Cada 2 de octubre, la memoria del movimiento estudiantil de 1968 vuelve a las calles. La fecha recuerda la masacre de Tlatelolco, pero también permite mirar hacia quienes participaron en aquella movilización y cuya presencia durante décadas quedó relegada en los relatos históricos.
Las mujeres estuvieron ahí.
Fueron brigadistas, participaron en asambleas y mítines, repartieron volantes, recaudaron dinero, realizaron tareas de difusión y contribuyeron a mantener la organización estudiantil en las calles.
Sin embargo, su participación no siempre tuvo el mismo reconocimiento que la de sus compañeros hombres.
La propia Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha documentado que las estudiantes participaron activamente en el movimiento, aunque muchas veces sus tareas quedaron opacadas por el protagonismo masculino. Dentro de las organizaciones mixtas también se reprodujeron roles de género: a algunas mujeres se les asignaban actividades de cuidado, preparación de alimentos y limpieza, mientras que eran menos quienes llegaban a los espacios de toma de decisiones.
Mujeres que también hicieron posible el movimiento del 68
Las brigadas fueron uno de los principales espacios de participación. Las estudiantes salían a las calles para explicar las demandas del movimiento, repartir propaganda y buscar respaldo entre la población.
Una de ellas fue Alcira Soust Scaffo, poeta uruguaya que participó en las brigadas y repartía volantes y poemas. Durante la ocupación militar de Ciudad Universitaria permaneció escondida varios días en los baños de la Torre de Humanidades.
La participación femenina también quedó registrada en los archivos universitarios.
Este 2026, el Archivo Histórico de la UNAM recuperó la historia de cinco mujeres que ayudaron a preservar documentos del movimiento. Ana Ortiz de Ruiz y Esther Montero, estudiantes y activistas, reunieron volantes y carteles; Justina Lory Méndez Martínez documentó fotográficamente asambleas y manifestaciones de su Facultad de Medicina; Ethel Villanueva fotografió un mural realizado por estudiantes y Ana Rosa Carreón recopiló material hemerográfico durante los años en que estuvo al frente del Archivo Histórico.
Sus archivos permiten mirar el 68 desde una perspectiva distinta: no solamente desde sus dirigentes o desde la represión del 2 de octubre, sino también desde quienes participaron en la organización cotidiana y conservaron su memoria.
La experiencia también transformó a las estudiantes
El movimiento estudiantil representó para muchas jóvenes una experiencia de participación política que cuestionó los papeles tradicionales asignados a las mujeres.
Pero también evidenció sus límites.
La historiadora Marta Lamas ha documentado que, aunque las mujeres participaron en distintos niveles del movimiento, fueron mayoría en las brigadas, tuvieron menor presencia en las asambleas y fueron pocas las que llegaron al Consejo Nacional de Huelga.
Esa experiencia contribuyó posteriormente a la formación de organizaciones feministas. La Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM señala que, después del 68, algunas de las mujeres que participaron en el movimiento formaron grupos propios, entre ellos Mujeres en Acción Solidaria, creado en 1971.
Así, la participación estudiantil también se convirtió en una puerta hacia nuevas formas de organización política de las mujeres.
De las brigadas a las colectivas feministas
Más de cinco décadas después, las estudiantes continúan utilizando la organización colectiva para cuestionar las condiciones dentro de las universidades.
Un ejemplo se encuentra en la propia UNAM.
Durante el proceso de organización feminista de 2019 y 2020, estudiantes impulsaron paros y espacios separatistas para denunciar la violencia de género y exigir transformaciones institucionales. En 2025, durante un conversatorio sobre estos procesos, participantes recordaron que las asambleas mixtas también podían reproducir violencia política de género y relegar las demandas de las mujeres.
La desaparición de la estudiante Mariela Vanessa Díaz, así como otras experiencias de violencia dentro de la comunidad universitaria, fueron señaladas como parte de los acontecimientos que impulsaron la organización de mujeres en espacios autónomos.
El activismo estudiantil feminista consiguió colocar la violencia de género como un problema que también debía ser atendido dentro de las instituciones educativas.
La UNAM reconoce que las movilizaciones de mujeres organizadas contribuyeron a impulsar transformaciones estructurales y normativas y a la creación de la Coordinación para la Igualdad de Género (CIGU).
Los retos siguen dentro de las universidades
La organización de las estudiantes ha producido cambios, pero no significa que la violencia y las desigualdades hayan desaparecido.
En 2025, la UNAM reconoció que todavía es necesario fortalecer la prevención y atención de la violencia de género, así como las estructuras responsables de atender estos casos. La institución también señaló como tareas pendientes la construcción de espacios universitarios seguros y el fortalecimiento de las redes comunitarias contra la violencia y la discriminación.
El reto, entonces, no es solamente que las mujeres puedan participar.
También implica que puedan hacerlo sin ser silenciadas, sexualizadas o violentadas y que sus demandas tengan un lugar efectivo en las decisiones de las instituciones.
La experiencia de las estudiantes de 1968 muestra que las mujeres no llegaron recientemente a los movimientos sociales. Ya estaban en las calles, en las brigadas, en las asambleas y documentando lo que ocurría.
Las estudiantes de hoy continúan esa historia, aunque sus demandas se han transformado.
De exigir libertades políticas y enfrentar la represión, las nuevas generaciones han pasado también a cuestionar la violencia de género, el acoso, la discriminación y las desigualdades que persisten dentro de los espacios educativos.
A 58 años del 2 de octubre, recuperar la participación de las mujeres permite ampliar la memoria de aquel movimiento y reconocer una continuidad: las estudiantes no solamente han sido parte de las transformaciones universitarias; también han impulsado algunas de las preguntas que obligan a las instituciones a cambiar.
La historia del 68, vista desde las mujeres, no termina en Tlatelolco. Continúa en cada asamblea, cada colectiva y cada estudiante que decide organizarse para disputar un espacio en el que también tiene derecho a participar, decidir y ser escuchada.

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