1 Proponiendo tanto un nuevo plan
de investigación −la “microhistoria” centrada en un examen más
detallado de los fenómenos y en los individuos en lugar de los “grandes
personajes”, “masas” o “clases”− como nuevos conceptos y categorías para
trabajar en su marco −el “paradigma indiciario”, con todo su enfoque
interdisciplinario que abarca la antropología, la teoría literaria, la
crítica de arte y el sicoanálisis− o dedicando libros enteros para
entender y/o explicar cómo y por qué se escribe la Historia, Ginzburg,
influenciado igualmente por la propia literatura, refrescó, sin
comprometer en nada su rigor, la escritura histórica (t.ly/egqBX, t.ly/jn9-x).
2. Así, la ficción no sólo, como él mismo lo admitió, efectivamente
“influenció sus preguntas históricas” (sic) −ya sea en la forma en que
su modo de leer los juicios inquisitoriales “en los que hubo mucha
ficción” dejó la huella en Los benandanti (1966) o en cómo Guerra y paz de Tolstói se impuso sobre El queso y los gusanos
(1976), apremiando a Ginzburg a reconstruir la vida de todos (“no sólo
de los generales, también de los soldados comunes”), para tener un
relato más completo de toda la situación histórica−, sino también sus
herramientas y técnicas narrativas (t.ly/k9L3W).
3. El momento en que lo hizo −los años 70 y 80− igual tenía mucho que
ver con el impacto y la popularidad de esta operación. Ginzburg
−efectivamente− ha tenido el gran mérito de defender la Historia de las
teorías del “fin de la historia” y es bastante correcto decir que lo
hizo, entre otros, al “devolverle la teoría narrativa y la capacidad de
contar historias, justamente en la época del final del relato y la
posmodernidad, en la que seguimos” (t.ly/nq3gb), pero igual, una ligera “precisión epistemológica” estaría en orden, ya que tal vez algo se ha perdido entre líneas.
4. Más que por el “colapso” o “el final del relato”, el posmodernismo
se caracteriza por la expansión de la categoría de relato a la
totalidad de la experiencia y el conocimiento. No marca su “muerte”
−Jean-François Lyotard, que la anunció famosamente, se refería a los
llamados “relatos grandes” (totalitarios, etcétera)−, sino el comienzo
de la era de su multiplicación, donde la realidad misma empezó a ser
cuestionada y ontológicamente tratada como “relato”. Ningún choque
intelectual de aquella época marcó mejor estas tensiones que el
desacuerdo medular entre Ginzburg y Hayden White.
5. White y otros llamados “neoescépticos” −sobre todo en la academia
estadunidense, que surfeaban intelectualmente en las olas altas del
“giro lingüístico” francés− argumentaban, ganando de paso muchos
adeptos, que la distinción tradicional entre historia y ficción es
artificial y que todo discurso histórico es fundamentalmente un relato
literario. No hay ninguna “verdad” detrás de los documentos y lo único
que hace el historiador es utilizar estrategias retóricas y tropos para
dar sentido y estructurar datos que, por sí solos, carecen de
significado.
6. Para Ginzburg −con toda la importancia que él mismo le daba
a la ficción−, la Historia, sin embargo, no era sólo un “artefacto” ni
una mera “creación literaria”. Y las narrativas de ficción y las
históricas no eran “lo mismo”. Contrario a lo que clamaba White,
Ginzburg −resistiéndose a que la Historia sea absorbida por la pura
retórica− argumentaba incansablemente que existen “huellas” y “pruebas”
documentales que permiten al historiador reconstruir la verdad fáctica
del pasado.
7. El debate llegó a su cenit por el tema del Holocausto y su
“negacionismo”, ya que para White, si bien este era “moralmente
ofensivo”, toda esta cuestión estaba afectada por la misma imposibilidad
de distinguir si se trataba de una narrativa ficticia o histórica (sic)
−como las pruebas no importaban, “no se sabía”…−, el punto del que
luego desistió concediendo que el Holocausto representaba “un límite en
la historiografía”, pero no sin antes inspirar todo un coloquio sobre el
tema y a Ginzburg a escribir uno de sus más sonados ensayos: “Unus
testis”, en El hilo y las huellas, 2014, páginas 297-326.
8. Aun así, influido por enésima vez por Marc Bloch a separar la
historia y la memoria, Ginzburg nunca era un “fundamentalista” de la
segunda, como muchos estudiosos del Holocausto. Y en los últimos años,
frente al genocidio en Gaza −tras haber firmado varias cartas de condena
a Israel−, no rehuía incluso de una comparación con Shoah “siempre que
ésta evidenciara convergencias y divergencias” (t.ly/8OJ9M), y dedicó su último libro El vínculo de la vergüenza (2026), entre otros, a la cuestión de la “vergüenza judía” por los crímenes de Israel en respuesta al ataque del 7O.
9. Hasta sus últimos años, uno de sus principales frentes de batalla estuvo entrelazado con el “neoescepticismo” whiteano. Las fake news
−que tienen efectos muy prácticos en la realidad− en sus ojos no sólo
eran imposibles de combatir desde las posiciones de White, sino que era
esta postura la que les abrió la puerta. Si bien las “noticias falsas”
de una u otra forma circulaban siempre −el propio M. Bloch ya las había
estudiado−, su proliferación reciente era, según Ginzburg, fruto directo
de este relativismo.
10. A lo largo de toda su carrera como historiador, Ginzburg se opuso
tanto a la historia cuantitativa que perseguía la “verdad histórica”
mediante la pura acumulación de datos (de allí lo “micro”), como
posteriormente a la historiografía del “giro lingüístico” posmodernista.
Si bien White y sus acólitos también partieron del rechazo al
“cientificismo”, para Ginzburg −a pesar de toda la cercanía que sentía
con la literatura− su “relatocentrismo” era un paso, o más bien, varios
pasos demasiado lejos en escribir la Historia y la frontera allí siempre
se llamaba “evidencia”.
El 9 de mayo se conmemora
el 81º aniversario de la victoria sobre el nazismo en la Gran Guerra
Patria, cuyo significado trasciende el tiempo. No se trata simplemente
de una victoria más entre las muchas guerras de la historia de la
humanidad. Es el día en que los pueblos de la URSS y de Europa fueron
salvados de la amenaza más terrible que jamás se había cernido sobre
ellos. Y, hasta hoy, la Gran Victoria sigue siendo una referencia moral y
política para la humanidad.
La Segunda Guerra Mundial fue el mayor conflicto armado de la
historia; en ella participaron países que representaban 80 por ciento de
la población mundial. La victoria de la coalición antihitleriana fue
posible gracias a los esfuerzos conjuntos de muchos estados, entre ellos
México. Rendimos homenaje a la memoria del Escuadrón 201, los Águilas Aztecas, que participaron en el teatro de operaciones del Pacífico; su hazaña forma parte de la victoria común.
Los resultados de la guerra sentaron las bases del sistema actual de
relaciones internacionales. Se creó la Organización de Naciones Unidas,
que hasta el hoy continúa desempeñando su papel fundamental: prevenir
una nueva catástrofe global.
Hoy la humanidad vuelve a enfrentarse a desafíos en gran medida
similares a aquellos con los que ya tuvo que lidiar el pueblo soviético
durante los años de la guerra. Pese a las diferencias, la esencia de las
amenazas sigue siendo la misma: los intentos de imponer el dictado por
la fuerza, la erosión del derecho internacional y el debilitamiento de
los mecanismos de seguridad colectiva amenazan con desestabilizar las
relaciones interestatales. Se da una situación en la que los acuerdos
pierden vigencia y el derecho cede ante la presión de la fuerza. En este
contexto, se intensifican los conflictos, aumenta la desconfianza y se
multiplican las líneas de división.
Con el paso del tiempo, se ha hecho evidente que la vacuna contra el
nazismo, elaborada por el tribunal de Núremberg, ha comenzado a
debilitarse. En muchos países europeos, la propaganda de ideas nazis se
difunde abiertamente. Un ejemplo llamativo de ello es la situación en
Ucrania, donde se destruyen monumentos que honran a quienes lucharon
contra el nazismo y, en su lugar, se erigen pedestales a colaboradores
del hitlerismo.
El revanchismo y el afán de justificar a los criminales nazis forman
parte de la política de las élites occidentales y constituyen una
manifestación del neonazismo del siglo XXI, que pone en peligro los
fundamentos del orden mundial de posguerra. Particular preocupación
suscita la intención de la Unión Europea de instrumentalizar el régimen
neonazi en Kiev como ariete para infligir una derrota a Rusia.
El Día de la Victoria no es sólo un símbolo de gratitud hacia los
soldados libertadores del Ejército Rojo, sino también una manifestación
de una elección moral. Hoy, cuando la humanidad se encuentra nuevamente
en una encrucijada, resulta especialmente evidente la necesidad de
construir un orden mundial justo basado en la multipolaridad, en el que
las normas y los principios del derecho internacional se apliquen en
toda su plenitud e interrelación, y en el que cada Estado tenga no sólo
el derecho de hablar, sino también de ser escuchado: el derecho al
respeto, a la seguridad y a la consideración de sus intereses.
Nuestra actitud hacia la victoria sigue siendo la mejor garantía de
un rumbo correcto. Esta fecha conmemorativa nos hace recordar que la paz
requiere de protección, madurez moral y voluntad política. La memoria
de la hazaña del pueblo vencedor ayuda a distinguir lo verdadero de lo
falso, la justicia de la arbitrariedad, la defensa de la agresión, la
paz de la guerra. Asimismo, confirma que el derecho a la coexistencia en
condiciones de igualdad entre los pueblos no es un ideal abstracto,
sino una necesidad vital.
En este día, agachamos la cabeza ante quienes lucharon en el frente,
trabajaron en la retaguardia, soportaron la ocupación, el asedio, las
privaciones y las pérdidas. Y tenemos la obligación de conservar los
monumentos, obeliscos y sepulturas militares, símbolos de la verdad
histórica y sagrados signos de la memoria de los pueblos.
¡Felicito a todos con motivo del Día de la Victoria!
“La memoria es subversiva porque incomoda al poder”
Francisco Rodríguez
David
Fernández Dávalos, coordinador del Mecanismo de Esclarecimiento
Histórico, señala que la violencia actual es heredera directa de la
impunidad del pasado. En entrevista, destierra mitos de la Guerra Sucia,
denuncia la militarización, la politización de la justicia, la
simulación en el combate al narcotráfico y la falta de voluntad del
Estado para esclarecer crímenes.
01 septiembre 2025
La violencia en
México, anclada en un pasado de impunidad y pactos de silencio, exige
una mirada profunda y descentralizada para su esclarecimiento, aseguró
el jesuita David Fernández Dávalos. En un contexto donde los gobiernos a
menudo optan por “dar vuelta a la página”, la memoria histórica se
convierte en una herramienta subversiva y fundamental, opinó.
En
una amplia entrevista con el sacerdote jesuita, quien formó parte de la
Comisión de Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el
Impulso a la Justicia de las Graves Violencias a los Derechos Humanos de
1965 a 1990, como Coordinador del Mecanismo de Esclarecimiento
Histórico (MEH), apuntó a la necesidad de crear comisiones de la verdad
en el ámbito local, una de las 142 recomendaciones que contiene el Informe final de más de dos mil páginas dividido en seis volúmenes públicos.
Estas
comisiones -por ejemplo, para casos como la masacre de Allende, la
masacre en el penal de Piedras Negras o la violencia de la región
Laguna- permitirían investigar y comprender las dinámicas específicas de
la violencia en cada región, reconociendo que los agentes, autoridades e
intereses involucrados varían significativamente.
”Los polvos
que hoy nos agobian son resultado de aquellos lodos”, comentó Fernández
Dávalos en una entrevista concedida en conjunto a Semanario e Ibero
Radio TRC.
En el Informe final de una investigación que fue
solicitada en un inicio por la pasada administración federal, se da
cuenta que este periodo de la “Guerra sucia” se registraron 46 masacres,
muchas de ellas no conocidas. En estas masacres se contabilizaron más
de 300 víctimas. También descubrieron que hubo más de 100 periodistas
asesinados en el país, más de 8 mil 500 víctimas de violaciones a
derechos humanos, más de 120 mil víctimas de desplazamiento forzado,
entre otras cifras que, para David Fernández, quien actualmente es
colaborador en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro,
resultan en una “catástrofe”.
La sentencia del filósofo,
sociólogo y teólogo, referente de la defensa de los derechos humanos, es
evidente: sin resolver y entender el pasado local, estamos condenados a
repetir los mismos patrones de violencia y a perpetuar la impunidad que
ha caracterizado la historia reciente del país.
-Después de diversos hallazgos y descubrimientos, ¿la capacidad de asombro llegó a un límite?
-No,
la verdad que no. Siempre que encontrábamos nuevos datos, nuevos hechos
testimonios de personas que habían sido testigos, testigas de graves
violaciones a los derechos humanos como asesinato, tortura, desaparición
forzada, masacre, nos íbamos como indignando, escandalizando,
sensibilizando cada vez más y no se llega uno a acostumbrar a este tipo
de situaciones y atrocidades. Entonces justo conforme fuimos encontrando
esta nueva información sobre las violencias que el Estado ejerció en
contra de la población en aquella época, y la violencia que sigue
existiendo en el país, nos propusimos que teníamos que transmitir lo que
habíamos encontrado a otras personas y sensibilizarlas respecto de lo
que había ocurrido y está ocurriendo. Y que necesitamos remontar en el
país, es decir, los descubrimientos nos llevaron a una indignación
ética; después de la indignación ética al llamado de la acción y es en
esa lógica en la que ahorita nos encontramos.
-¿Cree que actualmente le falta indignación a la sociedad?
-Me
parece que la cantidad de violencias y hechos violentos, sumado a su
difusión, ha insensibilizado a la población, intentando normalizar la
violencia. Los generadores de violencia también tienen una política de
normalización a través de redes sociales, grupos musicales y culturas de
consumo para hacernos creer que esto es normal, anestesiando a la
población. Pero no es normal. Cuando a una persona le desaparecen a un
miembro de su familia por las razones que sea, esa vida normal se
interrumpe, es decir, ya no es posible regresar a la vida ordinaria.
Cuando a alguien le asesinan o cuando alguien lo torturan, todas estas
rompen la normalidad, entonces no pueden ser normales.
Sin
embargo, todavía creo que hay sensibilidad social para indignarnos y
luchar contra el estado actual de cosas, como se vio con el hallazgo del
Rancho Izaguirre o el caso de Ayotzinapa.
Entonces si bien hay
gente que está conforme, anestesiada o siendo beneficiada por el estado
actual de cosas, todavía me parece que hay sensibilidad social para
indignarnos y para luchar contra el estado actual de cosas, porque no es
normal que esto ocurra.
-¿Cuáles son los mitos que en su opinión quedan desterrados con este informe?
Uno
primero es que la política de contrainsurgencia que el Estado mexicano
echó a andar en la época de los 60’s y 70’s fue una respuesta a la
violencia de los grupos político-militares de izquierda socialista. Y
entonces, como se levantaron en Madera o se levantaron Genaro Vázquez o
Lucio Cabañas en Guerrero, entonces el Estado para defenderse echó a
andar una política de aniquilamiento de las disidencias. No, la política
de aniquilamiento venía desde antes y los medios de participación
política en el país estaban severamente constreñidos, acotados. Y
entonces, justo por eso emergió la guerrilla socialista, porque no había
posibilidad de lucha política y pacífica en contra del régimen y del
estado de cosas.
El primer mito que cae es que la política de
contrainsurgencia del Estado mexicano fue una simple respuesta a la
violencia de grupos político-militares de izquierda. En realidad, la política de aniquilamiento venía de antes, y la guerrilla socialista emergió precisamente porque no había canales para la lucha política pacífica.
Un
segundo mito es que la acción violenta del Estado fue sólo contra
grupos específicos y acotados como estudiantes o la disidencia
político-militar. Esto no es cierto. El Estado actuó contra campesinos, indígenas, comunidades afromexicanas, periodistas, personas de la diversidad sexual y ciudadanos en zonas de combate al narcotráfico, entre otros.
El
tercer mito es que la violencia se acabó con el aniquilamiento de la
Liga Comunista 23 de septiembre en los años 70. Nosotros constatamos que
hubo picos altísimos de violencia hasta 1990, y la represión a las
disidencias continuó por varios años más.
Otro mito es que las
violencias fueron impulsadas únicamente por el ejército o la policía
judicial. Esto es falso; las violencias tuvieron la colaboración del
poder judicial, policías, grupos empresariales y medios de comunicación,
quienes conspiraron en una institucionalidad contrainsurgente que
legitimó acciones ilegales y graves violaciones a los derechos humanos.
-Inclusive la injerencia de agencias extranjeras
-Otro de los mitos es que hay un efectivo combate de parte de las instituciones del Estado hacia el narcotráfico. Esto es falso.
Hay
una gestión de parte de las instituciones de seguridad del Estado, del
narcotráfico y del crimen organizado. Y eso arranca desde entonces. Lo
gestionan, quiere decir, controlan a ciertos grupos, le abren la puerta a
otros. Los consumos ilegales los permiten en ciertas condiciones,
etcétera. Y eso en complicidad con las agencias internacionales como la
CIA o el FBI, administran, gestionan la ideología de la lucha contra el narcotráfico conforme a sus conveniencias,
como ahora lo estamos viendo, sin que yo justifique en absoluto al
régimen venezolano, pero ahí es un ejemplo de la utilización del
discurso del narcotráfico para influir en un país.
Lo mismo está
ocurriendo en nuestro país con todas las presiones que se están teniendo
cuando ellos son los artífices. Es decir, nosotros documentamos que
ellos promovieron la siembra de amapola, me refiero a los gringos, la
siembra de amapola en el triángulo dorado a fines de los 80’s, que
cuando es cuando cambia la ideología de la seguridad nacional por la
ideología de la lucha contra el narcotráfico y lo usan para someter a
los pueblos, intervenir política, pero necesitan los consumos. Ahora les
afectó muy directamente el tema de fentanilo y ese no lo pudieron
aceptar porque está matando decenas de miles de ciudadanos
estadounidenses. Pero otros consumos como la morfina, la cocaína, el
opio, la marihuana los necesitan tanto para sus fuerzas armadas como
para la ciudadanía en general. Y entonces lo van gestionando y lo van
administrando a su conveniencia. Eso es otra de las cosas que
encontramos en nuestra investigación.
-Y
a 20 años del lanzamiento de la famosa ‘guerra contra el narcotráfico’
del expresidente Calderón, continúa entonces la simulación
Estoy
convencido y los investigadores sobre el tema lo dicen así. En
realidad, voy a decir algo más arriesgado todavía, cuando la violencia
estalla, cuando se fracturan los carteles y empiezan a pelear contra
uno, contra el otro y eso lo vimos aquí en Torreón y lo hemos visto en
todo el país. Cuando existe la hegemonía de un solo grupo la cosa está
en paz y ese es el proyecto estratégico que tienen los Estados Unidos,
porque insisto, necesitan el consumo.
Y entonces les sirve para
justificar intervenciones y lo que sea. Insisto, es una gestión del cómo
están amenazando ahora mismo, cómo están amenazando ahora mismo con
intervenir aquí en el país y no creo que sea difícil que pronto tengamos
noticia de alguna intervención con drones o con bombardeo de una
instalación de narcóticos o lo que sea.
-Ya están sobrevolando con drones en la frontera, los buques se acercan en el mar
-Sí, sí. Y ahí lo hacen para someter a la hora de la hora a los distintos gobiernos que pueden ser disidentes.
-¿Qué fue lo más difícil en lo personal, de participar en esta Comisión?
Probablemente
la desilusión que nos llevamos al ver que el gobierno de turno en
realidad no tenía interés de que nosotros avanzáramos en la
investigación. Entonces lo hicieron porque fueron presionados por las
víctimas, por los colectivos, porque había un funcionario honesto que
creía en ello, que era el subsecretario Encinas. Crearon esta Comisión,
pero en realidad de parte del gobierno y del ejército, de las policías
no había una voluntad, un deseo de investigar realmente.
Entonces
fuimos encontrando todo tipo de obstáculos, obstáculos financieros o de
presupuesto, obstáculos formales de papelería o de solicitudes que
nunca se hicieron o ya obstáculos hasta físicos cuando nos impidieron
entrar al archivo de la Secretaría de la Defensa Nacional o nos
arrebataron algunos expedientes.
Entonces, entramos con mucha
ilusión pensando que podíamos resolver, no resolver, dar un paso
adelante en el tema de las violencias y la desaparición en este país y
nos dimos cuenta que no había esto y se frustraron probablemente
nuestras ilusiones.
Luego otra cosa muy dolorosa y tengo que
decir, es encontrar el celo de algunas víctimas que no querían reconocer
a otras víctimas. Me refiero a lo siguiente: en una ciudad ‘X’ del país
hay un colectivo de madres cuyos hijos eran policías judiciales que
fueron mandados asesinar por un gobernador. Entonces se organizaron,
pero eran mamás de policías judiciales, pero igual víctimas de
desaparición, en realidad de desaparición que nosotros investigamos
había sido asesinato por parte de las autoridades del Estado y ahí mismo
en esa misma ciudad otro colectivo de madres de guerrilleros que fueron
desaparecidos. Pues las madres de guerrilleros despreciaban a las
madres de los policías judiciales porque decían que sus hijos eran
perpetradores y no querían juntarse con ellas y las insultaban,
etcétera. Eso fue muy doloroso porque la desgracia de tener una persona
desaparecida, independientemente de las razones que haya detrás, de la
desesperación, tendría que hermanar a las víctimas. Son sujetas del
mismo dolor, del mismo sufrimiento. No sufre más una mamá de un
narcotraficante que fue desaparecido que de un luchador social, sufren
igual y encontrar esta incomprensión de que las víctimas lo son no porque sean buenas o malas moralmente, sino porque son vulnerables frente al Estado y frente al poder. Eso también fue difícil.
Esto
mismo es una derivación de lo anterior. Lo encontramos cuando entre las
víctimas identificamos sí a los guerrilleros, sí a los periodistas, sí a
los campesinos, pero también a los miembros de la diversidad sexual que
fueron asesinados por el Estado con los mismos que mataban
guerrilleros. Los violaban, los tiraban, lo que sea. Y entonces
encontrar que algunas familias de los guerrilleros decían: “Es que yo no
estoy de acuerdo con que a mi madre, padre, esposo, hijo, se le
equipare con cualquier prostituta o con cualquier joto”. Esa
incomprensión también, tengo que decirla, fue muy dolorosa y difícil
porque esto es para las víctimas y los familiares tienen todo mi
respeto. Sí, sí, sí, pero no son santos y entonces tampoco hay que
idealizar y porque uno se equivoca.
-Dentro
de todos los descubrimientos ¿hay algún caso en particular que le haya
quedado más a usted o un caso en el cual le gustaría profundizar más?
-Lo
que pasa es que si los narrara están muy cercanos a la pornografía, a
lo obsceno. Pero entonces encontraba expresiones. Expresiones son las
que se me quedaron a mí. Porque le preguntábamos a los colectivos,
¿ustedes qué quieren saber? Yo quiero saber quién le hizo esto y esto y
esto y esto a una niña de 16 años. Entonces, eso se te queda como un
deber moral.
Y así vas escuchando. Oí públicamente a una mujer.
Entramos a un a una zona militar a ver si encontrábamos una casa donde
torturaban en la zona militar, en Sinaloa, en Culiacán. Y entramos y
encontramos el lugar. Encontramos el lugar donde una de las personas que
iba con nosotros había sido torturada, violada. El marido lo habían
asesinado, lo habían castrado y le habían arrojado los testículos a la
mujer en la cara. Entonces, ella allí con toda entereza empezó a
gritarle al general de la zona de división diciendo: “No los voy a poder
perdonar nunca.”
Entonces son momentos, son expresiones
difíciles, que se viven en este tipo de trabajo, pero que entonces te
dan el norte, te dan la fortaleza moral, la entereza para tratar de
hacer algo para que esto no se repita, porque claro, entiendes ahí que
un número no es un número, es una catástrofe que cada uno de las 8 mil
700 víctimas que identificamos con hombre y apellido no es un hecho o un
caso, es una catástrofe. Eso es lo que queremos comunicar con nuestro
informe y junto con el llamado de que esto tiene que parar.
-Vivimos
en un contexto en el que gobiernos como el de Coahuila en su momento,
tienen el discurso de que hay que ‘darle vuelta a la página’, de
enterrar el pasado. ¿Qué diría usted sobre la importancia de la memoria
histórica, del esclarecimiento de la verdad?
-Nosotros
estamos convencidos que la violencia del pasado habilita la violencia
del presente. En la medida en que no se castigan los crímenes del
pasado, se da la señal de impunidad para los crímenes del presente y
además una continuidad. Los investigadores no pudieron resolver a
Ayotzinapa, el secuestro de los 43 y su desaparición porque las
complicidades y el contubernio entre los militares con el crimen
organizado había arrancado en la década de los 70’s y en la década de
los 80’s en la operación Cóndor. Y entonces no podían deshacer ese
contubernio si no había una investigación sobre las responsabilidades
del pasado. Eso mismo ocurre hoy. Si no investigamos y resolvemos los
crímenes de hace 2 años, de hace 4 años, estamos dando luz verde para
que continúen ocurriendo, finalmente no va a pasar nada. Y además es
el mensaje de que el poder no solo te puede aniquilar y el poder formal o
informal y violentar tu dignidad, sino que además lo puede hacer con
impunidad. Es la doble victimización de las personas. Entonces, la memoria es memoria subversiva. Por supuesto que incomoda si hay pactos de impunidad y silencio.
Tenemos
que romper esos pactos de impunidad y silencio porque son los que
actualmente están condicionando que siga el silencio, que siga la
impunidad y que siga el contubernio entre las autoridades y los
criminales.
-Inclusive
dentro de las recomendaciones del informe está la creación de
comisiones de la verdad en el ámbito local, porque pareciera que todo
este tipo de situaciones se centraliza, cuando se requieren comisiones
de la verdad en todos los estados prácticamente.
-Solo
conocemos la experiencia de una comisión de la verdad en Guerrero y otra
comisión de la verdad en Oaxaca. En Oaxaca, a propósito de la lucha
magisterial, donde hubo graves violaciones a los derechos humanos.
Pero
pensamos que tiene que haber también comisiones locales para esclarecer
la violencia del presente. Porque cada uno de los agentes provocadores
de violencia son distintos en distintas localidades y actúan de manera
distinta, lo mismo que las autoridades. Entonces, investigar la
violencia en Torreón, ¿por qué se dio? ¿Por qué se dio con tal
virulencia? ¿Por qué afectó a tantas familias? ¿Qué consecuencias trae
para el Torreón de hoy? Vemos que es necesario porque los polvos que hoy
nos agobian son resultado de aquellos lodos. No podemos sin más dar
vuelta a la página, sino resolver.
Entonces, las violencias
operan de distinta manera en lo local que en lo federal y que en lo
estatal. Son distintas autoridades, son distintos intereses los que ahí
se juegan y entonces hay que parecerlos.
-Usted mencionaba que
veía signos en la actualidad que dan a pensar que se puede volver a
vivir lo que se vivió en este periodo que investigaron ¿Cuáles son estos
signos?
-Sí, una que yo veo primero, la autonomía de los
militares sigue vigente. Entonces no hay una autoridad civil que
supervise la acción, los llame a cuentas, les ponga acotaciones y más
bien tienen cada vez más presupuesto y más diversas actividades.
Entonces hay un proceso de militarización en el país que se niega por
supuesto desde el vértice del poder, pero que dota al ejército de
autonomía y lo dota de capacidades que puede poner a jugar según sus
intereses. Cuando sabes que la Comisión Nacional de Derechos Humanos no
ha emitido ninguna recomendación en contra del Ejército a partir de
2018, entonces te das cuenta que hay una complicidad con las violaciones
graves a los derechos humanos que sigue cometiendo el ejército. No hay
una comisión, como dice la Constitución, una comisión bicameral que los
llame a cuentas.
Otra circunstancia es el creciente autoritarismo
de parte del grupo en el poder actualmente local y federal. Es decir,
cuando los gobernadores y gobernantes empiezan a demandar a la prensa y
los llevan a disculparse públicamente, etcétera. Lo que muestran es
intolerancia a la crítica, autoritarismo y bueno, eso trae luego
asesinato de periodistas. Ahí tenemos el atentado contra Ciro Gómez
Leyva, pero han condenado a mucha gente por criticar al poder.
Me
parece que independientemente de la ideología, si de izquierda o
derecha, los gobiernos autoritarios son absolutamente nefastos y dañinos
de las libertades ciudadanas y de la democracia con la ideología que
sea.
Tenemos un poder judicial politizado y ahora crecientemente
capturado en su independencia después de las últimas elecciones del
Poder Judicial. Todavía es pronto, pero tendría que dar el nuevo Poder
Judicial, muestras de autonomía, pero me parece que la politización de
la administración y procuración de justicia sigue vigente en el país,
que fue justamente lo que hizo que las procuradurías y los jueces se
pusieran al servicio de la estrategia contrainsurgente en aquellas
épocas de la Guerra sucia de las que hemos hablado. Hoy esa posibilidad
sigue existiendo, que se pongan al servicio las procuradurías, las
fiscal locales y estatales, lo que sea, al servicio del grupo en el
poder para castigar a las disidencias y castigar a quienes se opongan
activamente a sus designios. Estas son las condiciones que yo veo
ahorita que no ofrecen una garantía de que aquello no se va a repetir.
-¿Hay algún mensaje esperanzador en todo este contexto e informe?
-Estoy
convencido de que hemos venido caminando como sociedad hacia una mayor
democratización del país. Es decir, que a pesar de que todavía existen
estas cuestiones negativas o lacras o problemas, lo que se irrumpió en
el 2018 en las elecciones federales, fue un hartazgo y fue el
protagonismo de la sociedad. Entonces, me parece que la sociedad todavía
tiene posibilidades de plantarse frente al poder, frente al
autoritarismo y decir: “Lo que queremos es esto y no esto”. Entonces,
sigo pensando que los pueblos, las comunidades tienen la capacidad de ir
marcando el rumbo y que entonces una colectividad informada
suficientemente bien, sensibilizada y en conocimiento de lo que ocurre
en el país, puede impulsar nuevas transformaciones, que el camino sigue
adelante, es un camino que no acaba nunca y entonces por más
dificultades que tengamos me parece que podemos seguir adelante.
▲
Rusia conmemoró ayer el 80 aniversario del Día de la Victoria en la
Gran Guerra Patria, como denominan los rusos a la Segunda Guerra
Mundial, con la presencia de 27 jefes de Estado que acompañaron a
Vladimir Putin, entre ellos, Xi Jinping, de China (izquierda); Miguel
Díaz-Canel, de Cuba; Nicolás Maduro, de Venezuela, y Luiz Inácio Lula da
Silva, de Brasil. Esta vez el desfile en Moscú no hizo gala de
armamento, sino que se centró en la marcha de cerca de 10 mil soldados
del ejército y de la armada rusos, junto con contingentes de 13 países.
Desde 2014 no participan los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia ni
Polonia.
Ausentes, los países aliados con los que ganó la segunda guerra mundial
Exhibe Rusia su poderío militar a 80 años del Día de la Victoria
Acuden 27 jefes de Estado; el presidente de China, entre ellos
Putin agradece ayuda castrense a Norcorea
▲ Soldados y ciudadanos en el desfile.Foto Xinhua
▲ El legendario tanque T-34 que arrasó Berlín en 1945, en calles de Moscú.
Moscú. Con el tradicional desfile militar en la
Plaza Roja, Rusia conmemoró este viernes el 80 aniversario del Día de la
Victoria en la Gran Guerra Patria, como denominan los rusos a la
Segunda Guerra Mundial, con presencia en la tribuna de invitados
especiales de 27 jefes de Estado que aceptaron acompañar en esta
celebración al titular del Kremlin, Vladimir Putin.
El presidente ruso ejerció estos días de anfitrión de sus colegas, Xi
Jinping, de China; Miguel Díaz-Canel, de Cuba; Nicolás Maduro, de
Venezuela; y Luis Inácio Lula da Silva, de Brasil. También vinieron los
gobernantes de siete repúblicas ex soviéticas y de Egipto, Mongolia,
Laos y Vietnam, entre otros países.
De la Unión Europea asistió sólo el primer ministro de Eslovaquia,
Robert Fico, y también llegó el presidente de Serbia, Aleksandar Vucic,
ambos tuvieron que elegir una ruta más larga y rodear los países del
Báltico que cerraron su espacio aéreo para sus aviones.
Putin, acorde con la costumbre arraigada en este tipo de actos
solemnes, dirigió un breve discurso desde la tribuna de honor, instalada
delante del Mausoleo de Lenin que, como es habitual, quedó oculto tras
un gran panel alusivo al 80 aniversario.
Como herederos de los vencedores, celebramos esta fiesta del 9 de
mayo como propia, como la más importante para el país, para todo el
pueblo, para cada familia y para cada uno de nosotros, afirmó.
Rusia recuerda, expuso, las lecciones de la Segunda Guerra Mundial
y nunca aceptará que se tergiversen los hechos, se intente justificar a
verdugos o se calumnie a los verdaderos vencedores.
Subrayó: Es un honor defender el honor de los soldados y oficiales
del Ejército Rojo, la proeza de representantes de distintas
nacionalidades que quedarán para siempre en la historia universal como
soldados rusos.
Ofreció que Rusia fue y será una barrera infranqueable para el nazismo, la rusofobia y el antisemitismo y luchará contra las atrocidades que cometen los seguidores de estas ideas agresivas y destructivas.
Putin está convencido de que todo el país, la sociedad, el pueblo,
apoyan la operación militar especial (en Ucrania). Nos sentimos
orgullosos de la valentía y tenacidad de quienes participan en ella, de
esa fuerza de espíritu que nos ha otorgado siempre y únicamente la
victoria.
Reconoció el papel de los aliados: Siempre recordaremos que la
apertura de un segundo frente en Europa, después de las decisivas
batallas que se libraron en el territorio de la Unión Soviética, acercó
la victoria. Valoramos altamente la contribución de los ejércitos
aliados a nuestro triunfo común.
Desfile castrense
A las 10 en punto, hora de Moscú, comenzó el desfile, que
esta vez no hizo gala de novedoso armamento como en otras ocasiones,
centrándose en la marcha de cerca de 10 mil soldados de distintas ramas
del ejército y de la armada de Rusia.
En esta ocasión hubo contingentes de 12 países: Azerbaiyán,
Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y
Uzbekistán, por parte de las repúblicas del espacio postsoviético, y,
por el lado de Estados llamados amigos por la televisión pública rusa,
China, Egipto, Myanmar, Mongolia y Vietnam.
Hace tan sólo 15 años, al conmemorarse el 65 aniversario del Día de
la Victoria, desfilaron por la Plaza Roja militares de Estados Unidos,
Gran Bretaña, Francia y Polonia. No han vuelto contingentes de países
aliados desde la anexión de Crimea en 2014. Se exhibió una parte del
armamento del Kremlin, precedido de un capítulo histórico encabezado por
el legendario tanque T-34 que llegó hasta Berlín en 1945. En cuanto a
las armas modernas, salvo los misiles balísticos intercontinentales Yars, todas empleadas en la operación militar especial en Ucrania, se exhibieron tanques T-90M, obuses y cañones de diferente calibre, sistemas de defensa antiaérea S-400 Triumf y los misiles balísticos Iskander-M, capaces de portar ojivas nucleares, entre otras piezas de la maquinaria bélica rusa.
Por primera vez, expuestos sobre camiones Kamaz, se mostraron
diferentes drones que se utilizan para atacar con cargas explosivas y
obtener datos de inteligencia, entre ellos artefactos aéreos no
tripulados Gueran-2, que se consideran copia de los Shahed, que se dice suministró Irán tiempo atrás, Orlan, Garpiyia y Lancet.
La parada militar cerró con una muestra de cazabombarderos SU-30 y
Mig-29, así como bombarderos estratégicos TU-95MS y TU-160, entre otros
aviones que sobrevolaron la Plaza Roja.
Desde la tribuna observaron el desfile generales y altos oficiales de
Corea del Norte, cuyos soldados participaron en los combates en la
región rusa de Kursk, a quienes se acercó el mandatario ruso para
expresarles personalmente su agradecimiento por la ayuda brindada.
Tras depositar flores ante la Tumba del Soldado Desconocido, delante
del fuego eterno, junto a la muralla del Kremlin, con los jefes de
Estado presentes, Putin por la tarde se reunió por separado con Luis
Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, y otros invitados.
El rencuentro con Lula
Putin, de acuerdo con el comunicado de la oficina de prensa del Kremlin, recordó con afecto
las conversaciones que mantuvo antes con el presidente brasileño, cuya
anterior visita a Rusia tuvo lugar hace 15 años. “Tanto en Rusia como en
Brasil –señaló el mandatario ruso– siempre se desarrollaron en un
ambiente amistoso y de negocios. En gran medida gracias a los contactos
personales de los años anteriores, trabajamos mucho para fortalecer las
relaciones entre nuestros países.”
El jefe de Estado brasileño subrayó que su visita busca reforzar
nuestra asociación estratégica. Brasil quiere hacer más sólidos los
lazos políticos, aumentar los intercambios culturales y comerciales.
Asimismo nos interesan sus tecnologías y demás ciencias. Tenemos mucho
de qué hablar en materia de cooperación militar y espacial, y también de
energía. De su lado, también hay mucho interés en Brasil.
Y concluyó: “Somos dos naciones enormes, nos encontramos en extremos
opuestos del globo y (…) tenemos un gran potencial de crecimiento. Por
eso, estamos aquí”.
Foto Ap, Juan Pablo Duch Corresponsal, Periódico La Jornada Sábado 10 de mayo de 2025, p. 17
El octogésimo aniversario
de la Victoria en la Gran Guerra Patria no es sólo una fecha. Es un
punto de apoyo desde el cual nace la conciencia nacional, se restaura la
continuidad histórica y se forma el rumbo del futuro. Cuanto más lejano
se vuelve 1945, más claramente sentimos: estamos nuevamente en la
primera línea de una lucha, esta vez por la memoria, el sentido y la
verdad.
La victoria sobre el nazismo en 1945 no fue casual –fue el resultado
de un valor sin precedentes, sacrificios colosales y fuerza moral–. La
Unión Soviética desempeñó un papel decisivo en la derrota del Tercer
Reich, pagando un precio terrible: millones de vidas, ciudades
destruidas, destinos quebrados. Fue una victoria del pueblo, que no sólo
se defendió a sí mismo, sino que liberó a pueblos enteros de la
aniquilación. En este día también honramos a todos los pueblos que
lucharon contra el nazismo, recordamos la unidad de la coalición
antihitleriana y el precio común pagado por la libertad.
Hoy, esa Victoria vuelve a ser un blanco. En varios países europeos
–incluidos aquellos donde durante la Segunda Guerra Mundial se luchó
contra el nazismo– hoy se derriban monumentos a los soldados
libertadores y se erigen memoriales en honor a quienes colaboraron con
los nazis. En algunos de esos estados se glorifica de manera
demostrativa a criminales de guerra, se distorsiona la cronología y las
causas del conflicto, sustituyendo la liberación por la ocupación, y el
nazismo por una supuesta resistencia. Esto ya no es sólo una
lucha por la interpretación, sino una renuncia a los principios morales,
una peligrosa inversión del bien y el mal. Todo esto sucede con el
silencio, e incluso a veces con el aliento, de las élites occidentales.
En estas condiciones, Rusia no puede ser sólo una espectadora.
Por eso, el octogésimo aniversario de la Victoria es no sólo un tiempo
de memoria, sino también un momento de elección política y moral. No es
casual que la política estatal rusa hoy tenga como eje la preservación
de los valores tradicionales –espirituales, morales, históricos–. Porque
sin memoria es imposible construir el futuro.
Ochenta años no son pocos, y con el tiempo la memoria puede
desvanecerse. Pero no entre nosotros. Conservamos archivos, apoyamos
museos, transmitimos la verdad sobre la guerra a través de las escuelas,
el cine, la cultura. Y lo más importante: defendemos esa verdad en el
ámbito internacional. No lo hacemos por orgullo ni por nostalgia, sino
por responsabilidad: porque olvidar la Victoria es permitir que el
pasado se repita. Recordar es resistir al olvido y al engaño.
La Victoria no es sólo una página del pasado. Es la base de nuestra
identidad nacional. Es una brújula moral que impide a las nuevas
generaciones perderse en una época de falsificaciones y manipulaciones
históricas. Y no permitiremos que borren esta memoria –ni por
conveniencia política, ni por cálculos geopolíticos–. Porque hace 80
años nuestro pueblo ya eligió –entre el miedo y la libertad, entre la
sumisión y la lucha– y venció.
Y hoy, ochenta años después, decimos: la verdad es más fuerte que el
tiempo. Y seguimos estando del lado de la Victoria. Y la Victoria será
nuestra.
Este 28 de febrero se
cumplen 500 años de la muerte de Cuauhtémoc. Cuauhtémoc, el undécimo y
último tlatoani mexica, es el símbolo de la resistencia y la dignidad
indígena. Es reconocido por su valor al encabezar la lucha contra la
invasión del ejército español encabezado por Cortés y los miles de
combatientes indígenas que se habían aliado con él para derrotar a los
mexicas y destruir la ciudad de Tenochtitlan. El gesto heroico de
Cuauhtémoc, al ver derrotado a su pueblo, de rendirse al conquistador
para detener la masacre de los suyos, le ha dado una dimensión histórica
y le ha asegurado un lugar especial en el panteón de los héroes que han
forjado a la nación que hoy es México.
Cuauhtémoc fue hijo de Ahuízotl, octavo tlatoani mexica, y de la
princesa tlatelolca Tilacápatl, y sobrino y yerno de Moctezuma
Xocoyotzin. Aunque algunas fuentes fijan la fecha de su nacimiento en
1496, Alfonso Caso dice que nació en 1500, mientras que Eulalia Guzmán
da la fecha de 1501. No obstante, el año en el que coinciden más fuentes
es 1502, pues los primeros testimonios históricos en que aparece su
nombre, como el Códice Ramírez, indican que era un joven
capitán de 18 años que encabezaba la protesta contra el tlatoani
Moctezuma, preso en el palacio de Axayácatl por órdenes de Cortés.
Después de la matanza por sorpresa y a traición de decenas de mexicas
organizada por Pedro de Alvarado, entre la multitud enardecida, según el
Códice Ramírez, el joven capitán Cuauhtémoc habría increpado a
Moctezuma gritándole bellaco y cobarde. También hay discrepancias
acerca de dónde nació. Algunas fuentes señalan Tenochtitlan, otras,
Tlatelolco. Eulalia Guzmán afirma que nació en Ixcateopan, hoy Guerrero.
Aunque varios cronistas e historiadores coloniales sostienen que
Cuauhtémoc se casó con la hija mayor de Moctezuma, Tecuichpo (bautizada
después como Isabel Moctezuma, quien estuvo casada con Cuitláhuac), hay
fuentes históricas, como Reales Cédulas de Carlos Reyes y Felipe II y la
encomienda que otorgó Cortés al hijo de Cuauhtémoc, Diego de Mendoza,
muestran que su esposa fue otra hija menor de Moctezuma de nombre
Xuchimatzatzin (bautizada después como María), con quien procreó a Diego
de Mendoza.
En 1519, cuando estaba en curso la conquista que el ejército español
intentaba hacer de los señoríos mesoamericanos, Cuauhtémoc fue nombrado
Tlacatehcutli, gobernador militar de Tlatelolco. Meses después, cuando
Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, falleció víctima de la viruela a
finales de 1520, Cuauhtémoc fue elegido tlatoani por los senadores y
ancianos mexicas en febrero de 1521. La elección se dio en momentos muy
difíciles para su nación. Decenas de pueblos indígenas se habían unido
al ejército de Cortés para enfrentar a la Triple Alianza, encabezada por
Tenochtitlan, y Cuauhtémoc debía organizar la defensa de su pueblo. Fue
elegido, según relata fray Bernardino de Sahagún, por ser uno de los
más nobles de la línea de los señores antepasados, hombre valiente,
ejercitado en cosas de guerra, osado, que no supiese beber vino, que
fuese prudente y sabio, entendido y recatado, animoso y amoroso. Bernal Díaz, quien lo conoció, reconoce en su crónica el valor y la temeridad que infundía.
El lugar de héroe de la nación mexicana que ocupa
merecidamente Cuauhtémoc lo ganó en la defensa de su pueblo y de su
ciudad. Desde que fue investido tlatoani se opuso a cualquier
negociación con los españoles. Era conocida la furia destructiva de
Cortés, por lo que, dentro de la nobleza, los sacerdotes, guerreros y
gobernantes mexicas se dio una profunda división entre quienes querían
pactar con Cortés, para sobrevivir como tributarios, y quienes preferían
defender hasta lo último su libertad, su tierra, su religión, sus
costumbres, sus gobernantes. Cuauhtémoc encabezó el ala dura que decidió
sostener la guerra contra los invasores. Ante el consejo de principales
y nobles tenochcas y sus aliados, les recordó la destrucción que habían
causado los españoles en otros pueblos. Les dijo que los dioses estaban
de su parte, que debían luchar por su vida, su libertad, sus hijos y
mujeres, su nación y linaje. Para que no quedara duda de que la
estrategia era una guerra a vencer o morir contra Cortés y sus aliados y
no permitir ninguna debilidad, Cuauhtémoc mandó matar a los hijos de
Moctezuma y a quienes querían la paz con los españoles.
Los invasores habían derrotado y subordinado a los tlaxcaltecas;
contaban también con el apoyo de los ejércitos de Huejotzingo y Cholula.
Además, habían incorporado a su alianza a todos los pueblos ribereños
de los lagos de Texcoco y Xochimilco que rodeaban a Tenochtitlan y
Tlatelolco. Los mexicas se habían ido quedando solos. Desde el primer
momento, Cuauhtémoc trató de equilibrar la enorme superioridad numérica y
de armas de los ejércitos invasores, enviando mensajeros a todas las
provincias buscando que se unieran para combatir a Cortés y sus aliados y
mandando guarniciones para apoyar a pueblos que podían ser atacados por
los enemigos.
Años 60, la fuerza
de las masas. En casi todo el mundo se desarrollaron movimientos
sociales, y en Latinoamérica incluso movimientos armados que buscaban,
como fue en Centroamérica, deponer a las tiranías oligárquicas que
mantenían subyugadas a las masas populares a base de fuego y cárceles.
En México, una cauda de movimientos estudiantiles, campesinos y de
trabajadores cuestionaron no sólo las estructuras, sino pergeñaban una
nueva organización social, sin estar exentos de grupos armados actuando
en áreas rurales y urbanas. Estados Unidos no fue la excepción,
estudiantes universitarios se opusieron a la guerra contra Vietnam, y
chicanos y afrodescendientes lucharon por los derechos civiles
principalmente en las ciudades. Igual, las comunidades mexicanas de
Texas y Nuevo México tras un siglo de intentos porque les devolvieran
sus tierras, organizaron protestas pacíficas, pero en 1966 y 1967
pasaron a la ocupación armada de las tierras que por derecho les
pertenecían.
Siglo XlX. Al perder la guerra de intervención armada contra México,
1846-48, este país se vio obligado a ceder a Estados Unidos la mitad de
su territorio, mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo,
eufemísticamente denominado Tratado de Paz y Amistad, oficialmente. Así,
una parte de mexicanos quedó al norte de la nueva línea internacional.
Para ellos el tratado estableció la garantía de que conservarían sus
propiedades y serían incorporados como ciudadanos con derechos otorgados
por la Constitución estadunidense. Pero no fue así, los anglos tomaron
ventaja y los propietarios fueron obligados a vender la tierra o
despojados con violencia, asesinados junto con sus familias. El grupo de
mexicanos que un siglo después se armó en los años 60, eran los
herederos de aquellos despojados de sus ejidos de propiedad comunal.
Entonces, como trabajadores agrícolas, o campesinos empobrecidos,
buscaron en las cláusulas del tratado de 1848, en las antiguas leyes de
la Corona Española y en la Constitución de Estados Unidos, salidas al
bloqueo jurídico de las cortes de justicia estadunidenses, pero nada
sería fácil.
Sin embargo, en esas comunidades la movilización de los campesinos no
carecía de antecedentes: entre 1859 y 1861 el texano Juan Nepomuceno
Cortina sostuvo dos guerras contra los ocupantes anglos que habían
despojado a los propietarios de su tierra, y años antes organizó una
guerrilla para oponerse a la anexión de la República de Texas a Estados
Unidos. Poco después, 1889 y 1890, Juan José Guerra organizó una
guerrilla denominada Gorras Blancas para recuperar la tierra, que tuvo
bajo control temporal de autogobierno buena parte del territorio de
Nuevo México.
Años 60 de Reies López Tijerina, originalmente predicador de la
Iglesia pentecostal, después de rechazar todas las religiones y la
educación que imponía el sistema anglosajón, acontecimientos posteriores
lo convirtieron en líder de quienes reclamaban la devolución de tierras
para comunidades de Texas y Nuevo México. Pero este hombre que no
terminó la primaria sintió que ante los abogados oficiales y los jueces
de la Suprema Corte debía documentarse no solamente en los términos en
los que se firmó el acuerdo de Guadalupe Hidalgo, sino en las Leyes de
Indias de la Corona Española. Para entonces había formado la Alianza
Federal de las Mercedes, pero en otras partes de su libro testimonial, Mi lucha por la tierra,
habla del pueblo mestizo indohispano, diferenciándose del término
chicano, que cobró fuerza en los 60 del siglo XX, antes del concepto
latino. La organización de su pueblo le permitió viajar a la Ciudad de
México y tiempo después a España. Quería leer las Leyes de Indias y
profundizar en los demás ordenamientos que rigieron durante la Colonia,
la renta y el otorgamiento de mercedes. Buscó los términos del Tratado
Guadalupe Hidalgo que podrían aprovecharse. Tanto en México como en
España fue asesorado por prestigiados juristas, pero siempre pendiente
de cómo la prensa anglosajona distorsionaba el movimiento.
Es decir, como activista de una causa, sintió la necesidad de abrevar
en el derecho que rigió la condición de los ejidatarios desde la
Colonia, lo cual lo convirtió en investigador por un tiempo. Apodado King Tiger
por su audacia, enfrentó la persecución y la cárcel junto con los
valientes de su pueblo. La hazaña que lo volvió famoso
internacionalmente fue la vez que, junto con el pueblo, se presentó ante
la corte de Amarillo, Texas, haciendo huir al sheriff que lo
había encañonado. La noticia dio la vuelta al mundo y los jóvenes de las
comunidades, de servicio militar en Vietnam o estacionados en Alemania
le enviaron recortes del episodio.
Como podemos ver, el otro México al que apenas si prestamos atención,
sí existe. Por temporadas se moviliza por causas que no podemos ignorar
porque son nuestras también. Quizá si hallamos la clave de cómo activar
su memoria y acoplamos nuestros esfuerzos, esto podría traer una enorme
fuerza para construir allá y aquí, Méxicos nuevos, justos y
equitativos.
La catedrática de Prehistoria Marga Sánchez Romero es también
vicerrectora de Extensión Universitaria, Patrimonio y Relaciones
Institucionales de la Universidad de Granada. Pero todo título se le
queda pequeño para la titánica labor de divulgación que desempeña.
Podemos verla en El condensador del Fluzo de La 2 y leer Prehistoria de
mujeres (Destino, 2022).
Marga Sánchez Romero (Madrid, 1971) defiende que la
sociedad vive en el eterno prejuicio sobre las mujeres, y que la
arqueología, que en el siglo XIX fue de élites de hombres blancos y
europeos, ha contribuido a construir estos discursos. Por eso ella
empuña su lanza (conocida como ciencia) para desmontar mitos, estudiar
qué fuimos y somos, seguir investigando y divulgando sobre la otra mitad
de la humanidad: nosotras. Y para ello usa la Academia y la
divulgación, participando en el programa de televisión El condensador del Fluzo, que emite La 2, y escribiendo libros Prehistoria de mujeres (Destino, 2022).
Porque, ¿se acuerdan de los Marmol y los Picadiedra? Betty y Vilma
delgadas, guapas, cuidadoras de sus retoños, amas de casas sin
rechistar, y sus contrarios, gordos, fuertes, que llegan a casa agotados
de trabajar y se ponen a beber cerveza. La construcción de la historia
–y sus ficciones– no es inocente. Y la arqueología y las historiadoras
feministas levantan otro relato que pone el ojo dónde nunca nadie miró. Y
cuando se hizo, lo desdeñó por categorizarlo como “cosas de mujeres”.
Su libro Prehistoria de mujeres lleva seis
ediciones. Enhorabuena a usted y a su editora Martina Torrades. ¿Por qué
considera clave el relato de la Prehistoria para la composición de toda
la historia de las mujeres?
Los relatos sobre las sociedades de la Prehistoria se han hecho para
sustentar las desigualdades. En el presente hombres y mujeres seguimos
siendo desiguales y, para mantener el statu quo, el patriarcado tiene
que trabajar los argumentos. Bajo el argumento de “esto es así porque ha
sido siempre, desde la Prehistoria”, es como si la desigualdad fuera
inherente al ser humano o formara parte de lo que somos. Mientras más
lejos lo pongan y más cercano a los primeros seres humanos, más difícil
es comprender que no, que esto es cultural, construido, y que no tiene
nada de biológico. El patriarcado necesita sustentar el discurso actual,
que se generó partir de la segunda mitad del siglo XIX, que es cuando
la arqueología se articula como disciplina y hace un discurso
científico, dándole así validez. Pero no. Cuando hablamos de la
Prehistoria estamos hablando de decenas de miles de años, y la mayor
parte de la humanidad ha sido igualitaria.
¿Qué se está demostrando con la arqueología feminista?
Abre el campo a nuevas formas de entender quiénes somos. Cuando en el
XIX se hacen los discursos sobre cómo funcionan las sociedades del
pasado, lo que se hizo fue elegir una serie de actividades como el
culmen de la sociedad: la caza, la guerra, el comercio y el arte
rupestre. Estos elementos son los que supuestamente nos hace evolucionar
y los sitúa todos en manos masculinas. De manera que las mujeres o las
personas en edades avanzadas, o las criaturas o las personas con
discapacitadas no están en ese relato. Cuando el feminismo llega a la
arqueología a finales de los 70, principio de los 80 lo que dice es ¡os
habéis dejado tanto sin contar! El cuidado, la socialización, la
crianza, la alimentación, las tecnologías relacionadas con el textil…,
es decir, la historia es parcial y todo esto no se consideró porque se
vinculó esencial, natural y biológicamente a la mujer. Y, además, las mujeres sí cazábamos,
sí pintábamos, sí viajábamos y desgraciadamente sí peleábamos en los
conflictos violentos. El dato científico también pone a las mujeres ahí.
Sin olvidar que lo que se consideraba que no tenía importancia es lo
único que realmente la tiene, porque si no crías, cuidas, socializas,
curas, alimentas no puedes hacer nada. Estas actividades de
mantenimiento son las que de verdad son estructurales e imprescindibles
en todas las sociedades. Y todas estas informaciones respecto al pasado
se han obviado porque estaban vinculadas a la mujer.
“La desigualdad arranca con la acumulación y con el excedente”
Vamos a grabarlo a fuego: las sociedades paleolíticas eran igualitarias.
Sí, las desigualdades empiezan con la producción. ¿Qué te hace a ti
ser desigual a otra persona? Tener más o poseer cosas distintas. La
desigualdad arranca con la acumulación y con el excedente. Cuando en el
Neolítico se empieza a cultivar y a tener ganadería, poco a poco,
empieza a haber gente que tiene algo más. Todo esto es muy sutil y son
procesos de miles de años. El que cada vez intenta tener más, fabrica el
discurso para que el resto crea que lo natural es que unos tengan más
que otros. Y aquí empiezan también las desigualdades de género, porque
la producción depende de la reproducción. Si no se producen hijos que
sean mano de obra, no se produce más, con lo que empieza a haber un
control de la reproducción por parte de los hombres. En las poblaciones
cazadoras recolectoras las mujeres se mueven por el territorio igual que
los hombres, por eso las sociedades móviles tienen muchos menos hijos
que las sociedades sedentarias. Las crías humanas en el primer año están
en estado fetal, son dependientes completamente, por eso las madres se
quedan en los espacios de protección mientras que los hombres siguen
moviéndose. En esa situación ellos intentaron controlar el discurso. Y
luego llegaron los griegos y dijeron que las mujeres no somos seres
humanos completos.
¿Y de ahí viene la división sexual del trabajo?
Ten en cuenta que es una estrategia económica para ser lo más
efectivos posibles. Es cierto que histórica, etnográfica y
arqueológicamente se documenta que las mujeres han estado más vinculadas
a las actividades de mantenimiento y los hombres a la producción, en un
sentido más amplio de la palabra. El problema no está en la división en
sí, sino en el valor que le damos, no que tienen. Todo lo relacionado
con lo masculino lo ponemos arriba y las actividades relacionadas con lo
femenino abajo. Además, el reparto del trabajo pudo ser más fluido. Por
ejemplo, los barcos balleneros en Alaska que dicen que las mujeres no
van en los barcos, ¿y cuando el hombre se pone malo? Pues va una mujer.
Pero es cierto que cuanto más especializadas (en cerámica, metalurgia…)
son las sociedades, más férrea es la división sexual del trabajo.
¿Qué están estudiando ahora?
Nosotras trabajamos con la cultura material. Yo escavo y de ahí
extraigo cuerpos, objetos, contexto en el que están y de ahí podemos ir
reconstruyendo. Lo importante en realidad son las preguntas que hacemos.
Por ejemplo, estamos estudiando la lactancia: analizamos los dientes de
las criaturas para saber cuándo se empieza a producir el destete y
cuando termina. Analizamos el interior de las cerámicas para saber qué
productos se consumían y cómo se preparaban. Estudiamos el cuidado en
los huesos, porque cuando se rompían había formas de soldarlos. Hay
personas enfermas que sobrevivían, y si lo hacen es porque se las cuida.
También miramos los enterramientos: con quién, cómo, con qué. Esto nos
habla de la identidad de esas personas. Hasta ahora, lo encontrado solo
había servido para reconstruir la vida de los hombres. Ahora estamos
reconstruyendo la vida de las mujeres, por tanto, la vida del grupo.
“Estamos reconstruyendo la vida de las mujeres en la prehistoria, por tanto, la vida del grupo”
Esta conversación se está produciendo por videoconferencia. Y
veo detrás de usted muchísimas estatuillas de las venus. Digo
estatuillas, pero he aprendido -en su libro- que se llama “arte móvil”.
¿Qué son? ¿A qué responden?
Son estatuillas muy diversas. El problema es que con el término
“venus” se simplifica demasiado, porque solo en el Paleolítico conocemos
unas ciento y pico figurillas. Hay adolescentes, mujeres embarazadas,
obesas, otras con los rasgos sexuales muy marcados y señoras mayores. Al
llamarlas venus se nos viene a la cabeza la Venus de Praxíteles y esto
está relacionado con una ideología, con una ética y moral, que no tienen
nada que ver con la Prehistoria. La única relación es que son mujeres
desnudas, pero el término venus se relaciona con la sexualidad y la
reproducción, y esto es reducir el pensamiento simbólico de 30.000 años
de historia. Yo digo que responden a motivaciones diferentes y que
reconocen el cuerpo de las mujeres como un elemento fundamental en la
explicación de sus vidas. Creo que representan la feminidad. En los años
80 la arqueóloga Prudence Rice las estudió y concluyó que no representan reproducción sino feminidad.
¿Pudo Altamira ser pintado por mujeres?
Por lo menos no se puede asegurar que solo fueran hombres. Lo que
pasa que cuando pensamos en un genio creador se nos viene a la cabeza un
hombre: Picasso pintando Altamira. Pero ¿podemos asegurar cien por cien
que lo pintaron hombres? No, podrían haber sido mujeres también. El
arte rupestre es muy complejo y muy diverso. Lo hay en todas partes del
mundo y en cada sitio responde a una cosa distinta. Es una forma de
comunicación y una forma de expresar identidad. En la Cueva del Trucho
hay un panel con manos y encontramos hasta de bebes. Es como decir “aquí
estoy yo, esta es mi identidad y pertenezco a este grupo”. Del arte
rupestre hay cuestiones que no entenderemos nunca porque no tenemos los
códigos simbólicos de la sociedad de la Prehistoria. Es por eso que
reducir a que solo los hombres pintaron es completamente acientífico.
Sobre el presentismo, ¿cómo ha influido a la hora de escribir la historia?
Es la idea de que las circunstancias de cualquier momento histórico
han sido iguales a las del presente. El presentismo es malo, pero
tampoco podemos desvincularnos de quiénes somos. Y el feminismo es muy
de punto de vista situado: yo miro al pasado con mi punto de vista y
estoy buscando a las mujeres de la prehistoria porque me interesan las
mujeres del presente. La honestidad es fundamental, porque si solo hablo
de hombres estoy haciendo ciencia, pero si meto a las mujeres en el
discurso nos dicen que ya estamos haciendo política. Perdona, pero
política se estaba haciendo antes negando a una parte de la población e
visibilizando solo unos trabajos y actividades que supuestamente solo
hacían hombres. Política hacemos todos.
¿Quién sois las Past Women y qué hacéis?
Somos una red de compañeras. En los años 2000 vimos que nos
interesaban estos temas, pero estábamos muy aisladas las unas de las
otras. Yo en Granada, otras en Barcelona, en Valencia, en Jaén… y hacía
que la arqueología feminista no acabara de cuajar. A principio de los
2000, de mí se reían lo más grande. Ahora si lo hacen tiene que ser para
dentro. Era muy complicado. En 2003 organicé en Granada un curso de
arqueología feminista y las invité a todas. Se generó una red que nos
sustenta, sostiene y que son mi referente. Esto ha permitido que la
arqueología feminista en España crezca de forma brutal: yo no sería
quien soy si no fuera por mis compañeras. Tenemos muchas líneas de
investigación abiertas que se van materializando en nuestro recurso web.
Empezamos trabajando en construir imágenes, hace unos años solo eran
tíos y tíos. Ahora también sacaremos una línea de publicación en clave
divulgativa porque hay que hacer accesible la academia a la ciudadanía.
Después de Lázaro Cárdenas, fue el presidente Adolfo López Mateos quien despertó mayores expectativas de buen gobierno. Fueron los mineros quienes lanzaron primero que nadie su candidatura y llegó a la Presidencia, a pesar de que se aseguraba que había nacido en Guatemala.
Fue un presidente de claroscuros que se apoyó plenamente en dos de sus colaboradores: Gustavo Díaz Ordaz y Antonio Ortiz Mena. De lo peor que dejó para la historiografía, se lo quedó debiendo al primero, su secretario de Gobernación y lo mejor de su gestión, al segundo, su secretario de Hacienda.
Recordemos:
Como secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz tuvo las manos libres para reprimir y suprimir los intentos desesperados del pueblo mexicano por mejorar su situación después de 50 años de revolución arrebatada. Un hecho casi desconocido en el que intervino como secretario de Gobernación es el siguiente: en noviembre de 1960 se programó la celebración del 50 aniversario de la Revolución, en Chihuahua. Como acto demagógico la idea fue muy buena, pero no se esperaba que agraristas serranos, descendientes de los que habían iniciado la Revolución, se organizaron en caravana caminando cientos de kilómetros para estar presentes. Llegaron el 19 de noviembre, la gente de la capital miraba los rostros quemados, casi todos con huaraches, la ropa deslavada y parchada.
Así se hicieron presentes el día siguiente en la ceremonia de la celebración. López Mateos se retiró al hotel sin hacerles caso. Los campesinos lo siguieron y se instalaron frente al hotel exigiendo ser escuchados, no habían caminado desde tan lejos para ser burlados. Finalmente, una comisión expuso las demandas, tronó la voz de un joven dirigente originario de Sonora, Álvaro Ríos, quien le reclamó al presidente:
¿Qué revolución se está celebrando en Chihuahua?, hay millones de hectáreas acaparadas por los latifundistas y miles de campesinos sin tierra. Adolfo López Mateos prometió a los campesi-nos de la región de Madera y al pueblo de Chihuahua que se resolverían todos los problemas de la entidad. Nunca resolvió nada y todos sabemos lo que sucedió cinco años después en la sierra.
Durante el gobierno de López Mateos, en todos los actos de barbarie de 1958 a 1964, estuvo presente la actuación delhalcón mayor, Díaz Ordaz. En las traiciones contra el pueblo, encarcelamientos, desapariciones, masacres, él fue la mano que jaló el gatillo. Vengan unos ejemplos para recordar: copreros, maestros, médicos, agraristas, ferrocarrileros. Y la infamia más terrible, la masacre de Rubén Jaramillo y su familia.
Como secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena tuvo las manos libres para fijar, desde el terreno del capitalismo mundial, la estrategia financiera que repercutió favorablemente en las condiciones de vida de los trabajadores del campo y la ciudad, así como en el crecimiento de las clases medias. Por su buen desempeño y prestigio internacional, fue señalado como posible candidato del PRI en las elecciones de 1964 y luego en 1970. No tuvo la fuerza necesaria entre los que decidían y se asegura que el principal obstáculo o pretexto en su contra, fue que había nacido fuera de México. Asunto muy curioso porque la familia Ortiz Mena tenía arraigo en Parral desde muchos años antes, pero en los primeros meses de 1907 hicieron un viaje a España y el niño nació durante el trayecto.
Por cierto, entre Ortiz Mena y López Mateos había un año de diferencia, Antonio nació el 17 de abril de 1907 y Adolfo el 26 de mayo de 1908, hace exactamente 112 años, efeméride que provocó estas líneas.
Y para no dejar duda respectode la responsabilidad del gobiernodel presidente Díaz Ordaz, también es pertinente recordar algunas de las tantas acciones durante su paso por la Presidencia.
-En 1964-1965 represión y cárcel a los agraristas de Chihuahua, a quienes se les cerraron todas las vías legales para resolver sus demandas, no dejándoles más camino que la acción armada del 23 de septiembre de 1965.
-El fusilamiento de los jóvenes del Grupo Popular Guerrillero Arturo Gámiz que se habían levantado en armas y que luego de una larga travesía por la sierra, fueron aprehendidos y, a pesar de que estaban desarmados y en condiciones físicas deplorables, fueron fusilados en Tesopaco, Sonora.
-La masacre del 2 de octubre en la Plaza de Tlatelolco.
-Separación de las escuelas prevocacionales y eliminación de la Vocacional 7 del IPN.
-Supresión de buena parte del sistema de normales rurales.
-Desaparición de Héctor Jaramillo Chávez, estudiante de la Esime del Instituto Politécnico Nacional, quien fue aprehendido en enero de 1969 cuando volanteaba en la Unidad Bátiz, frente a Zacatenco. Héctor fue torturado en el Campo Militar Número 1, junto con dos compañeros; ellos fueron liberados después, de él nunca se volvió a saber nada. Esta fue la primera desaparición por motivos políticos que en los años siguientes se aplicó sistemáticamente contra los opositores del gobierno de México.
* Historiador, su libro más reciente es Villa bandolero
El 25 de junio se conmemoraron 70 años del inicio de la guerra de Corea (1950-1953), el primer conflicto abierto de la llamada guerra fría
y uno de los más cruentos del siglo 20. Cobró más de 5 millones de
vidas, entre ellas las de 500 mil civiles, y causó la devastación
completa de la península coreana. En Estados Unidos se le conoce como la
guerra olvidada por la censura en su cobertura (las cámaras de
televisión no llegaban aún a los campos de batalla), y la relativa poca
atención que obtuvo frente a otros conflictos bélicos, como la Segunda
Guerra Mundial o la guerra de Vietnam.
Un hecho muy poco conocido de la guerra de Corea es la presencia de
soldados de origen mexicano. De acuerdo con investigaciones realizadas
en Estados Unidos, en particular por la organización Latino Advocates for Education,
en ella participaron más de 150 mil, alrededor de 10 por ciento del
total de los soldados de Estados Unidos que combatieron en ella. Esta
cifra es consistente con el volumen de fallecidos de origen latino que
consignan los archivos nacionales de ese país: 10 por ciento del total.
El gobierno mexicano no participó en la guerra de Corea con tropas
porque al inicio de la rivalidad entre las dos superpotencias, Estados
Unidos y la Unión Soviética, escogió el acertado camino de la no
alineación y la neutralidad. Apoyó a Corea del Sur con ayuda
humanitaria, alimentos y fármacos.
Ha llegado el momento de hacer un merecido reconocimiento a los hijos
de mexicanos que pelearon en esa guerra, como voluntarios o
conscriptos. En el prólogo de uno de los pocos libros publicados sobre
este tema Lyndon B. Johnson, entonces presidente de Estados Unidos, dijo
de ellos: sirvieron con distinción, pelearon con bravura y dieron su vida cuando fue necesario.
A pesar del creciente número de investigaciones sobre la guerra de
Corea, hasta ahora ninguna se ha centrado en la participación mexicana y
mexicano-estadunidense; los testimonios se encuentran dispersos, los
archivos son difíciles de consultar. En una época en que se dividían los
soldados por razas, los de origen mexicano eran registrados como blancos.
Se inscribía usualmente el lugar de reclutamiento, mas no el de
nacimiento. De manera inexplicable, varios soldados nacidos en México
fueron registrados como provenientes de las Islas Vírgenes.
Se ha comprobado que los soldados de origen mexicano pelearon en
muchos frentes. A sólo tres días de iniciado el conflicto, el 28 de
junio de 1950, un avión de reconocimiento que había despegado de Japón
sobrevoló la península coreana y se estrelló en el mar de China, por una
falla mecánica. En él se encontraba el sargento Joe Campos, originario
de Arizona. Con él fallecieron otras cinco personas. Pocos días después
tuvo lugar el primer encuentro entre tropas estadunidenses y
norcoreanas, en Osan. Ocurrieron las primeras bajas en combate, así como
las primeras tomas de prisioneros de guerra, los cuales regresarían a
sus lugares de origen más de tres años después. Florentino Gonzales
(sic), de Chicago, Illinois, hijo de mexicanos, estaba en ese grupo de
soldados que padecieron los campos de Corea del Norte.
Sabemos, por el testimonio del cabo Jesús Rodríguez, de Los Ángeles, California, que hubo un escuadrón mexicano
en el 35 regimiento de Infantería, aunque este hecho no ha sido
reconocido. Seguramente hubo más pelotones o escuadrones compuestos por
soldados de origen mexicano.
La vida de estos soldados de a pie no fue fácil, como no lo es
la participación en ninguna guerra. Su condición de mexicanos
complicaba las cosas debido al racismo que imperaba en el sur de Estados
Unidos. Raúl Álvarez del Castillo, oriundo de Guadalajara, Jalisco,
fallecido en Corea y enterrado en un cementerio de su ciudad natal,
prefería ser conocido como Ralph A. Castle. Ambos nombres
figuran en su expediente del Acervo Histórico Diplomático de la
Secretaría de Relaciones Exteriores. Jesús Rodríguez narra que en Corea
tenían prohibido hablar español, pero no se aplicaba porque no podían vernos a todos al mismo tiempo.
La difícil vida previa a la guerra se tornó una ventaja y les permitió
sobrevivir mejor las privaciones de Corea. J. Rodríguez cuenta: “solía
rezar mucho. Otra cosa que me ayudó fue que era abusado en las calles ( street smart”) antes de entrar al servicio militar. En ellas aprendí a pelear. Además de que estar hambreado no era nuevo para mí”.
Hubo, por supuesto, reconocimientos merecidos para algunos de ellos.
Una escuela en el estado de California y un barco de la armada
estadunidense llevan el nombre de Eugene Obregón, quien sacrificó su
vida para salvar la de sus compañeros. Richard Cavazos combatió en Corea
como teniente y fue décadas más tarde el primer general de cuatro
estrellas de origen mexicano del ejército de Estados Unidos.
La mayoría de ellos, sin embargo, sufre aún de indiferencia y olvido.
En particular los que volvieron a México. En su investigación Las infanterías invisibles, el historiador Enrique Plasencia de la Parra escribió sobre los mexicanos en la Segunda Guerra Mundial: buscaban
un reconocimiento que creían merecer. Su participación fue un ejemplo
para su comunidad, pero no lo fue para todo el país, que seguía
entregado a prejuicios raciales que parecían ser su distintivo social.
Se requirieron grandes esfuerzos para que eso empezara a cambiar. Para
la sociedad mexicana tampoco fueron un ejemplo. El prejuicio de haber
luchado bajo la bandera de Estados Unidos les quitaba lo que de
intrínsecamente valioso tenían. El valor, el heroísmo, el arriesgar la
vida por salvar a sus compañeros fue visto con cierto desdén. Ello aplica a los mexicanos que combatieron en Corea.
Muchos aspectos de nuestra historia requieren ser rescatados de olvidos conscientes o involuntarios. En el libro 100 años de historia de la cooperación internacional de México,
reuní testimonios de la gran solidaridad mexicana hacia el mundo el
siglo pasado, que pocos conocen; han sido capítulos ejemplares de
nuestra política exterior. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador
creó la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México
precisamente para preservar y recobrar nuestra rica y compleja memoria
histórica, en particular aquella que ha sido relegada. En la historia
que conozcan nuestros hijos, caben los mexicanos que han buscado mejores
oportunidades más allá de nuestras fronteras, incluso aquellos que hace
70 años sacrificaron años de juventud y hasta la vida en una guerra que
no tenía por qué ser de ellos. Aun en la lejana Corea, llevaban a
México en el corazón.
* Embajador de México en Corea del Sur
Hace poco recordé a Álvaro Matute: La historia nos provee de la conciencia de valores. Si eso no funciona, entonces la historia no sirve para nada.
Añado, y no creo despegarme de la línea del maestro, que la historia
sirve para comprender el presente y situarnos en él. La historia
funciona como una suerte de sicología colectiva, ayudándonos a entender
la raíz de los problemas para así resolverlos. Es también por ello que
el neoliberalismo niega el tiempo: rechaza el futuro al augurar el fin
de la historia, lo que significa que ya no puede haber nada mejor que el
liberalismo económico y la democracia liberal (y ésta,
sólo cuando les conviene, como demuestran hoy las derechas boliviana,
chilena y mexicana); y rechaza el pasado al asegurar que no importan las
condiciones, recursos o realidad de los países para tener éxito: lo fundamental es su entramado institucional (está de moda un libro titulado Por qué fracasan los países, plagado de errores, trampas y manipulaciones históricas); y que también a los individuos les basta con echarle ganas para triunfar.
Frente a esas tesis, el avance de la 4T en México es una
reivindicación de esa historia que busca comprender el pasado, para
resolver los problemas del presente. Comprender, lo que implica
necesariamente, no juzgar. No descalificar a Morelos por su intolerancia religiosa o a Ricardo Flores Magón por su homofobia
(palabra inexistente en su tiempo) o el racismo antichino que compartía
con demasiados mexicanos de su tiempo. Entender esas ideas y
comportamientos nos permite trascenderlos.
Como historiador, he tratado de comprender las revoluciones y la
violencia política. Las revoluciones son fenómenos fascinantes. Quienes
las sobreviven no hablan de otra cosa, quienes las miran en
retrospectiva no pueden sustraerse a esa mezcla de entusiasmo y horror
que las caracterizan. Las revoluciones trastocan drásticamente la vida
de los pueblos y alteran la vida cotidiana de las personas. Suscitan
pasiones y sacan a la superficie las tensiones, los rencores, los
conflictos lentamente acumulados. Son explosiones en las que aparecen,
como en una erupción volcánica, lo peor y lo mejor de los individuos y
las colectividades.
En las revoluciones, el encono y el odio se potencian y aparecen sin
rubor en la documentación de la época. Los revolucionarios y sus
enemigos se definen mutuamente con los adjetivos más virulentos, más
sangrientos posibles, lo que aparece en las fuentes de la época. La
labor del historiador consiste en hacer la crítica y la confrontación de
esas fuentes. Sin esa confrontación de fuentes y sin la búsqueda de la
comprensión de unos y otros, no hay ciencia histórica.
Ahora bien: así como los medios de comunicación son claves en la
preparación de golpes de Estado contra gobiernos de transición
democrática, y las mentiras y la siembra del encono son el segundo paso,
en ambos momentos es clave construir una versión de la historia
dicotómica, de buenos y malos, donde se busca descalificar y
criminalizar a los revolucionarios y los rebeldes, y canonizar a los
representantes de la paz y el orden, aunque éstos sean ficticios. Intentemos lo contrario: buscar en unos y otros sus motivaciones, sus principios propulsores.
No es aún tiempo de analizar la muy violenta (verbalmente) campaña de
censura y descalificación que provocó mi intento por iniciar la
reflexión crítica, comprensiva, sobre la violencia política que México
vivió entre 1965 y 1985 (o 1943 y 2019), pero sí de hacer una pregunta:
¿estudiar la violencia es hacer su apología?, ¿tratar de comprender las
razones de quienes optaron por las armas o fueron empujados a ellas es
hacer apología de la violencia? Cito los párrafos finales de mi libro 1915: México en guerra:
“Hay que contar el verdadero sentido de la violencia, a la que apenas
nos asomamos… las guerras, en las que generalmente matan y mueren
hombres más o menos jóvenes en el campo de batalla, trae consigo la
muerte, la violación, la tortura, el sufrimiento de muchos seres humanos
más, que no tienen posibilidad de defenderse del furor de los varones
armados...
“Pero que tampoco quede duda: esa violencia, esa sangría, la provocó
un régimen que operaba en México los intereses del imperialismo, un
régimen genocida que canceló todas las salidas no violentas a la miseria
y la desesperación del pueblo. Y el recrudecimiento de la violencia lo
provocó una conspiración de la derecha que ahogó en sangre a un régimen
democrático, legítimo… Si algo quisiera con este libro, con estos
libros, es recordar el significado de esa violencia, su origen y sus
formas. Entenderlas, comprender sus resultados y contribuir a evitársela
a la generación de nuestros hijos.
Que no se repita.
Recalco: que no se repita. Para eso estudiamos la violencia. Por eso apostamos a una transformación no violenta.