Francisco Javier Guerrero*
Es un grave error considerar que una sola persona, por más importante y capaz que sea, encarna en sí todo el entramado social que se expresa en formaciones complejas, como sucede en el caso de muchas naciones. Cuando se proclamaba estentóreamente que Adolfo Hitler representaba a toda Alemania, se olvidaban las razones por las cuales la nación germana había llegado a producir a un sujeto como el famoso cabo austriaco.
En el año 2000, el sagaz político Porfirio Muñoz Ledo y un grupo de antiguos izquierdistas decidieron apoyar la candidatura presidencial del representante panista Vicente Fox. No parecía muy racional esa decisión, ya que Fox era claramente derechista, había sido un mediocre gobernador de Guanajuato y su nivel cultural era precario; él mismo declaró que en lo que a textos se refería, sólo había leído El libro vaquero y casi no leía la prensa.
Pero eso no era lo más importante. Lo que no entendían esos nuevos partidarios de Fox era que el capitalismo financiero de carácter oligopólico ya se había colocado en la cúspide del PAN y también en la del partido oficial; tal capitalismo se expresaba en la ideología neoliberal y se lanzó a cometer todo tipo de privatizaciones de empresas y bienes públicos, a desregular leyes y decretos, a incrementar la explotación y opresión de sus trabajadores y a depender cada vez más de los designios imperialistas de Estados Unidos. Por ende, nació el Prian y la victoria de Fox no significó ninguna apertura a la democracia. Es como si en una nación se hubiera dejado de votar por Mussolini para entonces votar por Hitler, con el pretexto de que ello impulsaría la transición democrática.
Miles y quizá millones de personas no ocultaron su alegría cuando falleció el dictador Francisco Franco en España el 20 de noviembre de 1975. No pocas personas en tiempos anteriores habían urdido acabar con la vida del matarife gallego y supusieron que su muerte habría sido la clave para que en el país ibérico volviera la democracia. En realidad, la lucha clandestina contra el franquismo nunca dejó de estar presente de 1939 a 1975 y yo mismo lo pude comprobar cuando visité la patria de Cervantes un poco antes de la muerte del dictador. Al principio, la gente guardaba silencio y tenía temor de hablar ante los forasteros, pero poco tiempo después, con mis compañeros mexicanos, pude conectar con miembros de diversos grupos políticos entre los cuales había comunistas sovietófilos, anarquistas y trotskistas, pero incluso también anticomunistas y liberales, que abogaban por el establecimiento de una democracia representativa al estilo británico o a la manera francesa. Me llamó la atención que un gran conjunto de intelectuales y artistas estaban hartos del franquismo y militaban en grupos o partidos prohibidos. Por ejemplo, Paco Rabal era del Partido Comunista, Marisol militaba en una escisión del Partido Comunista, Fernando Fernán- Gómez adoptó la senda progresista, Sarita Montiel llevaba mensajes del gran poeta León Felipe, exiliado en México, a militantes izquierdistas. No fue la muerte de Franco la que permitió que se estableciera una democracia que es todavía frágil, pero que resulta maravillosa en comparación con lo que se vivió en la tiranía franquista; ello fue la consecuencia de las luchas sociales de varios sectores del pueblo español.
El vil asesinato del presidente de Estados Unidos Abraham Lincoln el 14 de abril de 1865 ya no suscitó ningún cambio fundamental en lo que atañe a la victoria del norte industrial sobre el sur esclavista después de la guerra civil en Estados Unidos. Por otra parte, el crimen cometido en la persona de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 satisfizo a muchos ultraderechistas que consideraban a ese estadista como demasiado tibio frente al peligro comunista e incluso lo consideraban traidor porque no había apoyado con la aviación el ataque de un grupo de mercenarios a la isla de Cuba el 17 de abril de 1961. Pese a todo, las libertades civiles y la lucha contra la segregación racial pudieron afincarse notablemente y no se debieron a la generosidad del presidente bostoniano, sino a las lides comandadas por líderes populares como Malcolm X o Martin Luther King, ambos vilmente asesinados.
Posteriormente continuaré con este texto contra los magnicidios.
* DEAS-INAH

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