“Todo está tres veces más caro”.
La frase de Margaret, una mujer entrevistada por Cimacnoticias a la salida de un centro comercial del condado de Belleville, Nueva Jersey, resume una preocupación que atraviesa a buena parte de la población estadounidense a menos de un mes de las elecciones intermedias del próximo 3 de noviembre: cuánto cuesta vivir y cuánto alcanza el ingreso.
Margaret acababa de pagar 100 dólares por una compra de frutas y verduras que, según recuerda, le había costado 35 dólares en agosto y 55 en septiembre.
“Todo está más caro”, insistió.
El establecimiento al que acude, explicó, es uno de los más económicos de la zona. Por eso el aumento le resulta todavía más significativo.
Entre los productos que más le preocupan también están los combustibles.
“Los precios de la gasolina, 4.50 dólares; el diésel, casi seis dólares. Ni se crea que voy a votar por sus candidatos”, afirmó, en referencia a las candidaturas republicanas.
Su testimonio ocurre en un contexto en el que el costo de vida se ha convertido en uno de los asuntos centrales del debate electoral.
Una encuesta de AP-NORC realizada entre el 24 y el 28 de septiembre encontró que sólo 17 por ciento de las personas consultadas aprueba la manera en que Donald Trump está manejando el costo de vida, mientras 26 por ciento aprueba su gestión económica en general.
El mismo estudio mostró que 38 por ciento de las y los votantes registrados considera que el Partido Demócrata tiene mejores propuestas para enfrentar el costo de vida, frente a 27 por ciento que señala al Partido Republicano. Sin embargo, la encuesta también encontró bajos niveles de confianza en ambos partidos para resolver los principales problemas económicos.
Cuando el costo de vida entra en un bolsillo que ya gana menos
Pero hablar de “los estadounidenses” como si todas las personas enfrentaran las mismas condiciones económicas oculta una diferencia: mujeres y hombres no llegan al aumento del costo de vida desde el mismo punto de partida.
Los datos más recientes de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos (BLS) muestran que durante 2025 las mujeres empleadas de tiempo completo tuvieron ingresos semanales medianos de mil 89 dólares, frente a mil 326 dólares de los hombres.
Esto significa que las mujeres recibieron, en términos medianos, 82.1 por ciento de los ingresos de los hombres.
La brecha se mantiene en 2026.
Durante el segundo trimestre de este año, los ingresos semanales medianos de las mujeres empleadas de tiempo completo fueron de mil 131 dólares, frente a mil 380 dólares de los hombres.
La diferencia importa cuando aumentan los precios.
Si dos personas destinan una proporción similar de sus ingresos a alimentos, transporte, vivienda o salud, quien recibe menos dinero tiene un margen menor para absorber los aumentos.
Por ello, el encarecimiento de la vida cotidiana no puede analizarse únicamente desde los precios: también debe observarse desde quiénes tienen los ingresos suficientes para enfrentarlos.
Mujeres que sostienen hogares
La situación adquiere otra dimensión cuando las mujeres son las principales responsables económicas de sus hogares.
De acuerdo con la BLS, en 2025 el 75.6 por ciento de las madres que sostenían familias sin cónyuge estaba empleado, frente a 86.6 por ciento de los padres que sostenían familias sin cónyuge.
En el conjunto de las familias con hijas e hijos menores de edad, la participación laboral de las madres también fue menor que la de los padres: 73.9 por ciento frente a 93.7 por ciento, respectivamente.
Estos datos muestran una dimensión que suele quedar fuera de las discusiones estrictamente económicas: el ingreso de las mujeres está relacionado también con las responsabilidades de cuidado.
Cuando una mujer necesita reducir sus horas de trabajo, rechazar un empleo, interrumpir su trayectoria laboral o asumir directamente tareas de cuidado, la consecuencia puede reflejarse en sus ingresos presentes y futuros.
Por eso, el costo de vida y la autonomía económica están relacionados.
No se trata únicamente de cuánto cuesta llenar un carrito del supermercado, sino de con cuánto dinero cuenta una persona para hacerlo y cuánto margen tiene para responder cuando los precios aumentan.
El supermercado y la campaña
El malestar económico ya forma parte del discurso de las campañas.
Trump ha promovido la idea de entregar un denominado “Trump Dividend” de 5 mil dólares por persona adulta, condicionado a que los republicanos mantengan el control del Congreso. El presidente ha planteado financiarlo mediante los ingresos obtenidos por aranceles.
La propuesta, sin embargo, requeriría aprobación del Congreso. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, reconoció que el pago necesitaría autorización legislativa. AP estimó que el programa podría superar un billón de dólares.
En paralelo, la administración comenzó este mes a distribuir un pago único de 90 dólares a más de 20 millones de personas inscritas en Medicare, destinado a ayudar con las primas de la Parte B. El beneficio no alcanza a todas las personas beneficiarias del programa.
Ambas medidas muestran cómo el dinero disponible en los hogares se ha convertido también en un asunto político.
Y mientras las campañas hablan de apoyos, impuestos, combustibles y economía, para muchas mujeres el debate se expresa en decisiones mucho más concretas: qué alimentos comprar, qué gastos posponer, cómo trasladarse, cómo pagar servicios o cómo combinar el empleo con las responsabilidades familiares.
El combustible también encarece la vida cotidiana
La preocupación de Margaret por la gasolina y el diésel tampoco ocurre de manera aislada.
Durante los primeros días de octubre, los precios de los combustibles se mantuvieron elevados, en un contexto marcado por el encarecimiento del petróleo y las repercusiones económicas de la guerra en Irán. AP reportó que la gasolina y el diésel se encontraban entre los factores que alimentaban la preocupación económica de las y los votantes.
El impacto de los combustibles va más allá del tanque del automóvil.
El transporte forma parte del precio de los alimentos y otros bienes, mientras que para quienes dependen del automóvil para trasladarse al trabajo, llevar a niñas y niños a la escuela o acudir a servicios de salud, un aumento en la gasolina significa una reducción directa del dinero disponible.
Una vez más, la discusión sobre el costo de vida termina conectándose con el trabajo y los cuidados.
Mujeres también ponen dinero en la política
La dimensión económica de estas elecciones también puede observarse en el financiamiento de las campañas.
El Center for American Women and Politics (CAWP) encontró, en su análisis Women, Money, & Politics Watch 2026, que los hombres dominan el autofinanciamiento de campañas y que las candidatas mujeres al Congreso dependen, en mayor medida que los hombres, de pequeñas donaciones.
La organización señala además que los recursos que fluyen hacia candidaturas encabezadas por hombres suelen ser mayores y que hay menos mujeres que hombres compitiendo por cargos públicos.
Así, el dinero atraviesa las elecciones en dos sentidos: es un problema que las personas llevan a las urnas y, al mismo tiempo, un recurso que determina en buena medida las condiciones en que las candidaturas compiten.
Información para decidir
En este contexto, organizaciones feministas y de participación cívica han desarrollado herramientas para que las mujeres conozcan las candidaturas y sus propuestas antes de acudir a las urnas.
La Feminist Majority Foundation participa en iniciativas de información y participación electoral dirigidas a mujeres, mientras que la League of Women Voters Education Fund cuenta con la plataforma Vote411, que permite consultar información sobre candidaturas, boletas y temas relevantes para cada elección.
La herramienta reúne posiciones sobre asuntos como aborto, cambio climático, justicia, educación, servicios de salud, migración, empleo, derechos LGBTQ+, impuestos, regulación de armas y reglas electorales.
La información está disponible en inglés y español.
Del bolsillo a las urnas
Las elecciones intermedias del 3 de noviembre llegan así en medio de una preocupación económica que no se reduce a las cifras macroeconómicas.
Para Margaret, la economía se mide en el supermercado.
Treinta y cinco dólares en agosto.
Cincuenta y cinco en septiembre.
Cien en octubre.
Su experiencia no explica por sí sola cómo votarán las mujeres estadounidenses, pero sí permite observar una dimensión que los indicadores nacionales pueden ocultar: el costo de vivir no se experimenta igual cuando los ingresos tampoco son iguales.
Y en un país donde las mujeres siguen ganando menos que los hombres en el trabajo de tiempo completo, el aumento de los precios también es una cuestión de autonomía económica.
Este 3 de noviembre, ese costo —el de llenar la despensa, trasladarse, trabajar y sostener los cuidados— también llegará a las urnas.

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