8/02/2026

Trump y el anticomunismo del siglo XXI

 Héctor Alejandro Quintanar

"El anticomunismo estadunidense no es sólo una campaña abanderada en la Guerra Fría. Esa práctica es todo un eje identitario en la potencia del norte". 

Trump y el anticomunismo del Siglo XXI. Por Héctor Alejandro Quintanar

El pasado 15 de julio, el Secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, encabezó una reunión a la que asistieron representantes de 66 países –fundamentalmente europeos y asiáticos-, con la intensión de resaltar al “terrorismo de izquierda extremista” como una especie de enemigo global que recibe respaldo -sea logístico o ideológico- desde La Habana; o algo así.

De entrada, resulta evidente que el aquelarre de Rubio es, fundamentalmente, una llamarada panfletaria de cara a las disputas electorales estadunidenses, donde su Partido Republicano luce de capa caída y el insumo MAGA absolutamente desgastado por su incompetencia y estridencia autoritaria. Si bien no ha hecho nada nuevo respecto a sus antecesores, Trump ha raspado a la propia estructura de poder estadunidense al exacerbar con exhibicionismo sus aristas más dañinas, como su geopolítica criminal en Irán o detrás de Benjamín Mileikowski; o con entes como ICE o el empleo de medidas económicas como amenaza.

El intento de Rubio es azuzar los crímenes que hoy agrava su país contra Cuba, y cuya comisión data de hace más de 60 años; y emplearlos como bandera propagandística para así tratar de convencer no sólo a su séquito cada vez más reducido, sino también a los ingenuos contemporáneos y a los nostálgicos de la prepotencia propia de la Guerra Fría del siglo XX.

Sin embargo, vale la pena revisar las raíces del discurso trasnochado de Rubio, porque en ellas se encuentra un núcleo notablemente dañino; más allá de que el burócrata trumpista tendría serios problemas para enumerar suficientes atentados terroristas en el siglo XXI provenientes de las izquierdas para hacer válido su aserto. Cosa que, si nos atenemos a los hechos, suelen ser las ultraderechas estilo Anders Behring en Noruega o los fanatismos religiosos antilaicos los que ejercen esas prácticas.

Miremos sin embargo a través del retrovisor. En primera instancia, organizar una especie de terapia colectiva internacional para culpar a Cuba de injerencias de toda índole es algo que asemeja a cuando en 1962 Estados Unidos obligó a todos los integrantes de la Organización de Estados Americanos, con la digna excepción de México, de expulsar a la isla de esa institución; en un momento donde esa medida no nacía de la evidencia sino del prejucio reactivo porque un año antes Cuba se había definido socialista.

Y es que el anticomunismo estadunidense no es sólo una campaña abanderada en la Guerra Fría. Esa práctica política es todo un eje identitario en la potencia del norte, o, como ha expuesto Marcos Roitman, ha sido toda una forma de “inclusión social y educación”; cuyos efectos en el sistema internacional han sido autoritarios, cuando no dictatoriales o abiertamente genocidas.

Las raíces del anticomunismo estadunidense no nacen en 1947. Estriban en movimientos protofascistas del siglo XIX, posteriores a la Guerra Civil norteamericana, que, en reproducción del fundamentalismo religioso; el puritanismo protestante y la visión organicista de que una sociedad “sana” necesita frecuentes “cacerías de brujas” como las de Salem para mantenerse bien; el sentido común estadunidense creció con una visión sectaria de la sociedad y de la política; en la cual siempre sobresalía alguna conspiración a la sombra que asediaba a la pureza de la sociedad blanca y decente del país y su destino manifiesto.

Así, como nos recuerda Ralph Miliband, el “estilo paranoico”, de raíces profundamente religiosas, pero también ancladas en el supremacismo heredado del colonialismo inglés, ha sido una constante en diversas corrientes políticas de los Estados Unidos; que enfocaron sus baterías contra negros y judíos -como el Ku Klux Klan-; contra otras religiones; y, ya en el siglo XX, contra la geopolítica internacional.

Y es ahí donde el anticomunismo se tornó en un marco de conducta autoritaria. Ello, porque el bienio 1917-1918 fue crucial en ese sentido, ya que el triunfo de la Revolución Rusa preocupó a Estados Unidos no tanto en sí mismo, sino por haber ocurrido en medio de ese conflicto geopolítico sin precedentes que fue la Primera Guerra Mundial estallada en 1914 y que tenía como enemigo público europeo al imperio alemán.

Para los Estados Unidos, el triunfo de los bolcheviques en 1917 no podía explicarse por la fuerza del comunismo sino necesariamente era resultado de la intromisión alemana a favor de Lenin y la posterior firma de los tratados de Brest-Litovsk en 1918, que sacaron a Rusia de la Guerra y declararon la paz entre la naciente nación socialista y el enemigo alemán. Así, en la mentalidad estadunidense, se confirmaba la noción de que había una conspiración alemana que tenía de títeres a los ingenuos comunistas rusos.

Poco después Alemania perdió brutalmente la Guerra y ninguna amenaza imaginada por la Casa Blanca, entre ellas una presunta invasión alemana usando a Siberia y Alaska como plataforma, se cumplió. Quedaba claro que Alemania nunca había sido titiritero de los rusos, pero la impronta paranoica se quedó; porque el inicio de la década de 1920 en Estados Unidos -sobre todo con la epidemia de influenza española como marco global y diversas luchas obreras y atentados aislados en Estados Unidos- generaron las famosas redadas Palmer, cuya lógica de fondo era la tesis de que si había algún problema en Estados Unidos, no se debía a razones intrínsecas -como malestares sociales, explotación o luchas legítimas por derechos-, sino que necesariamente obedecía a una interferencia externa, originada en la naciente potencia soviética.

El periodo entreguerras acendró esta visión paranoica de la geopolítica estadunidense, que apenas se palió en la Segunda Guerra Mundial con la alianza de Occidente con la Unión Soviética, misma que se cayó en 1945 con el ascenso de Truman y con la nueva visión de división binaria global preconizada desde los Estados Unidos.

Ese momento de la historia fue el marco para el ascenso de Joseph McCarthy, un fracasado politiquillo resentido que en su juventud se las daba de un férreo defensor semiizquierdista de las políticas laborales del new deal, pero que luego de perder una elección local ante el progresista Louis Cattau, se convirtió en un payaso demagogo conservador que acendró el comunismo como un enemigo existencial e infiltrador de los Estados Unidos.

Sin embargo, el anticomunismo de McCarthy no era una ideología con raíces en la filosofía individualista o conservadora. Era más bien una vía autoritaria para poner en el mismo saco a una diversidad de enemigos. La etiqueta de “comunista” que usaba McCarthy era deliberadamente ambigua, para así atacar con ella a quien fuera. Del mismo modo que la etiqueta de “subversivo” era igual de amplia e imprecisa en las Dictaduras de la Seguridad Nacional en Latinoamérica, sobre todo en Argentina, donde el ejército de Videla, con la influencia de la armada colonialista francesa y sus atrocidades en Argelia, podía acusar de subversivo no sólo a supuestos y marginales enemigos armados, sino también a ciudadanos que hacían política por la vía legal.

Con esa misma ambigüedad de McCarthy y del ejército argentino durante la dictadura, hoy Marco Rubio emplea una etiqueta generalizante de “izquierda radical” en donde ubica a marxistas, antifascistas, anarquistas, socialistas y otros actores del espectro político, a quienes sin rigor alguno ve como iguales y, en los hechos, equipara a organizaciones como ISIS.

Pero la raíz macartista del discurso de Rubio y su entorno trumpista no es sólo por su similitud, sino que hay enlaces directos. Como documentó el gran periodista e historiador Larry Tye, el abogado Roy Cohn fue en la década de 1950 un notable colaborador y publicista de McCarthy, quien le copió el estilo propagandístico de atacar sin pruebas a una variedad de enemigos y negar toda información que fuera comprometedora, aunque ella fuera contundente.

McCarthy murió por ser un borracho y un atrofiado emocional en 1957, a la temprana edad de 48 años, en medio de plena desconfianza de la cúpula estadunidense, encabezada por el expresidente Truman, quien nunca le perdonó los delirios de acusar que el ejército estadunidense estaba dominado e infiltrado por decenas de comunistas. Pero pese al deceso de McCarthy el macartismo siguió vivo, y en las décadas de 1960 y 1970, siguió siendo el proyecto a largo plazo tanto de la política exterior norteamericana como de una inquisición antidemocrática contra ciudadanos estadunidenses de a pie, como se notó en el activismo contra la Guerra de Vietnam.

Y el macartismo siguió vivo también en personajes como Roy Cohn, quien fue ni más ni menos que colaborador central de Donald Trump en la década de 1980, donde no sólo fungió como su abogado principal sino como un activo estratega publicitario, que reprodujo las tácticas macartistas en el mundo de la empresa privada del magnate prepotente. Para Larry Tye, quien documentó este vínculo, el macartismo no es una ideología sino una demagogia autoritaria, un estilo de bullying político destinado a deslegitimar y acabar a la mala a los adversarios; y el heredero principal de esta práctica antidemocrática es Donald Trump.

Con ese precedente, ¿qué podemos interpretar de las arengas absurdas de Rubio, quien acusa a la Habana de epicentro de una amenaza geopolítica que nunca podría acreditar como tal? En la mente de Trump y Rubio, vive la Cuba de Schrödinger; es decir, una isla que para ellos es depauperada, debilitada, pisoteada y a punto de caer gracias a ellos; pero al mismo tiempo es una potencia conspiradora capaz de dominar las izquierdas del Universo.

Dados los antecedentes trumpistas, que han hecho de la escuela macartista un espacio de lucro político, podemos pensar que el actual posicionamiento anticomunista no es nuevo, sino simplemente es un refrito de lo peor de la geopolítica norteamericana del siglo XX, cuyos efectos en América Latina, sobre todo después de 1954, han sido sólo muerte, corrupción, y las peores dictaduras de la historia, desde Castillo Armas en Guatemala hasta Pinochet en Chile. De ahí que los cipayos locales arrastrados ante Trump, como Kast o Milei, reivindiquen el pasado dictatorial de sus respectivos países. De ese tamaño es la amenaza.

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