Fernando Buen Abad Domínguez
Pig Data es una metáfora crítica y deliberadamente irónica dirigida a la agrupación de "encuestas" y "estadísticas" en un mercado que se ha intoxicado con el ilusionismo del Big Data. Este se ha transformado en una forma de apropiación mercantil de la subjetividad: el individuo se reduce a una unidad de datos, perfil de consumo, probabilidad de comportamiento y objeto de intervención. Una porquería demagógica centavera.
Durante el período del capitalismo tardío, el ámbito de la reproducción ideológica ha experimentado una evolución hacia formas cada vez más sofisticadas de fetichismo tecnológico. La expansión de la algoritmia, la datificación de la vida social y la mercantilización de las conductas han creado un territorio donde la conciencia humana puede ser fragmentada, clasificada, cuantificada y convertida en mercancía. En ese universo emerge lo que aquí podemos denominar, deliberadamente, Pig Data: una parodia crítica del Big
Entonces el término 'data' alude a la conversión del individuo en ganado digital, sometido a la extracción continua de información, alimentado por estímulos mediáticos, segmentado por algoritmos y procesado hasta la última gota de sus preferencias. Lejos de la inocencia analítica que pretenden exhibir determinadas consultoras demoscópicas, estamos ante una maquinaria de producción de representaciones sobre la conciencia social que puede terminar reificando aquello mismo que pretende medir. Los comerciantes de encuestas no son necesariamente científicos sociales en sentido estricto; cuando su actividad se subordina a la lógica mercantil, operan como taquígrafos del capital: registran fragmentos cuantificables de la realidad y los devuelven convertidos en mercancías simbólicas capaces de adquirir autoridad política. El problema, por tanto, no es la estadística.
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Una encuesta rigurosamente diseñada puede aportar información relevante sobre determinadas percepciones, comportamientos o tendencias. La dificultad se manifiesta cuando el instrumento de medición se eleva a la categoría de oráculo, cuando un porcentaje pretende asumir el lugar de la totalidad social y cuando la cifra deja de ser un dato que requiere interpretación para transformarse en una mercancía política que se compra, se vende, se publicita y, en última instancia, se emplea para fabricar una apariencia de realidad. Ese es el núcleo del problema: no la existencia de números, es el fetichismo del número.
Entonces la mercancía encuesta aparece como una cosa aparentemente objetiva, autónoma y neutral, separada de las relaciones sociales que la producen. Sin embargo, detrás de cada porcentaje existen decisiones concretas: quién pregunta, a quién pregunta, cómo formula la pregunta, cuándo realiza el relevamiento, qué universo construye, qué categorías utiliza, qué respuestas excluye, cómo pondera los resultados, qué supuestos metodológicos adopta, quién financia el estudio y quién posee los medios necesarios para convertir sus resultados en noticia, titular, propaganda o argumento de autoridad. La cifra no cae del cielo. Tiene productores, compradores, procedimientos, costos, intereses y efectos. Tiene una economía política. La mistificación comienza cuando todas esas mediaciones desaparecen y queda solamente el número: “el 37 % piensa esto”, “el 42 % prefiere aquello”, “la intención de voto subió tres puntos”. El porcentaje adquiere entonces una apariencia de existencia independiente y comienza a hablar en nombre de una totalidad que jamás puede representar por sí mismo. La operación es profundamente fetichista: las relaciones sociales que produjeron el dato quedan ocultas detrás del dato mismo.
Aquí reaparece, con una potencia renovada por la digitalización, la crítica marxiana del fetichismo de la mercancía. Marx mostró que la mercancía tiende a ocultar las relaciones sociales entre productores, presentándose como una cosa dotada de valor propio. En la encuesta fetichizada ocurre algo semejante: desaparecen entrevistadores, muestras, cuestionarios, ponderaciones, silencios, exclusiones, condiciones históricas y decisiones metodológicas, mientras el número aparece como si poseyera una verdad autónoma. Por el contrario, ningún número habla por sí mismo. Hablan las instituciones que lo producen, los medios que lo amplifican y las relaciones sociales dentro de las cuales adquiere significado. La cifra es una construcción metodológica situada; su interpretación es una operación social; su circulación puede convertirse en una intervención política. Por eso la pregunta marxista no puede detenerse en “¿cuánto?”. Debe avanzar hacia interrogantes más incómodos: ¿quién produjo ese dato?, ¿con qué recursos?, ¿bajo qué relaciones de poder?, ¿para quién?, ¿con qué categorías?, ¿qué quedó fuera de la muestra?, ¿qué intereses determinan su circulación?, ¿quién tiene capacidad para convertir un porcentaje en verdad pública?
Ese reduccionismo numérico opera precisamente ocultando esas preguntas. Consigue hacer pasar la parte medible por el todo real. La sociedad aparece como una suma de respuestas individuales, la conciencia colectiva como una tabla estadística y la historia como una sucesión de curvas ascendentes y descendentes. La complejidad dialéctica de la vida social queda comprimida en indicadores. La lucha de clases, las condiciones materiales de existencia, la precarización laboral, la concentración de la riqueza, las relaciones de propiedad, la experiencia cotidiana de los trabajadores, las estructuras mediáticas, las memorias históricas y las contradicciones sociales se reducen a una sucesión de porcentajes. La sociedad comienza a parecerse a una bolsa de valores emocional: sube, baja, empata, se dispara, se desploma. Se sustituye la explicación por la cotización. La historia queda convertida en presente estadístico.
Desde una perspectiva materialista, una sociedad no puede ser comprendida como la suma aritmética de opiniones individuales. Las opiniones se producen socialmente. Tienen condiciones materiales, historias, lenguajes, experiencias de clase, relaciones laborales, consumos culturales, memorias colectivas y horizontes de expectativa. Una encuesta puede registrar una respuesta; no puede, por sí sola, explicar la totalidad de las relaciones que hicieron posible esa respuesta. Puede informar qué porcentaje declara determinada opinión, pero no transforma automáticamente esa declaración en explicación histórica. Medir no equivale a comprender. Contar no equivale a explicar. Registrar una correlación no significa demostrar una causalidad. El fetichismo de la cifra comienza cuando se confunden estas operaciones y cuando el instrumento destinado a observar una realidad termina presentándose como la realidad misma.
De allí surge el ilusionismo político del reduccionismo numérico. Se presenta como realidad consolidada lo que puede ser solamente una fotografía metodológicamente condicionada de un momento, de una muestra y de un universo previamente definido. Incluso una encuesta técnicamente rigurosa está sometida a condiciones de producción que deben ser conocidas para interpretar sus resultados. La ilusión aumenta cuando los medios convierten pequeñas variaciones estadísticas en acontecimientos dramáticos y cuando las diferencias entre mediciones se narran como si fueran transformaciones profundas de la conciencia social. La aritmética comienza a sustituir a la historia. El número deja de ser evidencia parcial y pasa a funcionar como argumento de autoridad.
Su industria demoscópica puede entonces convertirse en un mercado de incertidumbre. El capital no adquiere necesariamente estos productos por simple curiosidad científica: los adquiere porque necesita información para administrar riesgos, anticipar comportamientos, segmentar públicos, orientar estrategias y organizar decisiones. La encuesta se transforma así en mercancía simbólica. Se vende información, pero también se vende expectativa; se vende incertidumbre empaquetada como precisión; se vende la posibilidad de anticipar comportamientos colectivos y, sobre todo, se vende autoridad. El comerciante de encuestas ofrece un producto capaz de intervenir en conversaciones públicas, estrategias de comunicación, decisiones empresariales y percepciones ciudadanas. La mercancía no solamente describe: puede producir efectos.
Aquí aparece una contradicción fundamental. La encuesta pretende medir la opinión pública, pero sus resultados pueden convertirse ellos mismos en acontecimientos dentro de la opinión pública. Una cifra repetida puede modificar conversaciones, generar sensación de ascenso o descenso, instalar la percepción de que determinada posición es mayoritaria o minoritaria y producir comportamientos que posteriormente se presentarán como confirmación de la propia medición. El instrumento termina interviniendo sobre aquello que pretende observar. No es necesario imaginar una conspiración para comprender este mecanismo. Basta analizar la inserción material de la encuesta dentro del sistema de comunicación, propiedad y poder. Una información que se repite millones de veces deja de ser simplemente información: participa en la construcción del ambiente simbólico dentro del cual los sujetos interpretan su propia realidad.
Con la expresión “la gente piensa” debería, por eso, provocar inmediatamente preguntas. ¿Qué gente? ¿Qué universo? ¿Quién respondió y quién no? ¿Qué condiciones hicieron posible la respuesta? ¿Qué preguntas precedieron a esa pregunta? ¿Qué categorías se ofrecieron? ¿Qué acontecimientos estaban ocurriendo cuando se levantó el campo? ¿Qué supuestos estadísticos permitieron extrapolar respuestas individuales hacia afirmaciones sobre una colectividad? ¿Qué intereses financiaron la investigación? ¿Qué medios seleccionaron ese resultado entre otros posibles? Preguntas elementales que desaparecen cuando el número se convierte en espectáculo. El fetichismo estadístico produce precisamente ese efecto: transforma una construcción social en una apariencia natural.
Y el Pig Data representa una extensión digital de este problema. La proliferación de bases de datos, plataformas, paneles, sistemas de segmentación y dispositivos de seguimiento permite extraer cantidades crecientes de información sobre conductas y preferencias. No obstante, más datos no significan automáticamente más verdad. La acumulación cuantitativa puede coexistir con una pobreza cualitativa de interpretación. El Big Data puede transformarse en Big Illusion cuando la abundancia de registros genera la fantasía de que la sociedad está completamente conocida porque ha sido suficientemente contabilizada. El problema no es solamente cuánto dato existe, sino quién posee el dato, quién lo procesa, quién define las categorías, quién controla los algoritmos y quién puede convertir la información en poder.
Entonces, el Pig Data es, en este sentido, una expresión de la apropiación capitalista de la subjetividad. El individuo deja de aparecer como sujeto histórico inserto en relaciones sociales y comienza a ser tratado como un átomo estadístico, una unidad de consumo, una probabilidad de conducta, un perfil de audiencia o un punto dentro de una base de datos. Su subjetividad se despoja de contexto y convertida en información intercambiable. El ciudadano produce datos sobre sí mismo y luego recibe esos datos como una verdad externa, administrada por instituciones que pueden convertirlos en mercancía. Allí reside una forma particularmente sofisticada de alienación: aquello que los sujetos producen colectivamente sobre sus propios comportamientos regresa ante ellos como una fuerza aparentemente independiente.
Toda esa mercantilización de la voluntad popular puede fragmentar la conciencia de conjunto. Allí donde debería investigarse la totalidad concreta de las relaciones sociales, aparece el individuo aislado de su historia. Allí donde existe una clase con experiencias materiales comunes y contradicciones compartidas, aparece una colección de respuestas privadas. Allí donde existe conflicto social, aparece una distribución porcentual. La sociedad se atomiza para ser vendida. Y el ciudadano corre el riesgo de ser convertido simultáneamente en consumidor de encuestas y materia prima de una industria que comercializa sus respuestas.
Esta lógica tiene además una consecuencia ideológica decisiva: puede contribuir a delimitar lo que parece pensable. Si una determinada alternativa se presenta repetidamente como minoritaria, improbable o estadísticamente irrelevante, puede producirse una percepción de imposibilidad antes de discutir sus fundamentos materiales. Las encuestas, los medios y los dispositivos algorítmicos pueden participar así en la construcción de un cerco epistemológico: no necesariamente porque exista una conspiración centralizada, sino porque los criterios de rentabilidad, visibilidad, audiencia y circulación seleccionan determinados discursos y relegan otros. La democracia corre entonces el riesgo de ser representada como un mercado permanente de preferencias cuantificadas, donde la mayoría estadística aparece como fuente última de legitimidad y donde la capacidad de transformar las condiciones materiales queda subordinada a la capacidad de aparecer en una medición.
Su reduccionismo numérico anula la dialéctica cuando sustituye el movimiento histórico por la proyección lineal de tendencias. Marx enseñó a comprender la sociedad desde sus contradicciones y desde las relaciones materiales que estructuran la lucha de clases. El capitalismo, en cambio, tiene un interés permanente en presentar sus formas históricas como si fueran naturales y sus contradicciones como simples desviaciones cuantificables. La estadística descriptiva puede terminar funcionando ideológicamente cuando transforma el conflicto en indicador, la explotación en porcentaje, la alienación en índice de confianza y la indignación social en fluctuación de opinión. La rabia acumulada en la experiencia material de la explotación queda traducida a una cifra administrable. La contradicción se vuelve variable. El conflicto se vuelve dato. La historia se convierte en gráfico.
Por el contrario, una crítica rigurosa debe evitar también la trampa del antiintelectualismo. Sería absurdo responder al fetichismo estadístico negando la utilidad de la estadística. El marxismo no tiene por qué elegir entre el culto al número y el desprecio por los datos. Puede exigir mejores datos, mejores métodos y, sobre todo, una interpretación socialmente situada de esos datos. La crítica no consiste en destruir el termómetro porque la temperatura pueda ser utilizada ideológicamente. Consiste en impedir que el termómetro se presente como explicación de la enfermedad. Una encuesta puede ser una herramienta de investigación; convertida en fetiche, puede convertirse en instrumento de mistificación. La cuestión decisiva es qué lugar ocupa dentro de una investigación de la totalidad social.
Por eso necesitamos una crítica de la economía política aplicada a la información. Hay que estudiar la cadena completa: producción del dato, propiedad de la información, financiamiento, metodología, procesamiento, circulación mediática, apropiación empresarial y efectos sociales. Hay que preguntar qué intereses encuentran valor en determinado conocimiento y qué sujetos quedan invisibilizados cuando la sociedad se reduce a las categorías disponibles para ser comercializadas. Detrás de cada porcentaje existe una relación social de producción; detrás de cada clasificación existe una decisión; detrás de cada algoritmo existe una arquitectura institucional; detrás de cada visualización existe una selección de aquello que se considera relevante y de aquello que queda fuera del cuadro.
Un verdadero desafío, entonces, no consiste en elegir entre números y realidad. Consiste en recuperar la relación entre ambos. Frente al ilusionismo político del Pig Data, hay que devolverle historia al número, conflicto al porcentaje y sociedad al dato. No basta preguntar cuánto. Hay que preguntar quién, cómo, cuándo, para qué y bajo qué relaciones de poder. No basta saber qué porcentaje respondió. Hay que investigar quién pudo responder, quién quedó fuera y qué condiciones sociales hicieron posible esa respuesta. No basta observar que una cifra cambia. Hay que determinar qué cambió realmente y qué puede obedecer a modificaciones de muestra, ponderación, participación, formulación o contexto.
Sus estadísticas pueden ayudar a conocer la realidad; nunca debería ser autorizada a reemplazarla. Cuando el número se transforma en mercancía y la mercancía en autoridad, la encuesta deja de ser únicamente una técnica de medición y pasa a formar parte de la lucha por producir la apariencia de realidad. Ese es el ilusionismo político: vender como conciencia colectiva aquello que apenas es una cifra obtenida de una muestra; vender como tendencia histórica aquello que puede ser una oscilación; vender como voluntad popular aquello que fue previamente seleccionado, clasificado, ponderado y empaquetado para circular en el mercado de la información.
Nuestra crítica no exige abandonar los números. Exige arrancarlos del fetichismo. Exige devolverles sus condiciones materiales de producción. Exige recordar que ninguna sociedad cabe enteramente en una tabla, que ninguna conciencia colectiva puede ser reducida a una columna porcentual y que detrás de cada dato existe una relación social que debe ser investigada. El desafío es pasar del dato como mercancía al dato como instrumento crítico; del porcentaje como espectáculo a la estadística como herramienta; de la encuesta como oráculo a la investigación como proceso. La emancipación no puede quedar subordinada a los gráficos de torta que los dispositivos mediáticos exhiben como oráculos de una voluntad general previamente cuantificada. Exige volver a la materialidad de la existencia social: a los lugares de trabajo, a los barrios, a los territorios explotados, a las relaciones de propiedad, a las condiciones concretas en las que se reproduce la vida, a los cuerpos que trabajan, padecen, resisten y organizan su experiencia colectiva.
Cuando los comerciantes venden números como si fueran destino, corresponde preguntar qué realidad material quedó fuera del cuadro. Cuando presentan porcentajes como conciencia colectiva, corresponde reconstruir las relaciones sociales que produjeron esas respuestas. Cuando ofrecen predicciones como si se hicieran consumadas, corresponde recuperar la historicidad, la contingencia y la capacidad de praxis de los sujetos. La clase trabajadora no puede ser reducida a ganado de datos para alimentar las predicciones del capital. Es una fuerza social constituida históricamente, capaz de interpretar, organizarse y transformar sus condiciones materiales de existencia. Sólo desde esa perspectiva los números recuperan su lugar: dejan de ser oráculos y vuelven a ser herramientas. Porque la realidad social no necesita comerciantes de certezas; necesita investigación rigurosa de sus contradicciones. Y frente a la industria que pretende convertir la conciencia en mercancía, la tarea crítica consiste en desmontar el mecanismo que transforma al sujeto histórico en objeto estadístico. No para destruir el termómetro, sino para impedir que nos convenzan de que medir la fiebre equivale a explicar la enfermedad. Y cobrarnos caro el espejismo.
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