Fabrizio Mejía Madrid
Este movimiento no le ha dejado a la sociedad la imagen de una gran movilización, ni un comunicado inspirado o un discurso memorable, ni una dirigencia carismática o, siquiera, políticamente hábil. La imagen que los propios paristas transmitieron de sí mismos me llena de dudas. Es ese video de un hombre que dice llamarse como un cantante de narcocorridos, Edwin Corona, y que se dice egresado de contaduría –aunque no existe registro alguno de él– entrega a los estudiantes que tomaron Canal Once unos simbólicos 11 mil pesos en billetes de 500 que saca de su cangurera, mientras los paristas lo ayudan a descargar víveres de unas camionetas. Ante esto, el vocero del movimiento, Yei Morales, salió a dar una conferencia de prensa donde no quiso clarificar o deslindarse de ese evento. Sólo dijo con languidez: “Pues la verdad no sé qué aclarar. Sería seguir redundando todo y espero que ya no haya más que decir”. Los padres de familia de los estudiantes de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas han denunciado a los docentes Paola Castillo y Luis Niño de Rivera como los instigadores de la toma del canal de televisión. Son acusados de ambicionar que las patentes de sus inventos estén a su nombre y no de la institución que los hizo posibles con dinero público. Niño ha dicho: “El de la voz tiene dos patentes que decidí compartir con el IPN. Soy académico y dueño con el IPN de patentes, qué orgullo haberlo hecho así, pero ahora resulta que el que comercializará mi trabajo será Arturo Reyes Sandoval”. Es decir, confunde a la institución con su director. Pero sin discutir el fondo del pliego petitorio o sus motivaciones de grilla interna, ¿qué tiene que ver Canal Once con satisfacer o no esas demandas de transparencia o camiones que los dejan parados en los caminos rurales? ¿Por qué no se tomó la dirección del IPN y, en cambio, se ocupó su emisora para dejarla en silencio? Si el asunto del paro es el uso y destino de los recursos públicos, ¿por qué destruirlos en la infraestructura con la que el propio Politécnico cuenta desde 1959 para servir a su audiencia? Si el asunto es la transparencia y las auditorías, ¿por qué no sabemos el origen ni el destino de los 11 mil pesos en efectivo?
Para pensar por qué ha sucedido este ataque a las instalaciones de la televisora pública más antigua del continente –antes, incluso, que CBS en Estados Unidos– es necesario verlo en el contexto de la inauguración del Mundial de Futbol. La oposición a la 4T se planteó, como dijo en entrevista Ricardo Salinas Pliego, “bloquear los accesos”. Él mismo había dado el silbatazo con la cena de American Society y la embajada de Estados Unidos en México el 6 de junio donde comieron los más connotados personajes de la oposición para inventar el hilo negro: un acuerdo contra la criminalidad dirigido por las agencias estadunidenses.
Pero la idea era sabotear el inicio de los partidos y aprovechar para lanzar la candidatura del todavía dueño de Tv Azteca. Algunas de sus “bases” políticas eran del todo ilegítimas, como los que reclamaron quedarse sin sus pensiones doradas en Pemex y la CFE o los juzgadores que fueron desplazados con la elección del Poder Judicial. Se manifestaron tratando de llegar al estadio Azteca. Otros, desde los palcos de cientos de miles de pesos, se fotografiaron con letreritos sobre los desaparecidos. Pero todo salió al revés. En ese contexto se inscribe la toma del Canal Once. Puede haber sido un “error táctico” de los paristas, pero ello no explica por qué a las estaciones que han dado cobijo a algunos programas politécnicos les han sucedido ataques cibernéticos a sus plataformas, como ha denunciado recientemente AprendeMx.
Un archivo, como dice Paul Ricoeur, es un juego que tiene por objeto, ni más ni menos, que la justicia; es lo que enlaza la memoria viva con la narración que nos hace pertenecer a lo que sucedió y nunca se ausentó. Testimonio, prueba documental, las palabras e imágenes que lo habitan son “donde encuentran su derrota los negacionistas de los grandes crímenes, la victoria sobre la arbitrariedad”. Esa es su importancia cultural, pero también moral. Ricoeur nos recuerda que a la trama del tiempo debe correponderle la construcción de un espacio donde el que recuerda lo que no vivió pueda ponerse de pie y tratar de entender y emocionarse. Sin el archivo, ambas son imposibles. Leer y ver a los que ya están muertos es el antídoto contra todas las falsificaciones que se han presentado recientemente, desde inventar una entrevista calumniosa con Carlos Monsiváis hasta que Carlos Salinas de Gortari y Felipe Calderón se atrevan a decir que los fraudes electorales que los llevaron al poder fueron “elecciones muy competidas”. La ultraderecha apuesta por el olvido.
En el acervo de Canal Once se conservan las primeras imágenes del Ejército Zapatista entrando a San Cristóbal –esos ojos entre asombrados y retadores–, las quemas de tarjetas de crédito a las afueras de los bancos durante la crisis que terminó en el Fobaproa –esos agricultores extenuados pero alertas–, los campesinos de flores de Atenco contra el aeropuerto que ahora es un lago –esa furia de machetes contra el pavimento–. Es una trama de una memoria de la que los paristas deberían sentirse parte, si tan sólo no la desdeñaran.

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