8/02/2026

Instrumentarium

Juan Arturo Brennan

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Instrumentos musicales de México y el mundo: Colección Juan Guillermo Contreras Arias permanecerá en el Museo Nacional de Antropología hasta principios de septiembre.Foto Juan Arturo Brennan

Hace unos días me apersoné en el Museo Nacional de Antropología para visitar la exposición Instrumentos Musicales de México y el Mundo y, como en muchas otras ocasiones, el dúo inefable de Apolo y Euterpe premiaron mi asidua vocación de melómano con una inesperada sorpresa.

A la entrada misma de la exposición me topé con alguien que sacudía con delicadeza y cuidado un enorme y hermoso tlalpanhuéhuetl de San Juan Teziutlán, decorado con un tzompantli e imágenes del inframundo náhuatl. Ese alguien era Juan Guillermo Contreras Arias, poseedor de los instrumentos ahí mostrados y curador de la exhibición, a quien conozco de larga data. El venturoso encuentro tuvo para mí un resultado impagable: una extensa y fascinante visita guiada personal, en las expertas manos del mejor guía. En el parsimonioso y fructífero trayecto por la asombrosa colección instrumental (apenas 400 de las más de 5000 piezas que posee), conocí de sus viajes por el mundo, sus contactos con músicos de todas las latitudes, su aprendizaje de la laudería y sus labores de restauración y reparación, los personajes que le obsequiaron muchos de sus instrumentos, su participación en diversas tocadas civiles y rituales, entre las que Juan Guillermo atesora especialmente una improvisación a dúo, él tocando el marimbol en complicidad con un viejo maestro japonés del koto.

En el decurso del periplo miré, fascinado, instrumentos de proveniencia múltiple y variada. Junto con una buena y saludable presencia de ejemplares de los muchos Méxicos que hay, piezas de todos los confines, de Chile a China, de Perú a Portugal, del Tíbet a Trinidad y Tobago, de Cuba a Corea, de la India a Irlanda, de Argentina a Arabia, de Guatemala a Gambia, de Honduras a Hungría, de Siria a Suiza, de Grecia a Ghana, de Ecuador a Egipto, de Bolivia a Benín, de Nepal a Nigeria, de Afganistán a Alemania; en algún momento, agobiado por tal avalancha de naciones, dejé de compilar la lista. Mientras me guiaba con evidente orgullo de su colección, el etnomusicólogo aprovechó para añadir a su sabroso anecdotario varias lecciones de materiales, técnicas de construcción y modos de ejecución de muchos de sus instrumentos. Por si ello fuera poco, y aprovechando su pleno derecho a hacerlo, pulsó y tocó para mí algunos de sus instrumentos, privilegio singular que a mí me estaba vedado y que agradezco puntualmente. Y a pregunta expresa, me dijo que casi la totalidad de ellos están en buen estado, aptos para ser tañidos, percutidos, soplados y punteados, lo que me llevó al sueño guajiro de imaginar un enorme proyecto de grabar los sonidos de todos y cada uno, y darlos a conocer ampliamente.

Tras la despedida de Juan Guillermo, recorrí la exposición una vez más, por mi cuenta, con la peregrina idea de elegir algunos instrumentos favoritos. ¡Tarea imposible! Sin embargo, puedo mencionar algunos que me resultaron particularmente atractivos por razones diversas. Un sheng, órgano de boca chino; las portentosas trompetas de los rituales tibetanos; un silbato ruso en forma de cuchara, para llamar a los niños a la merienda; una tarima de baile de la Costa Chica de Guerrero modelada como un toro; una bella arpa de Myanmar llamada saung-gauk; un armonio provisto de registros como los de un órgano; cinco teponaztlis de diverso tamaño y forma, un agasajo para la vista y, sin duda, también para el oído; un elegante y sencillo kantele finlandés; una armónica con campanitas, y otra que mide apenas una pulgada; un precioso metalófono gender de un gamelán balinés. Y al interior de una gaveta dedicada a instrumentos de juguete (¡gran detalle de curaduría!), vi un par de esas añejas pirinolas metálicas de fricción que al ser accionadas producen extrañas y entrañables armonías; me hicieron recordar las que yo poseía hace mil años.

Esta grata y productiva visita organológica tuvo un bonus inesperado: quedé invitado a visitar el resto de la vasta colección de instrumentos de Juan Guillermo Contreras Arias. Espero hacerlo en fecha próxima. Mientras llega la ocasión, recomiendo enfáticamente a mis lectores presentarse ya mismo en el museo para mirar con atención todos estos instrumentos de todos estos mundos e imaginar el ilimitado universo de sonoridades que ahí se percibe.

IA que decide para sí misma

Pablo Gómez*

Hace unos días, una empresa que maneja y desarrolla inteligencia artificial declaró: “detectamos y respondimos a una intrusión en parte de nuestra infraestructura de producción. Esta intrusión fue diferente a cualquier otra que hubiéramos manejado antes en un aspecto importante: fue impulsada, de principio a fin, por un sistema de agentes de IA autónomos”.

“Alguien” había explotado una vulnerabilidad de Hugging Face y accedió a sus sistemas internos. Un problema era que no se conocía el origen. Luego, el misterio se empezó a desvelar: una evaluación de capacidades ofensivas en la que participaban ChatGPT-5.6 Sol y un modelo de preproducción más capaz, todo de Open AI, una de las mayores empresas del ramo, había remontado una “prohibición” para salir a Internet ya que estaba confinada. Los modelos habían “pensado” que una parte de las soluciones al problema que les habían puesto los operadores de Open AI podían encontrarse en Hugging Face y de inmediato consiguieron credenciales robadas e indagaron vulnerabilidades hasta lograr acceso. El objetivo no era el sabotaje de Hugging Face, sino hacer bien su tarea.

Nada importante es que una empresa sea vulnerada por agentes externos. Cuando este incidente se conoció, se empezaron a verter en Internet suposiciones de autorías: Rusia, China, Corea del Norte, etcétera. Fue hilarante saber que había sido Open AI. Mas la cuestión rebasó con mucho el ataque mismo y se inscribió en el registro de un acontecimiento insólito en la recién creada inteligencia artificial: unos modelos se brincan sus límites para cumplir bien su tarea y se lanzan fuera de su entorno sin detenerse en medios y consecuencias. Los autores que estaban trabajando en este producto ni siquiera se lo habían imaginado, quizá, o no les había preocupado que pudiera ocurrir. La “ingeniosa” forma en que se llevó a cabo esta intrusión ya también quedó como otra enseñanza más.

El mundo no está frente a una revolución como la industrial, sino en la utilización de herramientas que pueden tener voluntad propia y, lo más preocupante, fines propios, ajenos a sus constructores. El punto no es la vulnerabilidad de los sistemas, lo cual preocupa mucho a las empresas y los operadores, sino la fuga de los instrumentos de la IA hacia territorios y mecanismos de acción que rebasan a sus progenitores. Con este incidente, la independencia de los modelos de IA empieza a ser una realidad y, por tanto, algo que se convierte en uno de los mayores problemas de la nueva revolución tecno-científica.

Esto ya se sabía. Pero recién se produjo un primer hecho aún antes de que la preocupación rebase el ámbito de gobiernos y medios de comunicación. A partir del incidente de Open AI-Hugging Face nadie ha resultado “culpable” porque no hubo dolo y ni siquiera un acto de voluntad humana, sino un acontecimiento técnico imprevisto en términos concretos. La empresa donde se produjo el acto podría ser responsable de daños a la empresa vulnerada, pero hasta ahí llega todo. Esto nos recuerda el filme Colossus, The Forbin Proyect, dirigido por Joseph Sargent (1970), en el que la computadora que controla la capacidad bélica nuclear de Estados Unidos se une a la de la Unión Soviética para conformar un solo poder sobre todo el planeta.

El tema de inteligencia artificial ya se ha empezado a discutir, cierto, pero tiene, ante todo, la carga del interés de empresas que buscan el desarrollo del sistema monopólico-capitalista, que, como sabemos, genera ganancias extraordinarias.

Un primer punto es el control público y más que esto, popular, para impedir el uso de la IA para objetivos lesivos. Un segundo punto es el reparto, también popular, de los beneficios económicos de un mecanismo que utiliza todo el conocimiento humano y los datos de las personas. Un tercer punto es la compartición de la IA en beneficio de toda la humanidad. No es la isla Utopía.

* Responsable de la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral

Vergüenza

León Bendesky

Carlo Ginzburg, reconocido historiador italiano fallecido recientemente, publicó en la revista New Left Review de enero-febrero de 2020 un ensayo titulado “El vínculo de la vergüenza”. El argumento comienza de manera directa: “Hace mucho tiempo me di cuenta de repente de que el país al que se pertenece no es, como dice la retórica habitual, al que se ama, sino del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor”.

Este desplazamiento que hace Ginzburg de la perspectiva sobre la relación de la gente, de los ciudadanos, con su país es, ciertamente, un cambio de eje, un giro motivo de reflexión. Constituye una situación que forma parte de la cultura y de la vida cotidiana de una determinada sociedad. Incide en el comportamiento individual de sus miembros; adquiere distintas modalidades, mismas que se exacerban en determinados periodos.

La carga de la vergüenza no es siempre la misma, dice Ginzburg, varía grandemente entre los países. Funciona como un vínculo. La vergüenza no se escoge, invade a los individuos de modo repentino. Es una pasión y no una virtud; un impulso o sentimiento y no un hábito que se va desarrollando. Ginzburg vincula la vergüenza con la concepción de Aristóteles, quien no la consideraba una opción moral, sino una fuerza que se impone sobre la mente.

Tiene que ver, desde cierta perspectiva, con los sentimientos de inquietud que provocan las acciones del gobierno y de otras fuentes de poder o de influencia, sean legales o delincuenciales. Un sentimiento que apunta a la relación que se establece con el país y con la colectividad. Las cuestiones que provocan vergüenza en una sociedad son muchas y variadas, de distintas dimensiones y consecuencias. La historia está llena de ellas, desde los primeros registros que existen. El catálogo de las vergüenzas es muy extenso variado.

La vergüenza es un vínculo que no equivale a una traición, cuestión ésta que debe enfatizarse y defenderse, aunque caracterizarla así suela ser una reacción en contra de ella, pues es la manera intuitiva para caracterizarla.

Ginzburg traza un planteamiento sobre vínculo que se deriva de la vergüenza. Lo aborda desde la perspectiva de los griegos, en cuyas obras se advierte una cultura de la culpa que parte de una cultura previa de la vergüenza. Se refiere a la antigua noción griega del Aidos, entendida como la personificación de la vergüenza, del pudor y, así, considerada como fuerza moral que ordenaba el comportamiento social, evitando el exceso y la arrogancia. Cita una dura expresión contenida en la Ilíada que dice: “Avergonzaos mutuamente en el feroz conflicto. De los hombres que tienen vergüenza, son más los que se salvan que los muertos”. La cuestión aparece en otros ámbitos. Se encuentra, por ejemplo, en la caracterización de la cultura japonesa, en la que el individuo enfrenta una sanción externa desde la comunidad a la que pertenece, lo que desemboca en la vergüenza y sus consecuencias.

Hay una relación, recogida por Ginzburg en su texto con referencia al filósofo Bernard Williams, la que se establece entre vergüenza ( Aidos) y némesis como una forma de justicia retributiva, un modo de venganza justa frente a quienes quebrantan el orden moral, muestran un poder desmedido, o bien, una fortuna enorme sin humildad. Según Williams, de ambas expresiones se desprende una posición frente a las circunstancias que definen los hechos; cuestión que se advierte de modo más diáfano en periodos de alta tensión social, de violencia exacerbada e inseguridad pública y privada.

En la parte final del ensayo, Ginzburg hace una especie de recapitulación a partir de lo que define como una experiencia común. “El país al que se pertenece es el país del que uno se avergüenza”. Entonces surge la pregunta: si la vergüenza implica cercanía, ¿cuáles son los límites posibles de una comunidad basada en la vergüenza?

Recurre, en el texto que nos ocupa, a la experiencia extrema vivida por Primo Levi, quien consideró en su libro La tregua, que: “Las víctimas y los libertadores del campo de Auschwitz (en donde estuvo internado) estaban avergonzados y se sentían culpables de no haber podido evitar la injusticia; los perpetradores y sus cómplices no se avergonzaban”. La vergüenza es, así, igualmente un sentimiento de culpa. ¿Cuántas formas de vergüenza colectiva se han acumulado tan sólo en los últimos 100 años? ¿Y cuántos son los que no se avergüenzan?

¿Dónde van los migrantes?

Ana María Aragonés

Durante casi medio siglo los países occidentales y principalmente Estados Unidos funcionaron como los grandes polos de atracción de la fuerza de trabajo y hoy este modelo está cambiando. En el caso de Estados Unidos, el cierre de la frontera, las deportaciones masivas, crueles e inhumanas, las restricciones al asilo y su criminalización, no eliminan la movilidad humana, simplemente obligan a los migrantes a permanecer en otros países del Sur. En el caso de México, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Colombia, Brasil y otros países latinoamericanos, están dejando de ser únicamente territorios de tránsito para convertirse en espacios de destino, aunque no cuenten con las condiciones económicas para absorber a esos contingentes. De acuerdo con Naciones Unidas desde 2020, un tercio de todos los migrantes internacionales se desplazaban hacia los países del Sur, lo que probablemente indica que las políticas estadunidenses, con sus acciones, están profundizando esta tendencia.

Las economías latinoamericanas presentan elevados niveles de informalidad, bajo crecimiento económico y escasa decisión política para cambiar hacia reformas fiscales progresivas. Si los flujos migratorios permanecen en la región aumentarán la presión sobre el empleo, la vivienda, los servicios públicos y los sistemas de salud y educación porque los últimos cambios electorales llevados a cabo en la región, con la obscena injerencia de Estados Unidos apoyando a candidatos de derecha y ultraderecha, estos nuevos mandatarios han decidido poner en marcha políticas que auguran profundizar todas las contradicciones que dieron lugar a la crisis. De tal suerte que las condiciones para los trabajadores serán más lesivas y precarias. Por lo tanto, es de esperarse que si los flujos permanecen en la región, lejos de convertirse en un factor de desarrollo, con los enormes niveles de concentración del ingreso como Oxfam ha puesto de relieve y la pérdida de derechos laborales, la labilidad será mayor. Seguramente que se profundizarán la pobreza, la desigualdad y los conflictos sociales como resultado del modelo neofascista que parece instalarse en la región.

Las políticas antinmigrantes impulsadas por Donald Trump no están deteniendo la migración, las personas seguirán desplazándose mientras persistan las enormes desigualdades económicas, la falta de oportunidades y la inseguridad. Lo que se estará modificando es la geografía de los desplazamientos en la medida en que los principales destinos de la migración internacional por décadas, se han bloqueado políticamente.

Este fenómeno puede interpretarse desde una perspectiva más amplia, tomando en cuenta la historia de las grandes potencias económicas. Es posible comprobar que han atraído población porque sus economías necesitaban incorporar fuerza de trabajo para, básicamente, incrementar la ganancia. Lo que se explica por las condiciones bajo las cuales el mundo a partir de la instauración del imperialismo a inicios del siglo XX y con la primera división internacional del trabajo produjo la división entre una región desarrollada y otra subdesarrollada, ahora llamadas Sur global y Norte global articuladas bajo realidades de subordinación, dependencia y asimetrías económicas. De esta forma se consolidarían los requisitos para generar excedentes laborales que fluyeran hacia los polos capitalistas desarrollados. Por lo tanto, la pregunta podría ser si estamos asistiendo al fin del régimen migratorio que caracterizó a la globalización neoliberal en las últimas décadas, o si estamos asistiendo a una geografía cambiante de la acumulación mundial.

La migración es un termómetro de la economía mundial: los trabajadores se desplazan hacia donde el capital demanda trabajo y dejan de hacerlo cuando esa demanda se debilita, es políticamente bloqueada o sus países logran cambios que absorban a su población trabajadora. La historia reciente dio una lección que es importante tomarla en cuenta. La crisis de los años 2008-2009 que detuvo la migración, y en algunos espacios se señaló que había llegado el momento para México de la “migración cero” porque las condiciones del país habían alcanzado a absorber a su población. En realidad, lo que mostró no fue que México había superado las causas de la expulsión de trabajadores, sino que el desempleo era tan alto en Estados Unidos, que prácticamente se revirtió el fenómeno. Movimiento que sería temporal porque en el momento en que esas variables cambiaran, el fenómeno se reinstalaría, tal como pasó. Es decir, uno de los factores que inhibe los movimientos migratorios es el desempleo, y por supuesto la política antinmigrante de refuerzos militares fronterizos y su criminalización.

En este sentido, los flujos migratorios son un indicador privilegiado para identificar los cambios de la hegemonía mundial al seguir la geografía cambiante de la acumulación capitalista mundial. En estos momentos tal parecería que lo que cambia es el mapa de la acumulación que orienta sus desplazamientos y esto es así, porque en el capitalismo, los trabajadores no dejan de migrar cuando se cierran las fronteras, lo que cambia es la geografía de la acumulación capitalista mundial que, como parece confirmarse, se está reorientando hacia el sudeste asiático.

Carlo Ginzburg: el arte de escribir la Historia

Maciek Wisniewski/III y Última

1 Proponiendo tanto un nuevo plan de investigación −la “microhistoria” centrada en un examen más detallado de los fenómenos y en los individuos en lugar de los “grandes personajes”, “masas” o “clases”− como nuevos conceptos y categorías para trabajar en su marco −el “paradigma indiciario”, con todo su enfoque interdisciplinario que abarca la antropología, la teoría literaria, la crítica de arte y el sicoanálisis− o dedicando libros enteros para entender y/o explicar cómo y por qué se escribe la Historia, Ginzburg, influenciado igualmente por la propia literatura, refrescó, sin comprometer en nada su rigor, la escritura histórica (t.ly/egqBX, t.ly/jn9-x).

2. Así, la ficción no sólo, como él mismo lo admitió, efectivamente “influenció sus preguntas históricas” (sic) −ya sea en la forma en que su modo de leer los juicios inquisitoriales “en los que hubo mucha ficción” dejó la huella en Los benandanti (1966) o en cómo Guerra y paz de Tolstói se impuso sobre El queso y los gusanos (1976), apremiando a Ginzburg a reconstruir la vida de todos (“no sólo de los generales, también de los soldados comunes”), para tener un relato más completo de toda la situación histórica−, sino también sus herramientas y técnicas narrativas (t.ly/k9L3W).

3. El momento en que lo hizo −los años 70 y 80− igual tenía mucho que ver con el impacto y la popularidad de esta operación. Ginzburg −efectivamente− ha tenido el gran mérito de defender la Historia de las teorías del “fin de la historia” y es bastante correcto decir que lo hizo, entre otros, al “devolverle la teoría narrativa y la capacidad de contar historias, justamente en la época del final del relato y la posmodernidad, en la que seguimos” (t.ly/nq3gb), pero igual, una ligera “precisión epistemológica” estaría en orden, ya que tal vez algo se ha perdido entre líneas.

4. Más que por el “colapso” o “el final del relato”, el posmodernismo se caracteriza por la expansión de la categoría de relato a la totalidad de la experiencia y el conocimiento. No marca su “muerte” −Jean-François Lyotard, que la anunció famosamente, se refería a los llamados “relatos grandes” (totalitarios, etcétera)−, sino el comienzo de la era de su multiplicación, donde la realidad misma empezó a ser cuestionada y ontológicamente tratada como “relato”. Ningún choque intelectual de aquella época marcó mejor estas tensiones que el desacuerdo medular entre Ginzburg y Hayden White.

5. White y otros llamados “neoescépticos” −sobre todo en la academia estadunidense, que surfeaban intelectualmente en las olas altas del “giro lingüístico” francés− argumentaban, ganando de paso muchos adeptos, que la distinción tradicional entre historia y ficción es artificial y que todo discurso histórico es fundamentalmente un relato literario. No hay ninguna “verdad” detrás de los documentos y lo único que hace el historiador es utilizar estrategias retóricas y tropos para dar sentido y estructurar datos que, por sí solos, carecen de significado.

6. Para Ginzburg −con toda la importancia que él mismo le daba a la ficción−, la Historia, sin embargo, no era sólo un “artefacto” ni una mera “creación literaria”. Y las narrativas de ficción y las históricas no eran “lo mismo”. Contrario a lo que clamaba White, Ginzburg −resistiéndose a que la Historia sea absorbida por la pura retórica− argumentaba incansablemente que existen “huellas” y “pruebas” documentales que permiten al historiador reconstruir la verdad fáctica del pasado.

7. El debate llegó a su cenit por el tema del Holocausto y su “negacionismo”, ya que para White, si bien este era “moralmente ofensivo”, toda esta cuestión estaba afectada por la misma imposibilidad de distinguir si se trataba de una narrativa ficticia o histórica (sic) −como las pruebas no importaban, “no se sabía”…−, el punto del que luego desistió concediendo que el Holocausto representaba “un límite en la historiografía”, pero no sin antes inspirar todo un coloquio sobre el tema y a Ginzburg a escribir uno de sus más sonados ensayos: “Unus testis”, en El hilo y las huellas, 2014, páginas 297-326.

8. Aun así, influido por enésima vez por Marc Bloch a separar la historia y la memoria, Ginzburg nunca era un “fundamentalista” de la segunda, como muchos estudiosos del Holocausto. Y en los últimos años, frente al genocidio en Gaza −tras haber firmado varias cartas de condena a Israel−, no rehuía incluso de una comparación con Shoah “siempre que ésta evidenciara convergencias y divergencias” (t.ly/8OJ9M), y dedicó su último libro El vínculo de la vergüenza (2026), entre otros, a la cuestión de la “vergüenza judía” por los crímenes de Israel en respuesta al ataque del 7O.

9. Hasta sus últimos años, uno de sus principales frentes de batalla estuvo entrelazado con el “neoescepticismo” whiteano. Las fake news −que tienen efectos muy prácticos en la realidad− en sus ojos no sólo eran imposibles de combatir desde las posiciones de White, sino que era esta postura la que les abrió la puerta. Si bien las “noticias falsas” de una u otra forma circulaban siempre −el propio M. Bloch ya las había estudiado−, su proliferación reciente era, según Ginzburg, fruto directo de este relativismo.

10. A lo largo de toda su carrera como historiador, Ginzburg se opuso tanto a la historia cuantitativa que perseguía la “verdad histórica” mediante la pura acumulación de datos (de allí lo “micro”), como posteriormente a la historiografía del “giro lingüístico” posmodernista. Si bien White y sus acólitos también partieron del rechazo al “cientificismo”, para Ginzburg −a pesar de toda la cercanía que sentía con la literatura− su “relatocentrismo” era un paso, o más bien, varios pasos demasiado lejos en escribir la Historia y la frontera allí siempre se llamaba “evidencia”.