"Hay un genocidio en desarrollo donde Israel ha asesinado a casi cien mil personas, donde la mayoría son mujeres, niños y adultos mayores".

Como plantea el historiador israelí Shlomo Sand, en 1850 comenzó el llamado “Siglo de la judeofobia”, es decir, un proceso histórico europeo cuyo corolario fue el genocidio perpetrado por esa ideología criminal y supremacista llamada “nazismo”. La trayectoria de eso, sin embargo, tiene raíces diversas.
Como nos recuerda el historiador Enzo Traverso, después del triunfo de la Revolución Francesa hubo una inercia generalizada en Europa, continente que a pesar de mantener su estructura señorial vinculada a la tierra hasta mucho tiempo después, comenzó empero a institucionalizar algunas legislaciones liberales, entre cuyos efectos estuvo el reconocimiento de la diversa comunidad judía como ciudadanos con derechos en diversos lares de la región.
Eso fue pábulo para que los movimientos reaccionarios e irracionales quisieran explicarse la Toma de la Bastilla como una especie de conspiración judeomasónica, ya que, según ellos en su fanatismo, sólo los judíos habían salido beneficiados por el movimiento revolucionario francés cuyas estelas se extendieron a otros espacios de Europa.
En un entorno donde en ese continente ocurrían hechos que derivarían en la construcción de los Estados-Nación, ese pensamiento reaccionario y fanático llevó a pensar a muchos que la figura del judío representaba algo así como el “extranjero indeseable” o paria. Es en ese contexto donde surge el término “antisemita” para tratar de atacar y excluir a una comunidad diversa que tenía derecho a vivir en Europa.
Pero desde su origen mismo el terminajo es problemático. Por una razón sencilla: el tronco semítico incluye a los pueblos árabes y hebreos, de tal suerte que asumir que “antisemita” excluye el desprecio racista a los árabes es una percepción judeocéntrica e imprecisa.
El racismo europeo conllevaba en el fondo la idea arbitraria y necia de que ese continente debía ser sólo blanco y cristiano. Así, esos intentos de exclusión contra judíos se nombraban con fuerza porque éstos eran la minoría más visible; pero el mismo espíritu excluyente y violento se observaba con el trato que se les daba a otras minorías, como los gitanos. Esas pulsiones racistas no conocen matices.
El siglo de la judeofobia nace en 1850 con la publicación de Wagner del libelo racista “Los judíos en la música” (donde el autor se quejaba de que los judíos hablaran yídish en Alemania y no nada más la lengua local) y termina una centuria después con el exterminio perpetrado por los sanguinarios nazis. Lo que debe subrayarse en esa penuria histórica es que ni Wagner ni los nazis inventaron nada: simplemente reflejan pulsiones violentas sitas en Europa desde antes. Y, eso sí, marcan cómo evoluciona la perversidad: la primera judeofobia religiosa era racista, violenta, ciega y estúpida, pero suponía que si los judíos se convertían al cristianismo se les permitiría salvarse, vivir e integrarse a la sociedad. Esa sandez fue creciendo hasta convertirse en judeofobia política, es decir, el delirio sangriento nazi de sentirse con el derecho de exterminar a todo un pueblo diverso por considerarlo intrínsecamente malo e insalvable.
En 1945, con la derrota de esa maldad politizada que es el fascismo, supusimos que la humanidad aprendió la lección. Pero no fue así. Hoy presenciamos un nuevo genocidio, perpetrado por Israel, país cuyos integrantes deberían ser los primeros en entender qué significa la persecución racista.
Hoy, hay que decirlo con tristeza, pero Benjamín Mileikowski, Smotrich, Itamar Ben Gvir, Herzog y toda la horda de bestias sanguinarias que controlan ese país son émulos de Hitler, no sólo con sus dichos racistas y segregacionistas sino con sus acciones genocidas. Apenas la semana pasada Ben Gvir se autonombraba humanista porque decía que quería “salvar” a los gazatíes, y su propuesta de salvación era expulsarlos a todos de su ciudad para hacer ahí un resort playero. Mientras los nazis originales cada vez que daban un discurso racista contra los judíos creían que estaban en una seria cruzada existencial, los nazis posmodernos como el miserable Ben Gvir creen que en sus discursos racistas y excluyentes están en una comedia de stand up.
Hoy nadie puede obviar los hechos. Hay un genocidio en desarrollo donde Israel ha asesinado a casi cien mil personas (en un recuento parcial que no incluye aún a los desaparecidos en escombros), donde la mayoría son mujeres, niños y adultos mayores; en una masacre deliberada que pretende acabar con una civilización. Su coartada del 7 de octubre de 2023 es un chantaje: este proceso criminal comenzó mucho más atrás, desde que a través de la colonización y expansión ilegítima que viola todos los acuerdos de 1948, ese país ha asediado y encerrado a los palestinos en su propia tierra. Y el hecho se agravó en 1967, cuando con la guerra con Líbano, se dejó en claro que Israel no era más un país de refugiados que huían de una persecución europea, sino un enclave neocolonial y expansionista capaz de cometer atrocidades.
Hoy, la situación se ha agravado. Contra Palestina Israel persiste en una limpieza étnica genocida que no sólo es un escupitajo a la historia del pueblo judío, que ha padecido eso antes, sino también un crimen que lo ubica incontrovertiblemente como un fascismo del siglo XXI. Y este crimen no comenzó el 7 de octubre de 2023, sino que data de décadas atrás.
Por ese contexto impresentable, es que hoy mueve a la náusea o a la indignación la serie de lágrimas de cocodrilo que se esgrimieron contra una marcha patética efectuada el 11 de septiembre pasado, donde un coro reducido de desadaptados que a nadie representan gritó “fuera judíos de México”. A la fecha, se sabe que esa marcha no fue convocada por los canales en que las organizaciones propalestinas lo hacen; se ha expuesto cómo las consignas que se coreaban eran producto de la instrucción de un fulano; los andantes llevaban una bandera palestina al revés; se gestó en un espacio donde no suelen darse esas protestas -en Masarik, no en el centro-; su organización fue demasiado fantasmal y los colectivos que suelen gestar las legítimas protestas contra el genocidio se han deslindado de ella.
Es decir, esta marcha aparentemente balín, reducida, donde se gritaron consignas hechizas que a nadie interpelaron y que no representan nada salvo algo medio sospechoso, fue exagerada por diversas voces de urracas mediáticas como si se tratara de una noche de los cristales rotos. Por cierto, aquí hay que recordar cómo una de las últimas veces que sí hubo un ataque racista así, fue precisamente de sionistas en Tel Aviv, que en mayo de 2021 atacaron tiendas de israelíes árabes.
Volvamos a México. Los colectivos propalestinos se deslindaron de la marcha balín del 11 de septiembre, y al mismo tiempo, emitieron un necesario posicionamiento contra el racismo y contra la judeofobia, que todos deberíamos tener como eje de conducta. Pero lo que es indignante es que los mismos que sobredimensionaron esa sospechosa marcha nunca se cuestionaron sus extrañas circunstancias y lloriquearon por ella como si ese racismo bobo fuera un peligro contra un grupo de mexicanos, lo cual es falso. Esa marchita de consignas racistas y muy sospechosa no tuvo ninguna relevancia y seguramente sus asistentes ya olvidaron las consignas que al parecer les dictaron.
En este momento las víctimas indiscutibles del mundo son los palestinos, cuya destrucción no corre a cuenta de un desastre natural sino de la acción deliberada de un grupúsculo de fascistas israelíes que, con vergüenza hay que decirlo, son respaldados por la mayoría de la población de ese país. Nuestros respaldos y preocupaciones y peticiones de cese al sufrimiento deben estar con ellos. La judeofobia es una pulsión racista y presente en muchos guiñapos, pero en México no es ninguna amenaza. A los que sobredimensionan la marcha balín y creen que su llanto es más importante que el genocidio contra Palestina sólo los puede mover el horrendo narcisismo, o peor, el intento goebbelsiano de negar u omitir las atrocidades que comente Israel hoy.
Los demás que, en este momento crucial de la humanidad, donde se perpetra un genocidio documentado por todos lados, hay que saber que los arrasados, asesinados y exterminados son los palestinos. Los censurados y violentados por sus opiniones son los casi 300 periodistas que Israel ha matado para ocultar sus crímenes y los muchos que no deja entrar en Gaza porque exhibirían aún más su sed de sangre; y asimismo, también son víctimas los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, que por filmar un documental donde comprueban las intenciones genocidas del ejército de su país, hoy padecen una persecución censora y amenazas de muerte.
Nuestra solidaridad debe estar con ese pueblo y con esas personas. Todo lo demás son lágrimas huecas de narcisistas sin escrúpulos, que al querer sentirse el ombligo del mundo no sólo buscan opacar a las víctimas reales de este momento, sino que le dan contenido a la propaganda neogoebbelsiana que hoy busca blanquear los crímenes de Israel y perseguir a quienes los denuncia.
Va en esta columna una admiración explícita a maestros como Yuval Abraham, Rachel Mor, Silvana Rabinovich, Doris Musalem, Norman Finkelstein, José Steinsleger, Ilán Pappé, Shlomo Shand, James Petras, Howard Zinn, Raquel Tibol y un sinnúmero de intelectuales y creadores que, con la lección bien aprendida del siglo XX, hoy saben que cuando se dice “nunca más” es un “nunca más” que abarca a todos los pueblos del mundo.
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