Maciek Wisniewski/III y Última
2. Así, la ficción no sólo, como él mismo lo admitió, efectivamente “influenció sus preguntas históricas” (sic) −ya sea en la forma en que su modo de leer los juicios inquisitoriales “en los que hubo mucha ficción” dejó la huella en Los benandanti (1966) o en cómo Guerra y paz de Tolstói se impuso sobre El queso y los gusanos (1976), apremiando a Ginzburg a reconstruir la vida de todos (“no sólo de los generales, también de los soldados comunes”), para tener un relato más completo de toda la situación histórica−, sino también sus herramientas y técnicas narrativas (t.ly/k9L3W).
3. El momento en que lo hizo −los años 70 y 80− igual tenía mucho que ver con el impacto y la popularidad de esta operación. Ginzburg −efectivamente− ha tenido el gran mérito de defender la Historia de las teorías del “fin de la historia” y es bastante correcto decir que lo hizo, entre otros, al “devolverle la teoría narrativa y la capacidad de contar historias, justamente en la época del final del relato y la posmodernidad, en la que seguimos” (t.ly/nq3gb), pero igual, una ligera “precisión epistemológica” estaría en orden, ya que tal vez algo se ha perdido entre líneas.
4. Más que por el “colapso” o “el final del relato”, el posmodernismo se caracteriza por la expansión de la categoría de relato a la totalidad de la experiencia y el conocimiento. No marca su “muerte” −Jean-François Lyotard, que la anunció famosamente, se refería a los llamados “relatos grandes” (totalitarios, etcétera)−, sino el comienzo de la era de su multiplicación, donde la realidad misma empezó a ser cuestionada y ontológicamente tratada como “relato”. Ningún choque intelectual de aquella época marcó mejor estas tensiones que el desacuerdo medular entre Ginzburg y Hayden White.
5. White y otros llamados “neoescépticos” −sobre todo en la academia estadunidense, que surfeaban intelectualmente en las olas altas del “giro lingüístico” francés− argumentaban, ganando de paso muchos adeptos, que la distinción tradicional entre historia y ficción es artificial y que todo discurso histórico es fundamentalmente un relato literario. No hay ninguna “verdad” detrás de los documentos y lo único que hace el historiador es utilizar estrategias retóricas y tropos para dar sentido y estructurar datos que, por sí solos, carecen de significado.
6. Para Ginzburg −con toda la importancia que él mismo le daba a la ficción−, la Historia, sin embargo, no era sólo un “artefacto” ni una mera “creación literaria”. Y las narrativas de ficción y las históricas no eran “lo mismo”. Contrario a lo que clamaba White, Ginzburg −resistiéndose a que la Historia sea absorbida por la pura retórica− argumentaba incansablemente que existen “huellas” y “pruebas” documentales que permiten al historiador reconstruir la verdad fáctica del pasado.
7. El debate llegó a su cenit por el tema del Holocausto y su “negacionismo”, ya que para White, si bien este era “moralmente ofensivo”, toda esta cuestión estaba afectada por la misma imposibilidad de distinguir si se trataba de una narrativa ficticia o histórica (sic) −como las pruebas no importaban, “no se sabía”…−, el punto del que luego desistió concediendo que el Holocausto representaba “un límite en la historiografía”, pero no sin antes inspirar todo un coloquio sobre el tema y a Ginzburg a escribir uno de sus más sonados ensayos: “Unus testis”, en El hilo y las huellas, 2014, páginas 297-326.
8. Aun así, influido por enésima vez por Marc Bloch a separar la historia y la memoria, Ginzburg nunca era un “fundamentalista” de la segunda, como muchos estudiosos del Holocausto. Y en los últimos años, frente al genocidio en Gaza −tras haber firmado varias cartas de condena a Israel−, no rehuía incluso de una comparación con Shoah “siempre que ésta evidenciara convergencias y divergencias” (t.ly/8OJ9M), y dedicó su último libro El vínculo de la vergüenza (2026), entre otros, a la cuestión de la “vergüenza judía” por los crímenes de Israel en respuesta al ataque del 7O.
9. Hasta sus últimos años, uno de sus principales frentes de batalla estuvo entrelazado con el “neoescepticismo” whiteano. Las fake news −que tienen efectos muy prácticos en la realidad− en sus ojos no sólo eran imposibles de combatir desde las posiciones de White, sino que era esta postura la que les abrió la puerta. Si bien las “noticias falsas” de una u otra forma circulaban siempre −el propio M. Bloch ya las había estudiado−, su proliferación reciente era, según Ginzburg, fruto directo de este relativismo.
10. A lo largo de toda su carrera como historiador, Ginzburg se opuso tanto a la historia cuantitativa que perseguía la “verdad histórica” mediante la pura acumulación de datos (de allí lo “micro”), como posteriormente a la historiografía del “giro lingüístico” posmodernista. Si bien White y sus acólitos también partieron del rechazo al “cientificismo”, para Ginzburg −a pesar de toda la cercanía que sentía con la literatura− su “relatocentrismo” era un paso, o más bien, varios pasos demasiado lejos en escribir la Historia y la frontera allí siempre se llamaba “evidencia”.
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