Editoral La Jornada
Dado que el milmillonario ya tiene 62 años, si gastara la misma cantidad y muriera a los 100 años, todavía le quedarían 64 mil millones de dólares. En contraste, un trabajador que ganara 29 dólares por hora y trabajase sin parar (24 horas al día, 365 días del año) sin gastar un dólar, necesitaría 63 años para amasar los mismos 16 millones de dólares que Bezos puede dilapidar a diario sin merma alguna para su fortuna.
Semejante asimetría es resultado de un diseño institucional y fiscal global que permite a los ricos incrementar sus capitales con absoluta independencia de la economía real, concentrar riqueza de manera ilimitada, evadir cualquier impuesto y parasitar a estados crónicamente debilitados por la transferencia constante de recursos públicos a manos privadas.
El círculo vicioso de la “carrera fiscal hacia abajo” ( race to the bottom) y la deuda gubernamental constituye la mejor demostración de la manera en que el neoliberalismo sacrificó a la humanidad para enriquecer hasta la obscenidad a un puñado de empresarios y especuladores tan carentes de escrúpulos como sobrados de conexiones políticas.
Desde la década de 1970, se vive la tendencia mundial a la reducción de impuestos a los más ricos. No sólo se trata del derrumbe dramático de las tasas impositivas máximas, que han caído de hasta 90 por ciento en algunas naciones occidentales a un exiguo 30 por ciento o menos, sino de otros esquemas poco conocidos por los ciudadanos. Por ejemplo, la arquitectura del libre comercio incluye cláusulas para prevenir el problema inexistente de la “doble tributación”, consistente en que las empresas paguen impuestos tanto en el país donde generan sus ganancias como en aquel donde tienen su domicilio fiscal.
Sin “doble tributación”, una multinacional minera puede extraer oro de México sin pagar un centavo de impuestos, porque nuestro país ha accedido a permitir que sólo pague en su región de origen. Pero las corporaciones no se conforman con saquear a una nación: registran sus sedes en paraísos fiscales, con lo que tampoco aportan a los países donde surgieron. Además de éstas y otras tretas perfectamente legales, aplican artimañas opacas e incluso delictivas para llevar más lejos la evasión, hasta el punto en que terminan tributando cantidades irrisorias.
A causa de esa generosidad fiscal, los estados se quitaron a sí mismos los ingresos necesarios para cumplir sus funciones, por lo que se ven obligados a recurrir al endeudamiento. Los préstamos son facilitados por la misma clase que dejó de pagar impuestos: el Estado pide prestado a los millonarios el mismo dinero que podría cobrarles en impuestos, y les paga intereses por ello. Es así y no con innovación o creación de valor como 3 mil personas (el 0.00003619 por ciento de la población mundial) acaparan 16 por ciento de la riqueza, y 4 de cada 10 dólares generados desde el año 2000 han ido a parar a los bolsillos del uno por ciento de la humanidad.
En una economía global, ningún país puede abordar por sí mismo la problemática, pues los dueños de los grandes capitales se limitan a mover sus fortunas a jurisdicciones generosas, y si perciben al gobierno que hace lo correcto como molestia real a sus intereses, usan su dinero e influencias para deponerlo. Por ello, como señalan Ghosh y todos los especialistas que estudian la desigualdad con seriedad, sólo hay una manera de revertir esta hiperconcentración: acabar en todo el planeta con el sistema de evasión fiscal legalizada.

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