El Poder del Consumidor
Alejandro Calvillo
"La expropiación del saber de los artesanos y su sometimiento al dominio de una máquina tiene una profunda similitud al dominio que ejerce la IA".

El peligro de la deshumanización de la humanidad, una amenaza clara del desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA), es un proceso que, en la sociedad occidental, se generalizó con la revolución industrial. Con la IA este proceso se acelera y se sale de control, incluso, de sus propios creadores. El tema es la percepción de la tecnología, siempre vista como un progreso de la humanidad, una ideología bien inculcada desde el poder, porque la tecnología también ha sido un factor de explotación y deshumanización.
Desde un inicio, en medio de los brutales cambios provocados con el surgimiento de la Revolución Industrial, apareció en Inglaterra un movimiento radical de artesanos y trabajadores textiles, los llamados luditas, que durante las noches destruían los telares e hiladoras mecánicas. Estas máquinas venían transformando radicalmente la vida de los trabajadores, los empujaban a un sistema de explotación, desvalorizaban sus habilidades, sus conocimientos artesanales. Se veían sometidos en sus jornadas a los tiempos y ritmos de las nuevas máquinas. Los trabajadores veían cómo sus saberes que les permitían no solamente valorar su trabajo, sino que también estos saberes, ganados y desarrollados durante años de aprendizaje, les permitían sentirse orgullosos de su oficio y desarrollar su trabajo con gusto. Todo esto llegaba a ser destruido con la llegada de los telares mecánicos. En las nuevas circunstancias, las máquinas imponían los movimientos mecánicos que deberían realizar y los tiempos en que debían hacerlos.
A través de la sociología del trabajo puede observarse un hecho que de manera ideológica se niega: la tecnología no es neutral, al menos, no toda la tecnología, gran parte de la tecnología está diseñada, no con el propósito de facilitar y aligerar el trabajo, está diseñada para obtener una mayor ganancia y, en general, no toma en cuenta las condiciones en que el trabajador debe operarla, las condiciones que crea para los trabajadores.
Y en este sentido hay que considerar la Inteligencia Artificial, preguntarnos si puede ser neutral y si se puede hacer un buen uso de ella o tiene ya, como parte de su naturaleza, un espíritu de dominación, de sometimiento. O si habría la posibilidad de hacer una IA diferente. Está claro que no toda tecnología tiene este sentido, por diseño, de explotación del otro, del trabajador. A principio del siglo XX, el propio Mahatma Gandhi, reivindicaba, muy acertadamente, la máquina de coser como una tecnología de mucha ayuda, una herramienta que liberaba, descargaba y aligeraba el trabajo.
Diversos historiadores de la tecnología como Sigfried Giedion en su obra La Mecanización toma el mando, o Lewis Mumford, en la suya El mito de la máquina, señalaron este proceso de enajenación, llamando a subordinar la tecnología a las necesidades que tenemos para nuestro desarrollo. Llamaron a rescatar el humanismo frente a la automatización tecnológica. La tecnología, advirtieron, estaba deshumanizando a la humanidad.
La expropiación del saber de los artesanos y su sometimiento al dominio de una máquina para trabajar a su ritmo como un engranaje más, tiene una profunda similitud al dominio y sometimiento que ejerce la IA y los algoritmos, las pantallas, al modelaje de los deseos y percepciones. El salto es cualitativo. La similitud está en el sometimiento, en la dominación, aunque sabemos que esta dominación alcanza escalas inimaginables con la IA.
En medio de esto comienzan a surgir las primeras expresiones de rechazo entre los propios jóvenes en varias regiones del mundo. Ya en 1990 comenzaron expresiones aisladas de lo que se ha llamado el Neoludismo, un rechazo a las tecnologías que nos aíslan. Espacios en los que se pide o no se permite el uso de celulares, jóvenes que salen de las redes sociales para encontrarse y leer, hacer música, bailar, compartir. Una revalorización de los espacios de convivencia, del volver a ser comunidad, una resistencia a los caminos que marca la era digital.
Las múltiples demandas multimillonarias a estas empresas por diseñar sus plataformas con el objetivo de que sean adictivas, por la extracción y comercialización de datos personales, por el uso de algoritmos que enaltecen la violencia y la discriminación, son los primeros pasos que se requieren profundizar en la gobernanza y rediseño de estas tecnologías. Por un lado, las iniciativas para proteger a niñas, niños y adolescentes de estas tecnologías, la prohibición de los celulares en los espacios educativos, la promoción de la alfabetización digital para evitar que niñas, niños y jóvenes caigan en esta adicción, y, por otro lado, las denuncias de los propios diseñadores de estas plataformas, la filtración de documentos internos de estas corporaciones exponiendo el carácter sociópata de sus prácticas y de quienes las dirigen, los pronunciamientos internacionales llamando a su control, la encíclica del Papa, etc., etc.
Encuestas realizadas entre jóvenes demuestran que la mayoría están preocupados por el daño que les hacen las redes y plataformas a las que tienen acceso a través de sus teléfonos inteligentes y esta preocupación les está llevando a tomar medidas.
La empresa Nokia, que se ha enfocado en la producción de los modelos básicos, limitados a llamadas y textos, como los que eran usados en los años 90, ha reportado un fuerte incremento de ventas. Parte importante de ese incremento se debe a que algunos grupos, todavía incipientes, pero importantes, de jóvenes de la Generación Z, están decidiendo desintoxicarse optando por opciones básicas de celulares, solamente para llamadas y mensajes, como un acto de consciencia y rebelión, y están inventando maneras de encontrarse, de convivir, de resistir la deshumanización.
Desde la enajenación de los saberes de los trabajadores artesanos y su sometimiento a los ritmos y movimientos establecidos por las máquinas que llevó al movimiento ludita a finales del siglo XVIII y principios del XIX, a la creciente consciencia y resistencia a la IA, a los algoritmos, a la adicción, al control y manipulación desde las redes y plataformas digitales, la resistencia, en ese entonces y ahora, es justamente contra la deshumanización.
Y en esa resistencia está la fuerza para enfrentar los retos que tenemos como especie, la fuerza para enfrentar a las corporaciones globales tecnológicas que pretenden dominar el mundo, aliadas a los nacionalismos más extremos y a los fundamentalismos religiosos. La resistencia está en defendernos de la deshumanización, en mantener y recuperar los espacios de encuentro, de convivencialidad, de creatividad.
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