaña sucia.

Desde la Secretaría de Gobernación foxista, bajo la égida de Ramón Muñoz y de Abraham González, con recursos públicos se emitieron millones de mensajes vía correos electrónicos -en lo que hoy serían las redes sociodigitales- para emitir las peores calumnias posibles contra López Obrador, en mensajes donde se instaba al magnicidio, se le acusaba de bajezas dignas de estercolero (como zoofilia y fratricidio), se le imputaban delitos fantasiosos y se metían con su familia, incluido su hijo menor de edad. Este grupo de choque digital de la Secretaría de Gobernación se mantuvo todo el sexenio de Calderón y su discurso era abiertamente fascista, en un crimen pagado por todos nosotros.

Demos un salto de unos años. En 2017 y 2018, se gestó la Operación Berlín. Ahí, un porro sin escrúpulos que se disfraza de editor, llamado Fernando García Ramírez, a la sazón alto funcionario de la revista Letras Libres y mano derecha de Enrique Krauze, organizó otro grupo de choque digital con la consigna deshonesta de hacer otra campaña sucia contra López Obrador, quien se encaminaba, como dictan los parámetros de la democracia, a su tercera candidatura presidencial.

Ahí, desechando por la borda el rigor periodístico e histórico -que por cierto nunca fue una gran virtud de Krauze, como demostró Manuel López Gallo en su libro Las grandes mentiras de Krauze desde 1997-, García Ramírez usó dinero de empresarios, donde destacaron los Coppel, para de forma ilegal fabricar memes, paginillas apócrifas (donde sobresalió una en Facebook llamada “Populismo autoritario” y más tarde una llamada “Pejeleaks”), donde se pagaban miles de pesos por fabricar memes ridiculizantes y calumniadores contra López Obrador y su familia; o para fabricar mentiras disfrazadas de denuncias periodísticas.

De esa letrina viene la calumnia de que, por ejemplo, la casa que rentaba en Coyoacán José Ramón López Beltrán era producto del tráfico de influencias porque pertenecía a una trabajadora del periódico La Jornada, en un momento, 2017, donde ese presunto tráfico era imposible porque López Obrador no era servidor público y no podía favorecer a nadie a cambio de algo que ni siquiera es un beneficio, como la posibilidad de rentar una casa. Por cierto, los porros de García Ramírez, de forma intimidatoria, fueron a pegar pendones de “Pejeleaks” ahí cerca del domicilio de López Beltrán, como si insinuaran que lo espiaban.

Momento inmejorable para recordar lo que alguna vez denunció el doctor Ernesto Lammoglia con el periodista Julio Hernández en su canal de Astillero, cuando el psiquiatra acusó que hace años, Krauze le ofreció dinero e información -producto sin duda del espionaje- a cambio de escribir un libelo en contra de Cuauhtémoc Cárdenas, a lo cual el médico, por ética y repulsión humanista, se negó.

De ese año de 2018, y también de la Operación Berlín, vinieron otros chismarrajos delirantes, como que López Obrador era plagiario de libros (porque una vez escribió un prólogo para un libro de 2010, que mentirosamente García Ramírez e atribuyó la autoría), y la joya de la corona fue la sandez delirante de la trama rusa, donde se acusó que Putin estaba detrás de la candidatura del tabasqueño, a través del medio Russia Today, mediante una complicada trama que incluía a John Ackerman -entonces colaborador del medio- e Irma Eréndira Sandoval, propuesta por AMLO para ocupar la Secretaría de Función Pública.

Más que un análisis geopolítico, eso parecía una mala copia de la picaresca de Chava Flores en sus canciones, como aquella de "Los Gorrones", donde explica uno de ellos su presencia en el festejo mediante la justificación de que “Yo soy amigo de la hermana de un señor que no vino a la fiesta”. Así, con ese nivel delirante, se trataba de explicar la supuesta presencia rusa en la campaña morenista, cuestión que, desde luego, nunca se acreditó y terminó como un cuento más en los muchos inventados para tratar de desacreditar al tabasqueño.

La Operación Berlín sólo sirvió para que sus gestores hicieran el ridículo y se evidenciaran como unos deshonestos miserables. Por razones que sólo atañen a la derecha mexicana, no se sabe por qué en sus entornos ese grupúsculo de porros acosadores y calumniadores, como goebbelsitos tropicales, no perdió ninguna respetabilidad, cuando lo que hicieron fue una campaña sucia acompañada de posibles delitos en su financiamiento.

Algunas de las sandeces de la Operación Berlín aún siguen usándose por comentócratas obtusos. Por ejemplo, en 2022, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad trató de revivir el cuento de la casa de López Beltrán en Coyoacán, mientras que diversos ciberpiojos y porros virtuales aún repiten las mentiras de que López Obrador es plagiario o que no se tituló o que mató a su hermano y demás cuentos inescrupulosos nacidos en 2006 o 2018.

Es por eso que no sorprende la existencia de la Derecha Diario en México ni que haya estólidos capaces de trabajar para sus dos dueños, los pillastres delictivos Javier Negre, apodado "El Condenas" en España por sus delitos, y Fernando Cerimedo, hoy en la cárcel por intento de feminicidio.

Pero hay que decirlo hasta el cansancio. Debido a estos precedentes, hay una relación implícita ideológica. La Derecha Diario hoy es la hija de la Operación Berlín, que a su vez es la hija de la campaña panista de 2006, en un linaje sucio de una serie de campañas de propaganda goebbelsiana de un grupo político, iniciado por Fox y Calderón, que se dedicó a convertir al país en una fosa común, y al debate público en una fosa séptica.

8/30/2026

Salinas Pliego, Javier Negre y La Derecha (presi)Diario



"Hablar de La Derecha Diario parecería no ser un tema relevante. Una letrina inmunda más en el ecosistema digital. Pero no es así".
Salinas Pliego, Javier Negre y La Derecha (presi)Diario. Por Héctor Alejandro Quintanar

El cantautor argentino Ignacio Copani dedicó alguna vez un verso a Mauricio Macri, quien fuera Presidente de la Argentina de 2015 a 2019 y representante de la derecha estándar de ese país. En su crítica poética, Copani le cantaba al exmandatario en un tono paródico lo siguiente: “El niño Mauricio me está molestando, me tira del pelo y me grita; y si le contesto se escapa llorando a contárselo a la señorita”.

Copani hacía burla de algo que no es inusual: la figura del acosador escolar que sin embargo nunca aguanta que le reviren a sus canalladas. La parodia es certera para hacer escarnio de aquellas personas que tienen una personalidad autoritaria, es decir, esa que en su momento el psicólogo de masas Wilhelm Reich definió como “ser prepotente con el de abajo pero servil con el de arriba”; o que Corey Robin analiza muy bien en su libro La mentalidad reaccionaria, donde expone a esos sectores conservadores que se sienten absurdamente agraviados cuando se extiende algún derecho social.

Y no es que haya acosadores respetables. Pero habría un poco de más congruencia si el niño que se la pasa hostigando a sus compañeros al menos tuviera la decencia de aguantarse y no llorar cuando se le revira. Es decir, que se aguante no cuando lo molestan a él, sino cuando se enfrenta a las esperables consecuencias de sus horribles actos. Un agresor que asume que le respondan da menos náusea que uno que además de hostigador es un llorica que no se responsabiliza de lo que hace.

En una extrapolación quizá no tan exagerada, podríamos decir que esa figura del acosador llorón es representativa de los adultos fachos. Es decir, ese sector de gente sádica, a la que le fascina impugnar los derechos ajenos; burlarse de o violentar a grupos vulnerables; calumniar adversarios y sentirse parte de una especie de sector superior. Pero ese mismo sádico hostigador llora en público lo que le gusta que otros injustamente padezcan.

Los ejemplos históricos abundan. Por ejemplo, cuando en 1998 el exdictador sanguinario Augusto Pinochet Ugarte fue detenido en Londres a petición del Juez Baltazar Garzón y entró a un parcial proceso penal; uno de sus horrendos hijos, Augusto Pinochet Hiriart, salió a las cámaras televisivas a gritar una sandez indignante, porque se dijo dolido y muy preocupado porque su padre había recibido un “golpe atroz”, y, lo peor de todo, eso había ocurrido ni más ni menos que “el día de su cumpleaños”.

La frivolidad sanguinaria de la derecha es grotesca. Pinochet Ugarte fue responsable de haber violentado los derechos humanos de 40 mil personas, que fueron agraviadas fuera o no su cumpleaños. Pero ahora resulta que un hombre que asesinó, torturó y desapareció gente inocente, es ahora una víctima porque enfrentó un limitadísimo proceso legal la fecha del lamentable aniversario del fatídico día en que llegó al mundo.

Otro ejemplo. En 2007 el sacerdote del horror Christian Von Wernich, capellán de la policía de Buenos Aires, fue condenado a cadena perpetua porque se comprobó su participación en asesinatos, engaño y tortura de presos políticos durante la última dictadura militar argentina. Con eso, se comprobó la complicidad de la cúpula eclesiástica católica con el sanguinario régimen militar y el "Cura del Diablo", como apodaban al sacerdote (énfasis en cerdote) Von Wernich, se convirtió en el primer jerarca católico en recibir una condena relevante en su país.

Poco después, un palero abyecto de Von Wernich, un escritorzuelo del nacionalismo católico de Argentina llamado Antonio Caponetto, director de la revista fascista Cabildo, acusó en 2012, como recordó Sergio Kiernan, que el pobrecito de Von Wernich era objeto del “más miserable y vengativo de los atropellos” de manos del gobierno kirchnerista. Al tratarse de un torturador y asesino, uno pensaría que un “atropello” en su contra debería ser algún crimen bestial y sin precedentes en las cárceles argentinas.

Pero no: el supuesto agravio que padecía Von Wernich era que no se le permitía impartir misa en su celda. Y ya. Eso era todo. Caponetto y Von Wernich, perpetradores y legitimadores de delitos de lesa humanidad, se sentían víctimas de grandes agravios y lloriquearon en público sólo porque a un criminal con sotana no se le permitía hacer mojigangas piadosas en la cárcel, donde ningún otro preso tiene ese derecho.

Un último ejemplo. En septiembre de 2025, el Primer Ministro de Israel, el criminal de guerra y nazi del siglo XXI Benjamín Mileikowski, se quejó en público con tristeza que debido a la guerra con Irán y su persecución a Gaza se había visto obligado a cancelar su asistencia a la boda de su hijo. Vaya tragedia. Este nazi posmoderno es corresponsable del asesinato de casi cien mil palestinos -80 por ciento de ellos mujeres, adultos mayores y niños- pero resulta que la víctima es él porque se perdió el casorio de su inmunda larva por estar muy ocupado en cuidar su genocidio.

Estos ejemplos son un buen preludio para dedicar una reflexión al pandemónium que hoy impera en esa letrina llamada La Derecha Diario en Argentina, cuyos pillos dirigentes tienen también su versión mexicana. La información a estas alturas ya es pública: uno de los dirigentes del “diario” en su versión argentina, Fernando Cerimedo, fue detenido en Bolivia por el intento de feminicidio en contra de su expareja, Nadia Beller, crimen que perpetró a través de sicarios y donde por fortuna la víctima, que además está embarazada de Cerimedo, sobrevivió.

La imagen de Cerimedo dio la vuelta al mundo cuando fue detenido por su atrocidad, en donde, como era esperable, apareció lloriqueando a mucosa tendida, mientras exponía la jeremiada grotesca de que “quería ver a sus hijos”. Incapaz de asumir las consecuencias de sus bajezas, trató de conmiserar al público con llanto de cocodrilo.

Ante eso, el socio y alma gemela de este delincuente misógino facho, Javier Negre, trató tontamente de deslindarse de su colega al decir que su problema es de índole “personal”, a pesar de que han estado juntos en campañas sucias y en componendas asociadas en diversos países de América Latina.

Javier Negre es un mercenario español simpatizante de Vox que ha hecho del tráfico del odio y de las mentiras un lucrativo negocio; prácticas goebbelsianas con las que se les pega a las peores figuras de la política latinoamericana (como Javier Milei, Abelardo de la Espriella o José Antonio Kast) para colaborar en sus campañas sucias, en las cuales se dedica a calumniar a sus adversarios y a expandir esos mensajes sin escrúpulos a través de cuentas apócrifas, granjas de bots y de ciberpiojos en chiqueros como X.

Javier Negre tiene su propio historial oscuro. Expulsado de un pasquín derechista llamado El Mundo en España por haber inventado una entrevista (ya es cosa grave que ni un periódico de esa ralea te quiera); el panfletero facho Negre es conocido en su país como “el condenas”, justamente por las sanciones que le ha impuesto la justicia española.

En México, este porro digital de sucio historial y socios delincuenciales, ha organizado a una pequeña horda de ciberpiojos para, a través de esa letrina llamada La Derecha Diario, contaminar las redes sociodigitales con basura goebbelsiana. Aunque se presenten como periodistas o comentaristas, no son más que un grupo de choque virtual para intimidar adversarios, pastoreados por dos tipejos que tienen adeudos graves con la justicia y que, como buenos fachos, son capaces de crímenes inenarrables, tal cual acaba de cometerlos el fascista Cerimedo.

Pero hablar de La Derecha Diario parecería no ser un tema relevante. Una letrina inmunda más en el ecosistema digital. Pero no es así. Se trata de un panfleto donde ha metido sus garras el agitador político y evasor confeso Ricardo Salinas Pliego; y donde opera incluso algún personajillo vinculado a la revista Letras Libres.

Momento para recordar que el director de esa plataforma dizque liberal, el mastín de Enrique Krauze, Fernando García Ramírez, ya asentó un sucio precedente en México en hacer campañas sucias, al gestar en 2018 la llamada Operación Berlín, campaña de propaganda sucia en contra de la candidatura de López Obrador en ese año. Así, quizá las bajezas que haga La Derecha Diario podrán ser más estridentes y sucias que las del pasado, pero ya el liberalismo realmente existente les mostró que no serán originales.

Así, además de la necesaria denuncia personal de los engendros que forman ese círculo de golpeadores digitales de la derecha diario, el financiamiento que reciben y los vínculos que han creado con gente como Salinas Pliego, es necesario ahondar en ellos como representantes dignos tanto de las derechas nuevas, esas que han trocado el olor a pudendas sacristías medievales por la estética ripiosa y el discurso pseudolibertario a la Milei; pero que, como el niño Mauricio y como los reaccionarios de todos los tiempos, son y serán siempre unos verdugos con discurso de víctimas.

8/23/2026

“Hay que matar a 40 por noche en Gaza”. Cinismo israelí e idiotas útiles mexicanos

 Héctor Alejandro Quintanar

"Las verdaderas intenciones del sionismo gobernante de Israel quedan claras cuando se destapa esa cloaca que es la boca de sus integrantes".


“Hay que matar cada noche 40 personas en Gaza”. El cinismo de Israel y los idiotas útiles mexicanos

La frase monstruosa que da título a esta videocolumna no es el diálogo brutal de una película de terror. No es un grito aislado de algún psicópata racista encerrado en un manicomio. No es la alocución vandálica encontrada en alguna pinta de pared de algún barrio violento; hecha por algún retorcido anónimo. No es alguna orden secreta encontrada en el diario póstumo de algún condenado en Núremberg.

Aunque esas plataformas alarmantes serían el nivel de esa frase, en realidad esa es la consigna sangrienta que excretó Itamar Ben Gvir, actualmente Ministro de Seguridad Nacional en Israel, el 16 de agosto pasado, en Jerusalén. Y con ella, este delincuente impune pretendió exponer los “disensos” que ha tenido con el Primer Ministro Benjamín Milekowski, cuyo currículum de sangre con casi cien mil asesinados en Gaza parece no serle suficiente a su colaborador, que al parecer considera moderado a su jefe.

En los tiempos de Mussolini, algunos personajes letrados, como Gabriel D´Anunnzio o Giovanni Gentile, trataron de dotar de cierta estética retórica y coherencia a las incoherencias violentas del fascismo italiano. Pero todos sabían que detrás de esos petardos verbales ampulosos, no había más que vulgar supremacismo acomplejado y resentimiento; que encontraba voceros más claridosos y francos en la horda de bestias analfabetas y psicópatas que integraban a los escuadrones de la muerte del Duce, como Roberto Farinacci e ítalo Balbo, fundadores de las “Camisas negras” fascistas.

Misma cuestión con los nazis alemanes; que en filósofos perdidos (como Heidegger, Alfred Rosemberg o Carl Schmitt) buscaron dotar de fondo a la oratoria demagógica de Adolfo Hitler; pero si en realidad querían saberse las verdaderas intenciones del Reich, había que escuchar los graznidos mentirosos y violentos de una lagartija renga como Joseph Goebbels; o los eufemismos asesinos con que el gnomo Himmler y la bestia rubia Reinhardt Heyndrich trataron de disimular sus asesinatos masivos.

Dicho de otro modo, varios fascistas del siglo pasado supieron guardar un poco más las formas y pretendieron revestir de oropel el cuerpo deforme y peligroso de sus rudimentarias ideas. Pero a pesar de ese esfuerzo, siempre se contó con traductores involuntarios. Así, ante cada enunciado engalanado y en apariencia inteligente de algún escritor del fascismo, había que escuchar y observar a alguno de sus violentos y asnales hombres de acción para saber lo que realmente quiso decir el primero. Total, como dijo alguna vez Oswald Mosley, líder del fascismo británico en 1932, el discurso fascista debe interpelar a los que sienten, no a los que piensan.

Quizá eso lo ha recuperado muy bien el fascismo del siglo XXI, cuyos exponentes actuales tienen la claridad, entendida aquí claridad como descaro y no como disciplina conceptual, no sólo de mostrarse tal cual son, sino de prescindir de pensadores que brinden cierto disimulo intelectual a su cháchara supremacista.

Si observamos a Donald Trump, difícilmente vamos a poder pensar en la existencia de algún escritor, pensador o filósofo del trumpismo y quizá sólo emerja en ese sentido la figura de ese billonario con alma de perdedor de secundaria que es Elon Musk. Si pensamos en Javier Milei, resaltarán acaso como sus ideólogos esos pubertos tardíos que son Agustín Laje o el Gordo Dan. En otras palabras, el fascismo del siglo XX al menos tenía ciertos escritores; hoy tiene tuiteros, youtubers o influencers; que ni siquiera respetan la cancha donde juegan porque la ensucian y la acaparan. Literalmente, en el caso de Musk como dueño de X.

En los albores de la centuria que vivimos, con el ascenso de George W. Bush como Presidente de Estados Unidos en un mundo que transitaba de la unipolaridad de la posguerra fría a otra complejidad, la invasión a Irak, y la mentira descarada de las armas de destrucción masiva con la que se inició, dejaba en claro que el republicano exalcohólico que dirigía la nación más poderosa del mundo era un ruin ignorante. Pero al menos se rodeaba de un círculo perverso pero inteligente de neoconservadores y herederos del pensamiento filosófico straussiano, como Paul Wolfowitz o Condolezza Rice, actores en donde había una mezcolanza de ambición desmedida con nostalgias resentidas y decepciones propias del siglo XX.

Hoy ya no. Trump y los que se le quieren parecer tienen la cortesía de mostrarse tan vacíos de inteligencia y pletóricos de perversidad como en realidad son. Lo peor del caso es que, con el poder que tienen, eso no se ha convertido en una desventaja para ellos sino en una amenaza contra la humanidad.

En esa galería de personajes retorcidos es donde navega con bandera transparente el Ministro de Seguridad israelí Itamar Ben Gvir, quien apenas estos días hace llamados a matar de manera indiscriminada a 30 o 40 gazatíes por noche; incluso a aquellos que no representan una amenaza inmediata, porque, según él, no merecen vivir ni ser considerados humanos.

Con ese mismo cinismo, expone la verdadera intención de su jefe Mileikowski desde octubre de 2023, cuando señala que “toda Gaza es nuestra; toda la franja, y hay que fomentar la mayor emigración posible, enviando a los gazatíes a sus países de origen”, como reportó el diario Deutche Welle. He ahí las entrañas de las acciones criminales de Israel, que hoy representan, sin atenuantes de ningún tipo, el nazismo del siglo XXI.

Es por eso que las verdaderas intenciones del sionismo gobernante de Israel quedan claras cuando se destapa esa cloaca que es la boca de sus integrantes. Nadie necesita leer entre líneas a Ben Gvir, como tampoco a Gallant o Smotrich o al propio Mileikowski, cuya retórica abiertamente racista va acompañada de acciones militares genocidas en ese sentido; donde en los casi cien mil asesinados por su ejército invasor hay un 80 por ciento de mujeres, adultos mayores y niños. Hay que decirlo hasta el cansancio: los criminales de guerra que hoy gobiernan Israel son una vergüenza para la humanidad y le escupen en la cara a la historia del pueblo judío.

Ante la claridad meridiana en las exterminadoras y supremacistas intenciones del gobierno israelí, es que da una mezcla de asco y lástima la serie de idiotas útiles que tratan de manipular y engañar al publicar tonterías donde ponen en duda el genocidio del que es víctima el pueblo palestino. Aunque hay que decirlo: cuando el señor Ezra Shabot trató en México de hacer eso en un libelo publicado recientemente en la revista Nexos, no fue exitoso al tratar de envolver su perversidad malsana en una retórica de calidad, porque con su redacción sombría y sus lapsus supremacistas, hasta en eso su texto fue miserable.

Hoy, no importa cuántos panfletos manipuladores publique Shabot para negar el genocidio. No importa cuántas salmodias lloricas escupa Enrique Krauze para restarle gravedad al crimen que padece Palestina a manos de Israel; no importa cuántas omisiones y tretas eufemísticas intenten Julio Patán, Jorge Castañeda, Aguilar Camín o el monigotero Francisco Calderón para tratar de ocultar lo que pasa en Gaza.

A todos ellos los desmiente con sus palabras y con sus acciones una bestia como Ben Gvir, que, a diferencia de los tontos útiles hipócritas del mundo que niegan el genocidio en Palestina, al menos tiene la honestidad de mostrarse tan miserable, sanguinario y criminal como él y su gobierno realmente son.

8/16/2026

¿Un escritor nazi en la revista Nexos?

 Héctor Alejandro Quintanar

"El texto de Shabot es un libelo inadmisible. Al igual que los eufemismos de los nazis, busca restarle gravedad a las cosas renombrándolas u omitiéndolas".

¿Un escritor nazi en la revista Nexos?

El dos de agosto pasado, la revista Nexos, que dirige Héctor Aguilar Camín, publicó un artículo firmado por Ezra Shabot titulado “Genocidio”. En él, el autor pretende poner en duda que sea ese crimen del título de su libelo el que hoy se perpetra en contra del pueblo palestino. No es la primera vez que esto se hace. Pero la novedad del texto recae hoy en que rebasa límites que no pueden pasar desapercibidos.

Cuando algún autor o autora, sobre todo desde octubre de 2023 a hoy, pretende negar que exista un genocidio en Gaza, lo hace con la trampa de llevar una atrocidad meramente al terreno de los conceptos. Y ni siquiera se hace esto para tratar de entender la atrocidad y con ello buscar resolverla, sino más bien para cambiarle el nombre y con eso restarle gravedad. O a veces, para legitimarla.

Los que niegan el genocidio en Gaza entrampados en una presunta discusión conceptual, en el fondo parecen querer quedar bien con su conciencia, al reducirle responsabilidades al ejército invasor colonialista; y asumir que hay acciones criticables en la decisión de Israel, pero nada más, porque el sufrimiento y las muertes por ese ejército desatadas son inevitables en cualquier guerra.

Los que niegan el genocidio en Gaza, pues, parecen recurrir a un autoengaño semántico para quedar bien consigo mismos cuando cierran los ojos ante lo que está plenamente documentado por todos lados y que desde hace tiempo está fuera de toda discusión: todas las instituciones serias -el informe independiente de la ONU; Human Rights Watch; Amnistía Internacional; la Asociación Internacional de Expertos en Genocidio; la Relatora especial de Palestina- coinciden plenamente en que el crimen inenarrable que comete Israel hoy en Palestina, luego de evaluar la evidencia, no es otra cosa que un genocidio.

Pero el artículo de Shabot tiene una particularidad. El tipo no parece querer negar el genocidio para estar bien con su precaria conciencia y seguir sintiéndose bueno a pesar de negar acciones innegables de criminales. Más bien el señor Shabot da un giro que parece tener otros perversos fines. Si bien su texto está pletórico de mentiras siniestras, aquí sólo vamos a desmontar algunas de ellas.

1. Shabot inicia su texto con el dicho de que hoy muchos banalizan el término de “genocidio” al aplicarlo a situaciones que no lo ameritan porque no tienen una intención sistemática de exterminar a toda una población. Media línea después, el tipo se traga sus palabras porque banaliza él mismo el concepto cuando acusa que el atentado de Hamás el 7 de octubre de 2023 es “genocidio”, cuando la evidencia actual indica que Israel tenía información preventiva al respecto que decidió ignorar y que el ataque único se dio en una franja cercana a la ilegítima ocupación territorial israelí.

2. En su texto, el señor Shabot dice, textualmente, sin matices de ningún tipo, que cuando ocurrió ese ataque, “la franja de Gaza lo celebraba”. Así lo planteó, insinuando que todos los gazatíes celebraron, sin excepción. En ese momento, había poco más de dos millones de gazatíes vivos en la zona. Dudamos mucho que el señor Shabot haya ido a contar uno a uno cuántos celebraron el hecho para de ahí poder hacer una generalización abusiva que, en el fondo, implica decir que al celebrar tal atentado, todos los gazatíes -hombres, mujeres y niños- se merecen la reacción criminal del ejército israelí que vino después.

3. Quizá la mentira más grave entre las muchas que escupe el señor Shabot está la de decir que en Gaza hay alrededor de “50 mil personas muertas”. Poco importa que el autor trate de matizar o fingirse ético al aceptar que entre esos miles puede haber inocentes. Lo resaltable es lo siguiente: en octubre de 2024, es decir, hace ya casi dos años, la prestigiosa revista científica The Lancet expuso que en Gaza había 75 mil personas asesinadas en las acciones invasoras del ejército de Israel. Pero ojo: la cifra de 50 mil aparecía exclusivamente como resultado de los registros de los asediados sistemas de salud gazatíes. Las muertes aún no registradas -de personas en escombros, desaparecidas o fulminadas- podrían hacer que la cifra fuera de 76 mil muertos. Y de este conteo a hoy han pasado ya 22 meses. Miremos un ejemplo: el 5 de agosto pasado fueron sepultados 112 niños gazatíes hallados en los escombros y que escapan a la estadística mortuoria de The Lancet. En suma, es previsible que la cifra de muertes sea mayor a 76 mil.

A eso, añadamos el hecho de que 80 por ciento de los asesinados son civiles y en su mayoría son mujeres, niños y adultos mayores. Pero lo más grave de todo, es que el señor Shabot crea que reducir mañosamente la cifra de muertos le quitará lo grave a la situación. Aunque el número de 50 mil asesinados que usa el miserable panfletista fuera la real, tendría que ser más que suficiente para tenerlo asqueado y denunciando tal atrocidad. Pero no es así, y las intenciones reales del sujeto se aclaran cuando observamos su siguiente mentira.

4. En una parte de su texto, el libelista sin escrúpulos dice, textualmente, lo siguiente: “entre los muertos… encontramos desde miles de combatientes fundamentalistas hasta civiles inocentes pasando por menores transformados en yihadistas, o sea mártires en potencia dispuestos a morir para llegar así al paraíso islámico…”.

El señor Shabot está, abiertamente, justificando el asesinato en masa de menores. Así como los nazis usaban eufemismos malévolos como “solución final” para referirse a un exterminio; el señor Shabot emplea palabras como “menores”, para evadir decir “niños” y los acusa de “mártires en potencia” para evitar decir lo que realmente piensa de esos niños, y es que éstos son terroristas del futuro. No hay forma de justificar esta vileza. Cuando alguien piensa que es válido o entendible o esperable asesinar infantes para evitar lo que hagan en el futuro es un punto de no retorno. Quien lo cruza, se exhibe como un nazi.

5. Como corolario a las bajezas originales del señor Shabot, concurre un par más. En su libelo nauseabundo, el señor Shabot concluye que “la eliminación de la entidad judía conlleva la eliminación de la vida judía”. Así, el autor confunde a judaísmo, una cultura milenaria y diversa, con Estado de Israel, enclave colonial y abusivo de apenas poco más de setenta años, a cuya existencia, por cierto, también se oponen amplias corrientes judías, tanto por razones culturales-religiosas (como la de que el judío es un pueblo diverso y cosmopolita que no requiere de un estado); como la de sectores humanistas e ilustrados de esa cultura que denuncian las atrocidades sistemáticas y coloniales que comete desde su fundación ese enclave.

6. Como no podía faltar, el señor Shabot recurre a una canallada añeja, que es la de sugerir que denunciar al genocidio que perpetra Israel hoy ayuda a “avivar el antisemitismo”. Como siempre, los fascistas son victimarios con discurso de víctimas. En primera instancia, el pueblo palestino pertenece al tronco semítico -donde confluyen los pueblos árabes y hebreos-. Excluir a ese sector árabe de sus raíces y pensar al pueblo judío como monopolio del semitismo es una canallada excluyente que deshumaniza a todo un grupo humano. Además de falsario, en este punto el señor Shabot ni siquiera es original: ese lloriqueo indigno de acusar de antisemitas a los críticos de las atrocidades de Israel es tan viejo, tan falaz y tan incongruente que incluso a intelectuales judíos se les ha endilgado esa etiqueta de antisemitas, como es el caso de Gregorio Selser, Norman Finkelstein, Ilán Pappé, y un larguísimo etcétera.

El texto del señor Shabot es un libelo inadmisible. Al igual que los eufemismos de los nazis, busca restarle gravedad a las cosas renombrándolas u omitiéndolas. Al igual que los nazis, apela a primitivos sentimientos de odio al diferente al identificar a todo el mundo islámico con el atraso y el terrorismo. Al igual que los nazis, ve en “menores” a peligros en potencia; razón por la cual es necesario o inevitable o entendible asesinarlos desde hoy. Quizá sólo Herodes o Hitler dirían atrocidades semejantes. Al igual que la propaganda nazi, el señor Shabot debe recurrir a engaños que tienen meses desmentidos para poder mantenerse en su peligrosa postura.

Con base en lo anterior, es muy ingenua la idea de que el texto de Shabot desató un debate sobre la libertad de expresión. Shabot insinuó tal cual que es comprensible asesinar niños si son terroristas futuros y rodeó esta aseveración repugnante con mentiras añejas. Si no podemos convenir que esto no es parte de la pluralidad sino que es una bajeza peligrosa, estamos en una crisis civilizatoria sin marcha atrás.

Aquí resalta una cuestión. No es la primera vez que se niega un genocidio. Pero hay formas distintas de negacionismo. Por ejemplo, los panegiristas y panfletistas nazis eran mentirosos envilecidos, pero partían de la idea de que un exterminio judío era algo tan moralmente inadmisible, que se dedicaron a esconderlo y negarlo. Su tesis mentirosa parecía ser algo así como “un genocidio es algo muy malo, los alemanes nazis serían incapaces de cometerlo”.

Libelistas sádicos como Shabot envilecen aún más la situación, porque su negacionismo es de otro tipo, ya que su tesis es algo así como “sí hay un exterminio humano en Gaza, pero de algún modo los gazatíes se lo buscaron”. O ya en el colmo del autoritarismo mustio, parecen decir “Sí hay un exterminio en Gaza, pero de algún modo la víctima soy yo”.

Entre todo lo vil del texto de Shabot, su revictimización de los niños asesinados es la más grave de todas. Con ello, la catadura moral de este pobre ser se parece, así, a la de los sacerdotes diabólicos que restaron gravedad a los casos de pedofilia en su iglesia, diciendo que hay niños que provocan a los sacerdotes; como en alguna ocasión dijo el obispo de Tenerife Bernardo Álvarez en 2007; o como seguramente pensarían los fanáticos del criminal Marcial Maciel. Pensar que esas canalladas cercanas a la apología de los peores delitos son parte de la pluralidad, convierte en cómplices a todos los personajillos que salieron a darle espaldarazo al texto repulsivo de Shabot, y con ello defienden no la libertad de expresar ideas inherente a la democracia sino que defienden la libertad de mentir y de criminalizar que pretendería Joseph Goebbels.

Que hoy victimicen a ese personaje supremacista, racista y canalla y lo hagan mártir de la presunta censura es un gesto de complicidad con lo peor del género humano en la actualidad. Pero quizá en algo tienen razón estos agresores con discurso de agredidos. No es conveniente censurar a ascos como Shabot, quien con su texto no sólo le escupe al pueblo palestino, sino que también le escupe a sus ancestros. Es mejor que, al publicarse los señalemos, los desmintamos y los exhibamos. Porque somos nosotros los que tenemos que protegernos de esa gente sádica y sin escrúpulos. Y para ello, siempre será mejor visibilizarlos, para saber de qué son capaces y qué limites éticos quieren seguir quebrando.

https://www.sinembargo.mx/4853209/un-escritor-nazi-en-la-revista-nexos/

8/09/2026

La UNAM y el asedio de sus malquerientes

 Héctor Alejandro Quintanar

"La UNAM tiene enormes problemas estructurales e históricos, pero ella siempre va a ser mucho más grande que esas taras, sean añejas o coyunturales". 

La UNAM y el asedio de sus malquerientes. Por Héctor Alejandro Quintanar

La UNAM vive un momento titubeante que, más o menos, podría resumirse en lo siguiente: en aras de una presunta mejor logística y mayor inclusión, optó por que en 2026 su estratégico examen de admisión de nivel licenciatura fuera en línea, en una operación para la que contrató a la empresa Territorium Life, con un costo de dinero público de al menos 40 millones de pesos.

La plataforma no cumplió con lo esperado y se detectaron diversas acciones tramposas que, fundamentalmente, se dividen en dos: la de aspirantes que pretendieron de forma indebida hacer uso de recursos tecnológicos para dotarse más aciertos de los que ameritaban; y la de perfiles apócrifos que, aparentemente, pretendían hacerse pasar por aspirantes, quizá para robarse las preguntas del examen y, eventualmente, lucrar con ello.

En el momento en que se redactan estas líneas, y ante el fracaso de la plataforma de marras, ha sido destituida de su cargo la exsecretaria general de la UNAM, Patricia Dávila; se ha formado una comisión interna para hacer un control de daños -encabezada por Eduardo Bárzana-, que decidió hacer un llamado “examen de control” a los estudiantes que sí lograron pasar los aciertos mínimos requeridos para las carreras que buscaban, con miras, como puede suponerse, a filtrar a quienes hicieron trampa. Pero la situación sigue aún en incertidumbre.

Hasta el momento no ha habido ninguna responsabilización ni un acto para dar la cara de parte de la negligente, defectuosa o fraudulenta empresa Territorium life, a la cual se le pagó dinero público; razón en sí misma enorme como para exigirle que rinda cuentas, que se agrava por lo grande del monto recibido. No puede individualizarse el problema o reducirlo a que hay gente deshonesta entre los aspirantes a la UNAM; porque la empresa debió proveer mucho más que los candados de seguridad que un evento así previsiblemente necesitaría. No hay justificación alguna, esa plataforma fue contratada precisamente bajo la premisa de evitar lo obvio. Al no poder hacerlo, es cómplice de un desfalco a la nación.

Las autoridades de la UNAM deben hacerse responsables. La sanción a la empresa y a su falta de pericia debe ser ejemplar. Y ante ello no emerge el argumento monetario de que la nación dispendió una cauda monetaria en un fraude, sino en algo mayor: los jóvenes aspirantes a universitarios no son ni conejillos de indias ni una multitud que sirva de plan piloto para un proyecto cuya eficacia no se había probado.

Es verdad que el acceso a la Universidad, que es un hecho importantísimo, no debe verse como un asunto de vida o muerte que va a determinar para siempre el futuro de la juventud. Pero sí es un punto de inflexión biográfica donde está en juego un derecho crucial. No es ninguna cursilería ni frivolidad decir que los jóvenes aspirantes son un grupo social que está intentando lograr una meta -personal, familiar o social; o una mezcla de todas- de forma legítima. No se puede jugar con eso.

Dicho lo anterior, esa rendición de cuentas y que los responsables se hagan cargo de su negligencia deben ser una exigencia nacional, no sólo de aquellos que somos parte de la UNAM; entidad que ha significado en nosotros un parteaguas de vida porque en ella encontramos no sólo herramientas profesionalizantes sino construcción y consolidación ciudadana y de valores colectivos. La UNAM ha sido una institución monumentalmente generosa con sus integrantes y egresados, y con todo el país, por lo que defenderla no es sólo una acción ética sino un asunto de interés público.

En ese sentido, bien vale recordar que la UNAM tiene enormes problemas estructurales e históricos, pero ella siempre va a ser mucho más grande que esas taras, sean añejas o coyunturales, como es el caso del examen fallido actual. Nadie puede estar conforme con la burocracia aún dorada; la mala situación de los profesores de asignatura; las fallas que las alumnos y alumnas viven día con día -desde condiciones impropias para estudiar hasta inseguridad- y la discrecionalidad con que se toman muchas de las decisiones académicas de los recintos universitarios.

Nadie niega tales realidades y siempre hay que estar en la trinchera que busca cambiarlas para bien. Nadie niega que la UNAM es un espacio contradictorio que alberga mucho de lo mejor de este país -como su talento científico- y también lastres grotescos que no sólo dan vergüenza sino asco, como los grupos porriles. Las tres grandes funciones de la Universidad son formar profesionistas, difundir el conocimiento y difundir la cultura. El mérito de ello es enorme y se ha hecho con creces, pero justamente por esa presencia y legado es que siempre vale la pena cuestionar e impugnar para lograr cambios. La UNAM no debe ser sólo un reflejo del México de hoy sino uno del mejor México posible.

Pero a la par de eso, siempre vale la pena denunciar la campaña permanente de asedio en la que está la Universidad y que resalta en coyunturas como la de hoy, donde se ponen en entredicho cuestiones como la calidad de la institución o se retrotraen planteamientos estériles como el del pase reglamentario, que voces obtusas siguen asumiendo como una especie de regalo sin méritos cuando en realidad es resultado de una evaluación constante a estudiantes preparatorianos que para serlo, asimismo, cumplieron bien con un proceso de selección.

En lugar de discutir sandeces, la voz unánime tendría que ser que la UNAM y todas las Universidades públicas abrieran cada vez más espacios y que las formas de quedar en ellas sean más pedagógicas que estandarizadas. El grito de fondo debería ser que los países del llamado primer mundo tienen una proporción del 80 por ciento de su juventud estudiando en el circuito superior; mientras que en México, hace unos años, la proporción era al revés y en educación superior sólo había un 20 por ciento de los jóvenes. Nuestro país tendría que apostar por lo primero.

Cualquier otra discusión omitiría una serie de hechos que va más allá de la simplonada de si los jóvenes tienen o no la capacidad de entrar y que unos no la tienen. En un examen cuyo filtro numérico deja fuera a gente que se quedó a un acierto de entrar a carreras saturadas, sería un error ponderar sólo a ese joven como incompetente cuando resulta obvio que un recinto con más espacio sí le daría oportunidad a aquellos talentosos que se quedaron cerca de lograr el mínimo requerido, que, por cierto, cada año es mayor.

En ese punto, no está de más recordar que detrás de muchas campañas anti-UNAM no hay sólo falta de información sino falta de escrúpulos. En 1999, en el contexto de la última huelga prolongada en la UNAM; el Lombroso Tropical Enrique Krauze acusaba que la solución radical para la Máxima Casa de Estudios era mantener los institutos de investigación y dar por perdido lo demás, por ser parte del “populismo improductivo”.

En noviembre de 2009, la senadora panista Teresa Ortuño gritó para justificar una posible reducción presupuestal al Instituto Politécnico Nacional y a la UNAM que “dondequiera hay grasita que cortar”. En diciembre de 2006, el diputado, también panista, Raúl Padilla, presidente de la Comisión de cuenta pública, trató de justificar otro eventual descenso al presupuesto de la UNAM diciendo el invento febril de que ahí “el cinco es aprobatorio”.

De forma aún más representativa de la bestialidad anti-universitaria, en junio de 2012, el señor Felipe Calderón mintió a cuatro vientos señalando que él no quedó en la UNAM porque “era michoacano”. Con ello no sólo engañó al país sino que se victimizó sin razón alguna. Momento válido para recordar que ese espurio grisáceo presentó exámenes de admisión en la UNAM y en la Nicolaíta de Michoacán y en ninguna quedó; y si bien un examen no necesariamente mide la capacidad de la gente, ya dos exámenes fallidos y un resentimiento falsario añejo sí hablan de que en ese caso particular, el problema no era de las instituciones sino de la incapacidad intelectual del grotesco personaje.

Así, contra la UNAM no sólo abundan los mitos, sino también las bajezas más delirantes y obtusas que, desde espacios de poder, sí pueden afectarle su vida interna y administración. De ahí que sea necesario no sólo descreer de estos indignados hipócritas que en el fondo aborrecen a la UNAM. Es también necesario denunciarlos. Y es también necesario seguir exigiendo para que la educación superior sea un bien accesible a todos y no esté cuestionado o limitado por perdularios que exigen ultra rigurosos y cuadrados exámenes de admisión, cuando ellos no los pasarían, y, de haberlos, ni siquiera pasarían los psicométricos, como esas derechas desquiciadas que llevan años odiando a la UNAM.

8/02/2026

Trump y el anticomunismo del siglo XXI

 Héctor Alejandro Quintanar

"El anticomunismo estadunidense no es sólo una campaña abanderada en la Guerra Fría. Esa práctica es todo un eje identitario en la potencia del norte". 

Trump y el anticomunismo del Siglo XXI. Por Héctor Alejandro Quintanar

El pasado 15 de julio, el Secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, encabezó una reunión a la que asistieron representantes de 66 países –fundamentalmente europeos y asiáticos-, con la intensión de resaltar al “terrorismo de izquierda extremista” como una especie de enemigo global que recibe respaldo -sea logístico o ideológico- desde La Habana; o algo así.

De entrada, resulta evidente que el aquelarre de Rubio es, fundamentalmente, una llamarada panfletaria de cara a las disputas electorales estadunidenses, donde su Partido Republicano luce de capa caída y el insumo MAGA absolutamente desgastado por su incompetencia y estridencia autoritaria. Si bien no ha hecho nada nuevo respecto a sus antecesores, Trump ha raspado a la propia estructura de poder estadunidense al exacerbar con exhibicionismo sus aristas más dañinas, como su geopolítica criminal en Irán o detrás de Benjamín Mileikowski; o con entes como ICE o el empleo de medidas económicas como amenaza.

El intento de Rubio es azuzar los crímenes que hoy agrava su país contra Cuba, y cuya comisión data de hace más de 60 años; y emplearlos como bandera propagandística para así tratar de convencer no sólo a su séquito cada vez más reducido, sino también a los ingenuos contemporáneos y a los nostálgicos de la prepotencia propia de la Guerra Fría del siglo XX.

Sin embargo, vale la pena revisar las raíces del discurso trasnochado de Rubio, porque en ellas se encuentra un núcleo notablemente dañino; más allá de que el burócrata trumpista tendría serios problemas para enumerar suficientes atentados terroristas en el siglo XXI provenientes de las izquierdas para hacer válido su aserto. Cosa que, si nos atenemos a los hechos, suelen ser las ultraderechas estilo Anders Behring en Noruega o los fanatismos religiosos antilaicos los que ejercen esas prácticas.

Miremos sin embargo a través del retrovisor. En primera instancia, organizar una especie de terapia colectiva internacional para culpar a Cuba de injerencias de toda índole es algo que asemeja a cuando en 1962 Estados Unidos obligó a todos los integrantes de la Organización de Estados Americanos, con la digna excepción de México, de expulsar a la isla de esa institución; en un momento donde esa medida no nacía de la evidencia sino del prejucio reactivo porque un año antes Cuba se había definido socialista.

Y es que el anticomunismo estadunidense no es sólo una campaña abanderada en la Guerra Fría. Esa práctica política es todo un eje identitario en la potencia del norte, o, como ha expuesto Marcos Roitman, ha sido toda una forma de “inclusión social y educación”; cuyos efectos en el sistema internacional han sido autoritarios, cuando no dictatoriales o abiertamente genocidas.

Las raíces del anticomunismo estadunidense no nacen en 1947. Estriban en movimientos protofascistas del siglo XIX, posteriores a la Guerra Civil norteamericana, que, en reproducción del fundamentalismo religioso; el puritanismo protestante y la visión organicista de que una sociedad “sana” necesita frecuentes “cacerías de brujas” como las de Salem para mantenerse bien; el sentido común estadunidense creció con una visión sectaria de la sociedad y de la política; en la cual siempre sobresalía alguna conspiración a la sombra que asediaba a la pureza de la sociedad blanca y decente del país y su destino manifiesto.

Así, como nos recuerda Ralph Miliband, el “estilo paranoico”, de raíces profundamente religiosas, pero también ancladas en el supremacismo heredado del colonialismo inglés, ha sido una constante en diversas corrientes políticas de los Estados Unidos; que enfocaron sus baterías contra negros y judíos -como el Ku Klux Klan-; contra otras religiones; y, ya en el siglo XX, contra la geopolítica internacional.

Y es ahí donde el anticomunismo se tornó en un marco de conducta autoritaria. Ello, porque el bienio 1917-1918 fue crucial en ese sentido, ya que el triunfo de la Revolución Rusa preocupó a Estados Unidos no tanto en sí mismo, sino por haber ocurrido en medio de ese conflicto geopolítico sin precedentes que fue la Primera Guerra Mundial estallada en 1914 y que tenía como enemigo público europeo al imperio alemán.

Para los Estados Unidos, el triunfo de los bolcheviques en 1917 no podía explicarse por la fuerza del comunismo sino necesariamente era resultado de la intromisión alemana a favor de Lenin y la posterior firma de los tratados de Brest-Litovsk en 1918, que sacaron a Rusia de la Guerra y declararon la paz entre la naciente nación socialista y el enemigo alemán. Así, en la mentalidad estadunidense, se confirmaba la noción de que había una conspiración alemana que tenía de títeres a los ingenuos comunistas rusos.

Poco después Alemania perdió brutalmente la Guerra y ninguna amenaza imaginada por la Casa Blanca, entre ellas una presunta invasión alemana usando a Siberia y Alaska como plataforma, se cumplió. Quedaba claro que Alemania nunca había sido titiritero de los rusos, pero la impronta paranoica se quedó; porque el inicio de la década de 1920 en Estados Unidos -sobre todo con la epidemia de influenza española como marco global y diversas luchas obreras y atentados aislados en Estados Unidos- generaron las famosas redadas Palmer, cuya lógica de fondo era la tesis de que si había algún problema en Estados Unidos, no se debía a razones intrínsecas -como malestares sociales, explotación o luchas legítimas por derechos-, sino que necesariamente obedecía a una interferencia externa, originada en la naciente potencia soviética.

El periodo entreguerras acendró esta visión paranoica de la geopolítica estadunidense, que apenas se palió en la Segunda Guerra Mundial con la alianza de Occidente con la Unión Soviética, misma que se cayó en 1945 con el ascenso de Truman y con la nueva visión de división binaria global preconizada desde los Estados Unidos.

Ese momento de la historia fue el marco para el ascenso de Joseph McCarthy, un fracasado politiquillo resentido que en su juventud se las daba de un férreo defensor semiizquierdista de las políticas laborales del new deal, pero que luego de perder una elección local ante el progresista Louis Cattau, se convirtió en un payaso demagogo conservador que acendró el comunismo como un enemigo existencial e infiltrador de los Estados Unidos.

Sin embargo, el anticomunismo de McCarthy no era una ideología con raíces en la filosofía individualista o conservadora. Era más bien una vía autoritaria para poner en el mismo saco a una diversidad de enemigos. La etiqueta de “comunista” que usaba McCarthy era deliberadamente ambigua, para así atacar con ella a quien fuera. Del mismo modo que la etiqueta de “subversivo” era igual de amplia e imprecisa en las Dictaduras de la Seguridad Nacional en Latinoamérica, sobre todo en Argentina, donde el ejército de Videla, con la influencia de la armada colonialista francesa y sus atrocidades en Argelia, podía acusar de subversivo no sólo a supuestos y marginales enemigos armados, sino también a ciudadanos que hacían política por la vía legal.

Con esa misma ambigüedad de McCarthy y del ejército argentino durante la dictadura, hoy Marco Rubio emplea una etiqueta generalizante de “izquierda radical” en donde ubica a marxistas, antifascistas, anarquistas, socialistas y otros actores del espectro político, a quienes sin rigor alguno ve como iguales y, en los hechos, equipara a organizaciones como ISIS.

Pero la raíz macartista del discurso de Rubio y su entorno trumpista no es sólo por su similitud, sino que hay enlaces directos. Como documentó el gran periodista e historiador Larry Tye, el abogado Roy Cohn fue en la década de 1950 un notable colaborador y publicista de McCarthy, quien le copió el estilo propagandístico de atacar sin pruebas a una variedad de enemigos y negar toda información que fuera comprometedora, aunque ella fuera contundente.

McCarthy murió por ser un borracho y un atrofiado emocional en 1957, a la temprana edad de 48 años, en medio de plena desconfianza de la cúpula estadunidense, encabezada por el expresidente Truman, quien nunca le perdonó los delirios de acusar que el ejército estadunidense estaba dominado e infiltrado por decenas de comunistas. Pero pese al deceso de McCarthy el macartismo siguió vivo, y en las décadas de 1960 y 1970, siguió siendo el proyecto a largo plazo tanto de la política exterior norteamericana como de una inquisición antidemocrática contra ciudadanos estadunidenses de a pie, como se notó en el activismo contra la Guerra de Vietnam.

Y el macartismo siguió vivo también en personajes como Roy Cohn, quien fue ni más ni menos que colaborador central de Donald Trump en la década de 1980, donde no sólo fungió como su abogado principal sino como un activo estratega publicitario, que reprodujo las tácticas macartistas en el mundo de la empresa privada del magnate prepotente. Para Larry Tye, quien documentó este vínculo, el macartismo no es una ideología sino una demagogia autoritaria, un estilo de bullying político destinado a deslegitimar y acabar a la mala a los adversarios; y el heredero principal de esta práctica antidemocrática es Donald Trump.

Con ese precedente, ¿qué podemos interpretar de las arengas absurdas de Rubio, quien acusa a la Habana de epicentro de una amenaza geopolítica que nunca podría acreditar como tal? En la mente de Trump y Rubio, vive la Cuba de Schrödinger; es decir, una isla que para ellos es depauperada, debilitada, pisoteada y a punto de caer gracias a ellos; pero al mismo tiempo es una potencia conspiradora capaz de dominar las izquierdas del Universo.

Dados los antecedentes trumpistas, que han hecho de la escuela macartista un espacio de lucro político, podemos pensar que el actual posicionamiento anticomunista no es nuevo, sino simplemente es un refrito de lo peor de la geopolítica norteamericana del siglo XX, cuyos efectos en América Latina, sobre todo después de 1954, han sido sólo muerte, corrupción, y las peores dictaduras de la historia, desde Castillo Armas en Guatemala hasta Pinochet en Chile. De ahí que los cipayos locales arrastrados ante Trump, como Kast o Milei, reivindiquen el pasado dictatorial de sus respectivos países. De ese tamaño es la amenaza.