Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
"Se ha desatado la extrema derecha en todo el mundo, hoy son primera fuerza en donde nació el fascismo, el nazismo, el franquismo".

Cuando una sociedad empieza a considerar normales cosas que anteriormente consideraba intolerables, cuando el odio va arraigando culturalmente como algo que forma parte de lo normalizado, cuando el odio se va organizando socialmente e interviene con su discurso o con sus prácticas violentas, una sociedad va camino del fascismo.
Después de la victoria de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt, Alice Weidel, la líder de Alternativa por Alemania, el ganador partido neonazi, ha exigido la deportación de “más de un millón de refugiados”. Alemania, que fue la que inventó el ICE más letal el siglo pasado, vuelve a las andadas.
Vivimos un mundo desatado. Y el gran desatador es el egoísmo. Un egoísmo ciego que no ve nada más que el interés particular inmediato y que viene con un cuchillo afilado cortando todas las sogas que sujetaban a los monstruos.
Se han desatado las temperaturas del mar y las catástrofes por el calentamiento global; se ha desatado la Inteligencia Artificial movida por el beneficio económico o militar, que nadie parece saber cómo parar y amenaza a la humanidad; se ha desatado la ignorancia y la estupidez por el mundo, según señala el último informe Pisa; se han desatado las ganas de mucha gente de marcharse de países en donde no ven futuro; se ha desatado la depresión como una pandemia en un mundo que aísla a una especie, la humana, que es social por naturaleza; y se ha desatado la extrema derecha en todo el mundo, que se ha comido a la derecha y que hoy son primera fuerza en los lugares donde nació el fascismo (Italia), el nazismo (Alemania), el franquismo (España) y el colaboracionismo (Francia), y también, y, esto es novedoso, en el país que ayudó a derrotar a las potencias del Eje cuando entró en la Segunda Guerra Mundial, esto es, en los EU de Donald Trump.
Hay una conmoción en Europa porque una fuerza que tiene claros vínculos con la Alemania nazi, Alternativa por Alemania, ha ganado las elecciones en Sajonia-Anhal, con el 44 por ciento de los votos. La participación ha sido histórica, del 77.8 por ciento, lo que indica que la extrema derecha ha movilizado también a los abstencionistas. Ha ganado en todas las categorías sociales -menos en los sectores acomodados- y edades -salvo los mayores de 70 años, que tienen memoria. Sachsen-Anhalt no es toda Alemania. Se trata de un mediano Land de la antigua República Democrática Alemana con 1.7 millones de habitantes, con apenas un nueve por ciento de inmigración -muy por debajo de la media de Alemania, que está en el 20 por ciento- y que, sin embargo, es un espejo de la frustración europea, de ciudadanos que creen que no les va como se merecen.
Un profesor en Leipzig comentaba que había hablado con varios amigos suyos, gente normal, que habían votado por AfD. Reconocían que había nazis en ese partido, pero insistían en que no todos eran nazis. Todos los contertulios compartían algún tipo de frustración, ciertas ganas de revancha, un malestar difuso que bebía de diferentes lugares: de la reunificación alemana que les había dejado en un mal lugar económico, de la política neoliberal de la derecha y del SPD, de una Europa burocratizada a la que veían muy lejos, de la pérdida de posición social y laboral de los hombres, de una guerra entre Rusia y Ucrania que les amenazaba y que no entendían, y de un envenenamiento de los medios que les agitaba aún más la intranquilidad. Todo esto les daba la excusa para dejar de ser solidarios.
Habían votado por Ulrich Siegmund, el líder de la formación ultraderechistas del que todos los medios destacan su buen humor. Esta persona jovial, en una reunión de ultraderechistas en Potsdam en 2023, dijo que la vida de los extranjeros en Sajonia-Anhalt "debería ser lo más desagradable posible". En Alemania, el país que le hizo tan desagradable la vida a judíos, gitanos, socialistas, comunistas, homosexuales… Los líderes de la extrema derecha no son ya señores grises con trajes oscuros y mirada torva, pero piensan igual que sus antecesores. Son igual de inquisitoriales, pero queman herejes sonriendo y con maneras liberales. Vamos, que pueden estar divorciados o vivir en parejas homosexuales o haber abortado y firmar tu encarcelamiento o deportación mientras se meten una raya de coca o viajan colocados con MDMA.
Leyendo las explicaciones de esos votantes de AfD me he encontrado con las mismas explicaciones que contaba el judío norteamericano Milton Mayer en su clásico libro de 1955 Creían que eran libres.
A principios de los años cincuenta, Milton Mayer se fue a Alemania y se instaló en una pequeña ciudad, Marburgo -a la que llamó Kronenberg -. Quería convivir con 10 alemanes que, desde su punto de vista, eran perfectamente normales. No eran jerarcas nazis. No eran generales. No eran grandes criminales de guerra. Eran gente corriente: un sastre, un carpintero, un estudiante, un panadero, un cobrador de deudas, un empleado de banco, un policía, un maestro… Es decir, gente que, aparentemente, podía cruzarse contigo por la calle sin que sonara ninguna alarma. Todos habían sido miembros de base del Partido Nazi. Es verdad que Mayer no le dijo a ninguno que él era judío.
Mayer quería averiguar algo bastante incómodo: cómo personas normales podían apoyar a Hitler, colaborar con el régimen o simplemente mirar hacia otro lado mientras la barbarie avanzaba y, además, no sentir que estaban siendo parte de una aventura criminal. Iban dejando de ser libres pero recordaban el nazismo como un periodo con algunos excesos, si bien lleno de cosas buenas.
El nazismo no llegó a sus vidas con un cartel que dijera: "Atención: a partir de mañana comienza una dictadura criminal". Hasta una persona como Hitler tenían educación y eso habría sido descortés. Llegó prometiendo orden, empleo, estabilidad, orgullo nacional y la recuperación de un país humillado después de la Primera Guerra Mundial. Las libertades tampoco desaparecieron todas de golpe. Fueron desapareciendo poco a poco. A cómodos plazos para la capacidad moral de esa sociedad. Una pequeña restricción por aquí. Una excepción por allá. Una medida “provisional” aplicada sólo a determinadas personas. Una Ley “necesaria”. Una prohibición que afectaba solamente a otros. Una libertad que podía sacrificarse porque, total, esta vez había una buena razón. Hasta que llegó el momento en que ya no quedaba casi nada que defender. Y entonces apareció otra característica extraordinariamente humana: nadie se consideraba responsable. Ni los que han votado esta semana a AfD ni los entrevistados por Meyer se veían como monstruos. Se veían como personas decentes atrapadas por las circunstancias. Dijeron que no podían saber lo que ocurría, que no podían hacer nada, que no era asunto suyo. Ellos solamente habían intentado sobrevivir.
Mayer no quiso contar que los nazis fueran unos monstruos. Una dictadura no necesita que todos sus ciudadanos sean fanáticos. Basta con una minoría consistente. Luego, ya solo falta que el resto acepte cada pequeño recorte de libertad, cada ataque a los derechos humanos como algo razonable, provisional o inevitable. Meyer no decía que sus entrevistados fueran inocentes: fue gente que no se metió en problemas y sacó algún beneficio mientras los nazis prosperaban. Y esta conclusión es más preocupante que decir que todos eran unos terribles nazis sanguinarios.
Una buena parte de los votantes de AfD son ciudadanos “normales” que pueden seguir considerándose así mismos buenas persona mientras el monstruo hace su trabajo. Existen en España, en México, en Argentina, en Colombia, en Brasil. Saben que el monstruo existe, pero creen que está ahí porque sobre él -o ella- recae una pesada carga, que es hacer el trabajo que beneficia a todos. Otra vez el egoísmo.
En la Alemania gobernada por el bipartidismo del centro-derecha y el centro-izquierda, los alimentos han subido el 34,7 por ciento, mientras que los salarios lo han hecho en torno a un tercio, el 14,28 por ciento. El 87 por ciento de los votantes de AfD creen que su partido es de centro. En la campaña electoral, diseñada desde Berlín, han hablado de inmigración, pese a que en Sajonia-Anhalt tienen, como decíamos, la menor tasa de migración del país, el nueve por ciento, frente al 20 por ciento nacional. Pero podían haber hablado de la Unión Europea, de la guerra, de la burocracia o de cualquier otra cosa. Lo relevante es que ya habían captado lo más relevante: eran vistos como la fuerza monstruosa, redentora, a la que había que darle la oportunidad de que hiciera algo.
A los votantes de AfD no les importa que su líder en Sajonia-Anhalt se rodee de gente que se declaran nazis o han sido militantes de organizaciones nazis. Los escándalos tampoco parecen afectarles. A los votantes de la extrema derecha no les molesta el nepotismo, algo muy mal visto en la democracia europea. El padre de Ulrich Siegmund trabaja para un Diputado del Bundestag de Sajonia-Anhalt y ya había trabajado para otros diputados de AfD. Pero cuidado si lo hace alguien de la izquierda… Además, los medios le hacen la campaña al presentarle como antisistema -Der Spiegel lo presentó como “El hombre más peligroso de Alemania-, cuando no es verdad y sus políticas están ya marcadas por las realizadas por la CDU o por el SPD. Pero ¿quién aplaca mejor la frustración que quien se ve como el enemigo del sistema? Insiders que se venden como outsiders.
Alice Weidel, la líder nacional de AfD, tiene un perfecto perfil burgués: economista, con un doctorado, ha trabajado en Goldman Sachs -entiende y profesa pues el neoliberalismo- y también en China (habla mandarín); convive desde hace más de una década con Sarah Bossard, una productora audiovisual nacida en Sri Lanka y adoptada de niña por una familia suiza. Tienen dos hijos concebidos por donación de esperma. Residen buena parte del año en un pueblo suizo, Biel/Bienne, aunque su domicilio electoral formal sigue siendo la casa de sus padres junto al lago de Constanza. Todo esto mientras copreside un partido que en su programa defiende el matrimonio heterosexual como núcleo de la nación, rechazó el matrimonio igualitario, habla de "remigración" y deportaciones masivas, y ha sido calificado por la Oficina Federal para la Protección de la Constitución como "movimiento extremista de derecha confirmado"
¿Cómo se solventa esta contradicción? Ella lo hace con una enorme caradura: “Mi vida es una cosa y el modelo social que yo considero deseable es otra.” O como dijo en otro sitio, mi vida personal es la prueba de que hace falta un partido como AfD.
En los entornos urbanos pesa más en el voto la ansiedad frente a la inmigración, la nostalgia del Este postindustrial, el rechazo a Bruselas, el malestar difuso. Y un discurso autoafirmativo: si hasta una jodida lesbiana está con nosotros, es que tenemos la maldita razón. Y todos contentos. Es la hipocresía elevada al cubo: en tu vida privada haz lo que quieras siempre y cuando no salgas con las banderas de esa mierda que haces en tu vida privada. Tu identidad sexual no puede formar parte de nuestras instituciones. Cuando no te ve nadie, haz lo que quieras. Pero no nos molestes. Toleran al homosexual individual, pero persiguen al movimiento LGTBI. Los símbolos de la sociedad sólo los definen ellos.
No eligen a Weidel para que le enseñe cómo vivir, la eligen para que resuelva quirúrgicamente, sin que le tiemble el pulso, un problema que perciben como existencial (la inmigración, el estatus del Este alemán, el coste de vida). Cuanto más grave se percibe el problema, menos margen queda para el escrutinio de la vida privada del mensajero. Weidel dice que su vida privada es asunto suyo, mientras defiende que el currículo escolar alemán no debería enseñar "sexualización precoz" ni "la locura de género", en la fórmula que usan también otros dirigentes del partido y que en España VOX llama “ideología de género”.
Y lo mismo ocurre con la inmigración: su definición de “inmigración controlada” significa “la que a mí me viene bien”. O “la que conozco”. Odian a los inmigrantes, pero tienen un vecino turco con el que se llevan de maravilla. Hasta que alguien venga a buscarle porque no es su vecino y es turco. Es una mezcla de odio abstracto, es decir, de estupidez que no se representa al otro, y, una vez más, el egoísmo. Los inmigrantes son una amenaza pero con mi frutero indonesio la relación es buena; los homosexuales amenazan la familia tradicional, pero tengo un amigo homosexual; Alemania está por encima de todo, pero puedo vivir donde quiera, incluso fuera del país. La AfD defiende la soberanía nacional, la identidad nacional, la recuperación del Estado-Nación, la protección de la Nación frente a las élites globalizadas y es crítica de las élites cosmopolitas. Su programa plantea incluso transformar radicalmente la relación de Alemania con la UE y recuperar competencias nacionales. Pero Weidel vive en Suiza con su pareja. El mensaje es: “Me da igual dónde y con quién duerme Alice Weidel. Quiero que cierre las fronteras y fusile a los malditos burócratas de Bruselas”.
Una mujer que habla mandarín, ha trabajado en Goldman Sachs, vive en Suiza y está casada con una mujer nacida en Sri Lanka puede ser simultáneamente una dirigente muy eficaz para una derecha radical nacionalista. La contradicción biográfica de Weidel se convierte en un activo político. Seguramente porque los medios no le sacan los colores, porque ninguna otra mujer con sentido común se ríe en un debate de su caradura ni la gente le afea en la calle su incongruencia. La tolerancia que brindan los medios a la extrema derecha ayuda. Y mucho. El líder ya no debe "encarnar nuestros valores” sino que “el líder debe defender nuestros intereses contra nuestros enemigos”. El líder nos autoriza a ser sinvergüenzas. Entonces, nos vale.
El abuelo de Alice Weidel entró tarde en el partido nazi, en 1932. Un años después, entró en las SS (Schutzstaffel, “Escuadras de Protección”). En Polonia, una de las zonas de mayor represión del nazismo, fue donde este Weidel trabajó como Juez militar, en Varsovia, ascendiendo hasta ser Juez del estado mayor superior Oberstabsrichter, nombrado por Adolf Hitler en 1944. Tras el levantamiento del gueto de Varsovia se ejecutaron a siete mil judíos y se deportó a campos de concentración a 42 mil judíos, que también fallecieron. Tras el final de la guerra Weidel fue detenido por los británicos, pero salió impune “por falta de pruebas”.
No hay que pedirle coherencia al votante de la extrema derecha. Te gritan cada vez más fuerte: “me importa una higa lo que haga mi líder. Weidel es la única con narices para hacer lo que nadie se atreve y es la que dice lo que yo quiero que alguien diga sobre inmigración y sobre la izquierda”. Y en su hipocresía, se blindan: “¿Cómo podemos ser homófobos si nuestra líder vive con una mujer? ¿Cómo podemos ser racistas si la pareja de nuestra líder nació en Sri Lanka?”. El mensaje es típico de las extremas derechas de todo el mundo: “Sí, vive en Suiza, pero defiende como nadie a Alemania. Sí, está con una mujer, pero defiende como nadie el matrimonio heterosexual. Sí, su mujer nació en Sri Lanka, pero tiene razón sobre la inmigración. Y nos ayuda como nadie a odiar a nuestros enemigos”. Como hacen los evangélicos neopentecostales con Trump: “¿Es un buen cristiano? Evidentemente no, pero ¿defiende nuestros intereses frente a nuestros enemigos? Como el que más. No es como yo, pero está de mi lado”. En España, Santiago Abascal, el político más belicista, hizo trucos para evitar hacer el servicio militar obligatorio.
La hipocresía está en que, en el fondo, quieren imponer cosas a los demás. Un fumador puede defender que fumar es malo. Un divorciado puede defender que el matrimonio es indisoluble. Un homosexual puede considerar preferible la familia heterosexual. Un rico puede defender impuestos bajos. No hay contradicción lógica inmediata. La vida está llena de contradicciones. El problema político salta cuando presionas para que se pueda fumar en lugares públicos, prohíbes el divorcio o el aborto, estigmatizas tipos de familia que no sean heterosexuales, evades impuestos. Es decir, prohíbes a los demás que hagan lo que tú haces. La vida privada de los nazis, los fascistas, los franquistas o de Trump, Salinas Pliego, Musk o Esptein no es muy edificante
¿Puedes ser líder planteando que tu vida tenga el privilegio de ser una excepción a la norma que defiendes? En la izquierda es muy difícil; en la derecha ya es el pan nuestro de cada día. Como pasaba en el nazismo, no todos son nazis convencidos, pero todos sacaban algún beneficio de no oponerse al nazismo. Sus motivaciones son abstractas, no incurren en complejidades, no se rompen la cabeza: lo que está claro es que no se ponen en el lugar del otro, como criticó Hanna Arendt. Y, curiosamente, nunca se equivocan de bando. No son inocentes. Como contó Daniel Goldhagen, la gente corriente, llegado el momento, son los verdugos voluntarios. Si no les explicas a tiempo lo que están haciendo y los ganas para la decencia. Pero cuando crece el fanatismo, eso es casi imposible. El batallón de policía de reserva 101, compuesto por gente corriente de Hamburgo, fueran fanáticos asesinos en Polonia. Lo que les llevó a cometer esas barbaridades hoy lo tenemos cotidiano en nuestras sociedades: conformismo, presión de los más fanáticos, obediencia a la autoridad, adaptación al papel que te asignan, brutalización de la guerra o de la violencia, normalización de la violencia, a lo que hay que añadir el racismo y la propaganda que descargan los medios y las redes todos los días.
Al final, lo que más pesa a la hora de apoyar a la extrema derecha es el odio que justifica el egoísmo: odio a la izquierda, a los inmigrantes, a las mujeres, a la ciencia, a los pobres o a los miércoles o a la poesía. Lo importante es odiar. Y en nuestras sociedades, Trump, que celebra aniversarios con un ring de lucha libre nos dice junto a la extrema derecha: no hay sociedad para todos. Al final, parece que el mensaje es: odias o te odian. Mientras la gente decente, sin suficientes palabras como para explicarse, sigue en la perplejidad al ver que sus vecinos empiezan a considerar normales cosas que anteriormente consideraba intolerables, cuando el odio va arraigando culturalmente como algo que forma parte de lo normalizado, cuando el odio se va organizando socialmente e interviene con su discurso o con sus prácticas violentas hasta hacer la vida furiosa y amenazante.
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