9/27/2026

El jazz en Tijuana

Antonio Malacara

Históricamente, el engranaje musical de Tijuana ha funcionado de manera generosa en más de un sentido, permeando así la realidad del país entero. Y esto, obviamente, resultaría imposible de no ser por la calidad y la actitud siempre propositiva de sus músicos y sus productores en todos los ámbitos, aunque el blues, el rock y el jazz resulten particularmente atractivos.

Apenas Acaba de concluir la 19 edición del Festival de Jazz Chinto Mendoza, con muy buenos resultados en Ensenada, Mexicali y Tijuana (18, 19 y 20 de septiembre), y ya se está anunciando una edición del San Diego-Tijuana International Jazz Festival, del 1 al 4 de octubre.

Pero vámonos despacio. Hagamos una breve evocación del maestro Chinto Mendoza. A pesar de que este mes de septiembre el legendario saxofonista cumplió 90 años de edad, todavía el año pasado el maestro subía a los escenarios para tocar algunos temas. Era ya (y sigue siendo) toda una leyenda del jazz mexicano, sobre todo en el norte del país, donde Chinto quiso regresar después de radicar un tiempo en la Ciudad de México y en Chicago.

Jacinto Mendoza nació en septiembre de 1936 en Mexicali, Baja California. Desde muy pequeño su padre, Fidencio Mendoza, lo inició en el violín, pero el niño se reveló muy pronto y a los 10 años ya tocaba saxofón y clarinete. En 1958 viajó al entonces Distrito Federal y se integró a la célebre orquesta de Luis Arcaraz. Tocó también con Celia Cruz y Olga Guillot; pero ya en los terrenos del jazz, el joven maestro pulsó el sax para dialogar con la trompeta de Chico O’Farrill.

En 1972 se fue a estudiar armonía clásica en el conservatorio de Chicago, y al regresar decidió instalarse en Baja California. En 2007, cuando el saxofonista iba a cumplir 71 años de edad, el gobierno estatal apoyó una iniciativa de la comunidad jazzística para rendirle un homenaje en vida, creando el Festival de Jazz Chinto Mendoza.

En 2016, el Festival inició y concluyó con la participación de la Julian James Band en Mexicali y Tijuana. Platicamos entonces con Julián Plascencia, director, guitarrista y cantante de este quinteto tijuanense de blues: “Nos formamos hace año y medio. Yo me llamo Jaime Julián, por eso lo de Julian James. Y es una banda de blues con bastante influencia del rock y del jazz. Tocamos clásicos del blues y también algunas piezas originales.

–¿Cómo qué clásicos del blues? –Tocamos T-Bone blues y Stormy monday, de T-Bone Walker; tocamos Everyday I have the blues, de B.B. King. Tenemos repertorio también de Albert King y de Freddie King.

–Totalmente clásicos. –Sí, yo en lo personal soy muy fan de T-Bone Walker y ahí tenemos varias de sus canciones.

–¿Quiénes integran la banda? –Somos dos guitarristas, yo canto; el otro guitarrista es Miguel Cuerda, que estuvo en la banda Real de Catorce, pero desde hace algunos años vive por estos rumbos: él toca también la armónica y canta. Misael Arias está en el bajo. El gran jazzista Edson Rincón está en la batería. Y tenemos a André Peña en los teclados, quien también forma parte de la banda de rock Tijuana No.

–¿Cómo va el rol de la Julian James Band? –Vamos a estar en el San Diego-Tijuana Jazz Festival. Pero aquí estamos todas las semanas en el Tijuana Rock Bar, que es el antiguo Mike’s a Go–Go, donde tocaron muchas de las leyendas mexicanas como Javier Bátiz, Santana, los Dug Dug’s y el Pájaro Alberto. Hace año y medio lo reabrimos, y toda la decoración adentro son fotografías del antiguo Mike’s y de las bandas que tocaron ahí. Pero ahora el lugar se llama Tijuana Rock Bar y todos los jueves tenemos Jueves de Blues; ahí estamos de planta. Además, tocamos mucho en eventos de jazz.

En los cuatro días del Festival de Jazz San Diego-Tijuana vamos a tocar grupos de los dos países, pero también se han conformado bandas binacionales que están sonando mucho muy bien. La programación completa la encuentran en www.sdtjazz.org/es. Buen provecho.

Leigh y Moland: dos competidores memorables

Leonardo García Tsao

Ayer fue el día más afortunado de la competencia donostiarra hasta el momento. La primera cinta en proyectarse fue Tender Loving Care (aquí le pusieron Cuidados intensivos), que muy probablemente sea la última realización en la ilustre carrera del británico Mike Leigh.

Según él, que ya cumplió 83 años, su físico ya no podrá aguantar los rigores de otra filmación, lo cual sería una lástima porque Leigh es un maestro en pintar con humanismo, humor, y también desesperanza, la vida de sus coterráneos. En este caso, las protagonistas son Amy (Kate O’Flynn) y Rosie (Alice Bailey Johnson), dos trabajadoras sociales y amigas desde la infancia que vuelven a vivir juntas porque la primera se ha separado de su marido crápula.

El par atiende casos que el sistema ha dejado a la deriva, sobre todo después del gobierno de Thatcher y el Brexit. Esas instancias rompen el buen humor que las mujeres mantienen a pesar de todo, auxiliadas por sempiternas copas de vino blanco o champaña. Leigh también enfoca a los padres de Amy: Birdie (Marion Bailey, pareja del director) y Geoff (Paul Jesson), que se decepcionan al saber del fracaso matrimonial de su hija.

Los viejos son encantadores y entre ellos hay un ritmo de conversación establecido a través de 50 años como pareja. Aquí también Leigh introduce una nota melancólica final, cuando la mente de Geoff empieza a deteriorarse de un momento para otro. ¿Será el jurado sensible al difícil equilibrio tonal que consigue Mike Leigh al final de su filmografía? ¿Y al superlativo trabajo de sus actores?

Del director noruego Hans Petter Moland yo había visto en este festival y escrito una crítica elogiosa de su primer largometraje, Cero grados kelvin, improbablemente estrenada en México en 1995. Después de 31 años, Moland compite nuevamente en San Sebastián con Markens grode ( La germinación de la tierra), una fascinante saga sobre la fuerza de la civilización basada en una novela de Knut Hamsun.

La película comienza con el encuentro en territorio agreste de dos personajes solitarios: Isak (Herbert Nordrum) e Inger (Asta Kamma August), quien tiene labio leporino. Ambos forman una pareja primigenia, y en medio de la nada consiguen establecerse con lo que será después una próspera granja con diversos tipos de rebaños (su mejora puede parecer un poco improbable, sobre todo con el chalé que ambos se construyen con piedras y madera, al que sólo le falta un jacuzzi).

Lo más interesante viene después. Inger es llevada a la cárcel durante ocho años por un crimen impensable, y cuando vuelve con su familia es una mujer cambiada: le han operado el labio, ha aprendido a leer y también a usar un aparato nuevo: una máquina de coser. Es Isak quien no parece avanzar con el paso del tiempo.

Moland cuenta su historia con mano maestra, subrayando lo inexorables que son el tiempo y el progreso. La prueba segura de que la civilización no es muy lejana es que no tarda en aparecer un alguacil con una orden para cobrar impuestos. Markens grode debería figurar igualmente en el palmarés final. Ya veremos.

X: @walyder