"López Obrador conoce mucho mejor a sus adversarios que sus adversarios a él".

El primero de octubre pasado Andrés Manuel López Obrador irrumpió en la escena pública para presentar su nuevo libro, titulado Pueblo, episodio que aprovechó para emitir diversos posicionamientos políticos, donde destacaron su respaldo a la Presidenta Claudia Sheinbaum en un momento de asedio geopolítico; su consejo indirecto a Morena y su tensión interna entre éxito electoral y principios; y su definición de neofascismo a las derechas contemporáneas.
Pero esta videocolumna busca ahondar más en el marco y pared que en el cuadro, y por eso va a hablar del personaje en sí mismo y las reacciones que concita, cuestión que amerita un análisis, porque siempre es un hecho revelador del momento político que se vive y de las históricas taras que padecen las derechas en el país, que hoy se reflejan en su crisis no sólo electoral, sino de credibilidad.
Empecemos por lo obvio. Para muchas voces de ese espectro conservador, López Obrador es poco más que un subhumano, quien llegó a Presidente de México gracias a la suerte individual y la emotividad irracional de “30 millones de idiotas” (como dice el panfletista narcomantista Francisco Calderón); o de una “feligresía irracional” (como dijo la clasista incongruente Isabel Turrent); o de una serie de “súbditos de un orate” (como dijo el vetusto torturador y delincuente Diego Fernández de Cevallos).
Siempre prestos a descalificarlo antes que a entenderlo, o siquiera realmente escucharlo; ese espectro conservador sólo ha tenido insultos contra su detestada némesis tabasqueña, o, en el mejor de los escenarios, han tenido jerigonza pseudo-conceptual que busca esconder el racismo descarado en mascaradas hipócritas. El ejemplo máximo de ello es el terminajo aquel de “mesías tropical”, imputado por Enrique Krauze a AMLO en junio de 2006, donde lo acusaba de ser un personaje a quien su oriundez le impedía la racionalidad y el atemperamiento que se logra en el altiplano. Así, con esa etiqueta esencialista y racista, el boquiflojo Krauze le negaba capacidad de raciocinio a todas las personas nacidas en el trópico, propensas, según la febril imaginación del consejero de Televisa, a los brotes de emocionalidad destructiva que son incompatibles con la democracia.
La verdad es que Krauze no sólo ignora la evidencia científica -que nunca achaca la irracionalidad al lugar de nacimiento- y los hechos históricos, donde el trópico mexicano, desde Tabasco a Chiapas, es un lugar tan prolífico en mexicanos notables y demócratas como cualquier otro sitial del país. En el mejor de los casos, el exabrupto krauziano es una bajeza frenológica del Siglo XIX; y en el peor es un escupitajo racista y fascistoide; que una energúmena gritó con más claridad en la marcha de la marea rosa de 2022, al insultar a AMLO con el famoso “indio patarrajada”. Salvo un engolamiento verbal, no hay diferencia alguna entre esa señora majadera, rancia y racista, y el señor Krauze.
En esa forma de ver a López Obrador implica, desde luego, asumirlo como una especie de infradotado semianalfabeto. En alguna ocasión, el porro de TV Azteca Jaime Sánchez Susarrey se refirió a él como un ser de mente porosa incapaz de retener ideas. El golpeador Eduardo Ruiz Healy gritó alguna vez que al llamarlo idiota no lo insultaba, sino que lo describía. En una charla privada que se hizo pública, el señor Aguilar Camín le gritó “pendejo” y “petulante”. Todos esos insultos hablan más de quien los profiere que de quien los recibe.
En ese sentido, ¿cómo es López Obrador en sí mismo como escritor, analista político e ideólogo, que son los roles que podría asumir con la publicación de su libro? Se trata, de entrada, de un expolítico profesional que siempre hizo de la pluma una práctica. Su libro actual es el vigésimo primero de una larga lista que comenzó hace justamente cuarenta años, cuando el autor estaba en sus tempranos treintas.
La obra general de López Obrador oscila en la denuncia política (con libros como Fobaproa: expediente abierto u Oye Trump); la propuesta programática (con obras como 2018: la salida; o Un proyecto Alternativo de Nación); ciertas obras de batalla conceptual (como Neoporfirismo); y también obra de historia (como Tabasco: los primeros pasos o La república restaurada). Centrémonos en esta última dimensión de su trabajo.
Toda la obra de AMLO, como la de cualquiera, es debatible. Se t rata de ideas que merecen el escrutinio y el tamiz del contraste. En ese sentido, el primer libro de López Obrador data de hace cuarenta años, y fue resultado de su tesis de licenciatura en Ciencias Políticas por la UNAM. Ese trabajo sería nítido timbre de sus obras posteriores.
Se trata de un libro que no propone una nueva teoría histórica o un descubrimiento absoluto, sino que consiste en una interpretación rigurosa, documentada en fuentes sólidas y con reflexiones sustentadas. Se trató de un trabajo que si bien no convirtió a AMLO en un clásico en vida sobre la historia tabasqueña, sí tenía visos donde era notable el buen conocimiento regional que tenía el autor de esa zona del país.
Ese libro tuvo, sin embargo, una novedad distinta. No era historia de academia, pero sí era un libro aceptable de historia. Y eso, entre otras cosas, destacó para que Enrique González Pedrero, exdirector de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, uno de los padres de la ciencia política en México y traductor de Wrigth Mills en México, considerara que AMLO era un tipo con un buen “conocimiento teórico y práctico” de Tabasco. En conjunto un poco previo a la publicación de ese libro, López Obrador ya era un funcionario eficaz sito en territorio, no en escritorio (como resaltó la socióloga polaca Irena Majchrzak); y dio clases de sociología en la Universidad Autónoma Juárez de Tabasco, la más importante de la entidad.
Eso le abrió la puerta a López Obrador para tener una ventaja por encima de todos sus contrincantes en los últimos cincuenta años. Recordemos al filósofo Luis Villoro y su ensayo El poder y el valor, donde habla de Maquiavelo y los dos lenguajes de la política. Ahí, el pensador mexicano de origen español nos recuerda que en la bregas políticas suelen articularse dos lenguajes. Uno es el del mundo ideal, es decir, la serie de horizontes soñados y utopías que los políticos proponen alcanzar. Y otro es el lenguaje de diagnóstico, es decir, el planteamiento realista y crítico que nos describe en qué mundo estamos. Los políticos profesionales articulan los dos lenguajes para decirnos en dónde estamos y a dónde se quiere llegar.
Ahí, en esa dimensión del lenguaje crítico y realista es que López Obrador ha sobresalido por encima de sus adversarios, porque su diagnóstico de país viene trabajado desde abajo, en territorio, con base en la labor de campo y en el empleo de la historia no como una curiosidad pretérita, sino como maestra de la política. Los números y los hechos hablarían de esta capacidad desde hace mucho tiempo: en 1988, AMLO se tornó en el opositor más votado en la historia de Tabasco; en 1991 llevó al PRD local a tener la mayor votación a nivel entidad por muy encima de la media nacional; en 1992 proyectó a lo nacional una lucha política de resultados inéditos, el éxodo por la democracia; en 1996 su dirigencia nacional dio al PRD los mejores números de la izquierda electoral en toda la historia.
¿Es esa la obra de un aldeano ignorante con suerte o es eso el trayecto de un político que, con todo y contraluces ha sabido leer el momento histórico y apostó por una consistente labor impugnadora? Por azares e intuiciones, pero también con una formación sólida y partes autodidactas, López Obrador demostró desde temprano que la escritura de la historia era para él una legítima herramienta de disputa política, donde no sólo se posicionaba ante la opinión pública, sino que labraba ideales, personajes ejemplares, escenarios pretéritos que podrían ser útiles para la lucha del presente.
Y, sobre todo, la lectura de la historia le dio otra ventaja: conocer bien a sus adversarios, saber los entretelones del conservadurismo mexicano del siglo XIX y sus remanencias en el Siglo XX. Conocer las ambiciones y oscuridades de un sector al que trató desde las entrañas de un partido y después desde una oposición que, con todo y sus vaivenes y defectos, fue la más consistente en el país en las últimas décadas. En esa lid, es una verdad incontestable decir lo siguiente: López Obrador conoce mucho mejor a sus adversarios que sus adversarios a él; porque los estudió y trató, mientras que del otro lado se dedicaron a menospreciarlo y a alucinarle todo tipo de invectivas.
Esa parte explica un poco el papel preeminente que hoy tiene el expresidente respecto a sus adversarios, que viven en la lona y sus peores crisis en la historia producto no de una dictadura que los oprima, sino de su propia inoperancia e incompetencia. Mientras el mesías tropical hacía trabajo sólido de territorio y un diagnóstico certero de país, enfrente preferían el ninguneo, la burla o cuando no la subvaloración. Hoy los que lo han tildado de pueblerino ignorante, sea con insultos directos o con eufemismos hipócritas, han exhibido que los incapaces irracionales siempre fueron ellos.
Y hay datos que respaldan ello. Una de las leyendas más tontas y ridículas que pululan sobre López es que “tardó 14 años en titularse”, y que, según esta mentalidad reaccionaria, eso comprueba que es un ser incapaz escolarmente u obtuso o algo así. Pues bien, López Obrador cursó la mayor parte de sus materias en cuatro años, se metió a trabajar en Tabasco, con Carlos Pellicer; y en ese lapso gestó sus pininos historiográficos y académicos locales ya referidos.
Luego, se tituló con la asesoría de Paulina Fernández Christlieb, y destacó como un escritor serio sobre los temas regionales del sureste y sobre la política nacional. ¿Y quiénes fueron los que exacerbaron el mito de ese AMLO ignorante porque tardó en titularse? Fueron Vicente Fox, un borrico redomado e iletrado quien dilató en obtener su título 40 años, con base en una tesis que por cierto le escribió su empleado ultraderechista Ramón Muñoz en la Ibero, documento que por cierto no era nada brillante, como refirió el profesor Abraham Noznik, jurado de la misma. Y el otro fue Felipe Calderón, un molusco grisáceo y lerdo que no pudo quedar en la UNAM ni en la Universidad Nicolaíta porque no pasó los exámenes de admisión ahí. Así, ese panismo calumniador, al insultar al aldeano ignorante no sólo exhibieron su sevicia, sino sus propios defectos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario