Leonardo García Tsao
Según él, que ya cumplió 83 años, su físico ya no podrá aguantar los rigores de otra filmación, lo cual sería una lástima porque Leigh es un maestro en pintar con humanismo, humor, y también desesperanza, la vida de sus coterráneos. En este caso, las protagonistas son Amy (Kate O’Flynn) y Rosie (Alice Bailey Johnson), dos trabajadoras sociales y amigas desde la infancia que vuelven a vivir juntas porque la primera se ha separado de su marido crápula.
El par atiende casos que el sistema ha dejado a la deriva, sobre todo después del gobierno de Thatcher y el Brexit. Esas instancias rompen el buen humor que las mujeres mantienen a pesar de todo, auxiliadas por sempiternas copas de vino blanco o champaña. Leigh también enfoca a los padres de Amy: Birdie (Marion Bailey, pareja del director) y Geoff (Paul Jesson), que se decepcionan al saber del fracaso matrimonial de su hija.
Los viejos son encantadores y entre ellos hay un ritmo de conversación establecido a través de 50 años como pareja. Aquí también Leigh introduce una nota melancólica final, cuando la mente de Geoff empieza a deteriorarse de un momento para otro. ¿Será el jurado sensible al difícil equilibrio tonal que consigue Mike Leigh al final de su filmografía? ¿Y al superlativo trabajo de sus actores?
Del director noruego Hans Petter Moland yo había visto en este festival y escrito una crítica elogiosa de su primer largometraje, Cero grados kelvin, improbablemente estrenada en México en 1995. Después de 31 años, Moland compite nuevamente en San Sebastián con Markens grode ( La germinación de la tierra), una fascinante saga sobre la fuerza de la civilización basada en una novela de Knut Hamsun.
La película comienza con el encuentro en territorio agreste de dos personajes solitarios: Isak (Herbert Nordrum) e Inger (Asta Kamma August), quien tiene labio leporino. Ambos forman una pareja primigenia, y en medio de la nada consiguen establecerse con lo que será después una próspera granja con diversos tipos de rebaños (su mejora puede parecer un poco improbable, sobre todo con el chalé que ambos se construyen con piedras y madera, al que sólo le falta un jacuzzi).
Lo más interesante viene después. Inger es llevada a la cárcel durante ocho años por un crimen impensable, y cuando vuelve con su familia es una mujer cambiada: le han operado el labio, ha aprendido a leer y también a usar un aparato nuevo: una máquina de coser. Es Isak quien no parece avanzar con el paso del tiempo.
Moland cuenta su historia con mano maestra, subrayando lo inexorables que son el tiempo y el progreso. La prueba segura de que la civilización no es muy lejana es que no tarda en aparecer un alguacil con una orden para cobrar impuestos. Markens grode debería figurar igualmente en el palmarés final. Ya veremos.
X: @walyder

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