"El nacionalismo impuesto desde arriba se opone a una Nación que habita abajo con otras ideas de lo que es ser mexicanos".

Este 15 de septiembre vale la pena pensar y hablar del nuevo nacionalismo mexicano. Se ha afianzado en ambos lados de la frontera norte un tipo politizado de pertenencia y de arraigo a la Nación mexicana que es distinto de que se desplegó en los regímenes del PRI y del PRIAN. El viejo nacionalismo fue una mezcla entre el dominio del Partido Único y la amenazante vecindad con los Estados Unidos. Ya en el neoliberalismo simplemente se desechó para convencernos de que sólo desde “lo local” se vivía la pertenencia. Desde que el PRI implementó la Unidad nacional y la rellenó con los mitos del mexicano binario entre español y azteca, el mariachi para conservar cerca a la zona cristera, el cine y la televisión como melodrama donde, si bien los pobres siempre pierden, encuentran reposo en haber actuado con bondad. El nacionalismo impuesto desde arriba se opone a una Nación que habita lo popular, abajo y en las regiones, con otras ideas de lo que es ser mexicanos. Abajo, el ese mexicano del PRI no existe, si por él entendemos que es priista, pendenciero, borracho, iracundo, sometido, irresponsable, infantil, y mañoso. Ese sujeto que inventa el PRI no sirve más que para ser sometido, trabajar forzado, y aguantar. El aguante conforma tanto al sujeto político como al identitario. Aguanta el dolor, el castigo, el picante, y el tequila. Y, por supuesto, un siglo casi de PRI. Eso es ser mexicano de 1940 hasta el desembarco neoliberal desde Estados Unidos. Durante cuatro décadas, al PRI le funciona la vecindad con los gringos como un enemigo amenazante pero a cuya modernidad se debe aspirar. El PRI era la defensa mexicana contra el invasor gringo porque era más astuto, escurridizo, y taimado. Pero, el mismo PRI fue el que deliberadamente acabó por entregarse a sus corporaciones, alimentos, entretenimientos, e idioma. Su nuevo mexicano universal es Octavio Paz que pasó de reivindicar el ejido en su juventud a elogiar la norteamericanización como salida del México inviable. Se dice “ciudadano del mundo” en un momento en que el individualismo no tiene otra Patria que los tratados de libre comercio.
Cuando llegan los neoliberales al poder, mediante el fraude electoral de 1988, ser mexicano es ser global, es decir, carecer de puntos donde se detengan los prejuicios, gustos, y figuras emulables. Lo que sigue es entregarse al consumo total, ahora llamado “libertad”. Si hay raigambre es en tu barrio, en tu comunidad, en tu cuadra. Pero no importa porque la Nación ha dejado de existir. “Arráigense donde los conozcan”, parece decir el nuevo discurso oficialista, de Salinas de Gortari a Enrique Peña Nieto. La élite y una parte de la clase media quiere ser valoradas, entonces, por lo que veneran y consumen, no por lo que son. Y es entonces que ellos son los primeros mexicanos que niegan haber nacido aquí. Se escudarán en ser globales pero, en realidad, están agringados. Los de abajo, es decir, todos los que no somos élite, tenemos muchas más formas de relacionarnos con Estados Unidos que la simple veneración a su tecnología, medios masivos, y comida rápida. Y es que abajo hay una diversidad de rechazos que se actualizan con la migración masiva de la primera década neoliberal. Entre el peligro que encarnan los gringos y el PRI ostentando su anti-democracia como una forma de defensa nacional, surge lo popular, democratizador y politizado, poco a poco.
Abajo, la Nación habla muchas voces. Desde 1988 se va gestando una respuesta nacional popular al neoliberalismo, con el neocardenismo, el zapatismo urbano, y finalmente el obradorismo. La hegemonía cultural a la que aspiró el PRI con el muralismo, la novela de la Revolución y el cine, nunca alcanzó más que a sobreponerse sobre una tierra popular donde las principales claves simbólicas del mexicanismo se trastocaban, se interpretaban, se leían distinto. Pedro Infante, por ejemplo, no fue el “pobre pero honrado” de Ismael Rodríguez, sino que reencarna en la lucha contra el desafuero de López Obrador convertido en “Peje, El Toro”, es decir, en la indignación contra el sistema judicial. El zapatismo de Chiapas arrebata al Zapata priista y lo extiende a las comunidades indígenas y, de ahí, a los barrios de las megaciudades conurbadas. El cardenismo trastoca la gráfica de los años treintas para reformular su mensaje: el neoliberalismo traiciona el nacionalismo de Lázaro Cárdenas, a los ejidatarios, a los mexicanos de la tierra. Se fue construyendo con esa reapropiación otra hegemonía cultural, histórica y simbólica de raigambre popular.
Una por una las capas simbólicas del antiguo nacionalismo son resignificadas por lo popular. Es un proceso que empieza en 1988 y que no ha culminado. Veamos algunos de los esterotipos que han cambiado. En primer lugar, está el pueblo. El pueblo del priismo era una entidad desaparecida en el momento en que la encubraron como símbolo: los campesinos pobres que habían combatido en la Revolución mexicana. El pueblo actual delimita a los excluidos por el neoliberalismo, es decir, a casi todos y los convierte en sujetos políticos, en votantes, en parte del espacio público en donde lo que dicen es una fuerza y una razón, no sólo ruido como con el PRI. Como sabemos, las identidades no son esencias que uno carga consigo sino que son relaciones de poder. Al cambiar las relaciones de poder también cambió lo que significa ser parte del pueblo. Ya no es el indio dormido recargado en el nopal, sino un sujeto político indignado y esperanzado en la posibilidad de la transformación de su presente y destino. El charro, la china poblana, el jarocho perdieron su base apartada en los montes y las sierras y fueron utilizados por el PRI para retratar al sujeto gobernable, obediente, atenido al momento de repetir la tonada, y el paso de baile.
Estos esterotipos desaparecen en la heterogeneidad de lo popular que los toma como una domesticación de sus orígenes marginados y guerrilleros, como en el caso del jarocho, que fue el moreno que bajó de la sierra para defender el Puerto de Veracruz. Nada de esa épica convenía al PRI cultural.
En segundo lugar, valdría la pena echarle un ojo a la lista de Carlos Monsiváis hizo de la cultura nacional en el número de octubre de Cuadernos Políticos de 1981. Enumera como parte de la cultura nacional: “la obra política y literaria de la generación de la Reforma”. Hoy reivindicada en el Estado laico, como separaciones entre creencias y ciencia, pero también entre poder económico y poder político. Enlista Monsiváis el ámbito de derechos civiles desprendido de la Constitución del 57 y de la Constitución del 17. Ahora ya expulgada de las reformas del neoliberalismo, aquella sensación política de que lo escrito en esa Constitución era una promesa incumplida de un futuro más igualitario y que no se aplicaba en nuestro presente, se ha ido extinguiendo. Creo que sería válido decir que la Constitución de la 4T es más parecida a los principios de la Revolución mexicana que la de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Escribe Monsiváis: “El sitio de las mujeres en la sociedad y en la familia”. Como la parte sometida del patriarcado que implicó la identidad masculina como aguante, las mujeres han tenido una reivindicación política en la paridad de las instituciones de representación y en recobrar la memoria de su papel en las luchas emancipadoras del país. Su participación no remunerada en la economía comienza a reconocerse. Y qué diría Monsiváis de que una mujer es la actual Presidenta. Monsiváis incluye, además, la religiosidad popular cifrada en la Virgen de Guadalupe, la función categórica de la familia, el panteón de la alta cultura en donde se encuentran las obras de Fernández de Lizardi, Luis G. Inclán, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Justo Sierra, Lucas Alamán, Gutiérrez Nájera, Othón, Díaz, Mirón, Velasco, Posada, Manuel Payno, Emilio Rabasa, López Velarde, Tablada, Villaurrutia, Paz, Reyes, Vasconcelos, Torri, Rulfo, Azuela, Pellicer, Martín Luis Guzmán, Tamayo, Luis Barragán, Silvestre y José Revueltas, Carlos Chávez, Siqueiros, Orozco, Rivera, Manuel Álvarez Bravo, el arte virreinal, Sor Juana Inés de la Cruz, la obra de los jesuitas humanistas del siglo XVIII, el arte prehispánico, la experiencia histórica cultural y social de la Revolución Mexicana (que ordenan visualmente las fotos del Archivo Casasola y redactan ideológicamente las novelas y el cine), las artesanías populares, el sentido antimperialista agrario y popular del sexenio de Lázaro Cárdenas, las diversas expresiones de la cultura popular: el corrido, el teatro de revista, el grabado, algunas películas de Fernando de Fuentes, Emilio Fernández y Luis Buñuel y algunos actores, la realidad y la mitología de la resistencia popular, de Chucho "el Roto" a Rubén Jaramillo y Lucio Cabañas”.
De la lista de Monsiváis extraigo los rasgos políticos: la relación de los energéticos con el anti-imperialismo y la memoria de la resistencia plebeya. El enlace entre destino común y lenguaje colectivo en estos ocho años de 4T parece enumerar a otros tantos rasgos de la pertenencia y sus formas de arraigo a la Patria, a la Nación: la inclusión de los dos sectores que fueron sacudidos por el neoliberalismo: las mujeres arrojadas por la necesidad de subsistir a la informalidad y los migrantes forzados hacia Estados Unidos. Ambos grupos han sido reivindicados como parte de la Nación. Se ha reivindicado a las comunidades indígenas como sujetos de derecho, no como objeto de estudio. Un nuevo piso de decisiones económicas y políticas sobre su territorio se hizo constitucional. Se ofende la clase media buenaondita de lo que llaman “apropiación” de los tejidos indígenas en los trajes de la Presidenta o de las ceremonias del bastón de mando. Son formas de inclusión simbólica. No tienen nada que ver con el folclorismo priista o la simulación de Xóchitl Gálvez. Si hubo un proceso de resignificación popular de personajes, símbolos y memoria histórica durante el periodo 1988-2018, ahora ya en el poder esa resignificación se dará también en sentido inverso: el poder ostenta algunos símbolos de lo popular para terminar de construir un puente de transmisión cultural. La idea de que “el gobierno utiliza a los indígenas” no guarda relación alguna con el momento actual y lo que ha sucedido en materia de derechos de las comunidades y la inclusión en aparatos tan rancios como la Suprema Corte de Justicia.
Y nada, hice esta columna porque el orgullo de ser mexicanos se ha resignificado en estos años. El 15 de septiembre de 2006: el de Vicente Fox refugiado en Guanajuato por el fraude electoral a favor de Felipe Calderón; el de López Obrador en su toma de Paseo de la Reforma; y el de los pobladores de San Salvador Atenco cobijados mediáticamente por el zapatismo. Fox gritó: “Vivan las instituciones”. Alejandro Encinas, a nombre del plantón de Reforma, gritó: “Viva la soberanía popular”. Y el subcomandante Marcos dijo: “Presos políticos, libertad”, en relación a Ignacio del valle y los otros dirigentes de San Salvador Atenco encarcelados por oponerse al aeropuerto de Texcoco. Mucho ha pasado de ese hecho insólito del 15 de septiembre de 2006. Fox se abraza con "Alito" Moreno en las instalaciones del PRI. El aeropuerto de Texcoco se devolvió al lago inmemorial y ahora hay otro construido por la voluntad política de López Obrador. Y el subcomandante ha cambiado ya varias veces de nombre e insiste en reaparecer cada vez que hay elecciones. Pero es crucial el cambio entre ese entonces y hoy. La cultura popular, fuera de la sociedad del espectáculo, es asidero de una identidad nacional que se basa, no en la china poblana y el Museo de la Antropología, sino en los derechos políticos. Ser mexicano hoy es estar politizado y poder debatir con quienes durante muchas décadas se consideraron estereotipos dormidos en lo profundo de las piedras.
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