10/10/2026

Un nombre también enseña

 

Para el trámite, el Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca IEEPO pedía tres propuestas de nombre, en el que se aceptaba:

1) Héroes de la Independencia o de la Revolución.

2) Sucesos históricos del municipio

3) Nombres en la lengua materna.

Para lo cual, miembros del comité saliente me solicitaron apoyo para describir esta última que lleva el nombre del barrio Piedra del Sol de Panixtlahuaca Ke kwchoa. Estaba muy entusiasmada al realizar la descripción del nombre porque por fin tendríamos el nombre de una escuela en chatino.

De los tres nombres que solicitó la institución antes ya nombrada, el comité y padres de familia propusieron Ke kwchoa, «piedra del sol» en chatino, y, porque así lo exigía el requisito, añadieron a Edmundo Ávalos y a Frida Kahlo. Pero adivinen qué nombre eligió el IEEPO, Frida Kahlo por supuesto.

Nadie duda de que Frida sea una figura admirable y representativa. La pregunta es otra:

Si las propias reglas reconocen la lengua indígena como una opción válida, ¿Por qué se eligió precisamente el nombre más lejano a la comunidad? ¿Por qué no se le da realmente el espacio y el valor al chatino y no solo considerarlo como parte de un requisito?

Creo que la respuesta está en una costumbre muy arraigada: pensar que lo valioso viene de fuera. Durante generaciones, la escuela fue el lugar donde a nuestros pueblos se les enseñó a callar su lengua, y a muchos se les castigó por hablarla en el salón.

Hoy los discursos han cambiado, pero las decisiones y los hechos todavía no. Elegir un nombre ajeno a nuestra historia y a nuestro territorio, cuando los padres de familia propusieron con toda la intención Ke kwchoa, «piedra del sol», es una forma silenciosa de invisibilizarnos.

Un nombre también enseña y te hace sentir representado. Es de las primeras palabras que una niña y un niño aprende a reconocer como suyas: ¡Mi escuela!

Si nuestras niñas y niños crecen sin ver su lengua en los espacios oficiales, aprenden, sin que nadie se los diga, que lo suyo vale menos. Si la ven escrita en la fachada, en los documentos y en los uniformes, aprenden que el chatino tiene lugar en la escuela y en su futuro.

Esto importa más que nunca, porque el desplazamiento de nuestra lengua ya es visible. Cada vez menos niñas y niños la aprenden en casa, y el español ocupa mayoritariamente los espacios oficiales. En ese contexto, el nombre de una escuela no es un detalle administrativo; es una de las pocas oportunidades que una comunidad tiene para decir, frente a todos, aquí seguimos.

Alguien podría decir que Frida Kahlo es un nombre más conocido, que da prestigio y que cualquiera lo reconoce. Es cierto, y justamente por eso no lo necesitamos. Frida ya está en museos, calles, libros y escuelas de todo el país. Nuestra lengua no.

La Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas reconoce a las lenguas indígenas como lenguas nacionales, con la misma validez que el español, y la ONU declaró el Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas (2022-2032) porque muchas están en riesgo de desaparecer. La justicia lingüística no se construye solo con leyes y declaraciones, sino con decisiones concretas como esta.

No escribo esto para desmerecer a Frida ni para restar valor al logro que significa tener una escuela reconocida. Lo escribo porque creo que las instituciones educativas deberían ser las primeras en escuchar a las comunidades a las que sirven.

Mientras el chatino siga quedando fuera de los espacios oficiales, seguiremos enseñando a nuestros hijos que su lengua es para la casa y no para el mundo. Ojalá algún día una niña de Panixtlahuaca pueda leer en la entrada de su escuela una palabra en su lengua y sentir que ese lugar también le pertenece.

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