8/03/2026

Los mercaderes del miedo



Fernando Buen Abad

Una cumbre imperialista inventa el «terrorismo de izquierda» para vendernos la guerra cognitiva

En una época en la que la producción del miedo y la invención de nuevas amenazas se han industrializado, no resulta sorprendente la proliferación de encuentros, congresos y cumbres imperiales donde el producto real no es la seguridad, sino la construcción meticulosamente gestionada de enemigos. Bajo el pretexto de la preocupación estratégica, la inteligencia preventiva o las innovaciones tecnológicas aplicadas al mantenimiento del orden público, se reúnen los mercaderes de la guerra cognitiva, cuyo principal producto consiste en moldear la percepción, colonizar el imaginario colectivo y convertir la incertidumbre en un recurso político extremadamente rentable. La lógica es sencilla: primero, mediante operaciones ideológicas continuas, se construye una amenaza; luego se ofrece un antídoto, respaldado por consultoras, corporaciones del complejo militar-industrial, plataformas digitales, laboratorios de vigilancia y comentaristas especializados que dramatizan sucesos cuya veracidad suele ser inversamente proporcional a la intensidad de su difusión en los medios. Donde los hechos son insuficientes para justificar la expansión de los mecanismos de control, la retórica del peligro suplanta a la evidencia ausente.

En este contexto, la referencia a un «terrorismo de izquierda» inexistente adquiere la categoría de una noción elástica, cuya utilidad política reside precisamente en su vaguedad. No se trata de describir un fenómeno verificable mediante criterios coherentes, sino de fabricar una etiqueta capaz de agrupar en una sola categoría las protestas sociales, los movimientos sindicales, las organizaciones civiles, las iniciativas culturales críticas, las demandas estudiantiles y cualquier otra forma de disidencia que cuestione los privilegios consolidados. Esta táctica no es nueva. A lo largo de la historia, las fuerzas imperialistas han recurrido en repetidas ocasiones a la creación de enemigos indefinidos para justificar medidas excepcionales, aumentar los presupuestos militares, reforzar los sistemas de vigilancia y desviar la atención pública de las causas estructurales de la desigualdad. Cambian los nombres de las amenazas, pero la arquitectura del relato permanece invariable: a cambio de aquello que supuestamente corre peligro, se proponen restricciones cada vez más severas en nombre de la protección, cuya eficacia rara vez se somete a verificación democrática, a diferencia de lo que solía ocurrir con figuras como Douglas MacArthur. La guerra cognitiva representa una fase particularmente sofisticada de esta tradición.

La guerra cognitiva constituye una etapa aún más refinada de dicha tradición. Ya no basta con controlar territorios, recursos o infraestructura estratégica; también es necesario disputar el control sobre las emociones colectivas, la memoria común y los horizontes de lo posible. El campo de batalla pasa a ser la conciencia social: los algoritmos, las campañas de desinformación, la segmentación psicológica, la propaganda emocional y la agitación sistemática de la incertidumbre generan un ecosistema diseñado para erosionar el pensamiento crítico. El ciudadano deja de ser titular de derechos para convertirse en un objeto de manipulación conductual que puede ser dirigido, fragmentado o entrenado mediante estímulos meticulosamente calculados.

En este escenario, la seguridad deja de significar la protección de la dignidad humana para empezar a simbolizar la preservación de los cimientos capitalistas, los cuales emplean el miedo y la amenaza como un instrumento de dictadura sumamente eficaz. Las cumbres impulsadas por esta industria del miedo suelen presentarse como espacios neutrales de cooperación internacional, pero en la práctica funcionan como ferias comerciales donde convergen intereses económicos, doctrinas geopolíticas y tecnologías de control social. Las empresas espía, los fabricantes de sistemas biométricos, los desarrolladores de inteligencia artificial para vigilancia, los consultores en gestión de riesgos y los operadores políticos encuentran aquí la oportunidad perfecta para expandir sus mercados mediante la inflación constante de las amenazas. Cuanto más vago es el enemigo, mayor es la demanda de soluciones tecnológicas; cuanto más abstracta resulta la amenaza, más ilimitadas parecen las necesidades de inversión en medios de control.

Este negocio depende menos de la resolución de los conflictos que de su reproducción simbólica.

Desde una perspectiva humanista, esta construcción discursiva exige una evaluación ética estricta. La verdadera seguridad no nace en los espacios donde se multiplican los mecanismos de desconfianza, sino en aquellos donde se refuerzan la justicia social, la igualdad de oportunidades y el acceso universal a la educación, la salud, la cultura y un trabajo digno. Ninguna sociedad logra una paz sostenible estigmatizando sistemáticamente a quienes exigen el cumplimiento de los derechos elementales. La criminalización irreflexiva del pensamiento crítico empobrece a la democracia, destruye el tejido social y socava la confianza, sin la cual resulta imposible una convivencia pluralista.

Cuando el desacuerdo político comienza a describirse con el lenguaje de la guerra, el lenguaje deja de ser un medio de entendimiento mutuo y se convierte en un instrumento de exclusión. Los falsos presupuestos imperialistas encuentran un suelo particularmente fértil donde el miedo desplaza a la razón. Se nos intenta inculcar que la concentración del poder garantiza supuestamente la libertad; que la vigilancia y el espionaje constantes se presentan como cuidado; que la supresión del disenso fortalece la democracia; que la expansión infinita de los órganos represivos constituye una inversión en paz. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que no son más libres las sociedades donde la obediencia sustituye al pensamiento, sino aquellas capaces de proteger simultáneamente la seguridad, los derechos, el consenso social, la crítica, el orden jurídico y la dignidad innata de cada persona. Ningún proyecto civilizatorio digno de tal nombre puede edificarse sobre la producción industrial de enemigos imaginarios o la explotación comercial del miedo colectivo.

Ante los mercaderes de la guerra cognitiva, la respuesta más productiva no es reproducir la lógica de la confrontación infinita, sino afianzar una cultura política fundamentada en el pensamiento crítico, el diálogo intercultural, la solidaridad y el respeto incondicional a los derechos humanos. Se requiere una autoorganización popular sustentada en programas de lucha emancipadora. Defender la verdad de las manipulaciones, la memoria del olvido intencional, la justicia de la ilegalidad y la esperanza del negocio del miedo constituye una tarea profundamente liberadora. Donde algunos pretenden convertir la conciencia en mercado y la incertidumbre en un flujo inagotable de ganancias, el humanismo de nueva especie recuerda: ninguna tecnología, ninguna doctrina geopolítica y ninguna estrategia de comunicación pueden reemplazar la fuerza moral de los ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, participar responsablemente en los debates públicos y reconocer la dignidad ajena como base inalienable de toda comunidad verdaderamente democrática.

https://sovintern.org/es/news/merchants-of-fear

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