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Soy sobreviviente de cáncer de mama. Cada octubre, cuando el mundo se tiñe de rosa, me pregunto cuánto de ese entusiasmo se convierte en atención para las mujeres que la necesitan.
Me duele que una experiencia tan íntima termine convertida en una oportunidad para vender, mientras el acceso oportuno al diagnóstico y al tratamiento sigue dependiendo de los ingresos, el territorio y las redes de apoyo. Nuestras historias no deben servir solo para conmover al público: deben abrir una conversación seria sobre lo que cuesta enfermar y sobre quién tiene posibilidades reales de recibir atención a tiempo.
El cáncer de mama atraviesa nuestros cuerpos, nuestros afectos y nuestra vida cotidiana. Tiene un peso que difícilmente cabe en una fotografía sonriente. Las campañas que seleccionan únicamente historias de éxito dejan poco espacio para el miedo, el agotamiento, la enfermedad avanzada o el duelo. Quienes sobrevivimos tenemos derecho a contar nuestra experiencia con nuestras propias palabras, sin que una empresa decida qué parte resulta útil para su publicidad.
Cuando una corporación coloca un lazo rosa en sus productos y nos invita a comprar para apoyar la causa, debemos preguntar cuánto aporta, quién recibe ese dinero y qué resultados puede demostrar. La campaña ThinkBefore You Pink, impulsada por BreastCancerAction, exige transparencia frente a esta comercialización. Si una empresa obtiene ventas y prestigio sin demostrar un beneficio para las pacientes, la causa sirve para lavar su imagen pública. Nuestra preocupación por la vida merece más que una promesa publicitaria.
Me preocupa, además, el relato de las “guerreras” porque presenta la supervivencia como resultado de la actitud individual. Esa imagen puede acompañar a algunas mujeres, pero también imponernos la obligación de estar fuertes, sonreír y ofrecer esperanza, incluso cuando necesitamos llorar o expresar rabia. Las mujeres que murieron no fueron menos valientes, ni su muerte puede explicarse como una derrota de su voluntad. Sobrevivir depende también de recibir diagnóstico y tratamiento oportunos, de las características de la enfermedad y de las condiciones en que vivimos.
GLOBOCAN 2024, de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, estimó 290 muertes por cáncer de mama en El Salvador durante ese año. Pienso en las vidas detrás de esa cifra y en quienes siguen necesitando atención. Hablar de ellas obliga a preguntar no solo qué estamos haciendo para que el derecho a vivir llegue a todas, sino también qué desigualdades determinan quién recibe diagnóstico y tratamiento a tiempo.
Desde una perspectiva feminista, debemos reconocer que el ingreso, el lugar de residencia, la orientación sexual y la identidad de género cambian la experiencia del cáncer de mama. Afectan el acceso a los servicios y la posibilidad de sostener un tratamiento. Las desigualdades sociales pueden acompañar todo el proceso, desde la detección hasta los cuidados al final de la vida.
Una mujer con ingresos suficientes puede tener más posibilidades de pagar exámenes, trasladarse o conseguir apoyo para las tareas de su hogar. Para otra que vive de las ventas del día o de un empleo sin protección, acudir a una consulta puede significar quedarse sin ingresos. El diagnóstico llega a una vida que ya tiene cuentas pendientes, responsabilidades de cuidado y necesidades que no esperan.
Por eso, la gratuidad debe evaluarse desde la experiencia de las pacientes. Aunque una consulta no se cobre, para llegar a ella puede ser necesario pagar transporte y alimentación, encontrar quién cuide a una persona dependiente o dejar de trabajar. Si un examen o un medicamento no está disponible y debe comprarse, la enfermedad también puede endeudar a una familia. Estos gastos no desaparecen porque el servicio se anuncie como gratuito.
La distancia añade otra desigualdad. Vivir cerca de un hospital especializado ofrece posibilidades distintas a vivir en una comunidad rural o en una periferia con transporte difícil. Los reportajes realizados por la Revista Alharaca en 2024 sobre mujeres de San Miguel con cáncer de mama documentaron cómo los traslados a San Salvador y los gastos asociados al tratamiento deterioraban las condiciones de vida de sus familias. La centralización de los servicios de oncología en San Salvador y otras cabeceras departamentales consume tiempo de mujeres que suelen tener responsabilidades de cuidado. El acceso efectivo al tratamiento depende de los ingresos, el lugar de residencia y las redes de apoyo; por eso, una atención médica formalmente gratuita puede seguir implicando costos difíciles de asumir para las pacientes y sus familias.
Una cita en la capital de El Salvador puede exigir salir de madrugada, recorrer varios trayectos y regresar después de una jornada agotadora. Esa experiencia muestra que la distancia no es un inconveniente secundario, sino una barrera de acceso. Pedir a una mujer que “se cuide” sin asegurar cómo llegará al servicio traslada hacia ella una responsabilidad que también corresponde al sistema de salud.
La orientación sexual y la identidad de género pueden añadir barreras cuando los servicios presuponen que todas las pacientes son heterosexuales o cuando el personal carece de formación para atender a personas trans, como ha descrito la investigación internacional sobre atención oncológica. En esos contextos, una mujer lesbiana o bisexual puede encontrar que su relación de pareja se ignore, mientras una mujer trans puede enfrentar cuestionamientos sobre su identidad. Son obstáculos que una política salvadoreña debe prevenir y atender.
El cuidado debe respetar el nombre y la identidad de cada persona, reconocer a su pareja y a quienes ella elija para acompañarla, y ofrecer información pertinente sobre su cuerpo y su vida sexual. Los protocolos deben considerar su historia clínica sin convertir la consulta en un interrogatorio sobre si su identidad es legítima. También los hombres trans y algunas personas no binarias pueden necesitar atención por cáncer de mama. Su acceso no debe depender de encajar con el estereotipo de una paciente.
Esa es la mirada interseccional: comprender cómo se combinan las condiciones de vida, en lugar de reducirnos a una sola característica. Una mujer trans que vive lejos de los servicios y trabaja en la informalidad puede enfrentar al mismo tiempo dificultades económicas, de transporte y de trato. Del mismo modo, una mujer lesbiana con pocos ingresos puede necesitar que se reconozca a su compañera como parte de su red de cuidados.
También necesitamos hablar de quién sostiene la vida mientras una mujer enferma. Alguien prepara alimentos, acompaña a las consultas y asume las tareas que ella no puede realizar. Buena parte de ese apoyo suele descansar sobre otras mujeres. Desde la economía feminista, esos cuidados forman parte del costo de la enfermedad, aunque no aparezcan en una factura ni en la contabilidad de un hospital. Una respuesta pública debe apoyarlos y evitar que las familias carguen solas con ellos.
Como sobreviviente, quiero que estas diferencias orienten la respuesta gubernamental. Todas tenemos igual dignidad y el mismo derecho a la salud, pero hacerlo efectivo exige apoyos que respondan a nuestras necesidades. Ofrecer la misma cita a quien vive cerca y tiene ingresos estables y a quien enfrenta varias barreras no garantiza igualdad: puede conservar una desigualdad que el Estado debería corregir.
El presupuesto permite examinar cuánto respaldo material tiene el compromiso estatal con el derecho a la salud. En las partidas consultadas, uno de los aportes públicos identificados para el Hospital Nacional de la Mujer fue de 30,68 millones de dólares en 2024, bajó a 27,36 millones en 2025 y llegó a 30,52 millones en 2026. La disminución entre 2024 y 2025 fue del 10,8 %. En 2026 se recuperó, aunque quedó ligeramente por debajo de 2024 en términos nominales.
Estos montos corresponden a aportes públicos identificados para distintas necesidades del Hospital Nacional de la Mujer y no a un presupuesto exclusivo para cáncer de mama. En 2025, la línea de Atención Hospitalaria tuvo 11,51 millones de dólares e incluyó oncología junto con otras especialidades. Por eso, el desglose disponible no permite saber cuánto se asignó específicamente a nuestra enfermedad ni cuánto se ejecutó. El gobierno debe publicar esa información y demostrar si los recursos alcanzan para atender oportunamente a quienes los necesitan.
Las cifras disponibles no permiten calcular por sí solas el déficit nacional de financiamiento del cáncer de mama, pero sí muestran la necesidad de exigir información suficiente para evaluar la cobertura y los resultados. El presupuesto debe sostener la detección, el diagnóstico y el tratamiento, además del seguimiento, la rehabilitación y los cuidados paliativos. Para determinar si es suficiente, deben examinarse los tiempos de espera, la disponibilidad de medicamentos y las barreras de acceso.
La Organización Mundial de la Salud propone que el diagnóstico se complete dentro de los 60 días posteriores al primer contacto con el sistema de salud y que más del 80 % de las pacientes finalicen los tratamientos necesarios. El gobierno de El Salvador debe informar cómo avanza hacia esas metas y qué grupos encuentran mayores dificultades. El seguimiento de estas diferencias requiere proteger la privacidad y evitar que los datos se utilicen para estigmatizar.
Una política interseccional necesita presupuesto para acercar la detección y el diagnóstico a los territorios, mejorar las referencias hacia servicios especializados y ofrecer apoyo para transporte o alojamiento cuando sea necesario viajar. Para quienes pierden ingresos durante el tratamiento, deben preverse apoyos económicos, incluyendo a las trabajadoras de la informalidad. También se requieren servicios que alivien la carga de cuidados, personal formado para atender la diversidad sexual y de género, mecanismos accesibles para denunciar maltrato y reconocimiento de las redes de apoyo elegidas por cada paciente.
Las prioridades deben construirse escuchando a las mujeres de distintos territorios y condiciones sociales, incluidas las que viven con enfermedad avanzada. Nuestra participación debe influir en los servicios y en la asignación de recursos. Si se nos convoca únicamente para dar un testimonio conmovedor en octubre, nuestra voz sigue siendo utilizada sin concedernos poder sobre las decisiones que afectan nuestras vidas.
Las empresas que afirman acompañar esta lucha también deben responder por sus prácticas. Su compromiso puede examinarse en la transparencia de las donaciones, en los permisos remunerados para que sus trabajadoras reciban atención y en su contribución al financiamiento público mediante el pago de impuestos. Convertir la solidaridad en una compra deja fuera a quienes no pueden consumir y no asegura la continuidad de los cuidados.
Estoy viva y quiero usar mi voz para reclamar que otras mujeres tengan acceso a la atención que necesitan, sin empobrecerse, sin ser discriminadas y sin que su sufrimiento sea mercantilizado. Octubre debe abrir una conversación que continúe cuando termine la campaña y que no reduzca nuestra experiencia a una oportunidad de consumo. Hablar del cáncer de mama exige escuchar nuestras historias completas, exigir transparencia a quienes lucran con la causa y asumir la responsabilidad del Estado y de la sanidad pública de sostener nuestras vidas. El derecho a vivir debe tener servicios, recursos y cuidados que lo hagan posible.
Fuentes de los datos:
1. IARC. GLOBOCAN 2024 para El Salvador. Estimación nacional de mortalidad.
2. Ministerio de Hacienda. Ley de Presupuesto 2024 del Ramo de Salud. Aporte identificado al Hospital de la Mujer.
3. Ministerio de Hacienda. Ley de Presupuesto 2025 del Hospital de la Mujer. Transferencias y atención hospital.
4. Ministerio de Hacienda. Ley de Presupuesto 2026 del Ramo de Salud. Aporte identificado al Hospital de la Mujer.
5. Alharaca. La doble carga de enfermar de cáncer de mama lejos de la capital. Octubre de 2024.
6. Breastcancer.org. Entrevista a Karuna Jaggar de BreastCancerAction sobre ThinkBefore You Pink. Septiembre de 2019.
7. IARC. Reducing social inequalities in cancer. Desigualdad social y acceso a la atención. Abril de 2019.
8. Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos. Cancer care challenges LGBTQ+ peopleface. Identidad, atención y redes de apoyo. Mayo de 2024.
9. OMS. Iniciativa Mundial contra el Cáncer de Mama. Metas de diagnóstico y tratamiento.
10. Universidad de California en San Francisco. Atención del cáncer de mama en hombres trans. Evaluación según historia clínica. 11. IARC. Women Power and Cancer. Cuidados no remunerados y desigualdad económica.
Julia Evelyn Martínez. Economista feminista salvadoreña
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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