9/27/2026

Caminos, escaleras y un árbol

               

Fabrizio Mejía Madrid

"La escalera como metáfora social llevó a la humillación, el desprecio, y la vergüenza de miles de millones por no ser aptos ni suficientes".

Caminos, escaleras, y un árbol. Por Fabrizio Mejía Madrid

Una transformación como la que nos ha tocado debe necesariamente cambiar la forma en que vemos nuestras propias vidas. En estas columnas hemos tratado el tema de diversas formas, pero hoy retomo algo sobre lo que ya reflexioné en otro espacio hace unas semanas. Para ello utilizaré lo que se llaman metáforas sociales, es decir, formas en que tratamos de explicar nuestro lugar y función en una comunidad. Las metáforas, como las describió Umberto Eco, no son palabras que hagan similitudes entre cosas reales sino entre el significado que les hacemos compartir y por el que, por ejemplo, los dientes son perlas o rebaños de ovejas. Es decir, hacer una metáfora no es describir la cosa, sino sólo hacerla semejante a algo ya conocido. Pero, de ninguna manera, las metáforas sociales, con las cuales tratamos de pensar el mundo, deberían llevarse a la realidad política. Cuando los Estados o ejércitos han llevado las metáforas a la realidad se producen genocidios como el
de los nazis o el de los sionistas. Decir que la naturaleza se rige por el triunfo de los más fuertes y feroces, nos lleva a las masacres, la imoralidad, y el desprecio por la vida de los demás. Nos lleva, también, a ver jerarquías entre los seres humanos y hasta acabar por aplicarle a los perros esa obligación construida de que hay machos-alfa y jaurías que obedecen. Por eso prevengo sobre este uso de las metáforas y paso, en seguida, al tema de esta columna.

Hay dos de las formas en que podemos mirar la propia vida: la escalera y el camino. En una hay que subir hasta el último peldaño y, en el otro, ir eligiendo rutas. Cuando se alcanza la cima de la primera, uno acaso se pregunte para qué todo ese esfuerzo. En el segundo, el camino, la pregunta será en el cruce de rutas donde se tiene que decidir por una y dejar atrás otras posibles: ¿Qué hubiera sucedido de haber transitado por la otra vía? La pregunta de la escalera será, entonces, por el vago propósito. La pregunta del camino será, entonces, por la posibilidad perdida. ¿Para qué escalé? y ¿qué hubiera pasado? Algo de frustración y algo de remordimiento.

Subir una escalera es un acto mecánico, solitario, y conciso, como lo describe Julio Cortázar en Instrucciones para subir una escalera, salvo que, como sucede en El Aleph de Borges, en el peldaño 19 te encontraras con el universo entero. Distinto es caminar porque el errante es tanto del error como de la errancia. La incertidumbre y el azar te acompañan en el trayecto. Hay vericuetos, cruces, encuentros, peligros. Y, como dice Robert Frost en su célebre poema, cuando ya hayas llegado te dirás y contarás que elegiste viajar por el menos transitado, aunque, la verdad, a la hora de decidir, ambos te parecieron iguales. La memoria nos exculpa.

En la escalera hay que ver al peldaño siguiente mientras pisas el actual y sólo sabes que has llegado cuando pones el talón en el final. En el camino la llegada no es necesaria y el andar se convirtió en la forma en que los hombres experimentaban la modernidad de la ciudad: mirar a los transeúntes. Las mujeres, en cambio, estaban en busca de una habitación propia. Balzac en su pequeño tratado sobre el andar, colecciona todos las reticencias que se solidificarán, con el tiempo, en los estereotipos de la misoginia, la aporofobia, y la discriminación por el aspecto, cuando instruye a las mujeres cómo comportarse en la calle y qué vestir, huye de esos pobretones que andan de prisa porque no se pueden comprar su propio ocio, y condena el caminar de los gordos como no estético. Pero nada en el texto de Balzac nos lleva a deambular. Más bien él se está refiriendo a las calles como escenarios y al andar de los burgueses como coreografías. Una vez que el flaneur llega a su fin, Walter Benjamin ve sus vestigios en el deambulador nocturno y en el convaleciente que sale de la cuarentena, y que pueden ser ese “hombre de la multitud” que tanto miedo le daba a Edgar Allan Poe. El deambular se ha detenido para siempre y jamás fue una recurso para las mujeres.

Sobre la metáfora de la vida como un camino, hay algo que también Umberto Eco sostuvo. Escribe: “El camino de la vida es una metáfora porque vida contiene una marca de temporalidad mientras camino contiene una de espacialidad. Gracias a que ambos lexemas contienen una marca de 'proceso' o de 'transición de x a y' (sean puntos del espacio o momentos del tiempo), la metáfora se vuelve posible por una transferencia de propiedad o por una transferencia de categoría. La expresión 'a la mitad del camino' no sería metáfora si el camino se entendiera en sentido espacial, pero la co-ocurrencia textual de decir 'de nuestra vida', impone la transferencia de una marca espacial al ámbito de la categoría de la temporalidad, por lo que también el tiempo se vuelve un espacio lineal con un punto mediano y dos extremidades”. Es decir, al proponer como metáfora de la vida al camino se hace del tiempo un trayecto entre un inicio y un final. Se hace lineal y nos impide tratar a la vida como ciclos o hasta dispersiones o flujos de energías.

Pero ahora vayamos a su uso como metáforas, no personales, sino sociales. La escalera termina en una metáfora social: la meritocracia. La escalera se sube solo, es lineal, jerárquica y competitiva. No se puede ascender sin dejar a otros atrás. Supone que todos arrancan del mismo peldaño, aunque haya gente que parte del subsuelo y otros ---los que ganarán--- que salen desde escalones que están mucho más arriba: los blancos, herederos, varones y urbanos. Al decir que los ganadores lo son por su esfuerzo, trabajo o superioridad intelectual, se legitiman las desigualdades y se destruye a la comunidad porque, en la escalera, pertenecer a la clase trabajadora tiene una sola motivación: huir de ella.

Arriba, el plutócrata se presenta como alguien igual a los demás que trabajan y se esfuerzan, se autopropone como salvador y benefactor de una sociedad víctima del Estado, y exhibe sus riquezas como comprobantes de su astucia y para servir de ejemplo a los que todavía no se esfuerzan. Vean, si no, a Elon Musk, a Trump, y a sus perritas. Abajo, el resto es conducido al aislamiento, el quiebre de las redes de apoyo, al “Síndrome del Impostor”, y a una utopía de holgura material que jamás está al alcance. Pero la escalera como metáfora social llevó, sobre todo, a la humillación, el desprecio, y la vergüenza de miles de millones por no ser aptos ni suficientes. Su forma de difusión más acabada fue el reality show en la televisión que mutó en la historia de Instagram. Acumular mercancías fue, a un mismo tiempo, señal de mérito y recompensa por subir la escalera. A las mujeres que no se les ofreció ni siquiera una habitación propia, fueron convencidas de que el feminismo habría logrado sus metas, y que ya era hora de “empoderarse”. Eso quiso decir hacer las mismas dobles jornadas y, además, vender mercancías en la informalidad llamada “emprendimientos”. Hoy las mercancías son ellas mismas en las redes tipo Only Fans. El trabajo se conectó, no a la necesidad, sino a la aspiración de ser como el plutócrata. Si no tienes esa aspiración, también tienes una falla moral. La escalera invirtió los papeles en que nos veníamos leyendo desde el siglo XIX: la clase ociosa ahora ya no son los herederos plutócratas sino los propios trabajadores y los potentados son los que trabajaban más duro que nadie y, para muestra, nos exhiben sus yates.

El caminar termina en otros dos mapas mentales: el nomadismo de los milmillonarios en sus aviones, yates y helicópteros conectado a sus mercados financieros, y la migración de los que dejan todo para seguir existiendo, desconectados de sus muertos. “Los hombres no tenemos raíces, tenemos pies”, decía la consigna que los globalistas le extrajeron al etnólogo André Leroi-Gourhan. El detalle es que él se refería a que acabaríamos desdentados y sólo con la fuerza suficiente para apretar botones si la tecnología seguía por la ruta que nosotros ya vivimos. El etnólogo murió en 1986, antes de echarle un vistazo a nuestra cultura del teléfono inteligente. Pero los globalistas que necesitaron, en un inicio, que la fuerza de trabajo se desplazara por su propios medios ---los pies—lo sacaron de contexto para alentar una metáfora que hizo de la supervivencia una aventura del espíritu emprendedor. Hasta que las fronteras se volvieron a cerrar y ya los caminantes no pudieron pasar, fueron perseguidos, y encarcelados como delincuentes.

Los que huyen de un punto de peligro a otro en que deben esconderse por no tener papeles, señala al ser humano del neoliberalismo, el del terror total, es decir, el inmigrante, el inocente al que se culpabiliza, al chivo expiatorio. El caminante, así se encuentra fuera del mundo, de la misma manera en que se miran los milmillonarios en sus cápsulas de oxígenos rejuvenecedoras. Como seres invisibles, los migrantes pobres tienen un poder que sólo se disuelve contra las cámaras de vigilancia o las delaciones de su estatus ilegal por parte de sus vecinos. Como seres inaccesibles, los milmillonarios comparten con los migrantes la secrecía y el poder de habitar escondidos. El tirano sanguinario y la víctima del sacrificio social son las dos metáformas que nos deja el neoliberalismo una vez que asimila la desigualdad extrema.

Junto con el globalismo y la pluralidad sin derechas ni izquierdas, los filósofos franceses, Gilles Deleuze y Felix Guatari criticaron al árbol como símbolo de jerarquía, autoritarismo, y centralización. Pobres árboles, les adjudicaron la metáfora del dictador o de los sistemas burocráticos que funcionan en forma de pirámide. Como alternativa a la metáforma social del árbol, Guatarri y Deleuze, propusieron la metáfora del “rizoma” que era muy parecida a las redes digitales donde todo tiene el mismo peso relativo y cuyas conexiones funcionan como intercambios tipo oferta y demanda o izquierda derecha o, incluso, “me gusta/no me gusta”. Pero todavía no recibían noticias de que los árboles se comunican y avisan de peligros de plagas por medio de sus raíces, usando a los hongos como mensajeros. Tampoco se enteraron que los árboles-madre, los más viejos, socorren a los más jóvenes por medio de esta red subterránea dándoles nutrientes que, por su corta estatura, no alcanzan a sintetizar

Según ellos, el árbol era perfecto para hacer la metáfora del capitalismo, en el que nuestro sentido de propósito se confunde con nuestro empleo. Tenemos propósito en tanto seamos útiles. Pero esa no es la única fuente del sentido, aunque sea, digamos, el tronco. El árbol se extiende en raíces que ayudan a otros, en ramas que buscan senderos hacia la luz del sol, en copas abiertas de par en par. Cada rama seca ha dado lugar a otra viva y, así, el propósito puede ser tu trabajo, pero también la curiosidad y la compasión. Así el árbol no es una metáfora del autoritarismo, sino sólo una forma de crecimiento dentro de un bosque, desierto, sabana, o selva, que no está animada sino que es arborescente. Los árboles crecen donde su semilla ha caído y, frente a los ataques del exterior, van desarrollando un tronco para protegerse. No pueden ir por sus parejas y, entonces, desarrollan flores, polen, y frutas para reproducirse. No pueden esconderse de las tormentas, así que sólo aprenden a soportarlas.

Los árboles que los franceses Guatari y Deleuze veían tan “estatales” y a los que hasta llamaron “estructuras fascistas” son parte de una comunidad llamada bosque o selva o desierto. Están de pie sobre unas raíces que los intersectan. Llevan en sus troncos y ramas, no una jerarquía autoritaria, sino todas sus derrotas, fracasos, accidentes, huellas del paso de vientos, inundaciones, sequías e incendios. Son la metáfora social para tiempos venideros: ayudar a crecer a los demás.

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