10/04/2026

Morena y Sheinbaum: ¿qué sigue tras las encuestas?

Un Quijote en Tenochtitlán

Juan Carlos Monedero

"Morena encontró en las encuestas una forma que ha ayudado a acertar con candidatos ganadores, a reducir la lucha cainita de procesos anteriores".

Morena y Sheinbaum: ¿qué sigue tras las encuestas? Por Juan Carlos Monedero

Seguramente, con el nombramiento de los 17 precandidatos a gobernadores y gobernadoras de Morena, los llamados eufemística y absurdamente Coordinadores de la Defensa de la Transformación y Soberanía Nacional -aquí entre nosotros: ¿alguien de verdad se engaña con este juego complejo de nombres que no encubren nada-, decía que con estos nombramientos Morena ha pasado un Rubicón, que, como saben, era el río que marcaba la frontera legal entre la Galia Cisalpina y el territorio de Roma, y el que estaba prohibido cruzar. Alea jacta est, dijo Julio César al desobedecer al Senado. Es decir, la suerte está echada. A partir de ahí, decidía ya solamente la fuerza.

Todos los procesos de primaria en las fuerzas de la nueva izquierda en el siglo XXI están llenos de ruido. Y eso vale para Latinoamérica igual que para Europa o EU. Frente al centralismo democrático de corte leninista, que le entregaba esa decisión a la dirigencia, la crisis de los partidos políticos, tan alejados de la gente, y la necesidad de volver a congraciarlos con el pueblo llevó a que esa elección recayera en la ciudadanía. Desaparece el dedo o el bolígrafo y es sustituido por la elección popular. Las fórmulas varían con los países, pero siempre se repite un resultado: los miembros del partido que han trabajado juntos frente a los adversarios políticos de otras formaciones, descubren que a quien más odian es en verdad al compañero o compañera que quiere el mismo puesto que deseas. Nada deja más cadáveres sobre el terreno que estos procesos en donde hay más candidatos que puestos y no siempre es posible llegar a acuerdos.

Morena encontró en las encuestas una forma que ha ayudado a acertar con candidatos ganadores, a reducir la lucha cainita de procesos anteriores y a moderar la creación de familias incomunicadas dentro del partido que suelen ser la antesala de peleas y divisiones. Es verdad que el proceso de encuestas podría tener una revisión para evaluar si, por ejemplo, medir el conocimiento realmente ayuda a escoger a los mejores candidatos para ganar y para consolidar el partido, si el levantamiento de la información tiene vulnerabilidades o si es tiempo de buscar nuevas fórmulas, pero visto el resultado de otras opciones en otros países, tampoco parece una urgencia.

Los partidos políticos son las organizaciones humanas más complejas que podemos contemplar. Mucho más que cualquier otra. De hecho, siempre que se estudian nuevas formas de organización social, empresarial, médica, universitaria, militar o de cualquier otro tipo, casi siempre se dejan fuera a los partidos porque las cosas no encajan. Su “particular idiosincrasia” reclama siempre tratamiento aparte. Principalmente porque los partidos se movilizan en nombre del interés general y, sin embargo, están constituidos por seres humanos que tienen, como en las demás organizaciones o asociaciones, intereses particulares.

Como los miembros de los partidos y aún más los dirigentes, que suelen ser además cargos públicos, tienen la responsabilidad de representar a mucha gente y de defender sus intereses, el manto del cargo suele estar acompañado de la púrpura del interés general. El político no es, por ese reconocimiento que se encargan de recordar los medios de comunicación, un primus inter pares, esto es, un principal entre iguales, sino el único principal. Es verdad que recordamos aquello también de los romanos que hacían acompañar al César de una persona que le recordaba a cada rato el memento mori, esto es, recuerda que eres mortal, para que no se le subieran los laureles más allá de la cabeza. Pero la adrenalina de la política hace que, pese a todas las vacunas, eso muchas veces se olvide.

De ahí que lejos de recordarse mortales, hay un riesgo de que quien participa en política tenga una enorme capacidad de engañarse a sí mismo y pensar que ese interés general nadie lo representa con sus más altos valores y eficiencia como ellos mismos. Lo que lleva a que cuando pierdes una postulación, una encuesta, unas primarias, puedas pensar que todo está mal y nada merece la pena, igual que cuando ganas un cargo te olvides de que ese cargo se lo debes al pueblo que te votó y al partido que te llevó a esa responsabilidad.

Una cosa que asumió López Obrador en el proceso de las corcholatas que debía buscar su sucesor, y que ha recordado Sheinbaum a raíz del fin del proceso de nominación de candidatos ha sido que el que gana no lo gana todo y el que pierde no lo pierde todo. Igual que de aquel proceso -que también dejó cicatrices- salió Claudia Sheinbaum a la Presidencia de la República y Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, Ricardo Monreal y Gerardo Fernández-Noroña a puestos de enorme responsabilidad en el gGbierno, la Cámara o el Senado, ha recordado la Presidenta de México que los perdedores de la encuesta, que son importantes cuadros de Morena, tendrán su oportunidad en los puestos de presidentes municipales, diputados o senadores, o en cualesquiera otros que el partido considere.

Esto es esencial, porque si los perdedores pasan a ser apestados, se producen dos terribles cortocircuitos: uno, que los derrotados se marchen a otros partidos, debilitándose la consolidación de, en este caso, Morena, al tiempo que sigue la promiscuidad política que no ayuda a que la política mexicana se aleje del cinismo. Y el otro, no menor, que los que han perdido también tienen su público en los territorios, de manera que si deciden no trabajar para el ganador o, incluso, trabajar contra el ganador, las probabilidades de que se pierdan las elecciones crece.

Aquí aparece también el que se presenta, después de Morena, como el gran ganador de este proceso: el Partido Verde. A este partido todos los analistas le reconocen una enorme flexibilidad ideológica y una enorme capacidad negociadora. Esto, que no es lo mejor para consolidar un proyecto político transformador, es, por el contrario, una gran ayuda para ganar elecciones, que es condición necesaria de la política de partidos y la democracia representativa. Ni Morena ni Claudia Sheimbaum podrían hacer políticas transformadoras si no se tienen mayorías.

Los partidos de gobierno, en su complejidad, deben garantizar tanto el compromiso con un proyecto de país, es decir, tener una ideología (ahí es donde se incardina, por ejemplo, el “por el bien de todos, primero los pobres”), y los difíciles equilibrios que permiten tener tanto la casa interna en paz, como, insistimos, ganar elecciones y poder gobernar. Una empresa, una universidad, un hospital, ni siquiera un ejército ni una religión necesitan articular tantos equilibrios en todo el país como los que debe conseguir un partido y un gobierno.

Y no se ven las cosas igual desde las bases que desde la dirección. Los que ven el árbol no siempre se preocupan del bosque, y los que se encargan del bosque, tampoco pueden caer en el error de pensar que pueden talar los árboles que les molestan. De manera que después de un proceso en el que se ha primado la forma “partido”, hay que dedicar esfuerzos a alimentar la forma “movimiento”.

Esto es esencial para una formación como Morena que se reclama como partido-movimiento. Las heridas causadas en el proceso de encuesta no son pocas y, sería ingenuo no considerarlo, serán magnificadas por los adversarios políticos de fuera, por lo que parece inteligente minimizar las de dentro. Están, por supuesto, todos los perdedores; están los que han ganado sin tener credenciales morenistas incuestionables por venir de otros partidos, por haber sido especialmente beligerantes contra López Obrador y Morena en el pasado, por tener asuntos feos o mal resueltos en sus biografías políticas. También por haber ganado frente a personas con grandes simpatías entre las bases guinda o que aparecían como ganadores en las encuestas previas. Por las razones que sean, todo esto hace que, de partida, los candidatos ganadores no tengan los apoyos de las bases o de actores mediáticos que apuestan por la identidad más progresista y de izquierda de Morena.

Por eso, decía, es el momento de dedicar tiempo y atención a la parte movimentista: a debatir con el partido el proyecto político para la región, a recorrer el territorio para contárselo a la población, a reunirse con las bases tantas veces como sea necesario, a hablar con los derrotados e incorporarlos al equipo (siempre, claro, en la medida de lo posible), a conectar con los movimientos sociales, a primar, en definitiva, la horizontalidad que se deja de lado cuando se prima la eficacia política desnuda propia de los partidos en su momento electoral.

Morena sale de esta encuesta con elementos que permiten augurar buenas perspectivas. Por un lado, los candidatos ganadores son los candidatos y candidatas de Claudia Sheinbaum, lo que demuestra que, pasados los dos años iniciales, la Presidenta de México comienza con fuerza una nueva etapa. Son igualmente los candidatos de las personas del partido que han demostrado su compromiso con la 4T de manera sobrada, como es la presidenta Ariadna Montiel y la coordinadora Citlali Hernández, que han demostrado su capacidad en el momento más desagradable por el que tienen que pasar los partidos-movimiento (como decíamos, las primarias). No se ganarán todas las gobernaciones y está abierto a la especulación si la elección de algunos candidatos no es sino una apuesta anticipada a la derrota en nombre de equilibrios inconfesados (aunque ningún partido va a unas elecciones jugando a perder), pero la perspectiva de Morena es ganadora. El acuerdo con el Verde y cierto alejamiento del PT podría señalar un momento de moderación política de la 4T, que puede ser táctico o estratégico: serán las bases de Morena quienes decidan el rumbo.

Hay que insistir en tres rasgos nuevos que pueden ser muy relevantes. En primer lugar, la mayoría de mujeres candidatas: 10 de 17 nominados. No es una garantía sin más, pero la consistencia con la condición femenina del gobierno del país puede abrir nuevas vías virtuosas. En segundo lugar, la renovación generacional, que tampoco es una garantía de éxito pero sitúa en espacios de enorme responsabilidad como es la gobernación de un estado a personas que sólo han militado políticamente en Morena. En Europa, la renovación generacional en la izquierda no ha sido muy luminosa, y tampoco en algunos lugares de América Latina (por ejemplo en Chile), pero para una fuerza como Morena es un elemento de consolidación política muy relevante que debe ayudar a una recuperación de la sintonía con los jóvenes (donde no siempre ha acertado Morena).

Y en tercer lugar, el proceso inaugura, como decíamos, una nueva etapa de la Presidenta Claudia Sheinbaum, que define con claridad su espacio político frente a actores del sexenio anterior (Adán Augusto López, que parece haber perdido posiciones, y Ricardo Monreal, que sigue mostrando enormes dosis de supervivencia), que no pierde cuadros políticos al recordarle a los perdedores que hay muchos ámbitos aún en donde trabajar políticamente, y que le deja un amplio margen de actuación para ocuparse de los cinco grandes retos políticos pendientes: las desigualdades y el crecimiento económico que permita combatirlas, la inseguridad -tan ligada a esas desigualdades-; la eficiencia del Estado que dificulte la corrupción (el principal talón de Aquiles de los gobiernos de izquierda en todo el mundo y que usa la derecha para justificar su manipulación); la articulación del lugar de México en el cambio geopolítico que experimenta el mundo, sorteando al bravucón de Trump y su injerencia en las elecciones latinoamericanas, y la defensa de la soberanía tecnológica, energética, medioambiental, alimentaria, etc., que permitan que México siga la senda de progreso marcada por la 4T y que debe continuar para que los avances sean irreversibles.

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