10/18/2026

Historia de lo Real II

El Oasis de la Insignificancia

Óscar de la Borbolla

"Lo real, antes de la filosofía, era lo que nuestros sentidos nos mostraban, con la filosofía el asunto se complica".

Historia de lo Real II. Por Óscar de la Borbolla

Una vez que llegamos a la filosofía, resulta necesario para seguir avanzando convenir en una definición acerca de "lo real", pues sólo así tendremos en común aquello de lo que estamos hablando en esta brevísima historia de lo real: lo real es lo que existe ahí, afuera de nuestra conciencia y de lo cual sólo captamos unos pocos aspectos, lo que los límites de nuestros sentidos nos permiten. Se comprenderá mejor con un ejemplo: la flor real no es lo mismo que la flor que nos representamos en la conciencia, no es la forma que vemos con nuestros ojos, ni el aroma que captamos con el olfato, ni lo que nos reportan todos nuestros sentidos juntos hasta crearnos una imagen. La flor real no es la representación que nos hacemos de la flor. La flor real es, en todo caso, lo que estimula nuestros sentidos, pero no sabemos si, además, de lo que captamos posee otras manifestaciones para las que carecemos del sentido preciso. Para fundar esta sospecha, sólo recuérdese que los seres humanos no contamos con una visión térmica como la que tienen las víboras, ni un sonar con el que los murciélagos captan la distancia a los objetos, y nuestra duración del tiempo no es como la que poseen las moscas que desde sus múltiples ojos miran nuestro manotazo en cámara lenta… lo real es eso que está ahí y que se revela de muy distintas maneras.

La representación que las personas nos hacemos conviene llamarla realidad y distinguirla de lo real. La realidad es la imagen que integran nuestros sentidos que a su vez están modulados por el lenguaje, la circunstancia histórica y hasta las emociones que tenemos cuando miramos el mundo. Para decirlo en pocas palabras nosotros no vivimos "en" lo real, sino en una realidad: somos una parte de lo real y eso nos dota de un estatus especial, pues somos esa porción de lo real que se da cuenta de lo real. Hegel decía que los seres humanos somos donde lo real se hace consciente de sí mismo.

Una vez establecida la anterior definición continuemos con nuestra historia de lo real. Lo real, antes de la filosofía, era lo que nuestros sentidos nos mostraban, con la filosofía el asunto se complica. Veámoslo en algunos de los momentos.

La filosofía nace con una afirmación en extremo desconcertante: "El principio [ἀρχή] de todas las cosas es el agua", dijo Tales de Mileto, reconocido por unanimidad como el primer filósofo. Esta frase posee implicaciones múltiples de enorme trascendencia; aquí sólo me referiré a algunas, las que vienen a cuento a propósito de lo real.

Pero para entender esta afirmación conviene saber un término: la palabra que se ha traducido como "principio", en griego antiguo era ἀρχή, arjé y tenía tres significados: 1) se entendía como origen; 2) como aquello que permanece cuando el objeto cambia su forma, y 3) como elemento básico con el que algo está compuesto. Para calibrar por qué la filosofía nace con una afirmación que he calificado en extremo desconcertante, sólo imagínese cómo fue recibida por el común de la gente en el Mileto de aquella época: para ellos lo real era lo que veían y tal y como lo veían y, sin embargo, contra la evidencia visual que muestra claramente que una cosa es un árbol, otra una piedra y otra el agua, de pronto alguien dice que todo es uno, que todo es lo mismo, que en el fondo todo es agua. Hoy ya no nos resulta tan contraintuitiva y absurda la idea de un componente común: todavía sigue buscándose ese elemento básico: la física cuántica propone partículas y la teoría de cuerdas propone unas cuerdas bidimensionales que vibran. Pero en aquel momento, a la gente debió haberle sonado a disparate, pues chocaba con la certeza que aún hoy sigue siendo válida para muchos: "lo real es lo que veo y lo que creo, y todo lo demás son cuentos", me ha tocado escucharlo infinidad de veces.

Y para colmo, la hipótesis del agua fue inmediatamente modificada por el principal discípulo de Tales: Anaximandro, quien propuso en lugar del agua el ápeiron, lo indefinido, y las hipótesis se sucedieron en lo que se conoce como filosofía presocrática: aire, fuego, átomo, número… fueron desfilando. En ese periodo también hubo una explicación de lo real que resultó de enorme trascendencia: "el ser", propuesto por Parménides, filósofo con quien nace la Ontología y la idea de que ser y pensar son la misma cosa. Para él, lo real es "el ser" en griego" TO ÓN) inmutable, eterno, inmóvil, uno sin partes, finito y esférico; y aunque todos habían propuesto un arjé distinto de lo que vemos, un arjé único, Parménides acometió el problema de frente: lo que percibimos, lo que está ahí: el cambio y la diversidad son, literalmente, meros nombres. La historia de esta nueva disciplina es de hecho la historia de lo real que aquí estamos revisando.

Sólo quisiera destacar, para dejar hasta aquí la importancia de lo dicho por Parménides, un asunto más: esa equivalencia entre ser y pensar que sigue hasta nuestros días y que es la fuente de la que obtienen su importancia actual las matemáticas, herramienta esencial de la física contemporánea y, en general, de todas las ciencias. "Ser y pensar son la misma cosa" significa que lo que hemos llamado realidad es mera ilusión y el pensar correcto (la lógica) es lo real (la ontología). Ese pensar correcto del que habla es el que respeta el principio de no contradicción. Aunque, el principio puede cambiarse, como ocurre con Hegel al admitir en su dialéctica la identidad de los opuestos, la lógica hegeliana, por muy distinta que sea de la de Parménides, afirma exactamente lo mismo que Parménides: "todo lo real es racional y todo lo racional es real" es equivalente a "ser y pensar son la misma cosa": lo real es racional.

Platón, que es la siguiente estación en nuestra historia de lo real, intenta recuperar el ser para lo que hemos llamado realidad, aunque sólo le reconoce un carácter de copia iniciándose así un dualismo ontológico: el mundo de las copias (este que es diverso y cambiante) y un mundo de ideas donde se encuentran en estado de pureza los verdaderos seres: lo real no es la multiplicidad de copias defectuosas: la realidad cambiante y diversa. Lo que es real son las ideas: el bien en sí, la belleza en sí, el hombre en sí… y una de las maneras como Platón intenta persuadir a sus seguidores es la conocidísima Alegoría de la Caverna, a la que en este espacio me he referido innumerables veces. Diré, no obstante, algunas consideraciones, necesarias para nuestra historia de lo real, pues si bien él sólo pretendía fortalecer su tesis de que la realidad es un conjunto de copias y el verdadero mundo, lo real, es el de las ideas, terminó introduciendo el planteamiento que provoca un cisma en lo que consideramos real: nunca podremos saber si lo que damos como real, es sólo una ilusión: cualquiera que sea el afuera de la caverna ¿no será, a su vez otra caverna? De hecho, Aristóteles, su principal discípulo terminó saliendo de la caverna de las ideas y propuso que lo real no eran las ideas que estaban en el topos uranus, sino la sustancia que estaba como sustrato de cada ser, un fundamento oculto por los accidentes que cambian, mientras que la sustancia es lo que permanece, al menos, durante un tiempo, mientras ese ser particular no muere. Y además, también propone una única sustancia inmutable y eterna, o sea, Dios. Así, Dios junto con las sustancias es lo real. Y la realidad, por su parte, posee ser, pero en un grado ínfimo: el ser del accidente, que ni siquiera es ser en sí, sino ser en otro.

Como podemos constatar, hasta ahora, lo real fue cambiando en esta primera etapa de la filosofía, como siguió haciéndolo una y otra vez desde entonces. Todavía nos faltan algunas estaciones decisivas para llegar a lo que hoy se considera real; pero eso tendrá que esperar hasta la siguiente entrega…

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Borrasca en las almas: insólita rareza social



En 1953 el popular director Ismael Rodríguez estrenaba con éxito sus producciones de 1952: Del rancho a la televisión, Pepe El Toro y Dos tipos de cuidado. Las tres, coescritas con el actor y guionista Carlos Orellana y protagonizadas por figuras de primera línea de la pantalla y del espectáculo como lo eran: Pedro Infante, Jorge Negrete y Luis Aguilar. Por ello, sorprendía que en ese 1953, Ismael apostara no sólo por nuevas figuras, sino por actores de discreta presencia, para conseguir algunas de sus obras más insólitas y poco apreciadas, no sólo en su momento, sino hoy día.

Borrasca en las almas, filmada a partir del 6 de junio de 1953 en los Estudios Churubusco, escrita por el propio Ismael y Orellana, con el apoyo sin crédito de María Asunción Aiza Banduni, e inspirado en la obra teatral Frente a la muerte, de Luis G. Basurto, resulta una de las muestras más entretenidas y menos conocidas de aquellos melodramas de ambiente arrabalero, prostibulario y a su vez, sobre la clase trabajadora de aquellos años, filmado íntegramente en la desaparecida “Ciudad Industrial” erigida por la exitosa compañía de muebles de oficina y del hogar (y armadora de automóviles) DM Nacional, ubicada en San Juan de Aragón 544, en cuyo lugar, los trabajadores contaban con vivienda gratuita, servicio de comedor, deportivo, actividades culturales, servicios médicos, tiendas y escuelas.

La película inicia con un texto social muy curioso: “La trama de esta película es ficticia, los escenarios son auténticos. Nuestra gratitud a la empresa DM Nacional, por habernos facilitado su magnífica ciudad industrial y nuestra admiración por el humanitario plan social que brinda a sus obreros”. En la primera escena, la protagonista María Elena Marqués dispara a cámara contra alguien a quien el espectador no ve. Después, se le ve en prisión y Carlos Riquelme en el papel de un reportero, sigue su caso. Ahí empieza un flashback para contar la vida de Marta Ibáñez, casada con un profesor Pablo (Roberto Cañedo) y madre del pequeño Pablito (José Luis Aguirre), quienes habitan dentro de la Ciudad Industrial en Aragón.

A la empresa, regresa, luego de un accidente donde ha perdido una mano, Rogelio del Moral (Rubén Rojo), amigo de la pareja que antes de su boda estuvo enamorado de Marta. Sin embargo, todo se complica con la llegada de Alicia (la propia María Elena Marqués), la hermana gemela que ha sido prostituta y delincuente y es vulgar, habla con peladeces, fuma, lee la revista Chamaco Chico y enamora a Rogelio a quien Marta ha hecho creer que su hermana es ingenua. Asimismo, poco a poco se va ganando al hijo del matrimonio, con el fin de quedarse a su vez con Pablo, con el que tuvo años atrás un idilio y que decide huir con ella y con el niño; de ahí el disparo inicial de Marta contra su hermana Alicia.

Fascinante resulta a su vez el personaje que interpreta Carlos Orellana, Bartolomé, un obrero mugroso y rebelde que se queja de las excepcionales condiciones de vida para los trabajadores: “Somos obreros, no señoritas de sociedad”, en un filme en el que se escuchan frases que suenan muy actuales como: “Ando sin varos”, “Se me va la onda” “Me pongo neuras” y a su vez, María Elena Marqués consigue aquí un notable y doble papel: la esposa buena y la hermana “pecadora” que se gana al marido histérico.

Lo más insólito de Borrasca en las almas, es ese modelo utópico social para la clase obrera mexicana en pleno alemanismo que existió en verdad y que hoy día sabemos de ello gracias a esta película de Ismael, en la que aparece también Eulalio González Piporro, personaje secundario y no cómico encargado de una abarrotería y ex amante de Alicia. A su vez, en una asombrosa escena meta cinematográfica, se aprecia al propio Ismael en un par de ocasiones; en una de ellas se detiene a mirar el anuncio de su película: Ustedes los ricos que se proyecta en el cine de la Ciudad Industrial. Se trata de una insólita rareza en suma entretenida que se mueve con enorme habilidad y buen ritmo, entre el drama, la comedia y el suspenso.

Borrasca en las almas se exhibe el martes 13 a las 18 horas, en la Cineteca Xoco, sala 4. Entrada libre cortesías taquilla 1.