Mostrando las entradas con la etiqueta violencia obstétrica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta violencia obstétrica. Mostrar todas las entradas

4/18/2026

Escrito en el cuerpo: esterilizaciones forzadas en Perú

 By  

Por Laura Rosso. Latfem. Resumen Latinoamericano, 11 de abril de 2026

Con el cuerpo como campo de batalla y la escritura como herramienta de denuncia, esta investigación recorre los testimonios de mujeres rurales que sobrevivieron al plan de ligaduras sin consentimiento en el Perú de los 90. Bajo el gobierno de Alberto Fujimori, cerca de 300.000 mujeres peruanas —en su mayoría campesinas e indígenas— fueron sometidas a esterilizaciones forzadas. Tras años de un silencio impuesto por el trauma y el desprecio sistémico, hoy se organizan en una red de resistencia para transformar sus cicatrices en un reclamo colectivo de verdad, justicia y reparación.

¿Qué es un cuerpo? Un cuerpo es más que sólo un cuerpo. En él, late la curiosidad de la vida y respiran también las huellas del olvido y la violencia. El cuerpo guarda las memorias más íntimas, los pesares más profundos. Los lazos ancestrales anidan ahí. Es lugar para el encuentro con otres y a la vez campo de batalla del sistema patriarcal. Pero además, y sobre todo, un cuerpo es motivo de escritura. 

El aire en el local de la Confederación Campesina del Perú se sentía distinto. Era un lunes de febrero en 2016, cuando esas mujeres se miraron a los ojos y se tomaron de las manos. Sudaban de emoción. Así empezaron a acompañarse. Venían de Cusco, de Piura, de Ayacucho, abrigadas en sus ponchos y faldas con rastros de polvo de la montaña, barro de las acequias y el silencio de años. Un silencio que se había instalado en sus cuerpos. La primera en romperlo fue una mujer de Cajamarca, con el rostro curtido por el sol. “A mí me dijeron que era por mi bien”, soltó con un nudo en la garganta. Luego las lágrimas se le escaparon. El salón se llenó de murmullos. “A mí me engañaron”, “A mí me obligaron”, “Yo sentí que me moría”. Juntas tejían una voz colectiva cuya urdimbre tramaba una red de escucha y empatía: el miedo que habían conocido solas se disolvió en ese espacio del salón que compartían. En los ojos de las otras veían sus propias heridas, también sus biografías. Se reconocieron como sobrevivientes. Se abrazaron. Estaban unidas por una historia que había marcado sus cuerpos, de ahí nacía la urgencia por contar la verdad enmudecida. Aquel día fundaron la Asociación de Mujeres Peruanas Afectadas por las Esterilizaciones Forzadas (AMPAEF), una lucha forjada en el encuentro, la escucha y la resistencia colectiva. Venían de hacerlo solas y en esa ronda que las enlazaba se unieron para abrirse al mundo. 

Verdad, justicia, reparación. Tres palabras que signaron el camino. Tres palabras que se oyen en quienes testimonian la violencia política vivida durante el gobierno de Alberto Fujimori, que fue presidente de Perú entre el 28 de julio de 1990 hasta su destitución por el Congreso el 21 de noviembre de 2000. Un gobierno que derivó en una dictadura cívico-militar tras el autogolpe de Estado que él mismo lideró en 1992. 

Verdad, justicia, reparación. Tres palabras que empujan el dolor y lo transforman en resistencia, que unen lo vivido por mujeres de múltiples lenguas y mundos. Verdad, justicia, reparación. Tres palabras que se extienden como un manto sobre el cual caminar en las noches sin luna. Palabras que titilan y son respiro que orienta el recorrido de sus vidas, desde el grito hasta el abrazo. 

Verdad, justicia, reparación, repiten juntas como un mantra que las calma. 

“A mí me engañaron”, “A mí me obligaron”, “Yo sentí que me moría”. Juntas tejían una voz colectiva cuya urdimbre tramaba una red de escucha y empatía: el miedo que habían conocido solas se disolvió en ese espacio del salón que compartían. En los ojos de las otras veían sus propias heridas, también sus biografías.

¿Quiénes son estas mujeres que vienen de lejos con sus ropas de colores, sus cabellos largos, negros y trenzados debajo de sus sombreros? Traen sus nombres: Josefina, Esperanza, Demetria, Hilaria, Hermelinda, Maximiliana, Francisca, Gregoria. Nombres que nadie conocía. Traen sus rostros, de ojos oscuros y rasgados, que nadie había mirado. Traen los cielos de cada territorio donde sembraron y cosecharon sus alimentos. Son tantas, tantas más. 

Josefina vivía con sus cinco hijos en el campo, en una casa de paredes de adobe, donde el frío de la mañana, aún hoy, se cuela por la puerta de chapa que queda entreabierta. Una mesa enclenque con alimentos de la tierra, maíz morado y papa amarilla, cacharros para el mate de coca y sillas de madera para el descanso de la tarde, cuando termina la faena en la chacra. Toda la familia cumple un rol en las labores. Los más pequeños aprenden. Afuera, el rebaño pastorea en el corral hecho de piedra, cerca del lugar donde las abuelas cultivan sus plantas medicinales, como la menta y el laurel. Cuando el sol indica que falta poco para el mediodía se cocina el almuerzo a través de un horno hecho en la tierra misma, donde las papas enterradas se calientan. 

El día que se llevaron a Josefina había amanecido con sol. El camión llegó a la comunidad con las puertas cerradas. Al abrirse, se bajaron médicos y enfermeras. Prometían atención gratuita. Eran los “bata blanca” de los que se había oído hablar en la comunidad. ¿Venían a ayudarlas? ¿A revisarlas?

Josefina quiso saber. Pero enseguida la empujaron por la espalda, la agarraron de los brazos y la llevaron hasta la sala de un centro de salud improvisado. “¡¿Cuántos hijos tiene?!”, le gritó alguien. 

“Tengo cinco”, respondió. 

“¿Hasta cuándo vas a parir? ¡Como un chancho, como una cuy estás pariendo!”, se burló otro. 

Las palabras crudas la confundieron. ¿Le hablaban a ella? No llegaba a comprender todo lo que le decían. Después la arrojaron sobre una camilla. Sintió el frío de la superficie y el pinchazo de una inyección en el brazo. La última imagen que recuerda es la del techo de esa clínica precaria. Despertó con un dolor que le quemaba el vientre. “¿Qué cosa me han hecho?”, preguntó. Nadie respondió. Desde una sala cercana escuchó el llanto de otras mujeres, eco del mismo miedo. “Nos han cortado nuestras barrigas”, decían. Casi de inmediato, el médico la obligó a caminar de regreso a su casa, con el cuerpo partido y el alma desdibujada. Josefina no era la excepción. Era el plan. Un plan con metas anuales, anotadas en registros nacionales, y cuotas asignadas a las personas encargadas de realizar la tarea. 

Otra mujer quechua de la provincia de Anta lloraba junto a su marido. “¿Cómo me han hecho esto? ¿Y si me pongo mal?” El marido preguntó qué hacer si eso sucedía. “¡Ja!, agradece más bien esta ayuda para que no siga pariendo sin medida”, respondió la enfermera. 

Foto: Pierre Yves Ginet.

Fueron casi 300.000 mujeres, número que estalla en una imaginación política que pretende alcanzar, nombrar, traducir cada una de esas existencias. Hay numerosas imágenes de ellas, quizás el modo más transparente de decir sus vidas. Sentadas en el frente de sus chacras, con sus vestidos, sus polleras, sus sombreros tejidos y aguayos, sus pieles marrones y arrugadas por el sol, el trabajo y la edad. Sus cabellos largos. Ellas, le entregan a la fotografía sus cuerpos como testimonio de la violencia vivida. Un cuerpo diferente. ¿Qué se inscribe en esos cuerpos? ¿Qué se escribe sobre ellos? 

“Al comienzo me dijeron: ‘Te llevaré hoy mismo a Limatambo para hacerte operar’. Yo no acepté, me escapé con el pretexto de salir a buscar dinero. Luego, cuando tuve que ir a llevar a mi hijo al médico, me riñeron: ‘Ajá mañosa, ¿dónde estabas qué volviste?’” A su esposo lo amenazaron y tuvo que firmar. “Desde ese día estoy mal, estoy inválida. Ya no sirvo para hacer ninguna fuerza”. 

A Esperanza, de Huancabamba, Piura, le ligaron las trompas en el momento de dar a luz, sin su consentimiento. Como con sus hijos anteriores, deseaba parir en su casa, pero la placenta se atascó y tuvo que acudir al centro de salud. Estaba vulnerable y dolorida. “Muchas cometimos el error de confiar en los bata blanca que nos atendían”, recuerda Esperanza. “A otras se lo hicieron cuando iban a la posta con sus niños. Ahí nos decían que paríamos como animales y nos preguntaban si eso no nos daba vergüenza”. 

El camión llegó a la comunidad con las puertas cerradas. Al abrirse, se bajaron médicos y enfermeras. Prometían atención gratuita. Eran los “bata blanca” de los que se había oído hablar en la comunidad. ¿Venían a ayudarlas? ¿A revisarlas?

Sangre en las batas, sangre en el piso, sangre en las sábanas. Y confusión después de la anestesia. Un frío que cala los cuerpos dolientes. Todas imágenes y sensaciones que permanecen en la memoria. 

Al tiempo de estos hechos, María Esther Mogollón, una de las fundadoras del Movimiento Amplio de Mujeres, recibió en sus manos una carta en la cual mujeres rurales e indígenas expresaban con preocupación e incertidumbre las cirugías que les hacían. La carta estaba firmada con sus nombres o sus huellas digitales. Escribían desde los bordes del dolor. El texto decía: “Necesitamos ayuda, algo nos están haciendo en el cuerpo”. Así fue como lo supo. En ciertas poblaciones importantes de Perú, como Cusco, por ejemplo, pero también en todo el país, como Ayacucho y Huancavelica, mujeres campesinas e indígenas estaban siendo esterilizadas sin consentimiento. Una amalgama de tragedias atravesaba el territorio y convertía el lento caminar por el campo en una coreografía del horror que hacía crujir los cuerpos. 

El plan se concentraba en las mujeres más vulnerables. Muchas no sabían leer ni escribir y no hablaban español, eran hablantes de lenguas andinas, como el quechua y el aymará y de muchas otras de origen amazónico. Un ataque a su autonomía reproductiva, una forma de violencia machista y colonialista que buscaba controlar sus cuerpos. El patriarcado se vestía de bata blanca. 

Los hechos llegaron a oídos de otra mujer que utilizó la escucha, la investigación y la escritura como arma de lucha. Su nombre es Giulia Tamayo y fue una de las primeras activistas feministas en documentar estos crímenes. En 1999, publicó el informe Nada personal, con testimonios que revelaban la atrocidad: “Si levanto algo pesadito ya me está doliendo, si camino lejitos inmediatamente se me adormecen y entumecen mis piernas de la cintura para abajo”, “Al mes nomás me encogí totalmente”. “Más de tres meses estuve sin poderme levantar de la cama, sin poder estirar las manos para comer, dependiendo de otros para alimentarme”. 

La valentía que tuvo Giulia en contar lo sucedido le costó caro. En el año 2000, tuvo que exiliarse de Perú para protegerse a sí misma y a su pequeño hijo, después de que asaltaran su casa y robaran los archivos de su investigación. Giulia, sin embargo, continuó acompañando el proceso desde el exilio. Falleció en 2014, sin ver la justicia que anhelaba. 

Foto: Gentileza AMPAEF.

Las mujeres de AMPAEF no se rinden. Su búsqueda por la verdad y la justicia se ha convertido en una lucha por la memoria histórica del Perú. “Fujimori se murió sin pagar reparaciones, ni decir la verdad de todo lo que él diseñó. Murió en total impunidad”, dijo Rute Zuniga, cusqueña y presidenta de AMPAEF. “La justicia peruana tiene que actuar, avanzar y responder. No puede seguir pasando el tiempo”. 

La resistencia de estas campesinas es un faro, un recordatorio de que la justicia es un derecho humano. El Comité de la ONU ha instado a Perú a anular una ley de amnistía, a acelerar las investigaciones, a otorgar compensaciones económicas y apoyo psicológico a todas ellas. Es un llamado urgente a que el Estado peruano asuma su responsabilidad y repare el daño producido. 

Las mujeres peruanas obligadas a la esterilización exigen justicia para que la historia no se repita. Para develar el maltrato y el olvido. Sus voces se levantan por la verdad y por la dignidad de todas las mujeres del mundo. Vestido con bata blanca o disfrazado de política de Estado, el patriarcado no elimina ni desteje esta urdimbre feminista. 

Algo de justicia se produjo el miércoles 30 de octubre de 2024. Tras años de litigio y con el apoyo de la ONG chilena, Justicia y Reparación, en coordinación con Rute Zuniga y María Esther Mogollón, se presentó el caso ante el Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW). El fallo fue histórico. El Comité de la ONU determinó que la política de esterilización forzada fue una “forma de violencia basada en el sexo y discriminación interseccional”. Reconoció que fue un ataque sistemático y generalizado contra mujeres rurales e indígenas. Además recomendó al Estado peruano la entrega de reparaciones integrales para los cinco casos estudiados, y atención en salud mental para ellas y sus familias. 

Las mujeres peruanas obligadas a la esterilización exigen justicia para que la historia no se repita. Para develar el maltrato y el olvido. Sus voces se levantan por la verdad y por la dignidad de todas las mujeres del mundo.

Para las sobrevivientes, la noticia fue emocionante. No hubo palabras hermosas. Hubo cuerpos que se abrazaban en un grito colectivo que les devolvía su dignidad. Después de años de no ser escuchadas, un comité internacional les daba la razón. Las lágrimas de frustración se convirtieron en lágrimas de alivio. Era un impulso para seguir la lucha y la certeza de que la unión colectiva y la escucha fortalecen sus caminos, que los siguen andando junto a esas tres palabras: verdad, justicia, reparación. 

Otro logro llegó el miércoles 4 de marzo de 2026. Un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, estableció en su sentencia que esta política de esterilizaciones masivas se implementó “mediante coerción y amenazas ejercidas por funcionarios públicos que recibían incentivos del gobierno para captar mujeres y esterilizarlas, quienes eran presionadas para someterse a procedimientos de anticoncepción definitiva”. El fallo de este tribunal indica que se ha constatado “que esta política fue organizada y dirigida desde los más altos niveles del Estado” y ordena al Estado peruano que se juzgue a los responsables de las esterilizaciones forzadas, un acto de perdón público y medidas de reparación económicas.

Ellas acuñaron el compromiso. Nunca más el silencio. 

4/11/2026

Expertos y promotores de derechos advierten sobre una crisis de violencia obstétrica

 

Un nuevo informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas detalla cómo las mujeres sufren malos tratos generalizados durante el parto en la región intercontinental de Europa Oriental y Asia Central. Imagen: UNFPA.- Ed Holt

BRATISLAVA – Gobiernos y profesionales de la salud deben implementar cambios sistemáticos para hacer frente a una “crisis” de violencia obstétrica (VO) en la región transcontinental de Europa Oriental y Asia Central (EOAC), afirmaron expertos y defensores de los derechos humanos consultados por IPS.

El llamado se produce después de que el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) publicara el 12 de marzo un informe que detalla cómo las mujeres sufren malos tratos generalizados durante el parto en la región.

“Este informe es una llamada de atención. Todas las partes interesadas deben garantizar que los derechos de las mujeres sean respetados y protegidos en todos los establecimientos del sistema de salud y más allá”, dijo a IPS Tamar Khomasuridze, asesora de salud sexual y reproductiva del UNFPA para Europa Oriental y Asia Central.

El informe, titulado «Atención respetuosa en la maternidad: experiencias y perspectivas de las mujeres en Europa Oriental y Asia Central», destaca lo que el UNFPA calificó como una “crisis generalizada, aunque a menudo oculta, de OV que viola los derechos humanos fundamentales y la dignidad de las mujeres”.

La encuesta, basada en respuestas en línea de más de 2600 mujeres que dieron a luz recientemente y realizada en 16 países y territorios de la región, también conocida como Eurasia, reveló que 67 % de las encuestadas reportó al menos una forma de maltrato, incluidos procedimientos médicos sin consentimiento, abuso verbal y físico, y graves vulneraciones de la privacidad.

Casi la mitad (48,1 %) de las mujeres se sometió a procedimientos obstétricos, como episiotomías, cesáreas o la administración de oxitocina, sin su consentimiento informado.

Mientras tanto, alrededor de 24 % de las mujeres encuestadas informó haber sufrido abuso verbal, incluidos gritos y humillaciones, y uno de cada 10 soportó abuso físico o sexual durante el trabajo de parto o en exámenes ginecológicos.

Por ejemplo, 12 % de las encuestadas indicó haber sido inmovilizada físicamente durante el parto, como ser atadas a la cama o sometidas a contacto físico agresivo bajo el pretexto de facilitar el alumbramiento. Poco más de 10 % experimentó distintas formas de abuso sexual, desde tocamientos inapropiados hasta formas más graves de agresión (manipulación irrespetuosa de los genitales).

La encuesta también reveló una enorme falta de conciencia sobre la VO entre las mujeres de la región: casi 54 % de las encuestadas afirmó no estar familiarizada con el término “violencia obstétrica”. Y entre quienes sabían que habían sido víctimas, muy pocas denunciaron los hechos: solo 2 % de las mujeres maltratadas presentó una denuncia formal, a menudo debido a la falta de confianza en los mecanismos de rendición de cuentas o al temor a represalias.

La investigación previa sobre el alcance de la VO en la región es limitada y los expertos señalan que es difícil evaluar si la situación ha cambiado en los últimos años.

Pero activistas sostienen que el informe subraya que sigue siendo un problema grave.

“La violencia obstétrica siempre existió, pero durante mucho tiempo permaneció invisible, normalizada e integrada en lo que se percibía como ‘práctica médica estándar’», dijo a IPS Alina Andronache, experta en políticas públicas de género del Centro de Asociación para el Desarrollo en Moldavia, quien colaboró en la elaboración del informe del UNFPA.

Puntualizó que «el cambio más importante de la última década no necesariamente está en la prevalencia del fenómeno, sin, dijo o en su mayor visibilidad a nivel público, jurídico e institucional, incluida su incorporación en la agenda global de derechos humanos y salud pública”.

“El informe presenta un panorama mixto: el reconocimiento y la visibilidad del fenómeno están aumentando, pero la prevalencia de experiencias de abuso, coerción y falta de consentimiento sigue siendo alarmantemente alta”, añadió.

Activistas de derechos señalan que el fenómeno está estrechamente vinculado con actitudes más amplias hacia las mujeres en la región.

“El informe muestra claramente que la violencia obstétrica no es solo un problema de prácticas médicas inadecuadas, sino que está profundamente arraigada en estructuras sociales y culturales más amplias —en particular la discriminación de género, los desequilibrios de poder entre pacientes y personal médico, las jerarquías institucionales rígidas y normas que socializan a las mujeres para aceptar la autoridad sin cuestionarla, incluso en contextos altamente íntimos y vulnerables como el parto”, explicó Andronache.

Destacó el hallazgo de que 58,4 % de las encuestadas cree que una madre debe aceptar cualquier intervención en beneficio del niño, incluso si puede perjudicarla, mientras que 19,6 % considera que los médicos pueden tomar decisiones sin el consentimiento de la mujer para proteger al niño.

“Estas percepciones reflejan una profunda internalización de la idea de que la autonomía corporal de las mujeres puede suspenderse durante el parto en favor de una autoridad médica percibida como incuestionable.», dijo Andronache

Detalló que «esta internalización tiene dos consecuencias principales: legitima prácticas abusivas o coercitivas, que dejan de percibirse como violaciones de derechos y pasan a considerarse intervenciones ‘necesarias’ o ‘médicamente justificadas’, y contribuye directamente a la falta de denuncias y a la dificultad de reconocer la violencia obstétrica como tal».

«Si las mujeres son socializadas para creer que no tienen derecho a negarse, a hacer preguntas o a negociar intervenciones, entonces sus experiencias no se identifican necesariamente como abuso, sino como una parte ‘normal’ del parto”, explicó.

El informe incluye un llamado a la acción que establece medidas clave para abordar los problemas sistémicos de la VO en los países de EOAC.

Entre ellas se encuentran legislación para proteger a las mujeres contra la VO; formación centrada en los derechos humanos para todo el personal sanitario a fin de transformar las actitudes clínicas y garantizar la dignidad en la atención, así como la implementación de mecanismos de monitoreo y otras medidas para asegurar la rendición de cuentas; y el fortalecimiento de la educación y la sensibilización sobre la VO.

El UNFPA señala que su llamado a la acción fue respaldado por todos los países incluidos en la encuesta y otros actores, y que formará parte de los planes de acción nacionales sobre VO.

Sin embargo, no está claro cuán fácil será lograr cambios significativos, especialmente en una región donde algunos países tienen culturas sociales muy conservadoras y problemas más amplios en materia de derechos de las mujeres.

El informe mostró que, entre las encuestadas de países de Asia Central, como Kazajistán, Kirguistán y Uzbekistán, alrededor de dos tercios de las mujeres desconocían la VO. Según el informe, esto se debe en parte a normas tradicionales en torno al rol de las mujeres y el parto, que pueden hacer que sean menos proclives a hablar sobre el abuso obstétrico.

Khomasuridze admitió que existen “por supuesto sensibilidades en distintos países” de la región, pero se mostró confiada en que, con la ayuda de diversos actores, incluidos organizaciones de la sociedad civil, grupos de derechos de las mujeres y asociaciones de pacientes, se implementarán cambios.

Andronache acotó que en los países donde predominan políticas conservadoras y actitudes sociales arraigadas, es crucial que “el mensaje se adapte al contexto”.

“En sociedades más conservadoras, el enfoque no debe percibirse como confrontativo o ideológico, sino enmarcarse como una cuestión de seguridad, dignidad y calidad de la atención tanto para la madre como para el niño. Hacer hincapié en la salud, el respeto y la comunicación puede ser más fácilmente aceptado que un discurso centrado exclusivamente en los derechos”, afirmó.

Añadió que es fundamental que las mujeres sean informadas sobre la VO durante su interacción con el sistema de salud: los cursos prenatales deberían ser accesibles e incluir, junto con la información médica, explicaciones claras sobre los derechos de las mujeres, el consentimiento informado y lo que implica una atención respetuosa.

Mientras tanto, la información debe llegar a quienes más la necesitan, especialmente en zonas rurales y comunidades con menor acceso a la educación.

“Esto requiere mensajes simples, en lenguajes accesibles y a través de canales en los que las mujeres ya confían, incluidos proveedores de salud, líderes comunitarios u otras mujeres que compartan sus experiencias”, dijo Andronache.

Y añadió: “La concienciación no se construye solo mediante la difusión de información, sino también creando un espacio en el que las mujeres se sientan capaces de hacer preguntas, entender lo que les sucede y reconocer cuándo no se respetan sus derechos”.

Sin embargo, incluso en lugares donde hay mayor conciencia, persisten problemas graves de VO.

El estudio encontró que la conciencia sobre la VO es mayor en países de Europa Oriental, en parte porque las iniciativas de defensa de los derechos de las mujeres durante el parto han contribuido a aumentar la visibilidad del problema. Sin embargo, la VO está muy extendida en algunos de estos Estados.

En la encuesta, las tasas más altas de insatisfacción con la experiencia de parto se registraron entre encuestadas de los Balcanes Occidentales (Albania, Serbia y Kosovo).

En 2022, un estudio realizado por abogados en Serbia concluyó que las mujeres en el país son sometidas regularmente a diversas formas de violencia en clínicas de maternidad y hospitales, incluidos no solo abusos verbales y humillaciones por parte del personal, sino también exámenes físicos violentos y procedimientos invasivos sin consentimiento.

En enero de 2024, Marica Mihajlovic, una mujer romaní, denunció que durante el parto su médico saltó sobre su abdomen, la golpeó y la insultó con expresiones racistas. Su bebé murió poco después de nacer.

Un informe de 2023 sobre la VO en Moldavia incluyó testimonios de decenas de víctimas, algunas de las cuales quedaron con graves secuelas físicas y de salud mental.

Además de tener que enfrentar los daños físicos y psicológicos de estas experiencias, las víctimas de VO en la región suelen encontrar importantes obstáculos para obtener reparación.

“Las mujeres que son conscientes de la violencia obstétrica y desean actuar se encuentran, en la práctica, con una forma de distancia, no solo física, sino también emocional e institucional. En teoría, los mecanismos de denuncia deberían estar ‘al alcance’: ser fáciles de entender, accesibles y seguros. En la práctica, en muchos países esta distancia es demasiado grande”, explicó Andronache.

Señaló que muchas mujeres que quieren denunciar enfrentan sistemas complejos y burocráticos. También se ven desalentadas por la sensación de que denunciar no cambiará nada o, peor aún, “que se las pondrá en la posición de tener que demostrar su sufrimiento, ser cuestionadas o incluso invalidadas”.

“En ausencia de mecanismos claros y creíbles de rendición de cuentas, denunciar no se percibe como una solución, sino como un proceso largo, incierto y emocionalmente desgastante”, afirmó.

Algunas también encuentran que, tras una experiencia difícil o traumática, simplemente no cuentan con los recursos emocionales para iniciar un proceso formal. “Buscan calma, recuperación y la posibilidad de cuidar a su hijo. La pregunta ‘¿vale la pena pasar por esto?’ se vuelve muy real”, dijo Andronache.

Si bien el informe identifica la magnitud de la crisis de OV en la región y los cambios necesarios para revertirla, o al menos reducirla, no se espera que haya mejoras sustanciales de la noche a la mañana, independientemente del grado de compromiso de los gobiernos con las recomendaciones del UNFPA.

“Algunos cambios pueden implementarse relativamente rápido. Por ejemplo, establecer mecanismos de denuncia claros y accesibles, informar a las mujeres, introducir procedimientos más transparentes o brindar formación básica al personal médico. Estos dependen en gran medida de la voluntad política y la capacidad organizativa y pueden lograrse en un plazo relativamente corto», afirmó Andronache.

Y añadió: “Sin embargo, el aspecto más difícil es la transformación de las mentalidades, tanto dentro del sistema médico como en la sociedad en general. Una transformación profunda hacia un sistema en el que las mujeres se sientan seguras para hablar y que responda con responsabilidad y respeto es un proceso a largo plazo que puede llevar una década o más. En esencia, se trata de un cambio cultural, no solo normativo”.

Khomasuridze coincidió.

“Nosotros y nuestros socios tenemos un largo camino por recorrer. El progreso depende de la acción a nivel nacional y estamos muy bien posicionados en los países de EECA para acelerar los avances, trabajando con gobiernos, asociaciones profesionales, organizaciones de la sociedad civil, grupos de mujeres y asociaciones de pacientes para garantizar que esta agenda transformadora se implemente”, afirmó.

6/28/2025

Esterilizaciones forzadas en Perú: un caso abre la ruta a la justicia

 

Activistas de derechos humanos en la Plaza San Martín, en el centro de Lima, la capital de Perú, durante una protesta contra el indulto a Alberto Fujimori (fallecido en setiembre del 2024) y en demanda de justicia para las víctimas de esterilizaciones forzadas, vulneradas en sus derechos por una política estatal durante su mandato. Imagen: Walter Hupiu / IPS

LIMA – A casi 30 años del inicio de la política estatal que en Perú esterilizó sin su consentimiento a miles de mujeres en situación de pobreza y ruralidad, la mayoría indígenas, se abre una nueva ruta para romper el cerco de impunidad que hasta la fecha impide sancionar a los responsables de este crimen considerado de lesa humanidad.

“Buscamos que se conozca la verdad en el caso de Celia Ramos, que se haga justicia y el Estado asuma su responsabilidad. A mamá ya no la van a devolver, pero tiene que haber justicia y una reparación acorde a la afectación que tuvimos”, sostuvo Marisela Monzón ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) el 22 de mayo, durante su 176 periodo ordinario de sesiones, celebrado en Ciudad de Guatemala.

Monzón es hija de Celia Ramos, una de las 18 víctimas mortales del Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar que se aplicó entre los años 1996 y 2000 en Perú por orden del entonces presidente Alberto Fujimori (1990-2000), quien ejercía su segundo mandato con el control autoritario de los diferentes poderes del Estado.

Fujimori no cumplió la totalidad de su condena por corrupción y graves violaciones a los derechos humanos. Salió de prisión en diciembre del 2023 gracias a un cuestionado indulto humanitario de la presidenta Dina Boluarte desacatando el mandato de la Corte IDH de no hacerlo dado los delitos de lesa humanidad cometidos por el exmandatario. Este murió en libertad 10 meses después.

“El Misterio Público (fiscalía) ha sido bastante renuente a considerar los delitos contra la libertad personal, indolente y discriminador al no incluir los delitos de coacción y secuestro que las mujeres denuncian; ser acosadas, hostigadas amenazadas no es violencia para ellos: María Ysabel Cedano.

“Esperamos la verdad de lo que pasó, que se haga una investigación de verdad”, pidió Monzón a la inapelable corte interamericana, presidida por la jueza costarricense Nancy Hernández, sobre la muerte de su madre el 22 de julio de 1997.

La de Ciudad de Guatemala fue la primera audiencia en la Corte supranacional de justicia de un caso de esterilización forzada ocurrido en el Perú.

Celia Ramos falleció tras permanecer 19 días en coma producto de la práctica inadecuada de ligadura de trompas en un precario establecimiento público de salud en el caserío La Legua, una zona rural empobrecida de la región norcostera de Piura, luego de ser presionada y coactada por el personal de salud. Dejó huérfanas de madre a Marisela de 10 años, Emilia de ocho y Marcia de cinco.

Marisela Monzón, hija de Celia Ramos, una de las 18 víctimas mortales de la política de esterilización 
forzada aplicada en Perú entre 1996-2000, que tuvo como víctimas a mujeres pobres y rurales en
 medio de un conflicto armado interno. Su muerte dejó huérfanas de madre a Marisela, entonces de 
10 años, Emilia de ocho y Marcia de cinco. En la imagen durante su presentación el 22 de mayo en 
la audiencia del caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Imagen: CDR

Su caso no es el único. En el marco de la política fujimorista, cerca de 300 000 personas, la gran mayoría mujeres, fueron sometidas a un método anticonceptivo irreversible sin garantizarles su derecho al consentimiento libre, previo e informado.

“En la audiencia quedó claro que si yo le digo ‘usted corre grave peligro si no se somete a lo que le estoy sugiriendo’, es una forma de coaccionarla a aceptar el procedimiento médico”, explicó a IPS desde la ciudad de Bogotá Lucía Hernández, asesora legal de la oficina regional para América Latina y el Caribe del Centro de Derechos Reproductivos, una de las tres organizaciones que defiende el caso.

En un diálogo telefónico, detalló que a Celia Ramos se le insistió de manera reiterada y que se hicieron varias visitas a su domicilio pese a que ella había hecho explícita su negativa.

“Además, se minimizaron los riesgos en lugar de darle información completa sobre lo que implicaba el procedimiento médico, le dijeron: eso va a ser como sacarse una muela”, agregó.

Hernández deploró la posición de representantes del Estado en la audiencia del 22 de mayo.

“Fue negacionista, irrespetuosa e invalidante con las víctimas, buscando defender lo indefendible, desconociendo además que el año 2003 suscribió un Acuerdo de Solución Amistosa ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en que ya reconoció los derechos vulnerados de Mamérita Mestanza, otra víctima de las esterilizaciones forzadas”, dijo.

La Comisión y la Corte conforman el sistema interamericano de defensa de los derechos humanos, como órganos independientes de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Representación simbólica en una movilización en las calles de Lima, por la vulneración del derecho 
de las mujeres peruanas a decidir sobre su reproducción como resultado de la aplicación compulsiva
del método irreversible de las ligaduras de trompas en zonas rurales y empobrecidas del país, con 
 población indígena, durante el gobierno de Alberto Fujimori. Imagen: Walter Hupiu / IPS

El vulnerado derecho de libre consentimiento

Entender la gravedad de la política fujimorista implica remontarse al contexto peruano de los años 90 en que se vivía un conflicto armado interno y la militarización interna, que afectó a la población más pobre del país, centroandina y quechuahablante sobre todo.

El Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar buscaba reducir la pobreza en el Perú a través del control de la natalidad, por lo que puso énfasis en la promoción de la anticoncepción quirúrgica, pero no dirigiéndola a toda la población femenina, sino a la de zonas rurales, indígenas andinas y amazónicas, populares, caracterizadas por la pobreza.

En esa realidad, no se garantizó a las mujeres su derecho a la libertad personal y al consentimiento libre e informado como remarcó en diálogo con IPS la abogada María Ysabel Cedano de la institución peruana Demus, que también acompaña el caso.

“El Misterio Público (fiscalía) ha sido bastante renuente a considerar los delitos contra la libertad personal, indolente y discriminador al no incluir los delitos de coacción y secuestro que las mujeres denuncian; ser acosadas, hostigadas amenazadas no es violencia para ellos”, cuestionó.

Añadió que tampoco lo es que les digan que si no se ligan las trompa no recibirán alimentos ni ayuda social, que irían a la cárcel por tener más de cinco hijos o que podían morir si tenía un embarazo más como en el caso de Celia Ramos.

“Para ellos no representa amenaza ni violencia porque no han tomado en cuenta el contexto de los hechos”, refirió.

Cedano sostuvo que no existían garantías en los centros de salud para que las mujeres pudieran ejercer el consentimiento libre e informado respecto de una posible ligadura de trompas.

“En zonas rurales el personal de salud representaba al Estado, más aún si estaba acompañado de militares como ocurría en las zonas de conflicto armado interno; su vida dependía de aceptar el procedimiento, no había garantías para elegir”, subrayó.

Internamente, el caso ha seguido un camino lleno de obstáculos para romper la impunidad. De los exministros de salud denunciados por esta política uno de ellos, Alejandro Aguinaga es un congresista del fujimorismo que siempre ha rechazado las denuncias.

Tras la persistente lucha de las víctimas, en 2018, luego de 16 años de investigación fiscal y varios archivamientos de la investigación, el Ministerio Público denunció al expresidente Fujimori y a los exministros de Salud Aguinaga, Eduardo Yong y Marino Costa por varios delitos entre ellos lesiones graves, y lesiones graves seguidas de muerte.

En 2024 sin embargo el caso volvió a foja cero pues debía adecuarse al Nuevo Código Procesal Penal. Desde entonces, la fiscalía a cargo lleva ya nueve meses sin que aún haya reabierto la investigación.

“Nos ha informado que se están subsanando algunas irregularidades en los documentos y le hemos planteado que cuando formule la denuncia incorpore los delitos contra la libertad personal por la vulneración del consentimiento libre e informado”, precisó Cedano.

Además, el Estado no cumple hasta ahora con otorgar reparaciones integrales a las personas inscritas en el Registro de Víctimas de Esterilizaciones Forzadas (Reviesfo): 6982 mujeres y 189 hombres, en total 7171 personas reconocidas como víctimas hasta  febrero de este año.

Ello pese a que el Estado es parte del Acuerdo de Solución Amistosa con la CIDH, en que se compromete a cumplir las reparaciones establecidas. Además, un fallo judicial ordena  al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos a garantizar esas reparaciones y otras medidas a favor de las víctimas de las esterilizaciones forzadas.

María Ysabel Cedano, la primera a la izquierda, en una manifestación en la capital peruana, en 
favor del acceso a justicia y reparación para las víctimas de esterilizaciones forzadas en el país. 
Cedano es abogada de Demus, una de las tres organizaciones que representa a la afectada Cecilia 
Ramos, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Imagen: Walter Hupiu / IPS

Declarar al Estado peruano responsable

Gisela de León, directora jurídica del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil), organización que también representa a las víctimas, afirmó a IPS que se espera que la Corte IDH declare la responsabilidad del Estado peruano por la violación de los derechos de Celia Ramos al consentimiento informado, a la vida y la integridad personal.

En declaraciones desde San José de Costa Rica, donde tiene su sede la Corte, puntualizó que también están pidiendo que se declare la violación del derecho de su familia de acceder a justicia, porque hasta el momento los hechos están impunes.

Precisó que estas demandas están dentro del contexto de aplicación de la política fujimorista que privó de su capacidad reproductiva y del derecho de decidir tener hijos a miles de mujeres.

De León manifestó que además se busca que la Corte IDH repare el daño causado a Marisela Monzón, quien quedó huérfana siendo niña junto con sus dos hermanas

“Para mí es admirable cómo la búsqueda de justicia se ha ido heredando a través de los años, al inicio era su hermano, el tío de las hijas, y ahora son ellas quienes han retomado el caso”, indicó.

Tras los alegatos finales a entregar por parte del Estado y las tres instituciones defensoras del caso, la Corte IDH debe emitir su sentencia. Aunque no hay un plazo establecido, pero se espera que pueda conocerse en el máximo de un año, o incluso eventualmente antes.

Sea cuando sea, la sentencia sobre el caso Celia Ramos tendrá incidencia directa en el logro de justicia para todas las víctimas de esterilizaciones forzadas por la política fujimorista.

9/21/2024

Esterilización forzada contra mujeres peruanas en régimen de Fujimori. Ni perdón, ni olvido

 

.-Ciudad de México.- Provenientes de comunidades indígenas, andinas, amazónicas y zonas rurales, miles de mujeres peruanas fueron víctimas de esterilización forzada, esto como resultado del violento Programa Nacional de Planificación Familiar y Salud Sexual y Reproductiva impulsado por el régimen de Fujimori entre 1995 y 2001, mismo que murió esta semana, pero la lucha por la justicia de estas mujeres no hizo más que avivarse.

El Centro por la Justicia y el Derecho Penal (CEJIL) plantea un número aproximado de 2 mil mujeres, pero el Instituto de Democracia y Derechos Humanos de Perú, refiere que este número, de hecho, es mucho mayor, alcanzando a 314 mil 605 mujeres. Así, se evidencia que existe poca certeza sobre la cantidad exacta de mujeres quienes fueron víctimas de esta práctica, muchas de ellas, nunca se enteraron de que su infertilidad fue producto del Estado y otras mujeres, no formaron parte de la denuncia colectiva contra el régimen.

Alrededor de este caso, la única evidencia concreta es que el Estado, articulado con su sistema legislativo y de salud, produjo crímenes de lesa humanidad en contra de las mujeres, mayoritariamente indígenas, del Perú.

De esto deviene en la digna rabia e indignación colectiva, pues tras anunciarse la muerte de Alberto Fujimori, -producto de un cáncer-, el Estado conmemoró su vida para honrarlo y se le dedicaron honores en los medios masivos de comunicación; pero este personaje político, es responsable de la muerte de miles de mujeres.


Al respecto, la CEJIL refirió:


«Estas conmemoraciones son un lamentable ejemplo del negacionismo del Estado peruano frente a las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante el conflicto armado en Perú y el régimen de Alberto Fujimori»

Celia Ramos vive

Originaria de La Legua, Piura, Celia Ramos se acercó al único puesto de salud de su poblado; quería atención odontológica. A partir de esta primera visita a la clínica, la vida de Celia Ramos terminaría dando un vuelco importante que la llevaría a perder la vida tiempo después.

Una vez que la mujer ingresó a la clínica perteneciente al sistema de salud del Estado, comenzó a ser perseguida y hostigada por parte del personal, quienes le referían sobre los beneficios de practicarse la esterilización.

Celia era una mujer joven, conocida en su comunidad y madre de 3 hijas, la más pequeña, Marcia, tenía apenas 5 años.

El personal la buscaba por todo espacio y terminó por convencerla de realizarse una ligadura de trompas, luego de explicarle que sus 3 hijas tendrían acceso a importantes programas sociales. Así, en julio de 1997, la mujer aceptó la intervención quirúrgica que, según prometían, sería rápida, segura e indolora.

Según denuncia su hija mayor, Celia Ramos se arrepintió y pidió detener el procedimiento, sin embargo, el personal la forzó a realizarlo a pesar de que, hasta el último momento, la mujer sólo quería regresar a casa.

Celia Ramos salió con dolor físico del quirófano y sólo 19 días después, murió a causa de las lesiones, producto de un mal trabajo quirúrgico.
Según documenta el Instituto de Democracia y Derechos Humanos, muchas mujeres fueron víctimas de malas prácticas, como la aplicación errónea de anestesia, pobres equipos quirúrgicos y mal saneamiento, que terminaba por traducirse en infecciones, lesiones graves, secuelas permanentes y la muerte a causa de paros cardiorrespiratorios.

El caso de Celia Ramos terminó por estallar y su nombre se convirtió en bandera para luchar en contra del Estado peruano que aún no ha pagado por su colusión y participación activa de estos crímenes.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha tomado este caso para analizar la responsabilidad del Estado y el actuar del régimen fujimorista; el hecho de que Alberto Fujimori haya muerto no implica que el caso se eche para atrás, por el contrario, sólo se ha avivado. Según la CEJIL, el tribunal de la IDH se encuentra en proceso de una resolución para otorgar reparación a las víctimas de esta política.

Como antecedente y «compromiso reparatorio» del Estado, en 2003 se firmó un Acuerdo de Solución Amistosa en el que reconocía su responsabilidad por un caso similar, el de María Mamérita Mestanza Chávez.

En ese acuerdo, el Estado se comprometía a implementar medidas de reparación integral, pero 20 años después, las medidas de fondo aún no se han cumplido: los casos siguen en la impunidad, no se han implementado modificaciones legislativas y políticas públicas que garanticen que estos hechos no vuelvan a ocurrir.

Los crímenes ordenados por Fujimori contra mujeres: Abuso y tortura

Además del doloroso episodio de esterilización forzada, el régimen de Fujimori también ejerció la violencia sistémica en contra de las mujeres andinas, utilizando las fuerzas armadas para replegarlas, asesinarlas, desaparecerlas y abusarlas.

El Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) documenta todos los crímenes que se gestaron durante los conflictos internos del régimen de Fujimori; miles de desapariciones forzadas y abuso, que, al final, terminó por recrudecerse en contra de las mujeres, muchas de ellas, ni siquiera tenían injerencia en los movimientos opositores y sufrieron los estragos del puño fujimorista.

María Emilia cuidaba a su hija de 9 meses de nacida; su esposo, campesino, había salido a trabajar la tierra cuando los soldados apodados «Los Cabitos» tocaron a su puerta.

Los hombres irrumpieron con violencia, la encerraron en una habitación de la casa y abusaron sexualmente de ella de forma tumultuaria.

María Emilia fue quemada, pues le pusieron brasas de fuego en la boca, la torturaron y golpearon, lo que le produjo discapacidad auditiva y serios problemas psicológicos.

La Comisión de la Verdad y Reconciliación ha referido que el Ejército cometió crímenes sexuales en contra de mujeres, adultas mayores, adolescentes y niñas por todo el Perú, en al menos, 15 departamentos -Estados- del país. Mayormente, las víctimas eran mujeres de comunidades indígenas quechuas.

  • El 75% de los casos de abuso y tortura sexual, se cometieron en contra de mujeres quechuas
  • 83% contra mujeres de origen rural
  • 36% trabajadoras del campo
  • 30% dedicadas al trabajo doméstico y de cuidados

Ayacucho y Huancayo, fueron las dos entidades con mayor incidencia en los casos; los soldados entraban y abusaban de todas las mujeres que se encontrasen. Una de ellas, Hipólita Oronjuy, quien al ver la violencia que arreciaba a Ayacucho, tomó a su bebé y emprendió su huida a Chilca, otro poblado.

En su camino, Hipólita se encontró en dos ocasiones al ejército fujimorista; las dos ocasiones, fue abusada y torturada sexualmente, a su hijo, se lo arrebataban y aventaban con violencia lejos de ella.

Sin agua, sin comida, con su hijo en brazos, la mujer tuvo que sobrevivir desde su autodefensa, quitándose los zapatos para no hacer ruido que pudieran alertar a los hombres de los campamentos castrenses.

Según recoge el CVR, se tiene registro de, al menos, 2 mil 74 mujeres víctimas del Ejército fujimorista, sin embargo, se proyecta que el número es aún mayor, pero debido al rol de género de estas mujeres que las ha instado a guardar silencio de estas prácticas sexuales violentas, se desconoce la cifra exacta, además, existe vacío informativo sobre las víctimas de feminicidio – desaparición.

Estos hechos sucedieron pocos años antes de que arrancara el programa de esterilización forzada, es decir, que el régimen de Alberto Fujimori estuvo presente en los dos episodios de violencia de género más cruentos en la historia de Perú.

Por ello, las conmemoraciones del estado peruano tras su muerte no son sólo motivo de crítica, sino también de cuestionamiento; las mujeres víctimas de Fujimori no perdonan, ni olvidan.

5/25/2024

Las niñas, particularmente vulnerables a no sobrevivir a una fístula obstétrica

 

No perdamos de vista que la constante incidencia de la fístula obstétrica es una violación de los derechos humanos de mujeres y niñas, que refleja la marginación de las mujeres que padecen este trastorno y el fracaso de los sistemas de salud en satisfacer sus necesidades.

A pesar de que esta lesión no distingue de edades, las niñas son particularmente vulnerables porque sus cuerpos no están preparados para un parto. En todo el mundo, las complicaciones derivadas del embarazo y parto son la causa principal de muerte en niñas de entre 15 y 19 años, según datos del UNFPA.

Sabemos que la fístula obstétrica es la causa del ocho por ciento de las muertes maternas a nivel mundial; además, el 90 por ciento de los casos terminan en el fallecimiento de un bebé dentro del útero, y puede ocurrir durante el parto o previo a éste, así como por la lesión ocasionada por un parto mal practicado, así lo informó el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA por sus siglas en inglés).

La Asamblea de las Naciones Unidas, en su septuagésimo séptimo período de sesiones, se informó que medio millón de mujeres y niñas en África Subsahariana, Asia, la región de los Estados árabes, América Latina y el Caribe viven con esta lesión y que cada año se producen miles más debido a la falta de medidas de salud necesarias. El 90 por ciento de los casos terminan en muerte prenatal. 

Es importante señalar que el estigma que rodea este padecimiento genera que las mujeres guarden silencio, oculten la situación y esto dificulta conocer la realidad que atraviesan.

Se esperara que entre 2020 y 2030 se celebren entre 10 y 13 millones de matrimonios infantiles a nivel mundial y es probable que ello contribuya a aumentar el número total de casos de fístula, como lo reportó la UNFPA en el 2022.

Las complicaciones del embarazo y el parto son la principal causa de muerte entre niñas de 15 a 19 años de edad en los países de ingreso bajo y mediano. Aproximadamente, una de cada cinco niñas de todo el mundo estará casada o en una unión informal antes de los 18 años de edad. 

En el 2003, UNFPA y sus socios lanzaron una campaña mundial para acabar con la fístula en consonancia con los objetivos internacionales de mejorar la salud materna y neonatal con el objetivo de erradicar esta práctica y lograron evidenciar algunos testimonios que permiten acercarse a lo que una mujer vive con esto:

Testimonio de Kadiatou Bah, superviviente de una fístula obstétrica, vivió con esta afección durante casi 20 años:

“Sucedió en el hospital. Me di cuenta de que estaba perdiendo orina”, dijo Kadiatou Bah, sobreviviente de fístula, al UNFPA, la agencia de salud sexual y reproductiva de las Naciones Unidas.

Bah quedó embarazada por primera vez hace más de cuatro décadas, cuando tenía 17 años. Con pocos centros de salud disponibles en su aldea montañosa en Labé, Guinea, había tenido pocas posibilidades de aprovechar los servicios médicos durante su embarazo; tampoco tenía previsto dar a luz en un centro de salud.

© UNFPA Guinea/Sayon Idovic Loua

Sus planes cambiaron después de dos días de parto. “Cuando quisimos ir al centro de salud, di a luz en el camino”, dijo. «El niño ya estaba muerto».

Aunque no se dio cuenta en ese momento, Bah había sufrido una fístula obstétrica: una lesión devastadora durante el parto que conlleva riesgos que ponen en peligro la vida de las mujeres y sus embarazos. Aproximadamente nueve de cada diez mujeres que desarrollan fístula obstétrica sufren muerte fetal; Mientras tanto, las investigaciones muestran que el trabajo de parto obstruido genera el 6 por ciento de las muertes maternas.

Los efectos de la fístula también son graves para las supervivientes; muchas enfrentan incontinencia, dolencias físicas y mentales y ostracismo social. La discapacidad de Bah abrió una brecha entre ella y su marido, quien le ofreció poco apoyo.

«Ya no podía mostrarme en público», dijo. “La gente me evitaba; Sufrí mucho”.

La UNFPA, señaló que pesar de sobrevivir, mujeres y niñas siguen sujetas a niveles extremos de estigma. «Entre las complicaciones relacionadas con el embarazo, la fístula obstétrica es una de las más graves, ya que también provoca exclusión social», afirmó el doctor Sékou Diallo, ginecólogo de Mamou.

Además, se les debe dar atención médica, psicológica y socioeconómica. Estas lesiones pueden ser reparadas mediante cirugía, no obstante, las brecha en salud hacen complejo que mujeres y niñas tengan acceso a estos servicios.

La fístula obstétrica afecta a numerosas mujeres y niñas quienes carecen de acceso a servicios de salud oportunos y de alta calidad, lo que a su vez depende de que haya un número adecuado de proveedores de atención de salud debidamente capacitados.

Según datos de la UNFPA, en los últimos años desde la pandemia de Covid-19, hubo un colapso en la prestación de servicios de salud, lo que paralizó avances en materia de salud materna y neonatal, lo que probablemente contribuyó al aumento del número de casos de fístula y a la reducción del acceso a servicios quirúrgicos durante el tiempo de la enfermedad.

Incluso, en 2007, la Asamblea General de la ONU reconoció por primera vez que la fístula obstétrica es un problema de salud para las mujeres. En 2020, fue aprobada la resolución 75/159, en la que pedía mayores inversiones y medidas aceleradas para erradicar la fístula obstétrica en el plazo de un decenio, como parte de la agenda de las Naciones Unidas en favor del adelanto de las mujeres.

México

En México, no estamos exentas de esta mala práctica que afecta la salud y vida de las mujeres, por ejemplo en el Hospital Civil de Guadalajara cada año, al menos hay dos casos son atendidos.

Para la coordinadora de especialidades médicas del Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS) de la Universidad de Guadalajara (UdeG) Eva Elizabeth Camarena Pulido, aseguró que este tema no figura en Jalisco ni a nivel nacional, sin embargo se pronunció por la importancia de llevar un registro estatal de fístula obstétrica en áreas que realizan este tipo de intervención quirúrgicas como es coloproctología y sean calificadas como salud materna.

Babatunde Osotimehin, director del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), señaló que :

“Para tratar la fístula y facilitar atención médica de seguimiento a mujeres, debemos saber más sobre cuántas mujeres y niñas necesitan servicios y dónde viven. En la mayoría de los casos, el estigma obliga a las mujeres que viven con la fístula a permanecer escondidas y las aísla de sus familias y comunidades.”

El 14 de julio de 2021, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobó la resolución 47/25, reconoció que:

“la morbilidad prevenible asociada a la maternidad es un motivo de preocupación en materia de derechos humanos y que las muertes y lesiones graves y prevenibles de las mujeres y niñas durante el embarazo y el parto no son acontecimientos inevitables, sino que son consecuencia directa de que existan leyes y prácticas discriminatorias y normas y prácticas nocivas en materia de género, de que no se establezcan y mantengan sistemas y servicios de salud eficaces, y de que no se rindan cuentas”. 

¿Qué es la fístula obstétrica y cómo afecta a las mujeres?

La Fístula obstétrica está definida en la ONU como una lesión de alta morbilidad, que ocurre durante la prolongación u obstrucción de un parto, es decir, la presión continua de la cabeza del bebé contra la pelvis de la madre que interrumpe el flujo sanguíneo, lo que ocasiona que el tejido muera y se desprenda; el orificio que queda se denomina fístula y afecta a mujeres y niñas que con frecuencia viven en zonas remotas, y a quienes se niega el acceso a una asistencia sanitaria de calidad, a la igualdad y a la dignidad.

Si no se realiza una intervención de emergencia a tiempo; la herida, por no recibir tratamiento médico oportuno de calidad, provoca incontinencia y graves consecuencias médicas, psicológicas, sociales y económicas, además de infecciones frecuentes, nefropatías, llagas dolorosas e infertilidad y en casos más graves, la muerte.

Para acabar con este problema es igualmente importante disponer del tratamiento cuando se produce la lesión, y poder acceder a él. Sin embargo, no todas las mujeres y niñas que la necesitan pueden disponer de este, puesto que el coste medio de la cirugía reconstructiva para la fístula obstétrica es alrededor de 10 mil pesos.

Estos altos costos son obstáculos para mujeres y niñas que ya se encuentran en una situación de pobreza. A esto se suma la escasez de cirujanos altamente capacitados y especializados que presten el procedimiento.

En México, el uroginecólogo del Instituto Nacional de Perinatología (INPer) “Isidro Espinosa de los Reyes”, de la Secretaría de Salud, Ernesto Rodolfo Rivera Medina, afirmó que el buen estado de salud y adecuado control médico antes y durante el embarazo pueden prevenir la aparición de la fístula obstétrica.

El especialista subrayó que este problema de salud se puede corregir con cirugía, y en el INPer la atención es gratuita para las mujeres que no cuentan con seguridad social. Resaltó que el objetivo de la conmemoración es concientizar a la población acerca de este problema que puede tener impacto negativo en la calidad de vida y en el ámbito social de las mujeres.

12/16/2023

Diputados pretenden combatir violencia obstétrica con educación y capacitación

 


Ciudad de México.- La violencia obstétrica es una agresión recurrente en los servicios de salud pública y privada, ante esa realidad la Comisión de Igualdad de Género en la Cámara de Diputados impulsa una iniciativa para educar y capacitar al personal encargado de la atención de las mujeres durante el embarazo, parto, puerperio y de la persona recién nacida.

Por ello, la Comisión de Igualdad de Género aprobó el dictamen que reforma la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, con el objeto de transformar los modelos de atención de salud reproductiva desde una perspectiva de derechos humanos.

Además, se busca dotarlos de instrumentos que les permitan otorgar una atención materno-infantil con perspectiva de género y promover un parto humanizado, intercultural y seguro que fortalezca el respeto de los derechos y la dignidad de las mujeres.

El dictamen, aprobado con modificaciones y por unanimidad de 26 votos, se desprende de las iniciativas presentadas por diputadas de Morena, PAN y PVEM, que plantean incluir acciones para capacitar al personal de salud en perspectiva de género en el Programa Integral para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres.

La presidenta de la Comisión de Igualdad de Género, la diputada de Morena, Julieta Kristal Vences Valencia, recordó que la violencia obstétrica consiste en cualquier acción u omisión realizada por personal de salud, que provoca daño físico o psicológico a las mujeres durante las etapas de embarazo, parto y posparto.

Resaltó que este tipo de violencia se manifiesta al negar el acceso a los servicios de salud reproductiva, tratos crueles o degradantes por parte del personal médico, y limita la capacidad de la mujer para tomar decisiones libres e informadas sobre los procesos reproductivos.

“Recordemos que en la violencia obstétrica a veces el personal de salud quiere tomar decisiones que no le corresponden, como cuando acaban de tener un bebé y quieren ponerles un dispositivo intrauterino (DIU) o que en ese momento la quieren operar, decisiones como estas que solo les corresponde a las mujeres”, puntualizó.

La diputada del PVEM, María del Carmen Pinete Vargas, una de las promoventes, subrayó que en los últimos 5 años, 1 de cada 3 mujeres de 15 a 49 años que tuvieron un parto en México, sufrieron algún tipo de maltrato de quienes las atendieron, lo que es una clara violación a sus derechos humanos.

Refirió que, si bien existe un marco legal que protege los derechos humanos de las mujeres en materia de salud sexual y reproductiva, la realidad que viven es una constante violación cuando acuden durante su embarazo o parto, por lo que es importante incluir en la ley un trato humanizado.

La diputada de Morena, Claudia Alejandra Hernández Sáenz, también promovente de la iniciativa, consideró necesario visibilizar, prevenir y sancionar la violencia obstétrica. “Estoy agradecida por agilizar este tema; es importante caminar juntas en todo lo que se refiera a lucha contra la violencia a la mujer”.

La diputada de Morena, Judith Celina Tanori Córdova, aseguró que además de respetar los derechos de las mujeres, se les debe otorgar un trato digno y responsable por parte del personal de salud, pues en ocasiones el maltrato es muy fuerte como si hubieran cometido un delito.

Por eso, agregó, es importante que haya una buena formación del personal de salud para defender los derechos de las mujeres, por lo que este dictamen abona en su beneficio para recibir una atención médica digna.

Violencia obstétrica en servicios de salud pública

La presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCM), Nashieli Ramírez Hernández, señaló que a pesar de que la violencia obstétrica es recientemente conceptualizada, tiene su base de exigibilidad desde el año 2000 en que el Comité DESC de la ONU emitió la Observación General 14 sobre el derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud, cuando fueron fijados como elementos del derecho a la salud tanto la aceptabilidad para proveer servicios de salud sensibles al género, como la prohibición de discriminación.

Sumado a ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido desde hace más de 15 años que características identitarias como el género constituyen determinantes sociales de la salud, por lo que los Estados están obligados a adoptar medidas para la prevención, atención y reparación de la violencia de género en el ámbito de la salud.

Ante esa situación, la CDHCM emitió la Recomendación 06/2023 sobre violaciones al derecho humano de las mujeres a una vida libre de violencia obstétrica, la cual se sumó a otros 11 instrumentos recomendatorios emitidos previamente por este organismo en los que se documentan fallas en la atención a la salud materna o constitutivos de violencia obstétrica, que en su conjunto reúnen 68 casos y múltiples víctimas.

La recomendación basó su análisis en la falta de acceso a información fiable y de calidad que padeció la víctima en 2018 con motivo del desarrollo de su primer embarazo, lo que le generó incertidumbre sobre su estado de salud y el de sus hijos.

La Presidenta de la CDHCM mencionó la relevancia de que la violencia obstétrica haya sido reconocida el año pasado en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos como una forma de violencia de género al resolver el caso Brítez Arce y Otros vs. Argentina. En los próximos meses -comentó- será emitida una sentencia más en ese tema para la región: Beatriz y Otros vs. El Salvador.

Asimismo, Ramírez Hernández señaló que si bien dichos criterios regionales impulsan el reconocimiento de esta forma de violencia de género tradicionalmente invisibilizada, la violencia obstétrica como elemento contrario al respeto a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y personas gestantes está plasmada en la Constitución Política de la Ciudad de México desde 2017 y posteriormente explicitada en la Ley de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, lo que junto con el desarrollo de los instrumentos recomendatorios antes referidos, ha contribuido a implementar medidas para su erradicación.

A pesar de los avances normativos y el desarrollo en torno al tema, la violencia obstétrica sigue siendo una práctica común. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021 realizada por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEGI), la Ciudad de México ocupa el tercer lugar entre las entidades federativas con mayor prevalencia de Hernández contra las mujeres de 15 a 49 años con 39.2 por ciento del total de las entrevistas realizadas.

La Presidenta de la CDHCM reiteró que el elemento central de la violencia obstétrica es que constituye una de las formas de violencia basada en el género que afecta la supervivencia, el bienestar, la libertad y la salud de las personas embarazadas, e incluso, en algunos casos, de sus hijas e hijos. De ahí la importancia de redoblar la adopción de medidas adecuadas para que las mujeres y personas gestantes de esta Ciudad no sean víctimas de este flagelo.

10/21/2023

Mujeres argentinas dan otro paso con ley contra violencia obstétrica

 

Johanna Piferrer (en el centro de la primera fila, vestida de negro), quien con su lucha a lo largo de nueve años le dio nombre a la ley contra la violencia obstétrica perinatal en Argentina, festeja junto a compañeras la sanción de la norma, el 29 de septiembre en un palco del Senado argentino. Imagen: Colectivo por la ley Johanna

BUENOS AIRES – En 2014 Johanna Piferrer estaba en la semana 33 del embarazo, cuando sufrió la muerte repentina del hijo que gestaba, revelada a través de una ecografía de urgencia. Devastada, debió esperar nueve horas en la maternidad de un sanatorio de la capital argentina, en la que se oían llantos de recién nacidos, en medio de abuelos que llegaban con regalos para sus nietos.

Entonces le indicaron que debía parir a su hijo muerto por parto natural, pero ella se negó con firmeza: dijo que no estaba psicológicamente preparada y logró que le hicieran una cesárea. Finalmente le dieron el cuerpito de su bebé, a quien ella llamaría Ciro, en una caja originalmente destinada a guardar papeles. No recibió ayuda psicológica en ningún momento.

Con el duelo a cuestas, hizo pública su historia y se sorprendió al recibir mensajes de decenas de mujeres que también habían pasado por violencia obstétrica. Así, lideró un grupo de mujeres que, tras años de militancia, logró que el legislativo Congreso Nacional argentino sancionara la primera norma que garantiza atención a las mujeres que deben parir bebés sin vida.

La Ley 27.733, bautizada como “ley Johanna”, fue sancionada el 29 de septiembre y promulgada el 12 de octubre. Instruye al personal de salud a garantizar un parto respetuoso, en un ambiente de contención y cuidado, a las mujeres que sufren una muerte perinatal.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), esa muerte es la que ocurre entre la semana 22 de gestación y los primeros siete días de vida del bebé.

“Todas las mujeres sufrimos violencia obstétrica. Yo perdí muchas gestaciones y en ese proceso pasé por muchas situaciones que me resultaron muy violentas, pero nunca tuve la fuerza para denunciar. Hay que entender que por cada mujer que se decide a denunciar la violencia obstétrica, atrás hay cientos que no se atreven a hacerlo”: María Laura Anzorena.

“Al principio pensé que era la única que había pasado por una situación así. Pero después no me sentí tan en soledad, cuando me di cuenta de que mi caso hablaba de la realidad del sistema de salud, donde la vulneración de derechos y la violencia era lo habitual tanto en los hospitales públicos como en sanatorios privados”, dice a IPS Johanna Piferrer, quien vive en el suburbio de Lanús, al sur de Buenos Aires, y estudia la carrera de Trabajo Social.

“No existía ningún protocolo de actuación para estos casos. Supe que la muerte perinatal era un tabú no solamente en la agenda de la salud pública y la política, sino incluso en la de los feminismos”, agrega la activista, que tiene ahora 41 años.

Cuando juntó fuerzas, Piferrer decidió dar la pelea y denunció lo que ella consideró “tortura” en múltiples instancias administrativas, legislativas y judiciales.

Así, ya en 2016 logró una inédita resolución de la Defensoría del Pueblo de la Nación, que exhortó al Hospital Británico de Buenos Aires –donde ella había sido atendida- a que capacitara a su personal sobre el acompañamiento adecuado de la pérdida gestacional y perinatal y que dispusiera una habitación aislada y protocolos específicos para estos casos.

Con otras mujeres, fue creando redes a lo largo de nueve años y logró que muchos hospitales de salud y universidades la invitaran a mesas de discusión interdisciplinarias sobre la violencia obstétrica.

“Incluso conseguimos que el Hospital Narciso López de Lanús armara un protocolo sobre atención de muerte gestacional y perinatal, en base al proyecto de ley, mucho antes de que fuera aprobado por el Congreso”, cuenta Piferrer.

Celeste Cornejo, en mayo de este año, durante la inauguración de un mural que busca generar conciencia sobre el derecho de las mujeres argentinas a acceder a un parto humanizado, en Morón, en las afueras de Buenos Aires. Imagen: Gestar justicia, parir derechos

Gestar justicia, parir derechos

En julio de 2018, cuatro años después del caso de Johanna, Celeste Cornejo, embarazada de 33 semanas, comenzó a sentir fuertes dolores y contracciones. Durante una semana seguida fue todos los días a la guardia del Hospital de Morón, en el oeste del Gran Buenos Aires, donde la sometieron a esperas interminables y le indicaron cada vez que volviera a su casa.

Una noche en que empezó a tener pérdidas de sangre y los dolores se intensificaron, finalmente, aceptaron dejarla internada en una sala de preparto.

“Me pusieron una vía en un brazo y nada más. Toda la noche me cansé de llamar a médicos y enfermeras, pero nadie me hizo caso. Finalmente a las 6:30 de la mañana me hicieron un monitoreo y entonces me llevaron a un quirófano y me hicieron una cesárea de urgencia. No escuché llorar al bebé y nadie me decía nada, hasta que media hora después me avisaron que mi hijo había nacido muerto”, cuenta Cornejo a IPS.

“Al bebé se lo mostraron en una caja de cartón a mi sobrina, a la que obligaron a firmar que lo reconocía. Al día de hoy sigo con la duda de si nació muerto, lo cambiaron o qué fue lo que pasó”, añade.

A través de las redes sociales, Cornejo conoció otros casos de mujeres que fueron maltratadas durante partos en el Hospital de Morón con gravísimas consecuencias. Algunas, igual que ella, perdieron a sus hijos.

Decididas, fueron siete mujeres las que se unieron para denunciar juntas la situación, con la idea de que otras no pasen por la misma violencia. Así crearon –junto a un grupo interdisciplinario de mujeres profesionales- una organización a la que llamaron Gestar Justicia, Parir Derechos hace un año y medio.

A través de ella hacen activismo y dan asesoramiento jurídico a las mujeres víctimas de violencia obstétrica.

“La idea es desnaturalizar la violencia obstétrica durante la gestión, el parto y el posparto. También, por supuesto, impulsar la capacitación de médicos y enfermeros para abordar las muertes perinatales, porque hoy no saben cómo manejar la situación y cómo acompañar a la familia en el duelo”, explica Cornejo, de 40 años.

La organización también apoyó el tratamiento de la ley Johanna,  que entre otros derechos garantiza a la mujer, en caso de muerte perinatal, podrá tomar contacto con el cuerpo sin vida y tendrá la opción de hacerlo con asistencia psicológica. Además, se establece el derecho a ser informada de la causa de muerte y a pedir una autopsia.

Un grupo de mujeres posa junto al mural «Gestar justicia, parir derechos: el arte como justicia restaurativa», en el municipio argentino de Morón, uno de los más poblados del Gran Buenos Aires. Imagen: Gestar justicia, parir derechos.

Una norma que suma derechos

La nueva norma viene a complementar un esquema en el que ya estaba la ley de parto humanizado, vigente desde 2004, que garantiza el derecho de las mujeres a recibir información sobre las intervenciones médicas durante el embarazo, el parto y el postparto y a ser acompañadas por una persona de su confianza durante el proceso de alumbramiento.

También en el escenario está la ley de protección integral a las mujeres de 2009, que reconoció a la violencia obstétrica como una modalidad específica de violencia de género.

La norma la definió como “aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales”.


También le pueden interesar:

Aborto con medicamentos amplia derechos de mujeres en Argentina

Un año después, el derecho al aborto aún está en construcción en Argentina


María Laura Anzorena, abogada y socióloga que integra Gestar Justicia, Parir Derechos, dice a IPS que, en este contexto, La ley Johanna viene a visibilizar que, al dolor de perder un hijo deseado, muchas veces se le suma un sufrimiento que tiene que ver con la violencia institucional y de género.

Anzorena se involucró en la causa cuando conoció los casos reiterados de violencia obstétrica en el Hospital de Morón, pero cuenta que ya arrastraba sus propias experiencias traumáticas personales.

“Todas las mujeres sufrimos violencia obstétrica. Yo perdí muchas gestaciones y en ese proceso pasé por muchas situaciones que me resultaron muy violentas, pero nunca tuve la fuerza para denunciar. Hay que entender que por cada mujer que se decide a denunciar la violencia obstétrica, atrás hay cientos que no se atreven a hacerlo”, relata.

Anzorena asegura que eso sucede especialmente cuando el bebé es saludable. “Cuando una mujer se va con su hijo a su casa, hay un mandato de que hay que es estar contenta. Pero la realidad es que muchas vuelven con un bebé a sus casas, pero rotas por el maltrato”, afirma.

En la nueva ley también jugó papel relevante la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de Violencia de Género (Consavig), que funciona en el ámbito del Ministerio de Justicia.

Su coordinadora, Perla Prigoshin, advierte a IPS que a partir de ahora el éxito de la ley dependerá de las autoridades de todo el país, ya que cada provincia deberá decidir si adhiere no. De todas maneras, valora muy especialmente lo que ya se logró: darle visibilidad a un tema del que no se hablaba.

“Es elemental que una mujer pierde un hijo debe ser contenida psicológicamente y nunca se la puede llevar a la misma sala con mamás que están amamantando. Por eso, el valor de esta ley es que la discusión puso por primera vez el ojo de la sociedad sobre el sufrimiento de una mujer por la muerte de un ser a quien construyó como un hijo”, sostiene la especialista.

ED: EG