El Oasis de la Insignificancia
Óscar de la Borbolla
"Lo real, antes de la filosofía, era lo que nuestros sentidos nos mostraban, con la filosofía el asunto se complica".

Una vez que llegamos a la filosofía, resulta necesario para seguir avanzando convenir en una definición acerca de "lo real", pues sólo así tendremos en común aquello de lo que estamos hablando en esta brevísima historia de lo real: lo real es lo que existe ahí, afuera de nuestra conciencia y de lo cual sólo captamos unos pocos aspectos, lo que los límites de nuestros sentidos nos permiten. Se comprenderá mejor con un ejemplo: la flor real no es lo mismo que la flor que nos representamos en la conciencia, no es la forma que vemos con nuestros ojos, ni el aroma que captamos con el olfato, ni lo que nos reportan todos nuestros sentidos juntos hasta crearnos una imagen. La flor real no es la representación que nos hacemos de la flor. La flor real es, en todo caso, lo que estimula nuestros sentidos, pero no sabemos si, además, de lo que captamos posee otras manifestaciones para las que carecemos del sentido preciso. Para fundar esta sospecha, sólo recuérdese que los seres humanos no contamos con una visión térmica como la que tienen las víboras, ni un sonar con el que los murciélagos captan la distancia a los objetos, y nuestra duración del tiempo no es como la que poseen las moscas que desde sus múltiples ojos miran nuestro manotazo en cámara lenta… lo real es eso que está ahí y que se revela de muy distintas maneras.
La representación que las personas nos hacemos conviene llamarla realidad y distinguirla de lo real. La realidad es la imagen que integran nuestros sentidos que a su vez están modulados por el lenguaje, la circunstancia histórica y hasta las emociones que tenemos cuando miramos el mundo. Para decirlo en pocas palabras nosotros no vivimos "en" lo real, sino en una realidad: somos una parte de lo real y eso nos dota de un estatus especial, pues somos esa porción de lo real que se da cuenta de lo real. Hegel decía que los seres humanos somos donde lo real se hace consciente de sí mismo.
Una vez establecida la anterior definición continuemos con nuestra historia de lo real. Lo real, antes de la filosofía, era lo que nuestros sentidos nos mostraban, con la filosofía el asunto se complica. Veámoslo en algunos de los momentos.
La filosofía nace con una afirmación en extremo desconcertante: "El principio [ἀρχή] de todas las cosas es el agua", dijo Tales de Mileto, reconocido por unanimidad como el primer filósofo. Esta frase posee implicaciones múltiples de enorme trascendencia; aquí sólo me referiré a algunas, las que vienen a cuento a propósito de lo real.
Pero para entender esta afirmación conviene saber un término: la palabra que se ha traducido como "principio", en griego antiguo era ἀρχή, arjé y tenía tres significados: 1) se entendía como origen; 2) como aquello que permanece cuando el objeto cambia su forma, y 3) como elemento básico con el que algo está compuesto. Para calibrar por qué la filosofía nace con una afirmación que he calificado en extremo desconcertante, sólo imagínese cómo fue recibida por el común de la gente en el Mileto de aquella época: para ellos lo real era lo que veían y tal y como lo veían y, sin embargo, contra la evidencia visual que muestra claramente que una cosa es un árbol, otra una piedra y otra el agua, de pronto alguien dice que todo es uno, que todo es lo mismo, que en el fondo todo es agua. Hoy ya no nos resulta tan contraintuitiva y absurda la idea de un componente común: todavía sigue buscándose ese elemento básico: la física cuántica propone partículas y la teoría de cuerdas propone unas cuerdas bidimensionales que vibran. Pero en aquel momento, a la gente debió haberle sonado a disparate, pues chocaba con la certeza que aún hoy sigue siendo válida para muchos: "lo real es lo que veo y lo que creo, y todo lo demás son cuentos", me ha tocado escucharlo infinidad de veces.
Y para colmo, la hipótesis del agua fue inmediatamente modificada por el principal discípulo de Tales: Anaximandro, quien propuso en lugar del agua el ápeiron, lo indefinido, y las hipótesis se sucedieron en lo que se conoce como filosofía presocrática: aire, fuego, átomo, número… fueron desfilando. En ese periodo también hubo una explicación de lo real que resultó de enorme trascendencia: "el ser", propuesto por Parménides, filósofo con quien nace la Ontología y la idea de que ser y pensar son la misma cosa. Para él, lo real es "el ser" en griego" TO ÓN) inmutable, eterno, inmóvil, uno sin partes, finito y esférico; y aunque todos habían propuesto un arjé distinto de lo que vemos, un arjé único, Parménides acometió el problema de frente: lo que percibimos, lo que está ahí: el cambio y la diversidad son, literalmente, meros nombres. La historia de esta nueva disciplina es de hecho la historia de lo real que aquí estamos revisando.
Sólo quisiera destacar, para dejar hasta aquí la importancia de lo dicho por Parménides, un asunto más: esa equivalencia entre ser y pensar que sigue hasta nuestros días y que es la fuente de la que obtienen su importancia actual las matemáticas, herramienta esencial de la física contemporánea y, en general, de todas las ciencias. "Ser y pensar son la misma cosa" significa que lo que hemos llamado realidad es mera ilusión y el pensar correcto (la lógica) es lo real (la ontología). Ese pensar correcto del que habla es el que respeta el principio de no contradicción. Aunque, el principio puede cambiarse, como ocurre con Hegel al admitir en su dialéctica la identidad de los opuestos, la lógica hegeliana, por muy distinta que sea de la de Parménides, afirma exactamente lo mismo que Parménides: "todo lo real es racional y todo lo racional es real" es equivalente a "ser y pensar son la misma cosa": lo real es racional.
Platón, que es la siguiente estación en nuestra historia de lo real, intenta recuperar el ser para lo que hemos llamado realidad, aunque sólo le reconoce un carácter de copia iniciándose así un dualismo ontológico: el mundo de las copias (este que es diverso y cambiante) y un mundo de ideas donde se encuentran en estado de pureza los verdaderos seres: lo real no es la multiplicidad de copias defectuosas: la realidad cambiante y diversa. Lo que es real son las ideas: el bien en sí, la belleza en sí, el hombre en sí… y una de las maneras como Platón intenta persuadir a sus seguidores es la conocidísima Alegoría de la Caverna, a la que en este espacio me he referido innumerables veces. Diré, no obstante, algunas consideraciones, necesarias para nuestra historia de lo real, pues si bien él sólo pretendía fortalecer su tesis de que la realidad es un conjunto de copias y el verdadero mundo, lo real, es el de las ideas, terminó introduciendo el planteamiento que provoca un cisma en lo que consideramos real: nunca podremos saber si lo que damos como real, es sólo una ilusión: cualquiera que sea el afuera de la caverna ¿no será, a su vez otra caverna? De hecho, Aristóteles, su principal discípulo terminó saliendo de la caverna de las ideas y propuso que lo real no eran las ideas que estaban en el topos uranus, sino la sustancia que estaba como sustrato de cada ser, un fundamento oculto por los accidentes que cambian, mientras que la sustancia es lo que permanece, al menos, durante un tiempo, mientras ese ser particular no muere. Y además, también propone una única sustancia inmutable y eterna, o sea, Dios. Así, Dios junto con las sustancias es lo real. Y la realidad, por su parte, posee ser, pero en un grado ínfimo: el ser del accidente, que ni siquiera es ser en sí, sino ser en otro.
Como podemos constatar, hasta ahora, lo real fue cambiando en esta primera etapa de la filosofía, como siguió haciéndolo una y otra vez desde entonces. Todavía nos faltan algunas estaciones decisivas para llegar a lo que hoy se considera real; pero eso tendrá que esperar hasta la siguiente entrega…
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