10/17/2026

La poesía inquietante de Anne Carson

Javier Aranda Luna

Hay en la obra de Anne Carson un principio que evade la arquitectura tradicional del libro: Carson toma la luminosa centella de un verso de Safo, el rigor de una sentencia aristotélica, una reverberación epistolar de Virginia Woolf y la raíz etimológica olvidada de un vocablo griego o latino, y los reúne en la misma página. Lo que a simple vista parecería una dispersión caótica, una vecindad imposible es, en realidad, un método. Toda su poética puede leerse como un intento incansable por nombrar lo que se encuentra en la penumbra del lenguaje.

Tal vez su ejemplo más radical sea Nox, un libro-objeto basado en el poema que Catulo escribió sobre su hermano muerto. Carson imprimió el poema y lo desmontó palabra por página y puso la palabra latina y su definición en el lado izquierdo, y en el derecho, un fragmento de la vida de su hermano que se relaciona con el lado izquierdo. Cohesionó un lado con el otro, como dijo a Will Aitken en una memorable entrevista de Paris Review: “de modo que todo el asunto cuenta la historia de la traducción del poema y también desmantela mi memoria de la vida de mi hermano”.

Al igual que Sergio Pitol en El arte de la fuga, la disolución de los géneros es lo más notorio de su poética. Su Autobiografía de rojo es una novela en verso donde conviven la entrevista, el epitafio, la rescritura del mito de Gerión, ese monstruo gigantesco de tres cuerpos unidos por la cintura muerto por Hércules que con Carson es un niño rojo con alas que vive en el mundo moderno. No vulnera los géneros por mero afán de ruptura, ni resignifica los mitos por capricho: los desborda porque nos quiere mostrar que sus obsesiones, como el erotismo o la pérdida, ignoran los moldes.

–¿Cómo surge la mezcla de lo antiguo y lo moderno, del conocimiento académico y lo personal? –le pregunta Aitken.

–Cuando doy vueltas por mi mente, no me topo con una frontera entre lo antiguo y lo moderno: Sófocles y mi madre están juntos, uno al lado de la otra. Si es un paisaje continuo en el pensamiento, ¿por qué no debería ser lo mismo en la escritura?

Para la especialista en clásicos griegos y latinos, la intertextualidad no constituye el marco para una cita erudita, sino el canal para la respiración del texto. Invoca a los presocráticos, a Homero o a Beckett no para investirse con la toga de autoridad, sino para dialogar con ellos desde nuestra época. Digamos que los clásicos no adornan sus textos, subsisten porque lo que tocan nos sigue doliendo o nos emociona como a ellos el canto de un pájaro. Al traducir no restaura, exhibe lo que las palabras dijeron entonces y lo que dicen ahora; hasta las mutilaciones de los textos tienen cabida y convierte la ruina de un manuscrito en una alegoría de la pérdida. En su universo, traducir también es dar cuenta de lo perdido, de lo que no se tiene.

Esa misma tensión moldea su sintaxis. Su prosa fragmentada tiene mucho del pensar en voz alta donde unas palabras nos llevan a otras. Y es en esas grietas que dejan sus fracturas donde penetra la mirada del lector.

Al hablar de las palabras nos ayuda a desmontarlas: “los sustantivos nombran al mundo. Los verbos activan los nombres. Los adjetivos vienen de otra parte. La palabra adjetivo (epithenton, en griego) es en sí un adjetivo que significa ‘colocado encima’, ‘añadido’, ‘agregado’, ‘importado’, ‘extranjero’… Estos pequeños mecanismos importados tienen la función de atar cada cosa en el mundo a su lugar particular. Son los cerrojos del ser”.

Me parece que la labor central de su obra es el desmantelamiento. Anne Carson desarticula mitos, palabras para revelarnos su secreta anatomía. Tarea del lector es reconciliarlos y darles sentido. La poeta no pretende explicarnos el mundo. Lo desmorona para que lo podamos descifrar. Ella sabe como pocos que el universo cabe en una palabra.

Alice Munro dijo que “en años no había descubierto ninguna escritura tan maravillosamente perturbadora” como la de Carson, y la inteligentísima Susan Sontag, que era una de las pocas escritoras en lengua inglesa “de la que leería cualquier cosa que escribiera. Es una escritora inquietante, culta y atrevida. Su poesía ofrece intensidades hipnóticas”. Ambas tienen razón.

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