10/04/2026

Decapitar estatuas

Fabrizio Mejía Madrid

El 30 de septiembre pasado, un grupo de ex trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas se trasladó a Los Pinos, desde la protesta en Reforma que realizaban contra Felipe Calderón, quien hablaba de democracia en el foro del neofascismo internacional.

Ahí, en Los Pinos, decapitaron la estatua del ex presidente que ocupó con el ejército las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro la noche del 10 de octubre de 2009. Con esas medidas de fuerza, Calderón dejó a 44 mil familias sin sustento y a 22 jubilados sin pensiones. También dejó al país sin soberanía sobre la fibra óptica, pues era Luz y Fuerza la que había desarrollado la tecnología para instalarla.

En la pasada protesta, los electricistas le recordaron a Calderón la falsa guerra contra el narco y sus muertos reales, el encubrimiento judicial a su parentela por el incendio de la guardería ABC, y el cierre de 10 aerolíneas durante su gerencia presidencial. Y le quitaron la cabeza a su estatua.

El gesto simbólico recuerda las tres dinamitaciones de la estatua que Miguel Alemán se había mandado erigir en la explanada de Ciudad Universitaria, un año antes de que los estudiantes pudieran mudarse desde el Centro de la ciudad de México, en 1953.

Sufrió dos atentados, antes de la decapitación: en 1960 y 1965. La dejaron casi como busto, la toga ya más parecida a una falda-pantalón, pero faltaba quitarle la cabeza. En la madrugada del 6 de junio de 1966 le taladraron el cuello, a unos siete metros de altura, para colocarle los cartuchos de dinamita y la cabeza voló.

Dos días después terminaron con las vigas de acero que le quedaban al cuerpo. Las autoridades mandaron ponerle unas láminas acanaladas para taparla, porque parecía un miriñaque de señora de salón de baile, y ese fue el lienzo que utilizaron los artistas plásticos para hacer el Mural Efímero, el 25 de agosto de 1968, durante la huelga estudiantil.

Se llaman rituales de desacralización y son lo contrario de su consagración y, desde luego, al intento de borrar la historia.

En el caso de Miguel Alemán, que le puso su nombre a cuanta cosa inauguró, su estatua en Ciudad Universitaria fue vista como la presencia del poder presidencial priísta justo frente a la Biblioteca Central.

Una intromisión de ocho metros en la autonomía, aunque fuera sólo en forma de alguien que vagamente se parecía al presidente en funciones. Pero en el caso de Calderón, el tema, desde que un árbol lo tiró en una tempestad y nadie lo recogió, forma parte de esa línea de esculturas que adornan las afueras de la casa de Miguel Alemán en Los Pinos. Calderón no fue un Presidente legítimo, sino que se robó la elección de 2006 de tantas formas como le fue posible.

La inexistencia de la transición a la democracia es lo único que yace debajo de esas esculturas de los ex presidentes. Las concibe el candidato único del Partido Único en 1976: José López Portillo.

Él, animándose a ponerse al mismo nivel con una serie de mandatarios, desde Lázaro Cárdenas hasta él mismo, manda poner las estatuas, e inaugura la Calzada de los Presidentes, como un registro de todos los inquilinos de la casa presidencial. Hasta Peña Nieto, todos los gobernantes cederán al autoelegio, e irán encargando sus esculturas para colocarlas en esa cola que se llamó Prian.

Miguel de la Madrid trató de que la cosa no se viera tan de emperador romano y fundó una triste Calzada de la Democracia, donde, por rencor, acabaron mezclándose bustos, no esculturas de cuerpo entero, de Benito Juárez y Melchor Ocampo con varios dirigentes del PAN.

Era una perversa forma de simbolizar que la tal democracia era la llegada de un PAN yunquista y ratero que se atrevía hasta ponerse al lado de los liberales mexicanos de la Guerra de Reforma.

Venganza vía escultura. Y, a unos metros, hasta el panista que se robó la elección, Calderón, aparece junto al otro fraudulento, el del PRI, Carlos Salinas de Gortari. Esas esculturas no conmemoraban realmente ningún acontecimiento político o un proceso histórico. Se levantaron sólo para cumplir con aquella consigna que Monsiváis le atribuyó a los presidentes del prianato: “Elogio que no pago, no lo siento sincero”.

La sacralización del presidencialismo vino acompañada de su banalización. Como lo huecas que son, estas estatuas fueron reinterpretadas popularmente.

Recuerdo que, en la fila para conocer Los Pinos, cuando se abrió al público, el 1º de diciembre de 2018, mucha gente le mentaba la madre al propio Calderón –a su estatua– diciéndole “espurio” en su carita de bronce. Salinas, Zedillo, Fox, Peña Nieto y Díaz Ordaz recibían también mucho cariño del pueblo. Varios se sacaron fotos con Lázaro Cárdenas del Río.

Una quinceañera fue vestida para sacarse un retrato en la escalinata de telenovela de la casa de Miguel Alemán. Otros veíamos la dimensión del saqueo de la familia Peña Nieto: ni alfombras, ni muebles, ni vajillas, ni cortinas, ni cuadros, sólo un letrero de la nueva Secretaría de Cultura: “Así lo recibimos”.

Desde abajo, la desacralización trajo una práctica popular de instalar “antimonumentos”, que guarden la memoria de la injusticia. Desde el 2 de octubre del 68 y el halconazo del 10 de junio, hasta la contaminación de los ríos Sonora y Bacanuchi, los antimonumentos pasan lista de pendientes al aparato judicial: el de los 72 migrantes masacrados en San Fernando, Tamaulipas, en 2010.

Además, el incendio de la guadería ABC, en 2009; las muertas en Ciudad Juárez (1993-2013); los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa en 2014; los mineros sin rescatar en Pasta de Conchos en 2006... Son acontecimientos no llevados a la justicia. Son procesos de descompisión de décadas. Conmemoran, no ovacionan. A los antimonumentos que residen en la capital, se les llama La Ruta de la Memoria.

Salvo que también son esculturas, nada de esto tiene semejanza con el secuestro que la alcaldesa de la Cuauhtémoc perpetró de la estatua que conmemoraba el encuentro de Fidel Castro y el Ché Guevara en 1955 en la colonia Tabacalera.

Obedeciendo una instrucción que había recibido en otro foro, el de la otra FIL (Fundación para la Libertad, carajo) en Madrid, la remoción de esa estatua es un acto de una autoridad desde un poder jerárquico, no una iniciativa popular desde un sindicato, o de una ciudadanía agraviada.

Es pura arbitrariedad.

Se parece más a lo que hizo la Junta Militar en Argentina en 1955, tras el golpe contra Juan Domingo Perón. Mediante un decreto mandó decapitar las representaciones de los trabajadores del Monumento al Descamisado, así como una estatua de Evita. Echó las cabezas al río. Dinamitó los cimientos de hormigón.

Quiso borrar un episodio de la historia del país. No tomar venganza simbólica contra tu verdugo. No conmemorar un hecho que todavía causa dolor. No. Simplemente trató de destruir.

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