Fabrizio Mejía Madrid
Despertaste esa mañana y decidiste hacer lo que nunca: de hoy en adelante, sólo tú importabas. Tu arte sería tu mera existencia, tu verdad tu propia experiencia, tu interés algo a lo que se someterían los demás. Te imaginaste como un dueño absoluto que domina con la crueldad, aplasta todas las posibles respuestas, que encuentra placer en dañar y humillar porque así es como se sobresale. No más dualidades tuyas o enigmas de los otros. Aquí estabas tú. Auténtico, justo, espontáneo, sin represiones. Tú, una presencia abundante, que fluye como un río de espontaneidad en el que todos quisieran zambullirse para experimentar tu inmediatez, tu autenticidad, tu vibración.
Para ser ese tú sin contradicciones, sin vacilaciones, necesitarías que desaparecieran, además de los otros, el pasado y el futuro y, también, las distancias. Sólo lo urgente y lo próximo captarán, de hoy en adelante, tu atención y contribuirán a ser ese Tú absoluto, con un solo clic, experimentado al instante, disfrutable en lo dado. No habría necesidad de explicar de dónde vienes y por qué o cómo resultaste en tú. Tampoco hacia dónde te diriges ni qué pretendes. Eso no es divertido ni espontáneo ni libre. Eres la superficie que fluye para no pensar en nada: urgente e inmersiva.
Pero antes de que pudieras levantarte ya te asaltaba la pregunta: ¿Cómo podrías convertirte en ese Tú absoluto? Lo primero que se te ocurrió fue abrir tu recámara a la vista de todos los transeúntes de la calle. Poner un vidrio para que pudieran regocijarse desde las banquetas. Pero no vives en una planta baja, así que lo siguiente sería tomarte fotos, una cada hora, para colocarlas en todos los postes del vecindario, enviarlas por correo a direcciones lejanas de gente que nunca verás. Esa intimidad que da el anonimato. La proximidad del mapa.
Otra opción sería filmar un video. No una película porque esas deben tener personajes y tramas. Sólo una grabación de ti mismo existiendo. Eres lo que queda cuando las ficciones ya han colapsado. Como una memoria de la desmemoria, fotografías para ser olvidadas. O quizás filmar la intensidad de tí mismo en el momento de mayor violencia y crueldad con un cuchillo y pequeñas autolesiones. El dolor y la sangre no son refutables, ¿o sí? Se te vino una idea distinta: a ti mismo diciendo improperios, insultando a otros, profiriendo todos los insultos mal sanos que te sabes. Acompañarla con actos en los que rompes todas las normas sociales aceptadas como embarrar excremento en el lente de la cámara. O expresar que toda teoría es personal y viene de la propia experiencia y que, para ti, el sol no existe, la Tierra es plana, y los demás son reptiles que han caído de una galaxia lejana. Y luego, reírte de todo porque el escepticismo es el Tú inteligente, el que no se deja engañar.
Eres una presencia sin representación, una desmemoria que fluye con imágenes sin que alguna sea más o menos insípida. Eres pura autoexpresión sin siquiera molestarte por saber expresarte. Podrías hasta escribir sin haber leído. Podrías ser un artista de ti mismo simplemente por documentar tu domesticidad, los detalles de la lista del súper, la suma de lunares en tu cuerpo. No hay nada que cultivar si eres sólo una emanación: decir y sentir lo que sea, pero rápido, antes de pasar de esto a esto otro. Una autoetnografía.
La idea te sobrevino: tú como espectáculo de inmersión. Transmitir en vivo tu propio interior, la textura de tus órganos y secreciones. Pensaste en una cámara endoscópica que empezara en tu boca, transitara por el esófago, el estomago pero que, luego, recorriera los dos intestinos y, finalmente, saliera por el ano. Una viscosa endoscopía gastrointestinal más una colonoscopía abyecta. Ese espectáculo de cómo es uno por dentro es presencia, fluidez, inmediatez. Es el único tú existente. La espontaneidad dependería de cada tremor de los órganos filmados. La autenticidad irrefutable de lo que llevamos vibrando debajo de los huesos. El estilo sería el streaming. El momento de la transmisión sería el momento de la obra de arte. Así, sin cortes, ni ediciones, ni propósito: sólo de la boca al ano. El Universo Digestivo. Ese podría ser el título de la pieza. O quizás podría llamarse “Tiempo Real”. Qué actual.
Drama, pornografía y horror son los tres picos que te suscitan las imágenes para intensificar tu emoción, calentura sexual, y miedo. Los tres te recorren el cuerpo en el instante sin necesidad de saber nada ni de compaginar con alguien. Es una forma de convertirte en un fluído que circula como una corriente eléctrica por tu espina dorsal, por los vellitos del brazo, por las venas. Tú debes ser eso. Tus abuelos creían en la teoría. Tus padres en lo revelador. Tú, en lo idiosincrático. Pero basta de pasado. Tú lo que quieres es ser la presencia, el fluído, la corriente eléctrica, nada antes, nada después de tu paso fugitivo.
Todo esto lo sé porque hace años que te conozco. ¿Cuántos? Tú no los has querido contar ni recordar y yo diría que unos siete. Cada vez que te levantas con la ilusión rota, el cordón umbilical de la reciprocidad o del “alma gemela” estallado en el piso, vas y te refugias donde crees que nadie te puede traicionar: tú mismo. Lo he experimentado ya demasiadas veces: te levantas, escucho la regadera del baño, el subirte los pantalones, la ventana que abres para que salga el vapor. Abres la puerta. Huelo tu perfume. Y te veo salir con el celular en la mano. Te tomas una selfi junto a la única pared que no tiene humedades o manchas de mosquitos aplastados. Y te vas a trabajar. Por la noche sé que me hablarás, otra vez, de tu decisión de separarnos. Hasta entonces, tú.

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