En 1947, Christian Dior abrió su primera tienda en el número 30 de la avenida Montaigne, donde más tarde nacería el célebre new look, que cambió no sólo el estilo de las parisinas, sino el de todas las mujeres del mundo que pueden comprar vestidos de alta costura, un modelo o un abrigo que todos quieren copiar. Entre ellas se distinguió la mexicana Carmen Corcuera, quien fue la primera directora de relaciones públicas de la maison Dior. Gracias a ella, las herederas mexicanas; las actrices gringas, como Rita Hayworth; las suecas como Ingrid Bergman, y las aristócratas francesas, así como las esposas de altos dignatarios y las de los embajadores de Estados Unidos y otros países ricos de América Latina, se hicieron clientes del famoso diseñador, quien solía meterse alfileres entre los labios a la hora de probar a una diva uno de sus espléndidos vestidos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Carmen Corcuera y su marido, Pierre Colle, tuvieron tres hermosas hijas: Marie Pierre, Beatriz y Silvia. Recuerdo que mis padres, Paula Amor y Jean Poniatowski, fueron padrinos de Beatriz, a quien llamaron cariñosamente Chichimeca. Estas mismas niñas fueron una gran inspiración para el pintor Balthasar Kłossowski de Rola, mejor conocido como Balthus, a quien el galerista Pierre Colle lanzó a la fama desde sus galería Pierre Colle, en París.
A solicitud de Carmen Corcuera, Balthus pintó una serie de óleos a los que llamó Las tres hermanas (Les trois s œ urs) sobre una tela muy amplia que causó sensación, no sólo en París, sino en Estados Unidos y, finalmente, en México. Pintó y volvió a pintar a tres niñas pacientes, bellas y muy creativas. En esas tres pinturas, Marie Pierre siempre aparece en el centro, luciendo al lado de sus hermanas, Beatriz y Silvia, vestidos de colores vivos de Christian Dior y comiendo chocolates Dodin, los más elegantes de la época porque tenían un relleno especialmente delicioso: el pistache.
Tengo un gran recuerdo y un infinito cariño por Marie Pierre, porque Carmen Corcuera y mi madre, Paula Amor, fueron entrañables amigas de recién casadas en París. Se conocieron en Biarritz, en la casa de Pedro Corcuera, Le Chapelet, a lado de la casa de Hélène Idaroff, mi bisabuela.
Mientras Carmen Corcuera trabajó en la maison Dior, mi madre lo hizo en Schiaparelli; recibió varias veces a Dolores del Río y en muchas ocasiones a Marlene Dietrich, cuyas medidas eran perfectas: “90, 60, 90”. Le ganaba a Dolores por unos cuatro milímetros. La que acudía con mayor frecuencia a Schiaparelli era Marlene Dietrich, porque cantaba en la noche, micrófono en mano, en un night club y tenía que pasar entre las mesas de esa “boîte de nuit” y preguntar de cliente en cliente: “dónde se habían ido todas las flores”, en recuerdo a la multitud de soldados que murieron en los campos de batalla de Francia, Inglaterra y España, y cayeron en los surcos de España y en las tierras de Europa que Hitler pretendía conquistar.
Marie Pierre Colle, la mayor de las hijas de Carmen Corcuera, siguió su ejemplo y trabajó años más tarde en la codiciada revista Vogue, en Nueva York, al lado de Diana Vreeland, la gran editora de esa publicación. Fue un mundo maravilloso para ella, una época que despertaba la sicodelia, la moda, los Beatles, la haute couture de Dior –quien fuera su padrino de Primera Comunión–, de Chanel, de Jacques Fath, Givenchy, Schiaparelli y, más tarde, el joven y muy talentoso Pierre Cardin. Alta y delgada, Marie Pierre siempre llamó la atención. Bella, inteligente y generosa, era una aparición muy poco común y muy nueva en la Ciudad de México.
Durante 20 años Marie Pierre colaboró en la redacción de grandes revistas, además de Vogue: House and Garden, Reader’s Digest, The News, entre otros. Su capacidad de relacionarse con el mundo del arte y la cultura, como había hecho su madre en París, al lado de los grandes pintores André Derain, Balthus, Giacometi, Matisse y Diego Rivera, la hizo regresar a vivir a México, a principios de los años 80. Marie Pierre causó sensación.
Fue la época en que tuve mayor relación con ella, además de invitarnos a su casa en Tepoztlán, nos buscó para ir a la Casa Corcuera, en Acapulco. Visitó mucho a mi madre, Paula Amor, y me dijo una tarde: “la siento muy sola”, pues mi padre y mi hermano Jean habían muerto. En ese tiempo, Marie Pierre asistía al taller literario en casa de Alicia Trueba, en el que los maestros éramos Vicente Quirarte, Gonzalo Celorio, Magda Solís, Hugo Hiriart (el mejor de todos, aunque llegara siempre tarde) y Raúl Ortiz y Ortiz, quien hablaba todos los idiomas de la tierra y del cielo.
Recuerdo que al principio de las clases Marie Pierre llevaba sus textos escritos en francés, y yo la regañaba por eso: “eres mexicana, te apellidas Corcuera, debes escribir en español”. Quizá fui demasiado severa con ella, porque la amistad me lo permitía. Mis padres fueron sus padrinos de bautizo en París, y quisieron mucho a su padre, Pierre Colle, galerista original y con una creatividad futurista fuera de serie, porque enalteció a México en su galería, donde exhibió por primera vez las obras de Dalí, Calder, Max Jacob, Christian Bérard, Breton y Picasso, quien pintó a Carmen y la quería mucho.

El mundo en el que Marie Pierre se movía en México fue el del arte. Viajó de Nueva York a París, donde la esperaban sus dos hermanas: Beatriz y Silvia y su hermano Jean Marie Baron, hijo del segundo matrimonio de Carmen con Charles François Baron, último gobernador de India Francesa. También Tepoztlán fue su segundo hogar, con una casa bellísima, diseñada por el arquitecto Alex von Wuthenau, padre de su gran amiga Francesca von Wuthenau de Saldívar (Cheki), quien a su vez hizo mucho por la cultura y organizó exposiciones de obras de arte y concursos de literatura además de dar seguimiento a los famosos nacimientos que impulsó Jaime Saldívar, su cuñado, y también a las posadas de Tepoztlán que hicieron historia.
En los años 60, Tepoztlán se convirtió en el South Hampton del estado de Morelos, porque ahí se reunía la “crème de la crème” de la sociedad creativa de México: pintores, escritores, escultores, orfebres, anticuarios, galeristas, los 300 y algunos más del duque de Otranto, así como Bárbara Huton, Cary Grant y Luis Barragán, restauranteros que ofrecían banquetes en El Almendro, que se hizo célebre gracias a Antonio y Cheki Saldívar, con una espléndida vista a las murallas verdes de la pirámide del Tepozteco.
Esa magia tepozteca inició a Marie Pierre escritora de magníficos libros sobre jardines y casas que mostraban la arquitectura mexicana al mundo. Las obras de Luis Barragán, quien la quiso mucho, Ricardo Legorreta, Juan Sordo Madaleno, Diego Villaseñor, Andrés Casillas, Pedro Ramírez Vázquez, Jesús Reyes Ferreira, acompañadas por el arte popular de varios estados de la República causaron sensación y abrieron la puerta a muchos artesanos antes desconocidos.
El primer libro se llamó Casa mexicana, con fotografías de Tim Street Porter, que divulgó un estilo auténtico, con color, textura, diseño, estructura que armonizaba con la naturaleza y la severidad del arte prehispánico. Muebles, decoración, salas, cocinas de paredes recubiertas de talavera, cubiertos de plata de Taxco y ventanales inmensos se difundieron en Estados Unidos y en Europa. Fue un éxito total con una edición en pasta dura con la imagen de un comedor que luce un centro de mesa rebosante de bugambilias que eran flores sin pretensiones que recubrían las bardas de Cuernavaca. Si Diego Rivera puso de moda los alcatraces, Luis Barragán y sus seguidores cubrieron la mesa con flores cortadas del jardín, 10 minutos antes de sentarse. Todos los pintores y los arquitectos de México amaron a Marie Pierre Colle Corcuera y alabaron su inteligencia y su capacidad creativa.
Durante el terremoto de 1985, en la Ciudad de México, Marie Pierre escribió uno de los textos más conmovedores: el caso de la doctora Marta Torres, quien quedó sepultada durante varios días bajo los escombros de un edificio siniestrado, y, gracias a la ayuda y solidaridad de los mexicanos, sobrevivió a la desgracia, a pesar de haber perdido las piernas.
Uno de los grandes amigos de Marie Pierre fue el fotógrafo Ignacio Urquiza, compañero inseparable en sus viajes por todo el país cargando su equipo para captar las imágenes de casas, jardines, haciendas, clubes de golf y de equitación. En uno de sus libros, Las fiestas de Diego y Frida, en colaboración con Lupe Rivera Marín, hija mayor de Diego Rivera, Ignacio fotografió cada platillo que se preparaba en la cocina de la Casa Azul, en Coyoacán: papas en salsa verde, frijoles refritos, arroz blanco con plátanos fritos, pozole rojo de Jalisco con sus cervezas bien frías. Fue tan exitoso el libro, que la entonces primera dama de Estados Unidos, Barbara Bush, solicitó varios ejemplares, lo que convirtió Marie Pierre en poseedora del título de la autora del mejor libro del año.
Otros títulos suyos fueron Casa mexicana, Casa poblana y México, casas del Pacífico, que la consagraron como la editora e investigadora que había divulgado la riqueza arquitectónica de las grandes playas mexicanas que se convirtieron en complejos habitacionales, como Careyes, fundado por Gian Franco Brignone, Diego Villaseñor, Luis Barragán, Tomás Gurza y Andrés Casillas. En esa época, ser jalisciense era ser tocado por los dioses, ya que toda la buena arquitectura provino de la perla tapatía.
Los jardines de Luis Barragán y Jesús Reyes Ferreira, Alex von Wuthenau y Mathias Goeritz, en las faldas volcánicas, quedaron impresos en el libro Paraíso mexicano, y llamaron la atención de otros editores y diseñadores de interiores con quienes Marie Pierre ya había trabajado en Nueva York. Bien podría decirse que ella divulgó la belleza de las casas mexicanas.
Amiga de grandes artistas como Fernando Botero, Rufino Tamayo, Francisco Toledo, Leonora Carrigton y Jesús Rafael Soto, mostraron su inmenso talento en el libro Artistas latinoamericanos en su estudio, propuesta editorial que sólo a una mujer como Marie Pierre pudo crear. Supo mostrar a los artistas en su jugo sin desvirtuar jamás su talento. Uno de los libros más logrados de Marie Pierre fue Recetario del cine mexicano, con prólogo de Carlos Monsiváis, que ensalza a la cocina mexicana, con tomas de películas de Emilio El Indio Fernández, Gabriel Figueroa e Ismael Rodríguez, en las que las cocineras son María Félix en Enamorada; María Elena Marqués en La Perla, en la que echaba toritillas, y Dolores del Río en la película Flor silvestre, en la que hacía quesadillas. Luis Aguilar comía las ricas tortas ahogadas en El jinete sin cabeza.
Marie Pierre nació el 23 de agosto de 1940, en París, Francia, y jamás imaginamos que habría de irse tan pronto, el 10 de septiembre de 2004, en nuestra capital. Su último libro fue Virgen de Guadalupe, en mi cuerpo como en mi alma, y nos conmovió a todos porque La Morenita aparece grabada hasta en la piel de los taxistas, tal como se la tatuó un pescador de Acapulco, a quien Marie Pierre preguntó por qué, y éste respondió: “Virgen de Guadalupe, en mi cuerpo como en mi alma”, frase con la que tituló su último libro.
El éxito de Marie Pierre fue llevado a las rejas de Chapultepec, en una exposición en la que todas las imágenes de la Guadalupana estuvieron frente a nuestros ojos y quedamos bendecidos con esa exposición en el Paseo de la Reforma. Marie Pierre Colle Corcuera nunca debió irse de este mundo, porque era una mujer fuera de serie y una artista noble y generosa.
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