10/11/2026

74 festival de San Sebastián ; Conclusiones del Donostia 2026

Leonardo García Tsao

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▲ Ceremonia de clausura del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde la película Tender Loving Care, de Mike Leigh, ganó la Concha de Oro a Mejor Película.Foto Afp
Según señalé en mi primer artículo sobre el recién concluido festival de San Sebastián, se trataba del último dirigido por el amable José Luis Rebordinos, a quien vamos a extrañar, pues no es cosa fácil conjugar todas las instancias que dan como resultado un evento sobresaliente. Éste fue uno de los festivales más satisfactorios que yo recuerde –mi primera vez en Donostia data de 1981–, ya que hasta el tiempo colaboró ahorrándonos la lluvia.

En ese mismo artículo afirmaba que la sección irremediablemente débil del festival es la competencia oficial, donde se otorga la Concha de Oro. Rebordinos y el comité de selección me hicieron tragarme mis palabras, pues este año dicha sección ofreció muy buenas películas, empezando por la contundente ganadora, Tender Loving Care, del británico Mike Leigh. Esa y los otros títulos premiados justamente por el jurado –la china Bian Jing ( Frontera), la noruega Markens Grode ( La germinación de la tierra)– dieron cuenta de esa cualidad.

Otras películas fueron meritorias, aunque no ganaron premios. Como la alemana Krux ( Encrucijada), de Tony Vahl; la estadunidense The Debut, de Jesse Eisenberg; la japonesa Muyou no hito ( En la habitación de mi padre), de Maha Harada y hasta una versión muy entretenida de Les misèrables, del francés Fred Cavayé. Incluso se valió una trampita para incluir en competencia a la miniserie chilena Mis muertos tristes, de Pablo Larraín.

No faltaron los petardos, como la argentina Glaxo, de Benjamín Naishtat, pero ningún festival en el mundo se libra de ellos. Me temo que el cine español no brilló este año como en los anteriores, con tres realizaciones deslucidas: la truculenta 5 minutos más, de Javier Ruiz Caldera, la verborreica El mal padre, de Roberto Bueso y la gris Sants, de Mikel Gurrea.

Claro, la oferta de películas no se limita a la competencia. Hay por lo menos otras 15 secciones de dónde escoger. Yo me quedé sin poder revisar la interesante retrospectiva dedicada al cineasta francés José Giovanni, especializado en películas de gánsters y cine negro. (Curiosamente, llegué a conocer personalmente al iracundo Giovanni, cuando fungió de jurado en el último festival de Cancún organizado por Videocine).

Otro detalle importante del festival donostiarra es la cantidad de premios que se otorgan en las diferentes secciones. Los cineastas mexicanos que salieron beneficiados en esta ocasión fueron Selma Cervantes ( El último sonidero), Tatiana Hueso ( Galerna) y Diego Luna ( Ceniza en la boca). Y a pesar de que hubo varios títulos nacionales compitiendo en Horizontes Latinos, sólo Fernando Eimbcke obtuvo una mención especial por Moscas.

El próximo año el festival festejará sus 75 años y le tocará a la nueva directora Maialen Beloki llevarlo a buen puerto. Uno confía en que habrá continuidad en las virtudes que han hecho de este evento una cita irresistible en el calendario otoñal de festivales de cine. Venecia y Toronto tienen sus primacías, pero carecen del sentido práctico, la amabilidad y la riqueza gastronómica donostiarras.

X: @walyder

El Oasis de la Insignificancia

Óscar de la Borbolla

Historia de lo Real I

"Lo real no necesitaba palabras, era sencillamente la certidumbre de la presencia".

Historia de lo Real I. Por Óscar de la Borbolla

Una historia de lo real es una empresa inmensa mas no imposible; una brevísima historia de lo real es posible por lo menos en sus principales momentos. Para abordarla habría que remontarnos al origen de la especie homo sapiens que, como es sabido, aparece hace unos 300 mil años, época en la que se han encontrado los primeros vestigios de nuestros ancestros. Nada sabemos de hecho de ese tiempo prehistórico, salvo las rigurosas deducciones realizadas por arqueólogos, antropólogos físicos, paleoantropólogos y paleogenetistas, pues la labor de los historiadores, en sentido estricto, ha de esperar a la aparición de la escritura que es muy reciente: un poco más de 5 mil años nos separan de los primeros textos y, solo entonces comienza propiamente la historia.

Por tanto, cuando propongo una brevísima historia de lo real, no de la materia y la energía, que nos llevaría de la mano de los astrofísicos, sino, insisto, de lo real, estoy invitando a una reflexión, si bien no completamente especulativa sí con una fuerte dosis de conjeturas sherlockholmescas, es decir, de abducciones, o sea, verdades posibles que integran de una forma coherente lo que a la luz de los datos puede conjeturarse.

Así, cabe suponer que nuestros primeros ancestros, todavía sin lenguaje, estaban inmediatamente ante lo real, lo que estaba ahí antes de ser nombrado: lo real era, por tanto, la fruta o las raíces con las que se alimentaban; el frío que los hacía refugiarse en las noches; el animal que los perseguía y los mataba o al que tras una lucha terminaban por matar ellos. Lo real originariamente era lo que los rodeaba, no todo, sino sólo lo que despertaba su apetito, su miedo, su necesidad de cubrirse. Había algo que provocaba sus sensaciones, que las activaba; lo real era lo que los hacía sentir pero también ellos mismos. Lo real era lo otro o ellos cuando el dolor los hacía experimentar alguna parte de su cuerpo. Lo real no necesitaba palabras, era sencillamente la certidumbre de la presencia. Una certeza que daba igual validez a la experiencia vigil que a las experiencias oníricas. Sentir y lo sentido, ya fuera en la vigilia o en el sueño, eran lo real. Tanto el afuera como el adentro, tanto lo otro como ellos mismos. Todo era real. Quienes mejor han descrito esa experiencia de totalidad originaria fueron Freud con su llamada experiencia oceánica, y Ernest Cassirer que se refería a un sentimiento simpatético.

Fue una etapa larga y lenta en la que, de seguro, primero surgió un conjunto básico de gruñidos y vocalizaciones que más que comunicar contagiaban un sentimiento, un tono que los invitaba a acercarse y otro que los hacía huir. Con el paso de los milenios esos ruidos irían formando propiamente un lenguaje. Sonidos deliberados que transmitían la idea de acudir o que eran entendidos como una advertencia de peligro. Las palabras alcanzaron su estatus pleno cuando fueron capaces de evocar, en ausencia de la experiencia efectiva, el objeto al que se refieren.

Hoy esa potencia la tiene el lenguaje de una manera plena. Es la que nos permite, durante la lectura de un cuento o de una novela, representar en nuestra conciencia un mundo que no está inmediatamente delante de nosotros, pero en el que podemos entrar y vivir como si fuera real.

Con la aparición del lenguaje cada porción significativa de esa originaria totalidad de la que ni siquiera nos distinguíamos adquirió contorno, quedó limitada, y descubrimos que había cosas iguales: la misma palabra para cosas semejantes: "árbol" para cualquier especie de árbol y "pez" para cualquier pez, sin que aún se distinguiera entre truchas y salmones. Cada palabra reunía un conjunto de lo real y permitía distinguirlo de otros conjuntos de objetos semejantes. Y no es que anteriormente no las diferenciáramos, solo que con las palabras emergieron más claras: el lenguaje nos volvió analíticos. Lo real, entonces, se volvió objetivo, se trasformó en objeto y fue más fácil marcar una frontera entre lo que era real y lo que solo eran nuestros sueños: esas dos experiencias que eran igualmente vívidas, se divorciaron pues una se apoyaba en lo real y la otra solamente en nuestra imaginación. Diferenciación que aún hoy cuesta deslindar del todo, pues las ideas que nos hacemos de las cosas, nuestros fantaseos, nuestros prejuicios y nuestras creencias, a ratos, nos confunden y pensamos que son reales.

Me atrevo a suponer que deslindar lo real y los sueños fue más difícil que diferenciar lo real y una alucinación, pues me gusta imaginar que antes de la palabra "alucinación" corríamos convencidos de que el espejismo era real, y cuando ya contamos con esa palabra, seguimos corriendo hacia el espejismo, pero nuestra desilusión fue menor al descubrir el engaño.

Lo visto, lo olido, lo tocado, en una palabra, lo sentido era lo real. Poco a poco, a causa del lenguaje, lo real fue perdiendo territorio: los sueños no eran reales, las alucinaciones no eran reales, lo imaginario no era real… Sin embargo, como cualquiera podrá comprobarlo, actualmente, para muchos todavía ese territorio no se ha reducido y siguen creyendo en la realidad de los sueños y en la de los seres imaginarios.

Supongamos, no obstante, que efectivamente lo real perdió dichos territorios, al menos para algunos a los que podríamos llamar "vanguardia intelectual" o, si se prefiere, podríamos llamarlos "los raros", para que no se nos cuele ningún factor de valoración o de supuesta superioridad. Para algunos "raros" lo real perdió terreno y se constriñó a lo que constataban con los sentidos durante la vigilia. En ese contexto surgieron, en lo que ahora es Turquía, en el siglo VI a. C., algunas personas aún más raras. Unos raros entre los raros: los filósofos.

Antes de adentrarnos en lo que a propósito de lo real propusieron estos rarísimos. Permítaseme enfatizar en un hecho importante: lo ultra reciente que resulta la filosofía cuando se le mira en la perspectiva de la especie homo sapiens: 300 mil años y solo apenas hace poco más de 3 mil 500 años que surge esta disciplina. Si pensamos en las inercias instintivas, en las costumbres míticas que vienen acompañándonos casi desde el origen durante centenares de milenios y milenios y en lo insignificante, por nueva, que es la filosofía, se comprende mejor por qué incluso hoy muchos siguen pensando que lo real es lo que sienten, y a todos nos resultan extremadamente antipáticas y contraintuitivas las propuestas filosóficas.

Con la aparición de la filosofía ocurren incontables cambios. Hoy solo quisiera referirme a dos que afectan lo real: el primero es que a lo largo de la filosofía clásica (desde la presocrática hasta Aristóteles) lo real ya no es lo que aparece a los sentidos tal cual. Los sentidos están puestos en duda. Y de la mano de esta duda aparece la Razón como elemento con el que se convalida lo que es real. Lo real no es todo lo que vemos; lo que vemos para que se admita como real tiene que cumplir con el requisito de ser racional. Digamos que con la filosofía lo real se replantea. 

¿Cómo va mutando lo real? Es precisamente la historia de la filosofía que ocupará mi próxima entrega y que, por supuesto, también tendrá que ser sintética.

X @oscardelaborbol

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A cualquier precio: mafia y racismo

Rafael Aviña


En 1967, Ray Killen, predicador y supremacista blanco, ex líder del Ku Klux Klan, fue absuelto de los homicidios que él y otros miembros del KKK cometieron contra tres activistas de derechos humanos: Michael Schwerner, Andrew Goodman y James Chaney, quienes desaparecieron de un pequeño pueblo del estado de Mississippi en junio de 1964. No fue sino hasta 2005 que los crímenes de Killen salieron de nuevo a la luz y el responsable ya octagenario, fue condenado a 60 años de prisión. Aquellos asesinatos inspiraron al guionista Chris Gerolmo y al director Alan Parker para realizar la exitosa película Mississippi en llamas (1988) tenso y fascinante thriller de denuncia centrado en dos agentes de la FBI (Gene Hackman y Willem Dafoe) radicalmente opuestos en su forma de aclarar el caso.

De reciente estreno, A cualquier precio ( By Any Means, Estados Unidos, 2026) recupera no sólo los sucesos alrededor de los activistas desaparecidos que apoyaban a la comunidad afroestadunidense, sino un evento posterior que involucraba en ambos, a un brutal sicario de la mafia que de manera insólita fue contactado de manera ilegal para colaborar con la policía en los dos casos. Elegance Bratton (1979), responsable del documental queer Pier Kids (2019), retrato de tres jóvenes transgénero, y el largo de ficción La inspección (2022) sobre los conflictos de un marine cuestionado y acosado por su condición homosexual, consigue un vibrante y eficaz thriller de acción y violencia inspirado en otro atroz caso donde el Ku Klux Klan fue doblegado por la labor conjunta de un agente negro y un capo mafioso.

La acción de A cualquier precio se traslada a enero de 1966. Vernon Dahmer (Giancarlo Esposito), de raíces alemanas y afroestadunidenses, dueño de una tienda de comestibles y un aserradero, cargaba con una amenaza de muerte debido a su apoyo incondicional a la comunidad negra y a su labor de registro de votantes negros. Dahmer fallece debido a un incendio en su hogar provocado por varios “caballeros blancos” del KKK y es entonces que la FBI decide contratar de nuevo al asesino a sueldo Greg Scarpa (Mark Wahlberg) para resolver el asunto y con el fin de lavarse aún más las manos, “asciende” a detective al agente afroestadunidense Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II) para apoyar a Scarpa.

Tal y como sucedía en Mississippi en llamas, el director Elegance Bratton coloca dos personalidades opuestas en pantalla que terminan por equilibrar sus diferencias. Si en el filme de Parker, Hackman representaba al sujeto duro y visceral acostumbrado a la violencia del sur estadunidense y Dafoe al policía cerebral que sigue los métodos académicos, en A cualquier precio, Wahlberg se roba la película encarnando al cínico y violento criminal adicto al sexo, el dinero y la tortura, como fiel reflejo del verdadero Scarpa; en cambio, el personaje del policía negro que supuestamente trabajó con éste en el caso, no sólo constituye la visión de una corrección política actual, sino la serenidad y justicia en un mundo en caos. Aunque, al final, Strider se percata de que la violencia también es necesaria para hacer valer los derechos de la comunidad.

Más allá de la excepcional recreación histórica, la impactante fotografía a cargo de Ante Cheng y notable banda sonora del jazzista Terence Blanchard, A cualquier precio es un relato de eficacia y elegancia narrativa que se apropia del pasado para sumergirse no sólo en los derechos humanos, sino en los violentos métodos de justicia muy en deuda con lo que propone a su vez La negociación, de Gus Van Sant y Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson. Como colofón, Gregory “Greg” Scarpa (1928-1994), apodado La Parca o El Sombrerero Loco trabajó para la mafiosa familia Colombo de Nueva York, estuvo involucrado en usura, secuestro, narcotráfico, agresión y homicidios. Colaboró como informante de la FBI hacia 1962 para evitar la cárcel y ello le llevó a formar parte y resolver los casos de Mississippi a partir de interrogatorios ilegales y violentos.

Mississippi en llamas puede verse en okru.com y A cualquier precio se exhibe en Cinemas WTC.