10/11/2026

El fascismo brasileño y sus cuates mexicanos

Héctor Alejandro Quintanar

"Es una vergüenza que un personaje así, que representa exactamente la misma fermentación fascistoide que su padre, pueda ganar y ser Presidente del Brasil".

El fascismo brasileño y sus cuates mexicanos. Por Héctor Alejandro Quintanar

En 2018 ganó la Presidencia del Brasil Jair Bolsonaro, un capitán del ejército brasileño de perfil evangélico y discurso mesiánico; cuyo eje rector de campaña en ese año corrió a cuenta de dos vías: la primera, una avalancha de mentiras y propaganda sucia. Un caso revelador fue que sus huestes deshonestas en whatsapp se dedicaban a mandar mensajes masivos a la población brasileña donde inventaban que, por ejemplo, si ganaba su contrincante izquierdista Fernando Haddad, éste obligaría a las fábricas de biberones que confeccionaran chupones en forma de pene, para que los niños se familiarizaran con la ideología de género y se promoviera "la homosexualidad". Hay que reconocer que en estas engañifas grotescas destaca más la febril inventiva que la exacerbada homofobia. Pero la estrategia sucia rindió frutos, al arrogarse el voto de los sectores más obtusos y oscurantistas del Brasil.

Otro eje de campaña fue la resucitación del anticomunismo en el discurso público. Después de más de tres décadas de la caída de la Unión Soviética, en un mundo ya poscomunista, Bolsonaro volvió a hablar de una presunta amenaza comunista cernida sobre Latinoamérica, que buscaba arrebatar los recursos brasileños en pos de presuntas potencias regionales, como Venezuela o Cuba, países a los que en bravatas delirantes Bolsonaro acusaba que les haría la guerra en caso de ser Presidente. Fiel a la tradición sucia y mentirosa de las derechas de la Guerra Fría, con esas tonterías Bolsonaro no quería realmente denunciar un peligro geopolítico de esos países, que nunca existió, sino buscar coartadas para reducir el papel de Brasil en el Mercosur.

Otro elemento que Bolsonaro puso en la mesa, vinculado a los dos anteriores, fue el reactivar el clima de las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del Siglo XX. En un tono no sólo ignorante sino sádico, el guiñapo brasileño exaltaba a la dictadura brasileña, que llegó al poder luego de deponer ilegítimamente a Joao Goulart en 1964 y abrió el sendero de las llamadas Dictaduras de la Seguridad Nacional, que tras el triunfo de la revolución Cubana, laceraron a Sudamérica con militares corruptos que perpetraron violaciones a derechos humanos al por mayor. Bolsonaro, en alardes propios de un sociópata más que de un político conservador, acusó que la dictadura brasileña no había matado suficientes personas.

Más que la elección de 2018, importaba el contexto previo, donde en 2016 la Presidenta legítima brasileña Dilma Rousseff había sido depuesta de su cargo de forma ilegal e ilegítima por un Juez sucio llamado Sergio Moro, en un proceso golpista donde también se había encarcelado a Lula da Silva, de forma totalmente injusta, acusándolo de ser dueño de departamentos que ni siquiera eran de la propiedad del acusado, en una trampa antidemocrática que recordaba mucho a las bajezas cometidas justamente por las derechas más violentas durante la Guerra Fría Latinoamérica, donde dominaron con base en golpes de estado y dictaduras sangrientas, casi todo el Cono Sur y Centroamérica, con escasas excepciones. Al menos en eso no se le puede acusar de incongruencia a Bolsonaro, quien una vez Presidente invitó al golpista impresentable Sergio Moro a su gobierno.

Ese ambiente de exclusión antidemocrática se vio complementado por el gobierno de Bolsonaro, centrado en reducir derechos, excluir minorías, exacerbar el discurso violento y la inercia patriarcal, entregar al país a intereses como los de su mentor Donald Trump y violentar a la Amazonía, uno de los pulmones del mundo. Disparadas la corrupción y la violencia, como era de esperarse, el país vivió un retroceso en todos los órdenes. Poco después, Bolsonaro sería acusado, con razón, de diversos delitos, y hoy está preso tanto por su corrupción personal como por sus ínfulas golpistas. Se trata de un personaje incapaz de seguir las reglas básicas ya no digamos de conducta democrática sino de probidad personal, necesaria para vivir sanamente en sociedad.

Hoy, su hijo Flávio ganó la primera ronda electoral en Brasil contra Lula da Silva. Es una vergüenza que un personaje así, que representa exactamente la misma fermentación fascistoide que su padre, pueda ganar y ser Presidente del Brasil. Muchas aristas destacan ahí: el buen trabajo de Lula y una buena campaña no han sido suficientes para neutralizar al peligroso Bolsonaro júnior, a quien le ha favorecido como nunca en este siglo la intromisión estadunidense y el activismo oscurantista de la religión evangélica en Brasil, esa que crece cada vez más en adeptos porque le dice a cualquiera, sin importar cuán sucio sea, que es algo así como perdonado y favorecido por Dios. De ahí que tanto narcisista delictivo, como Trump, Milei o Bolsonaro hijo sean respaldados por esta secta retardataria.

En este escenario de impresentables, hay que recordar a los cuates de este fascismo brasileño que es el bolsonarismo en México. En el año 2018 estuvo en nuestro país el Juez Sergio Moro, el mismo que fue artífice del golpismo antidemocrático en Brasil, quien fue invitado nada menos que por Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad para hablar del presunto combate a las corruptelas en Brasil. El golpista brasileño estuvo en el Senado de la República el 27 de febrero de 2018 y luego en los foros que le organizó el membrete de Claudio X González y su protegida, la señora María Amparo Casar.

Pero a nadie debe sorprender esto. Los golpistas se respaldan entre ellos. Claudio X. González padre lanzó un exabrupto grotesco en 2006, cuando señaló que si en ese año AMLO ganaba la elección, sería necesario hacerle un golpe de Estado como Pinochet contra Allende. Este gorjeo delictivo y miserable tuvo su correspondencia en los hechos. La señora María Ampario Casar había sido asesora de Santiago Creel cuando era éste Secretario de Gobernación de Fox en 2005, momento en que ambos perpetraron el acto golpista del desafuero de López Obrador, una especie de precedente del desafuero de Dilma Rousseff en Brasil, y, desde luego, una especie de continuación de la inercia golpista que caracterizó al grueso de las derechas latinoamericanas en el Siglo XX. Para sorpresa tampoco de nadie, hoy la golpista señora Casar es, además de una abusadora del erario con la injusta pensión de viudez que recibe de Pemex, una colaboradora del programa Cero Tolerancia en TV Azteca, donde departe con Aguilar Camín y Jorge Castañeda, a quienes corrieron de Televisa, donde exponían llamados a violar la Ley electoral en 2024. Y todos, son empleados en ese programa de Ricardo Salinas Pliego, quien busca encabezar un movimiento de agitación política que emule a Trump o, precisamente, a ascos como Milei o Bolsonaro.

A nadie sorprende que este grupúsculo de seres poco comprometidos con las reglas de la democracia se respalde entre sí. Lo que sí es sorprendente es que pese a ese currículum envilecido, aún tengan el descaro de asumirse vanguardia democrática en México, cuando están más cerca del bolsonarismo estándar que de cualquier mínimo parámetro de democracia.

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