10/11/2026

Giros inesperados

 Mario Campa

"Hace falta repasar acontecimientos recientes para constatar que el siglo XXI depara sorpresas".

Giros inesperados. Por Mario Campa

La coyuntura trae vuelcos en lugares poco esperados. Cuando en apariencia la historia avanza en línea recta libre de obstáculos, eventos insospechados sacuden la inercia y siembran posibilidad. Hace falta repasar acontecimientos recientes para constatar que el siglo XXI depara sorpresas.

En el frágil mundo de la tecnología, la inteligencia artificial (IA) saltó a la palestra de la agenda política. Jacob Coxon, un exinvestigador insider, afirmó que la IA podría acabar con la humanidad en la próxima década. En un ensayo titulado “Debemos marcar el ritmo en la frontera tecnológica”, Dario Amodei, director de Anthropic, alertó que los crecientes riesgos abarcan desde sistemas descontrolados hasta una perturbación económica generalizada. Elon Musk y Sam Altman compartieron la urgencia de aflojar el paso. Bernie Sanders introdujo una iniciativa para prohibir el desarrollo de IA superinteligente y Obama aconsejó a los demócratas posicionar el tema en la cúspide de la agenda electoral. En cambio, Trump aseguró que él es un freno suficiente contra la IA descontrolada y afirmó que cualquier esfuerzo por limitar la tecnología forma parte de una "enferma conspiración". De Pekín a Washington, el temor a un evento apocalíptico crece.

En las arenas movedizas de la geopolítica, una despechada Canadá busca refugio en nido ajeno. Traicionada por quien creía su aliado histórico, los Estados Unidos, busca ahora disociar su futuro de Norteamérica. Da serios pasos en el camino de la autonomía estratégica. El primer ministro, Mark Carney, anunció ante el Parlamento Europeo que acepta la oferta de ser miembro asociado de la Unión Europea. Trump clasificó el acto como hostil y descargó una nueva batería de aranceles. Las encuestas, que capturan el ánimo del momento, revelan que por cada canadiense que piensa que su país tiene más en común con Estados Unidos que Europa, hay otros tres que piensan lo opuesto. Desde Ottawa hasta Vancouver, un nacionalismo defensivo galvanizado por Washington interrumpe un romance geopolítico que parecía para toda la vida.

En el tablero artístico, un documental del genocidio en Palestina causó una crisis política al interior de Israel. El filme, llamado “NAZA”, ganó el Premio Especial del Jurado en el festival de cine de Venecia y desató las más bajas pasiones del gobierno israelí. Netanyahu promovió en represalia dos proyectos de ley, uno para retirar la ciudadanía a traidores y otro para elevar las indemnizaciones en demandas por difamación. Para los apologetas de Israel, fue un sapo cocinado a fuego lento. Para los críticos, fue un bálsamo de legitimidad rumbo a las elecciones parlamentarias del 27 de octubre. La disputa confirma una profunda grieta cultural. Contra el consenso occidental de la posguerra, tomar el bando de Israel es visto como un acto irracional e inmoral, equivalente a vitorear al verdugo por mera fascinación a la barbarie.

En la esfera musical, Ed Sheeran expuso la hipocresía de la neutralidad frente a la barbarie. Encabezados por Robert Kraft, asiduo donante al poderoso lobi israelí (AIPAC), los dueños de las franquicias de futbol americano vetaron y censuraron de sus estadios—que albergan conciertos—al rapero Macklemore tras un discurso pro-Palestina. No imaginaron la furia que desataría. En un acto insólito de solidaridad, los teloneros e integrantes de la banda del cobarde líder, quien acató órdenes, renunciaron en protesta y pusieron en jaque la gira por Estados Unidos. Prueba de la efectividad del boicot blando de los músicos acompañantes, los precios de reventa en algunos estadios colapsaron hasta en 50 por ciento. El episodio también desenmascaró a ese oligopolio de la NFL que cancela sin tiento, como cuando retiró prematuramente al mariscal Colin Kaepernick tras sus protestas contra la brutalidad policial. Desde Seattle hasta Miami, los poderosos pagan su complicidad pasivo-agresiva.

Estos vuelcos súbitos tienen un denominador común. Son fruto del poder descomunal de la Casa Blanca usado contra sus rivales, llámese China, Canadá o el mundo árabe. Incluso la carrera industrial de la inteligencia artificial es encuadrada bajo parámetros que riman con la guerra fría. Detrás de los abusos, la figura de Trump sobresale como causante o agravante. El rechazo eléctrico que despierta energiza a sus opositores. Es un movilizador que sacude apatías. Hoy ser peón o alfil de Washington no es tan redituable como antes, y en ciertos momentos conlleva compartir un estigma de paria.

Ciertamente, para quien pide cambios radicales el ritmo de la historia puede ser exasperante. Tampoco garantiza nada que estas prematuras caídas de hojas sean presagio certero de la llegada del otoño. Podrían tratarse de meros accidentes o bien de sólidos, aunque reversibles pasos en el agreste derrotero del pueblo, motor de los más hondos cambios. En lo que descubrimos juntos, estimado lector, si se trata de suculentas peras o en cambio de manzanas podridas, elijo creer que estos giros inesperados tienen trasfondo histórico sustancial. Al fin y al cabo, una corazonada es irracional, tal como lo son las intensas pasiones que mueven el curso de la historia con mayúscula.

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