10/07/2026

Te doy mi palabra… y te callas



Por Fernando Buen Abad

Lenguaje y poder se cruzan en las palabras cotidianas que definen la realidad, esconden desigualdades y moldean nuestra forma de pensar.

Una palabra raramente llega sola: trae consigo una frontera, una jerarquía y una forma de mirar. Cuando el poder consigue imponer el nombre de las cosas, ha avanzado mucho más que cuando conquista un territorio, porque entonces conquista el mapa mental con que ese territorio se interpretará.

He ahí la paradoja semiótica a la que es necesario hacer referencia: creemos que las palabras describen la realidad, cuando frecuentemente la realidad social ha sido previamente organizada para que ciertas palabras parezcan describirla de forma natural. El signo se presenta como espejo y funciona como arquitectura.

Lo que se conoce como "normalidad" puede ser una construcción histórica; lo que se conoce como "mérito", una distribución desigual de oportunidades; lo que se conoce como "libertad", una experiencia radicalmente distinta en función de la posición que cada individuo ocupa en la estructura social; lo que se conoce como "progreso", incluso, puede enmascarar territorios devastados, cuerpos agotados y vidas transformadas en mercancía. El diccionario de la ideología dominante merece una zarandeada mayúscula porque cada definición que parece inocente puede contener una orden.

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No se trata de jugar con palabras por placer académico: se trata de recuperar la capacidad colectiva de nombrar aquello que ha sido deliberadamente vuelto invisible.

Quien ejerce control sobre las categorías con las que una sociedad conceptualiza sus problemas obtiene una ventaja significativa: consigue que la víctima se perciba como culpable, que el privilegio se represente como talento, que la explotación se interprete como oportunidad, que la precariedad se identifique como flexibilidad, que el despojo adopte el elegante nombre de modernización, que la obediencia se identifique con responsabilidad y que la resistencia se describa como amenaza.

El truco alcanza una sofisticación extraordinaria cuando consigue que los dominados repitan el vocabulario de su propia subordinación creyendo que están hablando desde el sentido común.

Allí aparece el verdadero poder del lenguaje: no necesita censurar todas las palabras cuando puede lograr que las palabras disponibles conduzcan espontáneamente hacia determinadas conclusiones.

El problema empieza cuando aceptamos que nombrar equivale a conocer. Nombrar también puede ser domesticar. Una sociedad que llama “recursos humanos” a las personas ya ha realizado una operación filosófica antes de comenzar cualquier discusión económica: ha convertido la vida en insumo. Una sociedad que llama “capital natural” a los bosques, los ríos y los minerales introduce en la naturaleza la gramática de la propiedad y transforma aquello que sostiene la existencia en inventario.

Una sociedad que emplea el término "externalidades" para aludir a ríos contaminados, comunidades desplazadas o enfermedades causadas por ciertas actividades productivas ha construido un término capaz de extraer el sufrimiento de su ámbito de visión. El lenguaje revela aquí su dimensión material: una categoría puede funcionar como una cortina, mientras otra puede convertirse en una ventana. Por eso la crítica de las palabras necesita una crítica de las relaciones que las producen. No basta con sustituir vocablos si permanece intacta la estructura que les otorga eficacia.

El objetivo es determinar quién posee la habilidad para definir, quién consigue que su definición circule, quién la instaura en las instituciones, quién la replica desde los medios de comunicación, las instituciones educativas, los mercados, las plataformas digitales y las conversaciones cotidianas.

Un diccionario dominante no está encerrado en un libro: habita los contratos, los titulares, los algoritmos, las estadísticas, los discursos empresariales, las campañas electorales, las aulas, los noticieros y hasta nuestras conversaciones familiares. Su fuerza reside precisamente en parecer espontáneo.

El lenguaje del poder triunfa cuando deja de parecer lenguaje del poder. Es necesario generar el extrañamiento filosófico: observar la escena cotidiana de manera inversa para descubrir que lo que parecía natural poseía historia, que lo que parecía individual tenía estructura, que lo que parecía ineludible tenía responsables, y que lo que parecía neutral estaba repleto de intereses.

De pronto, una mujer que “no llega” a un puesto de dirección deja de aparecer como una excepción estadística y empieza a hacerse visible la arquitectura social que distribuye tiempo, cuidados, salarios, autoridad y reconocimiento de manera desigual. La llamada “doble jornada” deja de ser una expresión descriptiva y aparece como una forma de apropiación del tiempo vital. El trabajo doméstico deja de parecer una ayuda espontánea y adquiere su verdadera dimensión económica: reproduce diariamente las condiciones materiales que permiten que la sociedad funcione.

La perspectiva de género, con sus repercusiones críticas, requiere desmantelar una gramática que durante siglos ha establecido lo masculino como la medida universal de lo humano, relegando otras experiencias al margen, a la excepción o al silencio. Algo semejante ocurre con la naturaleza.

Cuando una economía proclama el crecimiento mientras aniquila las bases ecológicas que garantizan la vida, el problema no se limita a sus indicadores: se encuentra también en el léxico que permite presentar la contradicción como éxito. El planeta no es un depósito pasivo de materias primas ni un escenario exterior a la sociedad. La vida humana forma parte de una trama metabólica que hemos alterado hasta niveles peligrosos. La devastación ambiental muestra con brutal claridad una verdad que el lenguaje mercantil procura ocultar: la riqueza puede crecer para algunos mientras disminuyen las condiciones de existencia para muchos.

Esa contradicción se amplifica cuando analizamos quién respira el aire más contaminado, quién habita junto a los residuos, quién pierde sus territorios, quién se ve afectado por sequías, inundaciones o desplazamientos y quién acumula los beneficios de las actividades que causan dichos daños.

La cuestión ecológica y la cuestión social dejan entonces de ser compartimentos separados. La desigualdad también tiene una geografía ambiental. El poder consigue una proeza semántica cuando transforma una relación social en una propiedad de las cosas. La remuneración parece ser el valor intrínseco del trabajo; la mercancía parece tener valor por sí misma; el dinero parece generar dinero de manera espontánea; la competencia parece ser una ley natural.

Allí se produce la inversión conceptual más profunda: las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre objetos. El mercado parece tener voluntad, los precios parecen hablar, las inversiones parecen decidir, la economía parece enojarse, tranquilizarse o castigar. Las cosas adquieren agencia y las personas pierden visibilidad.

Esta es una de las más significativas inversiones ideológicas de nuestra época: acabamos hablando de instituciones establecidas por seres humanos como si fueran fuerzas naturales ante las que los seres humanos no tuvieran responsabilidad. Conviene volver la mirada. ¿Qué ocurre si preguntamos quién decidió esas reglas? ¿Quién se beneficia? ¿Quién paga sus costos? ¿Qué relaciones de propiedad las sostienen? ¿Qué cuerpos cargan con sus consecuencias? ¿Qué territorios quedan sacrificados para que otros acumulen prosperidad?

De pronto, el mundo cambia de posición. Lo que parecía una ley económica aparece como una relación histórica. Lo que parecía destino recupera su carácter político. Lo que parecía fracaso individual adquiere dimensiones colectivas. La revolución de las conciencias empieza allí: cuando una persona consigue reconocer como histórico aquello que había aprendido a experimentar como natural. El objetivo no es fabricar otro diccionario cerrado, otra ortodoxia terminológica que sustituya una obediencia por otra. La emancipación intelectual exige mantener abiertas las palabras, someterlas a prueba frente a la experiencia, confrontarlas con quienes han sido excluidos de su definición.

Una palabra liberadora no impone una nueva jaula conceptual: abre un campo de posibilidades. Por eso necesitamos recuperar el conflicto dentro del lenguaje. Toda definición debería poder responder una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia que esto se llame así? Esa pregunta posee una potencia extraordinaria porque desplaza la mirada desde la apariencia hacia la relación. “Empleo” pregunta también por salario, jornada, seguridad y poder.

“Propiedad” pregunta por origen, apropiación y uso.“Desarrollo” pregunta por distribución, territorio, ecosistemas y generaciones futuras. “Libertad” pregunta por las condiciones materiales que permiten ejercerla. “Democracia” pregunta por quién decide realmente, quién posee los medios para intervenir en la esfera pública y quién queda reducido a espectador. “Información” pregunta por quién selecciona, jerarquiza y distribuye aquello que millones reciben como realidad.

Así comienza a desobedecer el diccionario dominante: no rechazando las palabras por principio, llevándolas hasta sus últimas consecuencias. Cada término debe recuperar su historia, su conflicto, su materia.

Hay que devolverles a las palabras los cuerpos que se expulsaron de ellas. Una sociedad emancipada inicia su construcción cuando puede denominar el hambre sin transformarlo en un número estadístico, el trabajo sin ocultar al trabajador, la riqueza sin ocultar el despojo, la libertad sin ocultar las desigualdades que la limitan, la naturaleza sin reducirla a mercancía, el género sin perpetuar jerarquías, y la comunicación sin confundir la circulación de mensajes con la democratización del sentido.

Entonces comprendemos algo decisivo: cambiar el mundo exige también cambiar las condiciones bajo las cuales lo hacemos inteligible. La contienda por las palabras no es un privilegio exclusivo de los intelectuales; se trata de una batalla por la percepción, la memoria, la imaginación política y la habilidad para actuar de manera colectiva. Cuando una comunidad consigue nombrar de otro modo lo que padece, comienza a descubrir que aquello que parecía privado tenía una dimensión pública; cuando descubre las relaciones detrás de las cosas, recupera la posibilidad de intervenir sobre ellas.

Ese instante produce el verdadero “nunca lo había pensado así”: no porque aparezca una información desconocida, ya que cambia la posición desde la cual se mira todo lo conocido. El mundo permanece ante los ojos y, al mismo tiempo, deja de ser el mismo. Esa es la zarandeada que merece el diccionario de la ideología dominante: no destruir las palabras, liberarlas de la obediencia; no reemplazar un catecismo por otro, abrir las definiciones al conflicto de la vida; no enseñar a repetir nuevos nombres, enseñar a preguntar quién nombró, desde dónde, para quién y con qué consecuencias.

Allí comienza una política radical de la conciencia: en el momento preciso en el que descubrimos que la realidad también puede cambiar cuando dejamos de aceptar como natural la gramática que la mantiene inmóvil.

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