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8/08/2026

Trabajadoras domésticas filipinas denuncian explotación y violencia sexual en Arabia Saudita: Amnistía Internacional

 

Las trabajadoras domésticas filipinas que migran a Arabia Saudita continúan enfrentando graves violaciones a sus derechos humanos, entre ellas explotación laboral, confinamiento, violencia física y agresiones sexuales, denunció Amnistía Internacional en un nuevo informe que evidencia que las reformas emprendidas por el gobierno saudí han sido insuficientes para proteger a las mujeres migrantes.

El documento, titulado «Once We Step in Their Homes, We Are No Longer Human» (Cuando entramos a sus casas dejamos de ser humanas), recoge los testimonios de mujeres filipinas en Arabia Saudita entre 2023 y 2026, quienes relataron haber vivido condiciones de trabajo degradantes y, en algunos casos, violencia sexual por parte de sus empleadores.

La investigación muestra que, una vez dentro de los hogares donde laboraban, muchas mujeres quedaron completamente bajo el control de sus empleadores, quienes decidían sobre sus horarios, alimentación, descanso e incluso sobre la posibilidad de abandonar la vivienda.

Jornadas extenuantes, encierro y violencia sexual

Las entrevistadas describieron jornadas laborales de hasta 16 o más horas diarias, ausencia de días de descanso, privación de alimentos, confiscación de pasaportes y teléfonos celulares, además de restricciones para comunicarse con sus familias o salir de la vivienda.

Varias mujeres denunciaron haber sido víctimas de agresiones sexuales o de constantes situaciones de acoso por parte de sus empleadores, mientras que otras señalaron haber sufrido violencia física, insultos y humillaciones.

Una de las sobrevivientes relató que, al intentar regresar a Filipinas, fue sometida a una revisión corporal invasiva para demostrar que no había tomado pertenencias de la familia empleadora.

De acuerdo con Amnistía Internacional, estos abusos ocurren en un contexto donde las trabajadoras domésticas permanecen prácticamente invisibles para las autoridades debido a que desarrollan su labor dentro de domicilios particulares, lo que dificulta la supervisión y el acceso a mecanismos de denuncia.

El sistema kafala mantiene a las trabajadoras en situación de vulnerabilidad

La organización atribuye buena parte de estas violaciones al sistema kafala, un modelo de patrocinio laboral que continúa otorgando a los empleadores un amplio control sobre la situación migratoria de las personas trabajadoras.

Aunque Arabia Saudita ha implementado algunas reformas laborales en los últimos años, Amnistía señala que las trabajadoras domésticas han quedado excluidas de muchas de estas modificaciones y siguen enfrentando obstáculos para cambiar de empleo o abandonar el país sin autorización de sus empleadores.

La confiscación de documentos de identidad, el desconocimiento del idioma y el aislamiento incrementan la dependencia hacia quienes las contratan y dificultan escapar de situaciones de violencia.

Mujeres migrantes enfrentan una violencia marcada por género y origen

El informe subraya que la mayoría de las personas empleadas en el trabajo doméstico en Arabia Saudita son mujeres migrantes provenientes de Asia y África, quienes enfrentan formas múltiples de discriminación por razón de género, nacionalidad, condición migratoria y ocupación.

Amnistía Internacional sostiene que estas violencias no son hechos aislados, sino consecuencia de un sistema laboral que facilita la explotación y favorece la impunidad cuando ocurren abusos dentro de los hogares privados.

La organización recuerda que en 2025 documentó patrones similares de violencia contra trabajadoras domésticas provenientes de Kenia, lo que evidencia que las afectaciones alcanzan a mujeres de distintas nacionalidades que migran en busca de mejores oportunidades económicas.

Amnistía exige desmantelar el sistema de patrocinio

Frente a este panorama, Amnistía Internacional pidió al gobierno saudí investigar todas las denuncias de abuso, incluidas las agresiones sexuales, sancionar a los responsables y garantizar mecanismos efectivos de protección para las trabajadoras domésticas migrantes.

Asimismo, llamó a desmantelar por completo el sistema kafala, incorporar plenamente a las trabajadoras domésticas a la legislación laboral y garantizar que puedan cambiar de empleo o abandonar el país sin depender de la autorización de sus empleadores.

La organización advirtió que migrar para trabajar no debería significar renunciar a los derechos humanos ni convertirse en una apuesta donde la seguridad y la vida de miles de mujeres queden sujetas a la voluntad de quienes las contratan.

7/25/2026

Trabajo doméstico mantiene a mujeres sin derechos laborales ni autonomía económica

 

Aunque el trabajo doméstico sostiene diariamente a millones de hogares y representa una aportación fundamental para la economía mexicana, continúa siendo una de las labores más precarizadas y desigualmente distribuidas entre mujeres y hombres. En el marco del Día Internacional del Trabajo Doméstico, que se conmemora el 22 de julio, la organización Repara Lumea hizo un llamado a reconocer plenamente los derechos laborales de las personas trabajadoras del hogar y avanzar hacia un Sistema Nacional de Cuidados con perspectiva de género.

Datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) indican que en México existen alrededor de 2.5 millones de personas dedicadas al trabajo doméstico remunerado, de las cuales casi nueve de cada diez son mujeres. Además, 95 por ciento trabaja en condiciones de informalidad, 69.5 por ciento carece de prestaciones laborales y la mayoría no cuenta con un contrato por escrito.

A ello se suma el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, cuyo valor económico equivale a más de una cuarta parte del Producto Interno Bruto nacional, de acuerdo con la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares 2025 del INEGI. Sin embargo, son las mujeres quienes continúan realizando la mayor parte de estas actividades.

Para Flor Rodríguez, directora ejecutiva de Repara Lumea, estas cifras evidencian que el trabajo doméstico sigue siendo una expresión de la desigualdad estructural que enfrentan las mujeres.

«Durante décadas se nos enseñó que limpiar, cocinar o cuidar era una obligación natural de las mujeres. Hoy sabemos que no es una responsabilidad femenina, sino una responsabilidad social», señaló la activista.

Derechos laborales que siguen sin cumplirse

En entrevista con Cimacnoticias, Flor Rodríguez explicó que uno de los principales desafíos no recae únicamente en las autoridades, sino también en quienes emplean a personas trabajadoras del hogar.

Recordó que actualmente la legislación mexicana reconoce derechos como la afiliación al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS),vacaciones, aguinaldo y demás prestaciones previstas en la Ley Federal del Trabajo. No obstante, advirtió que el incumplimiento continúa siendo la regla.

«Ha habido muchos avances, pero hoy necesitamos concientizarnos como sociedad. Muchas personas saben que tienen obligaciones como empleadoras, pero no las cumplen. Garantizar las prestaciones laborales no es un favor; es un derecho», afirmó.

La directora de Repara Lumea sostuvo que dignificar el trabajo doméstico implica reconocer que se trata de una actividad laboral con los mismos derechos que cualquier otra ocupación y no de una extensión «natural» del rol asignado históricamente a las mujeres.

La precarización limita la autonomía económica

La organización advirtió que la desigual distribución del trabajo doméstico y de cuidados continúa restringiendo el acceso de las mujeres al empleo formal, disminuye sus ingresos, afecta su salud física y mental y limita sus oportunidades de desarrollo profesional.

Flor Rodríguez explicó que esta situación también tiene consecuencias directas sobre la autonomía económica femenina.

«El trabajo en el hogar es cien por ciento trabajo de cuidados y, sin embargo, sigue siendo uno de los peor remunerados. No se paga de manera justa el trabajo que realizan miles de mujeres y eso amplía las brechas de género«, expresó.

La activista añadió que la dependencia económica continúa siendo uno de los principales obstáculos para que muchas mujeres puedan salir de contextos de violencia.

«Muchas permanecen dentro del círculo de violencia porque no cuentan con independencia económica. Sin esa autonomía resulta mucho más difícil romper con esas relaciones.»

Sistema Nacional de Cuidados, una deuda pendiente

Ante este panorama, Flor Rodríguez insistió en la necesidad de consolidar un Sistema Nacional de Cuidados que incorpore plenamente a las personas trabajadoras del hogar y distribuya las responsabilidades entre el Estado, las familias, las empresas y la comunidad.

Para Flor Rodríguez, la formalización del trabajo doméstico permitiría ampliar el acceso de miles de mujeres no sólo a servicios de salud, sino también a créditos bancarios, seguridad social y otros derechos asociados al empleo formal.

«El Sistema Nacional de Cuidados debe entenderse como una política pública que contribuya a formalizar el trabajo doméstico y a reconocer plenamente los derechos laborales de quienes realizan estas labores», señaló.

Desfeminizar los cuidados

Uno de los principales planteamientos de Repara Lumea consiste en «desfeminizar» los cuidados, es decir, romper con la idea de que cuidar corresponde exclusivamente a las mujeres.

Rodríguez explicó que históricamente se ha asignado a las mujeres la responsabilidad de cuidar a niñas, niños, personas mayores y personas enfermas sin recibir remuneración ni reconocimiento.

«No necesitamos ponerle un género al cuidado. Cualquier persona puede cuidar. Lo que buscamos es que las tareas domésticas y de cuidados sean una responsabilidad compartida entre mujeres, hombres, familias, Estado y sociedad.»

Rodríguez sostuvo que sólo mediante una redistribución equitativa del trabajo doméstico será posible reducir las brechas de género, fortalecer la autonomía económica de las mujeres y avanzar hacia una sociedad más igualitaria.

12/13/2025

Trabajo doméstico y desigualdad: una historia urgente

Fuentes: Comité editorial de Lom Ediciones/Rebelión

Las conocidas como “trabajadoras de casa particular”, “trabajadoras domésticas remuneradas”, “la empleada”, “la nana”, “la criada”, “la asesora del hogar” e incluso “la sirvienta” (algunas denominaciones asociadas claramente a “no-trabajadoras”) tienen hoy como uno de sus lemas «Nuestro trabajo no es indigno, las condiciones son las indignas».

Texto de presentación del libro ¡Sí, somos trabajadoras! Servicio doméstico y los derechos del trabajo en el Chile del siglo XX”. LOM Ediciones. Santiago, 13 de noviembre 2025

“Me paro frente a ustedes con la dignidad que el Estado hasta este momento nos ha negado, como una trabajadora de casa particular”.Con estas palabras de Aída Moreno inició su presentación Ruth Olate, presidenta del Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular (SINTRACAP) de Chile en la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe realizada en Montevideo, en 2016.

Esa frase de autodefinición, denuncia y potencia es parte de la línea de continuidad e historicidad que el libro “¡Si somos trabajadoras! Servicio doméstico y los derechos del trabajo en el Chile del siglo XX” de Liz Hutchison, visibiliza fortaleciendo el papel de las y los protagonistas de una saga poco conocida hasta ahora.

El TDR se halla imbricado en las estructuras de poder: género, clase, raza y etnicidad, lugar de residencia y nacionalidad– y en las dinámicas de desigualdad de las sociedades latinoamericanas. Los argumentos y los hallazgos que muestra esta investigación histórica contribuyen al debate sobre la desigualdad social y de género. Incluso permiten afirmar que el TDR es un núcleo duro de la desigualdad y de la configuración de las relaciones interclase e interétnicas. Por ello, ofrece un prisma privilegiado para el análisis de los sistemas de estratificación social y distribución del bienestar y el poder en Chile.

Son muchas las aristas de la memoria y la historia de las trabajadoras domésticas en el marco sociopolítico del Chile del siglo XX las que encontramos en este necesario libro. En esta presentación solo me referiré a algunas de ellas en diálogo con algunos comentarios a la luz de nuestro propio tiempo.

En primer lugar, es destacable que en un contexto historiográfico que tradicionalmente negaba, y en muchos casos lo sigue haciendo, a las trabajadoras domésticas remuneradas la calidad de sujeto histórico y político, nos encontramos con este libro que no solo las visibiliza, sino que recoge su voz, su experiencia y su subjetividad. La memoria y el relato de las protagonistas se integra a un cuerpo de información proveniente de fuentes documentales sistematizada de manera rigurosa y crítica para dar cuenta de las huellas que han ido dejando las trabajadoras y sus organizaciones en la historia social, económica y política de Chile.

Resulta muy interesante la posibilidad de reflexionar sobre lo que la autora denomina el desplazamiento semántico de “sirvientes” a “trabajadores” en el discurso público y en la conformación de la identidad de las mujeres. El lenguaje crea realidad, a la vez que la realidad va creando habla y lengua, y también valores. Las conocidas como “trabajadoras de casa particular”, “trabajadoras domésticas remuneradas”, “la empleada”, “la nana”, “la criada”, “la asesora del hogar” e incluso “la sirvienta” (algunas denominaciones asociadas claramente a “no-trabajadoras”) tienen hoy como uno de sus lemas «Nuestro trabajo no es indigno, las condiciones son las indignas».

Resulta desafiante como muchas de las mujeres presentes en el libro pasaron de perder una identidad subalterna a construir una nueva identidad, la de trabajadoras asalariadas con derechos.

A pesar de las dificultades de medición existentes para capturar las distintas formas que asume el trabajo doméstico remunerado (“puertas adentro”, “puertas afuera”, con un solo empleador, con más de un empleador, trabajo por plataformas, con contrato, trabajo en la informalidad, jornada parcial, jornada completa) que se suman a las ambigüedades de definición, en la actualidad en Chile, el Instituto Nacional de Estadísticas estima que hay alrededor de 223.000 trabajadoras del hogar, el 86% trabajando en la modalidad «puertas afuera» y solo el 45% de ellas con un contrato de trabajo. Para muchas mujeres el trabajo doméstico remunerado representa la puerta de entrada al mercado laboral y una estrategia de sobrevivencia. Estas mujeres que ofrecen servicios domésticos en el mercado de empleo heredan la desvalorización e invisibilidad que las sociedades atribuyen al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que realizamos cotidianamente en los hogares millones de mujeres de todas las edades.

Leer el trabajo doméstico como un todo, ya sea remunerado o no, muestra los límites difusos que presenta la trama de género que nos habita, el eje de discriminación patriarcal y los estereotipos que afectan a las mujeres sobre todo aquellas que se encuentran insertas en esta relación laboral. La precariedad quedó en evidencia con los numerosos despidos de trabajadoras remuneradas durante la pandemia del COVID 19 y el aumento del trabajo doméstico no remunerado al interior de los hogares para todas las mujeres.

Existe claridad respecto al carácter feminizado del trabajo doméstico remunerado tanto en Chile como en el resto de América Latina y el mundo, aunque como lo evidencia Liz, no ha sido siempre así. El enfoque interseccional y de género le otorga una mirada a esta ocupación en la que el orden de género dominante y su consecuente división sexual del trabajo, el racismo en sus distintas expresiones y el clasismo operan naturalizando este trabajo como propio de mujeres preferentemente pobres, rurales, mestizas, indígenas, migrantes sin oportunidades de un empleo alternativo.

Un aporte desde el escrutinio histórico es la identificación entre 1.900 y 1.940 de la presencia dominante de trabajadores varones en las primeras asociaciones del sector. De este modo, se obtiene una visión más compleja de este trabajo, se interroga como se constituye la segmentación horizontal de género en el mercado laboral a la vez que se desmistifica y deconstruye la normalización de que el servicio doméstico es un “trabajo de mujeres”.

Otra dimensión crucial de la historia es la agencia, la capacidad de negociación, colaboración y alianzas estratégicas desplegadas por líderes y activistas de las organizaciones de trabajadores y trabajadoras domésticas para hacer llegar sus demandas por mejores condiciones laborales a la vez que denunciar la discriminación social y legal que les afectaba y reclamar derechos negados sistemáticamente. Alianzas que, en distintos momentos de la historia de Chile, van desde la Iglesia Católica (con un importante peso) al movimiento feminista y amplio de mujeres (en deuda aún con las trabajadoras domésticas), pasando por el sindicalismo (mucho menos de lo que hubiera sido esperable), y el inicio de los debates sobre el vínculo entre el capitalismo y la división sexual del trabajo de las décadas del 70 y los 90 que continúan hasta hoy.

En esa misma dirección, resalta, a pesar del aislamiento en el que las trabajadoras realizan sus actividades y que influye en las dificultades para organizarse, la capacidad de incidencia desplegada con el parlamento, algunos partidos políticos, candidaturas presidenciales y los medios de comunicación con el objeto de despertar adhesión y apoyo a sus demandas.

Con este legado, y después de décadas de luchas y conquistas de derechos reflejadas en el libro, recién en el siglo XXI con un clima político favorable para promover el logro de más derechos para las trabajadoras del hogar hubo un importante cambio de rumbo. En 2014 fue promulgada la Ley 20.786 de trabajadores y trabajadoras de casa particular y en 2015 Chile ratificó el Convenio 189 de la OIT, en el entendido que la necesidad de regular este trabajo se fundamenta en la incompatibilidad de la condición servil en la que vivían la mayoría de las trabajadoras con las características democráticas de las sociedades.

El proceso de adopción del Convenio 189 tuvo impactos positivos en el fortalecimiento de las organizaciones de trabajadoras domésticas permitiendo consolidar sus estrategias de afiliación y la extensión y cobertura de derechos.

El trabajo doméstico era, y a pesar de los avances muchas veces lo sigue siendo, asociado a labores que no producen valor agregado y que por tanto no requieren de regulación y protección estatal iguales que las otorgadas al resto de ocupaciones. Las brechas en la calidad del empleo respecto a otros trabajadores del mercado laboral son impactantes.

Como un ejemplo de ello, recordemos el caso de la jornada laboral. En Chile en los años 80, la jornada estipulada para las y los trabajadores de distintas ocupaciones era de 48 horas, mientras que la jornada para las trabajadoras domésticas era de 72 horas, con una diferencia de 24 horas semanales, en 2010 la jornada general bajó a 45 horas manteniéndose las 72 horas de las trabajadoras domésticas, aumentando la diferencia a 27 horas. Solo en 2015, se equiparó la jornada para cualquier trabajador o trabajadora a 45 horas, permaneciendo la jornada de 60 horas para las empleadas puertas adentro. En 2024 se inició el proceso progresivo de reducción de la jornada para llegar a las 40 horas semanales en 2028. Para las trabajadoras «puertas adentro», la ley no impone un horario fijo, pero sí garantiza dos días de libre disposición al mes. Como sostiene Liz en su libro, a pesar de los avances y el reconocimiento, la visión estatal sobre el trabajo doméstico remunerado sigue una lógica histórica de abordar al sector mediante disposiciones separadas o especiales.

La representación del TDR, y del trabajo doméstico no remunerado como labores no productivas, se ha traducido en una apreciación menoscabada de su contribución social y económica, así como en la subvaloración hacia las trabajadoras, que en ocasiones se acompaña de malos tratos, acoso sexual y violencia simbólica. Lejos de posiciones victimizadoras, narrativas paternalistas, y menos aún de parentescos ficticios (“es como de la familia”) hay consenso que las trabajadoras domésticas se encuentran en los estratos más bajos de la jerarquía social.

A la luz de los nuevos debates sobre las trabajadoras domésticas remuneradas como trabajadoras de cuidado directo e indirecto, no quedan dudas de su importante papel en el bienestar de las familias de clase media y alta, así como en amortizar la desigualdad de género a su interior sin redefinir por ello el contrato sexual. Se habla y repite que esta disponibilidad de “mano de obra reproductiva barata” ha sido lo que ha permitido que muchas mujeres, desde mediados del siglo XX, se insertaran en el mercado laboral desempeñando trabajos profesionales, técnicos y en empleos más jerarquizados, dando la ecuación “mujeres pobres apoyando a mujeres ricas” y muchas veces tensionando el vínculo empleadora-trabajadora.

Siendo esto una realidad, desde mi posición considero que, dada la división sexual del trabajo y el orden de género dominante que explican parte de las resistencias de los varones a participar activa y cotidianamente del trabajo doméstico y de cuidados al interior de sus propios hogares, en verdad la trabajadora doméstica remunerada reemplaza al hombre, lo que él no hace, no contribuye, no participa, o lo hace parcialmente.

Esto queda claro cuando se analizan las encuestas de uso del tiempo que evidencian que las mujeres tienen una jornada de “trabajo total” diaria, es decir en el mercado y en los hogares, superior a la de los hombres, y ni hablar de la carga mental asociada al trabajo de gestión del TD, mostrando la falta de corresponsabilidad en las obligaciones de cuidado y de mantenimiento de la vida. La falta de participación de los hombres contribuye a la transferencia de los trabajos domésticos y de cuidados de unas mujeres a otras, y a su consecuente desvalorización.

El reconocimiento del TDR como “trabajo de cuidado” tiene implicancias analíticas que permiten redimensionar sus funciones y visibilizar su importancia para el sostenimiento y la reproducción de la vida. La mirada desde la “lógica del cuidado” implica reconocer las funciones no sólo económicas, sino también sociales, afectivas y emocionales de este trabajo. Como sostenía Haydeé Birgin, la contratación de una trabajadora del hogar le permite a la empleadora la ilusión de una emancipación precaria. Pero al mismo tiempo nos preguntamos por los cuidados y las responsabilidades domésticas en los hogares de las propias trabajadoras domésticas remuneradas. En Chile, ad-portas del siglo XXI, en 1998, el Congreso finalmente otorgó a estas trabajadoras licencia por maternidad mientras las trabajadoras de otras ocupaciones gozan de un descanso prenatal y posnatal desde 1919, 80 años antes.

La mirada que ofrece este libro nos interroga sobre los sesgos y las fronteras conceptuales que han guiado la historia de las mujeres y del mercado laboral, así como sobre el análisis sociológico y antropológico en torno a las trabajadoras domésticas, incluso el realizado desde la academia feminista. Situar la resistencia y la movilización de las trabajadoras domésticas otorgándoles valor y un papel en la conformación de nuestra sociedad y en la narrativa nacional, con sus luces y sombras, nos llevan a pensar en lo colectivo, y su potencial transformador, como una única forma de conseguir y defender derechos.

Para finalizar, me quiero tomar una licencia personal. Quiero decir que no pude leer el libro de Liz sin tener muy presente a mi abuela materna, Nicolasa Vidondo Ozcariz, una niña de un pueblo de Navarra, España, que a los 12 años migró a Barcelona a trabajar en el servicio doméstico, y que a los 19 años migró a Argentina donde siguió trabajando en el servicio doméstico hasta que se casó, y a su trabajo doméstico no remunerado le sumó el atender una lechería.


María Nieves Rico, antropóloga y socióloga, y consultora independiente en políticas públicas con enfoque de género y derechos humanos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

11/29/2025

Valor del trabajo en labores domésticas y de cuidados supera contribución en PIB de manufacturas y comercio

 

El organismo autónomo precisó que esos 8 billones de pesos del trabajo no remunerado representó casi el 24 por ciento del PIB nacional en el 2024, siendo el porcentaje más alto desde 2020 (25.1 por ciento).
El organismo autónomo precisó que esos 8 billones de pesos del trabajo no remunerado representó casi el 24 por ciento del PIB nacional en el 2024, siendo el porcentaje más alto desde 2020 (25.1 por ciento). Foto Cuartoscuro / Archivo

Ciudad de México. El valor del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados en México equivale a alrededor del 23.9 por ciento del producto interno bruto (PIB) del total de la economía mexicana, reveló el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Además, el valor que se generó por el trabajo no remunerado de los hogares, como porcentaje del PIB del total de la economía, superó algunas actividades económicas, como la industria manufacturera (20.1 por ciento) y el comercio (18.7 por ciento), principales actividades de la economía nacional.

Al dar a conocer la Cuenta Satélite del Trabajo no Remunerado de los Hogares de México, el Inegi estimó que el valor económico de las labores domésticas y de cuidados que realizó la población de 12 años y más fue de aproximadamente 8 billones de pesos, cifra similar a los activos administrados por las afores (el ahorro de los trabajadores para su retiro) de 8.18 billones de pesos al cierre de octubre del presente año. Pero también muy cerca de los 7.5 billones de pesos que alcanzó el Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR) en 2024.

El organismo autónomo precisó que esos 8 billones de pesos del trabajo no remunerado representó casi el 24 por ciento del PIB nacional en el 2024, siendo el porcentaje más alto desde 2020 (25.1 por ciento). De ese monto, las mujeres contribuyeron con el 72.6 por ciento y los hombres, con 27.4 por ciento. En conjunto, las labores domésticas y de cuidados que realizaron las mujeres aportaron 2.7 veces más valor económico que las que desempeñaron los hombres.

En 2024, la población que realizó trabajo no remunerado se compuso mayoritariamente de mujeres, con 53.9 por ciento del total. Los hombres representaron 46.1 por ciento. Sin embargo, al medir este trabajo en número de horas y en valor económico, las mujeres aportaron casi tres cuartas partes del total de esta actividad.

Por tipo de actividad, la limpieza y mantenimiento a la vivienda participaron con 26.8 por ciento del valor económico total; las actividades de cuidados y apoyo contribuyeron con 23.6 por ciento; las de alimentación, con 23 por ciento; las compras y administración del hogar, con 10.4 por ciento; la ayuda a otros hogares y trabajo voluntario, con 8.7 por ciento, mientras que la limpieza y cuidado de la ropa y calzado, con 7.5 por ciento.

El valor económico neto (no consideran el componente de prestaciones sociales) anual fue de 60 mil 379 pesos, en promedio, por persona. De dicho monto, cada mujer realizó trabajo no remunerado equivalente a 82 mil 339 pesos anuales. Por su parte, cada hombre realizó actividades similares por un monto promedio de 34 mil 695 pesos.

La Ciudad de México, estado de México, Jalisco, Veracruz y Nuevo León registraron el mayor valor económico de las labores domésticas y de cuidados. Y es que el valor económico del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados fue de poco más de 8 billones de pesos. De ese total, los estados que aportaron una mayor participación fueron el estado de México, con 11.6 por ciento; la Ciudad de México, con 6.7 por ciento; Jalisco, con 6.6 por ciento; Veracruz, con 6.3 por ciento, y Nuevo León, con 5.6 por ciento.

El Inegi destaco que al revisar el valor del trabajo no remunerado de cada entidad federativa respecto del PIB que generaron, los estados con los niveles más altos fueron el de Chiapas (58.4 por ciento); Guerrero (50.3 por ciento); Tlaxcala (46.9 por ciento); Oaxaca (42.9 por ciento) e Hidalgo (38.9 por ciento).

11/16/2024

Sistema de Cuidados para capitalinas listo en enero 2025: Cuevas. Una ciudad para todas.

 

.-La Maestra Daphne Cuevas Ortiz, actual Secretaría de las mujeres en la Ciudad de México, asegura que en tres meses se tendrá listo el Sistema de Cuidados para las capitalinas, el cual estará basado en cinco ejes, que combina tareas de cuidado y trabajo doméstico.

Daphne Cuevas, cuenta con 30 años en defensa y promoción de los derechos humanos de las mujeres, maestría en Economía y Gobierno por la Universidad Anáhuac, y el pasado 5 de octubre asumió la titularidad de la Secretaría de las Mujeres de la Ciudad de México (SEMCDMX), capital de la República Mexicana, que ocupa el segundo lugar de las ciudades más pobladas de América Latina.

En entrevista con Cimacnoticias, la titular de la Secretaría, explica que la política que se desarrollará desde su dependencia y desde el Gobierno está basado en el diagnóstico de los retos que enfrentan las mujeres en la capital del país.

“Las mujeres en la Ciudad de México tienen algunos beneficios y algún acceso a ejercicio de derechos que no tienen las mujeres en otras ciudades del país. Eso es innegable.

También hay varios indicadores que tienen que ver con el desarrollo humano en la ciudad que tienen resultados, afirmó Cuevas. Dijo que son más favorecedores que en el resto del país. Sin embargo, la ciudad comparte con el resto del país índices de violencia contra las mujeres que siguen siendo altos y, a lo largo de los últimos, por lo menos cinco o seis años, no solamente no han disminuido, en algunos índices se mantiene la misma tendencia como es la violencia intrafamiliar, por ejemplo, el delito se ha mantenido y en algunos casos incrementado”.

Los delitos del carácter sexual, las violaciones, los abusos sexuales, el acoso callejero son violencias cotidianas que se mantienen sin mucho sin variaciones significativas, explica la funcionaria.

Desde su análisis, Daphne Cuevas, señala que otro de los retos que enfrentan las mujeres que habitan la Ciudad de México es la autonomía económica, que se ve obstaculizada producto de la sobrecarga social que genera las tareas de cuidado, razón por la cual esta es una de las prioridades de política de la actual Jefa de Gobierno, Clara Brugada, que se impulsara desde la propia Secretaria de las Mujeres.

Cuevas recuerda que “en nuestra constitución local, el cuidado se reconoce como un derecho de las personas”. Derecho que fue impulsado por las propias mujeres de la ciudad.

“Se tenía que construir un sistema público de cuidados. Mismo que no se construyó, porque nos quedamos esperando, en la ciudad; que se legislara en materia federal. Con todo y que no tenemos una ley local, porque no hay una ley federal, ya tenemos una práctica hecha en el terreno. Y es lo que ocurrió en Iztapalapa con las Utopías. La jefa de gobierno gobernaba la alcaldía de Iztapalapa y no requirió, de la ley para expandir sus facultades de entorno, hacerse cargo de generar opciones para las mujeres”.

“Entonces, Clara Brugada identificó eso -la sobrecarga de cuidados para las mujeres- y empezó a incluir en las Utopías espacios que pudieran ayudar a liberar tiempos de las mujeres, afirmó Cuevas.

Desde los comedores en los que llegas y compras tu comida a bajo costo y te la puedes llevar a casa; las lavanderías públicas, en las que la carga de lavado cuesta un peso y espacios del cuidado para personas adultas mayores”.

A partir de esta experiencia es que el Sistema de Cuidados que se desarrollará en la Ciudad de México toma como base las Utopias, que fue una de las propuestas de campaña de la actual Jefa de Gobierno.

De acuerdo con Daphne Cuevas “Eso se va a repetir por toda la ciudad porque el compromiso es crear 100 utopías, 16 por año. Una por alcaldía cada año a lo largo del sexenio”.

De acuerdo con Cuevas el servicio público de cuidados no debe estar concentrado en un solo lugar, “sino -debe estar- garantizando que en todas las alcaldías hay espacios de cuidado infantil que le den a las mujeres la seguridad de que pueden dejar a las infancias bajo el cuidado de gente que se va a hacer cargo, que los va a proteger, sin que les cueste a las madres trabajadoras”.

“Hasta el momento, la reflexión colectiva, a partir de la práctica en la Alcaldía Iztapalapa y pensando cómo se tendría que ampliar -el sistema de cuidados- de cara a la ciudad y lo que proponen las feministas en el entendimiento más macro de la economía del cuidado».

Estamos pensando en cinco servicios principales. El de cuidado de las infancias, el de las casas de día para las personas adultas mayores que requieran o no cuidados especiales, porque también es cierto que las personas adultas mayores requieren espacios en donde convivir con otras personas y generar esparcimientos y demás. El de las personas con discapacidad, básicamente estamos pensando en primer momento en la discapacidad motora, la gente que tiene alguna dificultad para caminar, para mover alguna extremidad. En cuarto lugar, las lavanderías públicas, en donde se pueda lavar a un precio prácticamente de recuperación. Y por último, los comedores populares. La red de comedores populares que ya existe en la ciudad es muy amplia y ya se elevó a rango constitucional el derecho a la alimentación, por eso los comedores populares.

Estos cinco servicios son los servicios iniciales con los que arrancamos todo el sistema público de cuidados y arrancamos, te estoy diciendo que los estamos terminando de ubicar en donde se instalan, planificar cómo van a coordinarse, para que aunque no estén juntos, no queden fuera de un circuito en el que las mujeres pueden trasladarse sin que tenga costos de traslado en transporte público, etc”.

¿Cuándo vamos a empezarlo a ver el Sistema de Cuidados?

“Mi apreciación muy realista es que lo vamos a empezar a ver a partir de enero, no en este último trimestre, porque este trimestre lo estamos dedicando a ubicar los espacios, se tendrán que reacondicionar, se tendrán que construir, o sea, este es el momento en que estamos preparando el sistema, estamos trabajando para que ocurra, para que esté puesto a disposición.

Lo que sí vamos a empezar a ver antes de que concluya el año, porque fue parte de los compromisos asumidos y ya aprobamos las reglas de operación, son los programas sociales nuevos.

El programa Desde la Cuna, que es al que van a tener acceso las mujeres con los hijos recién nacidos y hasta que las infancias cumplen mil días de vida, es un programa que acompaña la maternidad con un apoyo económico para esos gastos que ya sabemos que son elementales, desde la fórmula láctea, pañales.

También empezará a operar el programa nuevo como el de Jóvenes Universitarios por ayuda de transporte, que es un apoyo bimensual que favorecerá a mujeres y hombres jóvenes que están estudiando en alguna universidad pública.

Hay otro programa, es Mercomuna de inversión al abasto popular que va a beneficiar a hogares, en aquellas colonias con más altos índices de pobreza, es un proyecto de mercado local.

segunda parte.

Ciudad de México.- Entre las acciones que le competen a la Secretaría de las Mujeres de la Ciudad de México, se encuentran la creación del Plan de Igualdad, que es el eje rector para la política de igualdad entre mujeres y hombres, del gobierno capitalino con todas sus alcaldías.

A decir de Daphne Cuevas, titular de la Secretaría, se construirá a lo largo de este último trimestre del año con procesos asamblearios, en reunión con las propias mujeres, en las alcaldías, en asamblea, para escuchar los diagnósticos y las propuestas que tengan, y procesar información que venga de las propias mujeres.

La entrevista con Cimacnoticias se da en las oficinas de la Secretaría, una oficina que aún no llega a tener los detalles que la personalice de quien la ocupa.

Recién llegada tras la Jornada de gobierno casa por casa, Cuevas señala que la construcción de este plan también tomará en cuenta la información estadística existente de tal manera que se puedan identificar “acciones urgentes”.

La activista hoy funcionaria remarca: “nosotras necesitamos que nuestro plan de igualdad identifique qué le toca a cada dependencia aportar a la igualdad sustantiva», es decir, que queden claros los objetivos y los indicadores de lo que va a ser la Secretaría de Obras, de lo que va a ser la Secretaría de Movilidad, de lo que va a ser la Secretaría de Bienestar, de lo que va a ser la alcaldía Magdalena Contreras.

Es un proceso en el que no solamente se hable del compromiso del gobierno con la igualdad, sino que se puedan identificar acciones concretas que le tocan a cada dependencia y que nosotras, como Secretaría rectora, podamos estar dando un seguimiento puntual para que esas acciones se vayan implementando. Que tengan indicadores de resultados, porque si no, nos quedamos siempre en los procesos. El programa va a estar listo para diciembre”.

¿No van a dormir?

“Pues la verdad es que yo siempre confío mucho en la inteligencia colectiva. Si llevamos una buena metodología con las preguntas que queremos poner a discusión, es mucho más fácil sistematizar lo que se está recibiendo de los aportes».

Y claro que tenemos que tener relatorías de cada asamblea, para identificar las líneas que son convergentes, ver ahí las prioridades, no creo que nos requerirá más tiempo. Y es muy importante, que el programa esté listo porque arrancamos un año nuevo, la gestión ya va a empezar su cuarto mes. Pero el presupuesto de la Ciudad de México va a tener que responder a este programa también.

Estamos combinando la llegada de un nuevo gobierno con la mirada que implica qué cambios tenemos que hacer, qué nuevas maneras de organizar el trabajo, cómo reestructuras las instituciones para que respondan a eso.

No está siendo una única cosa, no está siendo sencillo, hay un nivel de expectativa de la gente muy alta, hay un nivel de demanda y las instituciones, por lo menos esta, tienen un trabajo permanente que no se frena”.

¿Qué relación va a tener con el movimiento feminista de esta ciudad?

“La metodología va a ser construida desde esta Secretaría y puesta a disposición de enriquecimiento de nuestros espacios en las Lunas para que las propias compañeras que atienden puedan ver. Y quizás en consulta amplia, pero con algunas organizaciones feministas que estén dispuestas y tengan tiempo de revisar, echar la mano, aportar cosas. Pero lo más importante es que vamos a tener una asamblea feminista.

Así se va a llamar, asamblea feminista, porque hay un sector muy grande de organizaciones de la sociedad civil, de colectivas que en esta ciudad son muy activas, que es una trayectoria de participación política, que tienen un montón que aportar, que tienen un montón de experiencia y que seguramente ahí también participarán de la discusión y tirarán ideas.

¿Y esta asamblea feminista será en noviembre?

“Sí. Es una asamblea feminista a la cual llegarán aquellas a las que les llegue la información, se sientan convocadas, tengan ganas de participar y vengan”.

Hay una Alerta por Violencia de Género (AVG), que fue decretada desde las instancias gubernamentales

¿Cuáles son los planes de esta Secretaría para garantizarle a las mujeres una vida libre de violencia?

“Esta secretaría ha trabajado con la Secretaría de Movilidad desde el sexenio pasado, sobre todo el último año de gobierno, hasta ahora que hubo el cambio de gobierno, y se logró identificar un plan estratégico de acción con SEMOVI, la Secretaría de Seguridad Ciudadana y esta dependencia.

“Es un modelo de respuesta inmediata frente a la denuncia si ocurre un acto de violencia en el transporte público. Creo que hemos venido a lo largo de los años haciendo muchos ejercicios de cómo garantizar o cómo pretendemos garantizar la seguridad de las mujeres. Fue propuesta, digamos, del movimiento feminista y de las ciudadanas años atrás el asunto de los vagones exclusivos en el metro, o del transporte exclusivo en los buses.

Se mantiene porque ha sido efectiva, en el sentido De -que- alguna mujer siente que está más segura en un espacio donde no están hombres.

¿En términos de prevención que hay?

“Sí, yo creo que la prevención tiene varios pies, uno muy importante son las campañas informativas, que se van a hacer. Creo que hemos venido a lo largo de los años haciendo muchos ejercicios de cómo garantizar o cómo pretendemos garantizar la seguridad de las mujeres. Fue propuesta, digamos, del movimiento feminista y de las ciudadanas años atrás el asunto de los vagones exclusivos en el metro o del transporte exclusivo en los buses y esa medida se mantiene.

Y, sin embargo, no alcanza

“Por eso la idea de encontrar cuáles son los canales de comunicación, sobre todo, porque yo soy una firme creyente de que, si tú desnaturalizas las prácticas, si tú sancionas a los responsables de las acciones, vas inhibiendo que esas prácticas ocurran.

Hay ya una estrategia de actuación en la que si una mujer es acosada en el cablebús, en el metrobús, en el trolebús, en cualquier transporte público inmediatamente notifican a la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México (SEMOVI), que es la dependencia a cargo, que a su vez de manera inmediata conecta con C5, que alerta a Secretaría de Seguridad Ciudadana y que alerta a la Secretaría de las Mujeres, para que una compañera de la unidad territorial más cercana de esta dependencia asista para acompañar a la víctima, lo mismo que la policía que llega.

De acuerdo con Cuevas la intención de la presencia de una abogada, psicóloga de las Lunas, como se le conoce a las unidades territoriales de la secretaría es para fortalecer a la víctima, contenerla, darle opciones y acompañarla en lo necesario.

“Creo que el gran resultado de la prevención es de mediano plazo, cómo vas cambiando las prácticas, vas cambiando la lógica de la reacción y entonces vas instaurando una cultura distinta. Con SEMOVI, por ejemplo, que haya un mecanismo de actuación cuando ocurre un hecho, inhibe que esos hechos se repitan. Eso, digamos, es como un resultado inherente, porque ya no es tan impune que vayas y quieras toquetear a una mujer, porque entonces hay una reacción y hay una sanción.

“El programa de trabajo con la SEMOVI identifica, no solamente un protocolo de actuación cuando ocurre, sino tiene un componente importante de trabajo con los conductores y las conductoras. Nosotras estamos pensando en un nuevo programa que tiene que ver con las utopías y los nuevos oficios en los que vamos a estar brindando formación a las mujeres para que también vayamos teniendo cada vez más conductoras a cargo de los transportes

 ¿Todavía existen esos transportes exclusivos?

Todavía existen, pero son pocas unidades. Y no es la apuesta.

La apuesta es que, en el mundo real, en donde nos movemos las mujeres, logremos transformar las realidades y nos respeten. Esa es como la apuesta de gran largo plazo.

Y entonces capacitar a los conductores para que sepan que las mujeres tienen derecho a libre tránsito por la ciudad con seguridad, que las mujeres, si son acosadas o si son agredidas en el transporte público, eso representa una violencia y eso es un delito.

El otro gran tema que tiene que ver con el movimiento feminista, las marchas masivas en esta ciudad y el enfrentamiento con las policías ¿Seguiremos viendo esos mismos actuares, esas mismas lógicas en las manifestaciones feministas?

“Lo primero para decir es, este es gobierno nuevo. Hay una nueva jefa de gobierno y ella tomará las decisiones en el sentido de la persona, distinta que es.  El gobierno cambió, la jefa de gobierno cambió y seguramente de eso se derivan también muchos cambios en las instrucciones.

“Lo único que yo te puedo decir de cara al protocolo de actuación policial es que luego de las confrontaciones que derivaron básicamente en una crisis para la ciudad del 2019 y luego de ello las mesas de diálogo se hizo un acuerdo de la revisión de un protocolo de actuación policial. Hubo participación de las organizaciones de la sociedad civil.

“Yo estaba ahí en ese momento como sociedad civil. Había muchas organizaciones y colectivas de jóvenes, muchas. La Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, directamente con la presencia de Nasheli, la titular.

Si vemos los datos del Mecanismo de Protección Federal, la Ciudad de México encabeza el número de personas protegidas por el Mecanismo. Hay una razón, las marchas y la actuación polícial.

“El reclamo de las defensoras y en concreto de las feministas es el actuar policial abusivo que se encuentran una y otra vez, y las periodistas también, porque son precisamente las que van a cubrir estas manifestaciones, eso no ha cambiado, aún con este protocolo después del 2019. En realidad, estuvo listo hasta el 2022. Lo que creo es que ahí hay una combinación de factores.

Entre todo lo que nos resta por trabajar con policías, no solamente para hacer cumplir los protocolos, sino también para trabajar en su capacitación, su sensibilización, son muchísimos. Esta Secretaría – la de las mujeres- ha trabajado con cuatro generaciones de policías formados en la Universidad de los Policías. O sea, la alerta –de género- a la que hacías referencia, de las once acciones que contiene, nueve involucran de manera directa a la Secretaría de Seguridad Ciudadana de los Policías y a la Fiscalía.

“Nuestros retos principales están evidentemente en el acceso a la justicia. Hay un esfuerzo constante que tiene que mantenerse, incrementarse con la capacitación de policías y con el cumplimiento de los protocolos, porque, los protocolos, pueden ser un llamado a misa, si no se vuelven una acción que se obliga a cumplir a los funcionarios públicos.

“Otro factor que también es muy importante en esta ciudad, por el alto nivel de denuncia, es nuestra conciencia ciudadana de cero tolerancias –a las agresiones policiales-.

Sí creo que la denuncia ciudadana es resultado de una ciudadanía cada vez más activa, consciente, defensora de derechos, y esa es una característica de la ciudadanía de la Ciudad de México.

¿Hay suficiente dinero para actuar y desarrollar todo lo que usted me acaba de decir?

“El dinero nunca es suficiente de cara a todo lo que pretendemos hacer. Yo creo que lo que es importante es tener claridad en cuál ha sido la tendencia de la inversión. Por ejemplo, en esta dependencia que tiene bajo su responsabilidad, pues, la rectoría de la transversalidad de género en el gobierno, la atención a las mujeres en aquellos casos de violencia, es lo que importa, es la tendencia.

“Porque en el 2020, con la pandemia y con todo el dinero que costó salir adelante en encarar esa crisis global, las dependencias tuvieron recortes muy importantes y esta no fue la excepción. Y a partir del 2021 hasta este año, lo que se ha mantenido es una tendencia creciente de los recursos asignados.

“La idea es que se mantenga esa tendencia creciente, que no se disminuyan los recursos y que cada vez más se genere una actuación en la que muchas de las tareas que corresponden a esta dependencia se hagan con la capacidad operativa de otras dependencias. Porque justo me parece que las tareas de rectoría de la Secretaría no pasan solamente por tener identificados los objetivos de cada dependencia, sino por incentivar que al operar los recursos se estén dedicando a esa tarea de la igualdad sustantiva.

¿Es fácil pasar del activismo al funcionariado?

“Yo sigo siendo activista en mi corazón. Entonces no me hagas esa pregunta, porque no renuncio a mi activismo.

El ser funcionaria pública es muy interesante y yo me he dado cuenta que el gran reto es cómo jugar entre las limitaciones de la institucionalidad y el no regatearle nada a tus facultades. Porque yo digo, no se puede hacer todo si eres gobierno, hay cosas que no me tocan, pero hay muchas que sí. Y es un lugar distinto en donde puedes, por ejemplo, tener un trabajo con las otras dependencias, vigilar que ocurran las cosas, que se estén operando.

7/30/2022

50% de víctimas forzadas a trabajo doméstico en Centroamérica son niñas: Día Mundial contra la Trata de Personas

 

En el marco del Día Mundial contra la Trata de Personas, conmemorado cada 30 de julio, se destaca que a nivel global el delito afecta principalmente a mujeres y niñas, quienes cada vez más son utilizadas para realizar trabajos domésticos forzados.

Según el Reporte Global 2020 de Trata de Personas, por cada 10 víctimas de trata, cinco son mujeres y dos son niñas. Tal como señala el informe, en países con alto nivel económico estas víctimas son explotadas con fines sexuales. No obstante, en otras regiones con subdesarrollo, mujeres y niñas son traficadas para realizar labores forzadas, la mayoría de ellas relacionadas con trabajo del hogar.

El reporte de la ONU indica que, a nivel global, una de cada cuatro mujeres son traficadas para labores forzadas. Este fenómeno es mucho más frecuente en Centroamérica y El Caribe: 50 por ciento de las personas víctimas de trata con el fin de realizar tareas domésticas son niñas. Por su parte, en África del Norte cerca del 60 por ciento de las víctimas destinadas a dichas tareas son mujeres adultas.

Todas estas víctimas sufren violencias que van de la mano con el tráfico humano. Entre ellas se encuentran la violencia sexual, y el abuso físico y psicológico por parte de quienes las explotan. Pero ¿qué permite que esto siga sucediendo?

Las invisibilidad del sector doméstico

En el reporte de la ONU se afirma que la invisibilidad del trabajo doméstico es un factor determinante para que esta modalidad de trata siga expandiéndose. La falta de información contribuye a que muchas mujeres y niñas sean amenazadas para realizar trabajos del hogar sin días de descanso, prestaciones y, en la mayoría de los casos, alejadas de sus familias.

De acuerdo con el Observatorio de Violencia de Género en España, las víctimas de esta modalidad casi siempre desconocen sus derechos y, por lo tanto, no pueden identificar los tipos de violencia a los que son sometidas ni iniciar una denuncia por ello; y aunque reconozcan las agresiones en su contra, muchas veces el temor a perder su empleo no les permite actuar.

CIMACFoto: César Martínez López

A este miedo se suma que algunas de estas mujeres han sido sustraídas de sus lugares de origen. Esto significa que viven lejos de sus familias, por lo cual no tendrían un sitio a donde ir si abandonan el hogar donde trabajan. 

Un ejemplo claro es el caso de las mujeres migrantes en Estados Unidos y otras partes del mundo que son sometidas a labores forzadas. Para ellas, los costos de traslado y la exposición a riesgos como la deportación –en el caso de las migrantes indocumentadas– hacen que la explotación laboral parezca su única alternativa antes que la denuncia o el retorno obligado a sus hogares.

De acuerdo con la ONU, a nivel mundial, el 80 por ciento de las personas que realizan trabajos del hogar son mujeres. A muchas de ellas las engañan por medio de supuestas relaciones amorosas y ofertas de trabajo falsas; muchas veces, los actores detrás no son individuos propiamente, sino que conforman grandes redes de trata.

Al respecto, la ONU cita un caso de 2019 en el que se descubrió una red de tráfico que traía a mujeres a México desde Colombia para obligarlas a realizar trabajo doméstico. Los traficantes tenían lazos de parentesco: hay quienes están traficando a sus familiares a costa del sufrimiento.

Aunado a lo delicado de la situación, para la periodista colombiana Diana Marcela Tinjacá falta conocer más cifras relacionadas con el trabajo doméstico. De esta forma se podría identificar cuántas de las mujeres que lo realizan son, en realidad, víctimas de trata en un mercado laboral ilegal e invisible.

4/09/2022

Irantzu Varela, #ElTornillo y el trabajo doméstico


Básicamente, el trabajo reproductivo es todo el trabajo que es necesario hacer para reproducir la vida humana. Históricamente, un trabajo designado a las mujeres. Mano de obra gratis a mayor gloria del capitalismo… ¿Por qué? ¿Hasta cuándo?


10/17/2020

Trabajadoras domésticas latinoamericanas forzadas a la solidaridad en la pandemia

Desde el brote de covid, la Asociación de Trabajadoras del Hogar, a Domicilio y Maquila ha coordinado esfuerzos para brindar ayuda a las mujeres más afectadas por el impacto social y económico de la pandemia en Guatemala. Foto: ATRAHDOM

PANAMÁ, 14 sep 2020 (IPS) - La emergencia de covid-19 entró en una fase crítica, superando recientemente los cinco millones de casos y 200 000 muertes en América Latina. En este contexto, las trabajadoras domésticas de la región están sonando la alarma acerca de la falta de apoyo económico, acceso a salud y otras protecciones sociales, y organizándose en solidaridad para ayudarse entre ellas.

Maritza Velásquez lidera la Asociación de Trabajadoras del Hogar, a Domicilio y Maquila en Guatemala, una organización de sociedad civil que promueve los derechos humanos y laborales de las mujeres trabajadoras.

Desde el inicio de la emergencia por covid-19, ATRAHDOM, la sigla de la Asociación, ha coordinado esfuerzos para llevar ayuda humanitaria a las trabajadoras domésticas que han sido más afectadas por el impacto económico y social de la pandemia, al mismo tiempo que brinda apoyo a otros grupos de mujeres organizadas que tienen menor acceso a recursos.

“Hemos salvaguardado nuestra salud llevando todas las medidas necesarias, pero hemos tenido que arriesgarnos para poder cumplir con las mujeres también”, dice Velásquez.

Con apoyo de ONU Mujeres y otros aliados estratégicos, ATRAHDOM ha entregado alimentos básicos, equipo de protección personal, así como kits de higiene y salud a redes de mujeres trabajadoras domésticas en distintos puntos de Guatemala.

“Cuando nosotras hemos llegado, las mujeres nos reciben con alegría y gratitud porque llevamos cosas sencillas, pero que no habían logrado comprar”, explica.

ATRAHDOM también ha coordinado la entrega de transferencias monetarias a través de servicios de pago digitales.

Además, la organización ha comprado equipo de protección adicional, como caretas, que pueden utilizar las mujeres con mayor edad y que se encuentran en mayor riesgo.

Dado que la mayoría de las trabajadoras domésticas carecen de protección social y de salud, la organización está actualmente buscando las formas de facilitar el acceso de sus afiliadas a tratamiento y servicios de salud básicos.

Un tercio de las trabajadoras domésticas del país han perdido sus empleos, y un número mayor han visto una reducción de sus salarios, en la medida en que los y las empleadoras también han perdido su nivel de ingresos como consecuencia de la emergencia.

Suleima Ojer, voluntaria de ATRAHDOM, indica que la pandemia ha afectado a la gran mayoría de mujeres en el sector de trabajo doméstico, y que muchas madres solteras y adultas mayores, especialmente, tienen mucha necesidad de apoyos económicos, alimenticios, y de salud.

Debido a las restricciones de transporte público, Ojer debió cambiarse de un empleo a tiempo completo en Ciudad de Guatemala a uno de medio tiempo en Parramos, un distrito en la región central del país, pero recibiendo menor paga.

A pesar de sus dificultades personales, continúa contribuyendo a ATRAHDOM como voluntaria, coordinando la entrega de bienes esenciales a otras trabajadoras en su área.

“Las mujeres han unido esfuerzos en solidaridad para enfrentar la emergencia, coordinando para apoyar a las que han sido más afectadas y en el tiempo en que sus acciones tienen el mayor impacto”, señala Adriana Quiñones, Representante de ONU Mujeres en Guatemala.

Las asociaciones y sindicatos de trabajadoras domésticas han recaudado fondos, organizado comedores comunitarios y han llevado comida a las mesas de sus afiliadas. Foto cortesía de la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar

Liderando una respuesta solidaria

En América Latina y el Caribe, de las 11 a 18 millones de personas que están empleadas en el sector de trabajo doméstico, 93 por ciento son mujeres.

El trabajo doméstico también representa hasta 14,3 por ciento de los empleos para mujeres en la región, pero la gran mayoría (77,5 por ciento de ellas) opera en el sector informal, sin acceso a protección social y a condiciones de empleo digno.

“Ahí es donde las asociaciones y sindicatos han tenido un papel admirable”, observa Adriana Paz, coordinadora para América Latina de la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar (FITH).

“Han hecho recaudación de fondos, casa a casa, a nivel local y con partidos políticos. Han organizado ollas comunales y han comenzado a llevar alimento a sus afiliadas”, añade.

Por un lado, la emergencia del covid ha expuesto la falta de protecciones para el sector de trabajo doméstico, pero también ha demostrado una profunda y poderosa solidaridad que existe entre estas mujeres.

“Es una movilización de solidaridad en la práctica muy conmovedora. Son de las pocas que han llegado a los vecindarios pobres a traer esta ayuda humanitaria. Lo hacen con pocos recursos, pero lo hacen con gran cantidad de compasión y solidaridad en el corazón”, explica Paz.

En Guatemala, Velásquez narra la historia de una visita que hicieron a Chimaltenango, en la región central del país.

“Algunas de las trabajadoras despedidas de maquila empezaron a hacer mascarillas, que nos regalaron para repartir a los niños y niñas de las trabajadoras del puerto de San José, en Escuintla, en la región sur del país, a 100 kilómetros de distancia”, explica.

No se conocen, pero estas acciones demuestran la hermandad que ocurre entre mujeres de todo el país, dice Velásquez.

En Bolivia, la Federación Nacional de Trabajadoras Domésticas estableció como prioridad dar cobertura de salud a sus afiliadas. Leyda Alonzo, su secretaria ejecutiva, dice que “ninguna trabajadora del hogar en el país tiene seguro de salud y en tiempos de pandemia tener un seguro es vital”.

“Cuando nos enfermamos o tenemos un accidente nosotras mismas pagamos nuestras curaciones; el empleador se desentiende completamente”, detalla.

Como parte de la respuesta a la covid, la Federación y ONU Mujeres Bolivia unieron esfuerzos para incorporar a más de 500 trabajadoras domésticas, entre 18 y 64 años, en un seguro de vida inclusivo, desarrollado por la Cooperación Suiza en Bolivia y la Fundación para el Desarrollo Productivo y Financiero.

¿Qué significa “reconstruir mejor” para las trabajadoras domésticas?

Los efectos de la pandemia van más allá de las presiones económicas y los riesgos elevados para la salud de las trabajadoras domésticas. Reconstruir mejor, para la gran mayoría de ellas, pasa por revalorar el trabajo doméstico.

“Mi mensaje es que se comience a ver el trabajo del hogar como una actividad esencial para el funcionamiento económico de toda la sociedad”, explica Adriana Paz.

Esa labor “hace posible los demás trabajos, garantiza el cuidado y el bienestar de lo más preciado que tenemos: nuestros seres queridos y familia. En este sentido, debemos valorizar este trabajo a través de legislación y protección, pero también dignidad y respeto a las mujeres que cumplen con esta función”, añade.

Sensibilizar a las propias trabajadoras sobre sus derechos, y proveerles información sobre los mecanismos para garantizarlos y buscar ayuda, también resulta esencial.

Patricia Castillo, una trabajadora doméstica de la costa en el Pacífico de Guatemala, ilustra este punto.

“La mayoría necesitamos es que alguien nos instruya, porque nosotros cuando llegamos a pedir un contrato, no firmamos nada, todo es verbal. En mi caso, yo acepté las condiciones [gana un salario mínimo, pero carece de prestaciones o vacaciones] por la necesidad que tenía”, dice.

La representante de ONU Mujeres, Adriana Quiñones, subraya: “La emergencia de covid-19 ha tenido un impacto en todos los niveles de la sociedad, pero las trabajadoras domésticas y sus familias llevan a cabo un trabajo esencial que debe ser adecuadamente valorado y remunerado”.

“Las trabajadoras domésticas nos han dado una lección sobre cómo se ve una respuesta verdaderamente solidaria, por lo que debemos aprender de ellas y respaldar sus esfuerzos”, concluye.

Este artículo fue publicado originalmente por ONU Mujeres.

9/12/2020

El trabajo doméstico toca a su fin: una perspectiva de clase

Fuentes: Akal
Tomado de: Davis, Angela (2004): Mujeres, raza y clase, Ediciones Akal, S.A., Madrid
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La infinidad de tareas que reunidas se conocen como «trabajo doméstico» —cocinar, lavar los platos, hacer la colada, hacer las camas, barrer, hacer la compra, etc.— se estima que consumen cerca de entre tres y cuatro mil horas anuales del tiempo de una ama de casa media.[1] Pero a pesar de lo asombrosas que puedan ser estas estadísticas, ni tan siquiera son un reflejo de la constante e inconmensurable atención que las madres deben prestar a sus hijos. Así como los deberes maternales de una mujer se dan siempre por sentados, el interminable trabajo de esta como ama de casa raras veces suscita expresiones de reconocimiento dentro de su propia familia. A fin de cuentas, el trabajo doméstico es prácticamente invisible: «Nadie lo nota hasta que está hecho, notamos la cama sin hacer, pero no el suelo limpio y reluciente».[2] Invisible, repetitivo, extenuante, improductivo, nada creativo: estos son los adjetivos que de manera más atinada capturan la naturaleza del trabajo doméstico.
La nueva conciencia asociada al movimiento de mujeres contemporáneo ha animado a un número creciente de mujeres a exigir que los hombres con quienes conviven asuman parte de la responsabilidad de esta penosa faena. El resultado ha sido que un número cada vez mayor de hombres ha empezado a colaborar con sus compañeras en la casa e, incluso, algunos dedican el mismo tiempo que ellas a las tareas del hogar. Pero ¿cuántos de estos hombres se han liberado de la idea de que el trabajo doméstico es un «trabajo de mujeres»? ¿Cuántos de ellos no describirían las tareas que asumen en la limpieza del hogar como una «ayuda» a sus compañeras?
Si fuera en verdad posible acabar con la idea de que el trabajo doméstico es un trabajo de mujeres y, al mismo tiempo, de redistribuirlo de modo equitativo entre mujeres y hombres, ¿estaríamos ante una solución satisfactoria?
Si se liberara de su adscripción exclusiva al sexo femenino, el trabajo doméstico ¿dejaría de ser opresivo?
Aunque la mayoría de las mujeres acogen con entusiasmo el advenimiento del «amo de casa», la desexualización del trabajo doméstico no alteraría en verdad el carácter opresivo de este trabajo. En resumidas cuentas, ni las mujeres ni los hombres deberían malgastar unas horas preciosas de sus vidas en una labor que no es ni estimulante, ni creativa, ni productiva.
Uno de los secretos más celosamente guardados en las sociedades del capitalismo avanzado se refiere a la posibilidad —real— de transformar de manera radical la naturaleza del trabajo doméstico. En efecto, una parte sustancial de las labores domésticas del ama de casa pueden ser incorporadas a la economía industrial.
En otras palabras, el carácter del trabajo doméstico no tiene por qué seguir siendo considerado, necesaria e inevitablemente, privado. Equipos de personas cualificadas y remuneradas de forma adecuada podrían desplazarse de un domicilio a otro provistos de maquinaria de ingeniería higiénica tecnológicamente avanzada y concluir, rápida y eficazmente, las tareas que el ama de casa actual realiza de manera tan ardua y primitiva.
¿Por qué nos topamos con este velo de silencio que rodea este potencial de redefinir, de manera radical, la naturaleza del trabajo doméstico? Porque la economía capitalista es, en su estructura constitutiva, hostil a la industrialización del trabajo doméstico. La socialización del trabajo doméstico obligaría al gobierno a destinar una gran cantidad de subsidios a garantizar el acceso a tales prestaciones de las familias de clase trabajadora cuya necesidad de estos servicios es más obvia. Puesto que se trata de una medida que no vaticina muchos beneficios económicos, el trabajo doméstico industrializado —al igual que todas las iniciativas no rentables— constituye una abominación para la economía capitalista. Sin embargo, la acelerada expansión de la mano de obra femenina conlleva un ascenso del número de mujeres que cada vez encuentra más difícil cumplir con su papel de ama de casa de acuerdo a los patrones tradicionales. En otras palabras, la industrialización del trabajo doméstico, junto a su socialización, se está convirtiendo en una necesidad social objetiva. El trabajo doméstico, como responsabilidad individual propia de las mujeres y como trabajo femenino desempeñado bajo unas condiciones técnicas primitivas, puede estar aproximándose, al fin, a su obsolescencia histórica.
Aunque exista la posibilidad de que el trabajo doméstico, tal y como se lo conoce en la actualidad, se esté convirtiendo en una reliquia del pasado, las actitudes sociales más generalizadas continúan ligando la eterna condición femenina a las imágenes de la escoba y el recogedor, del cubo y la fregona, del delantal y la cocina y de la olla y la sartén. Es cierto que el trabajo de las mujeres, a través de diferentes etapas históricas, ha estado ligado en general a la casa y a sus terrenos aledaños. Pero el trabajo doméstico femenino no siempre ha sido lo que es hoy, ya que como todo fenómeno social es un producto mutable de la historia. Al igual que los sistemas económicos emergen y se desintegran, el alcance y los rasgos del trabajo doméstico han experimentado transformaciones radicales. Como Friedrich Engels sostiene en su clásica obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,[3] antes del advenimiento de la propiedad privada, la desigualdad sexual no existía tal y como hoy se la conoce. Durante las primeras etapas de la historia, la división sexual del trabajo dentro del sistema de producción económica estaba regida por un criterio de complementariedad y no de jerarquía. En las sociedades donde los hombres habrían sido los responsables de la caza de animales salvajes y las mujeres, a su vez, de recolectar las verduras y las frutas silvestres, ambos sexos desempeñaron tareas económicas igualmente esenciales para la supervivencia de su comunidad. Dado que en aquellas etapas la comunidad era, en esencia, una familia extendida, el lugar central de las mujeres en la economía llevaba aparejado que ellas fueran valoradas y respetadas en calidad de miembros productivos de la comunidad.
En 1973, realicé un viaje en jeep a través de las llanuras de Masai, en el que se puso de manifiesto la centralidad de las tareas domésticas de las mujeres en las culturas precapitalistas. En un solitario camino de tierra en Tanzania me fijé en seis mujeres masai que, de manera enigmática, hacían equilibrios con una enorme madera que portaban sobre sus cabezas. Según me explicaron mis amigos de Tanzania, es probable estas mujeres estuviesen transportando el tejado de una casa a una aldea nueva que estarían construyendo. Entonces, supe que, entre los masai, las mujeres son responsables de todas las actividades domésticas y, por lo tanto, también de la construcción de las casas que su pueblo nómada cambia con frecuencia de lugar. Para las mujeres masai, el trabajo doméstico no solo conlleva cocinar, limpiar, criar a los niños, coser, etc., sino que también implica la construcción de las viviendas. A pesar de la importancia que puedan tener las funciones relativas a la cría de ganado que realizan los hombres de su pueblo, el «trabajo doméstico» de las mujeres no es ni menos productivo ni menos esencial que las contribuciones económicas de los hombres masai.
Dentro de la economía nómada y precapitalista de los masai, el trabajo doméstico de las mujeres es tan esencial para la economía como los trabajos de cría de ganado realizados por los hombres. En calidad de productoras, ellas disfrutan de un status social investido de una importancia equivalente a la de ellos. En las sociedades del capitalismo avanzado, la dimensión servil de la función de las amas de casa, que pocas veces pueden producir pruebas palpables de su trabajo, menoscaba el status social de las mujeres en general. En resumen, según la ideología burguesa, el ama de casa no es más que la sirvienta vitalicia de su marido.
La aparición de la concepción burguesa de la mujer como eterna sirvienta del hombre es en sí misma una historia reveladora. Dentro de la historia relativamente corta de Estados Unidos, el «ama de casa», en tanto que producto histórico acabado, apenas cuenta con más de un siglo de antigüedad. Durante el periodo colonial, el trabajo doméstico era por completo distinto a la rutina del trabajo diario que hoy realiza el ama de casa estadounidense.
«El trabajo de una mujer comienza cuando sale el sol y continúa bajo la lumbre hasta que ya no puede mantener los ojos abiertos. Durante dos siglos, prácticamente todo lo que una familia utilizaba o comía se producía en el hogar bajo su batuta. Ella teñía y hacía girar en la rueca el hilo con el que tejía la tela que cortaba y cosía a mano para hacer la ropa. Cultivaba gran parte de la comida que servía para alimentar a su familia y guardaba la suficiente para pasar el invierno. Hacía la mantequilla, el queso, el pan, las velas y el jabón y zurcía las medias de su familia.»[4]
En la economía agraria de la América del Norte preindustrial, una mujer que realizaba las tareas de la casa era hilandera, tejedora y costurera, además de panadera, mantequera y elaboradora de velas, de jabón, y de un largo etcétera. De hecho,
«[…] las presiones del ritmo de la producción doméstica dejaban muy poco tiempo para las labores que hoy en día identificaríamos como trabajo doméstico. Según los criterios actuales, las mujeres de la época anterior a la Revolución Industrial eran unas amas de casa descuidadas. En lugar de la limpieza diaria o semanal, se hacía la limpieza de primavera. Las comidas eran simples y repetitivas, los miembros de la familia pocas veces se cambiaban de ropa, además de dejar que la ropa sucia de la casa se acumulara, y la colada se hacía una vez al mes o, en algunos hogares, una vez cada tres meses. Y, por supuesto, dado que cada colada requería transportar y calentar muchos cubos de agua, fácilmente se descartaban unos elevados niveles de limpieza.»[5]
Más que dedicarse a la «limpieza de la casa» o a «velar por el hogar», las mujeres del periodo colonial eran expertas trabajadoras de pleno derecho dentro de una economía que se basaba en el hogar. No solo fabricaban la mayoría de los productos que precisaban sus familias, sino que también cuidaban de la salud de sus familias y de sus comunidades.
«Era responsabilidad [de las mujeres de las colonias] recoger y secar hierbas silvestres para ser utilizadas […] como medicinas; además, hacían las veces de doctoras, enfermeras y parteras dentro de su propia familia y de su comunidad.»[6]
El United States Practical Receipt Book — un popular libro de recetas colonial— contiene recetas culinarias así como de productos químicos y de medicinas caseras. Por ejemplo, para curar la tiña «hay que tomar un poco de sanguinaria del Canadá […], cortarla y ponerla en vinagre y, luego, lavar el lugar afectado con el líquido».[7]
La relevancia económica de las funciones domésticas de las mujeres en la América colonial se veía agudizada por su visible protagonismo en la actividad económica que se desarrollaba fuera de la casa. Un ejemplo de ello descansa en que solía ser aceptado que una mujer regentara una taberna.
«Las mujeres también tenían aserraderos y molinos de grano, hacían sillas de mimbre y fabricaban muebles, dirigían mataderos, estampaban tejidos de algodón y otras telas, hacían encaje y eran propietarias de mercerías y almacenes de ropa. Trabajaban en tiendas de tabaco, de fármacos (donde vendían preparados elaborados por ellas mismas) y en almacenes generales donde se vendía todo tipo de productos, desde alfileres hasta balanzas para la carne. Las mujeres montaban anteojos, confeccionaban redes y cuerdas, hacían cardas para cardar lana e, incluso, pintaban casas. A menudo eran las directoras de pompas fúnebres de la ciudad.»[8]
La irrupción de la industrialización en la época posrevolucionaria condujo a la proliferación de las fábricas en la parte nororiental del nuevo país. Las fábricas de tejidos de Nueva Inglaterra fueron las exitosas pioneras del sistema fabril. Debido a que hilar y tejer eran ocupaciones domésticas tradicionalmente femeninas, las mujeres integraron el primer contingente de mano de obra que emplearon los dueños de los talleres para manejar los nuevos telares mecánicos. Si se atiende a la subsiguiente exclusión de las mujeres del conjunto de la producción industrial, una de las mayores ironías de la historia económica de este país estriba en el hecho de que los primeros trabajadores industriales fueron mujeres.
El avance de la industrialización, en la medida en que llevó aparejado el desplazamiento de la producción económica del hogar a la fábrica, produjo la erosión sistemática de la importancia del trabajo doméstico realizado por las mujeres. Ellas fueron las perdedoras en un doble sentido: cuando sus trabajos tradicionales fueron usurpados por la floreciente industria, toda la economía salió del hogar dejando a muchas mujeres privadas, en buena medida, de ocupar papeles económicos significativos. A mediados del siglo XIX, la fábrica suministraba tejidos, velas y jabón. Incluso la mantequilla, el pan y otros productos alimenticios comenzaron a ser fabricados en serie.
«Antes de finalizar el siglo, casi no había nadie que almidonara o que hirviera su ropa sucia en una olla. En las ciudades, las mujeres compraban su pan y al menos su ropa interior ya hecha, mandaban a sus hijos a la escuela y, también, probablemente, a lavar y planchar algunas prendas de ropa fuera de casa, y debatían sobre las ventajas de la comida enlatada […]. La corriente de la industria se había abierto camino y había dejado abandonado el telar en el desván y la olla del jabón en el cobertizo.»[9]
A medida que se fue consolidando el capitalismo industrial, la escisión entre la nueva esfera económica y la antigua economía doméstica se tornó cada vez más rigurosa. Es indudable que la reubicación física de la producción económica provocada por la expansión del sistema fabril supuso una drástica transformación. Sin embargo, no fue tan radical como la revalorización generalizada de la producción que precisaba el nuevo sistema económico. Aunque los bienes producidos en el hogar eran valiosos ante todo porque satisfacían las necesidades básicas de la familia, la importancia de las mercancías producidas en la fábrica residía en su valor de cambio, es decir, en su capacidad para satisfacer la demanda de beneficios de los empresarios. Esta revalorización de la producción económica revelaba, más allá de la separación física entre el hogar y la fábrica, una separación estructural fundamental entre la economía doméstica del hogar y la economía orientada a la obtención de beneficios del capitalismo. Debido a que el trabajo doméstico no generaba beneficios, de manera necesaria fue definido como una forma inferior de trabajo frente al trabajo asalariado capitalista.
Un importante subproducto ideológico de esta radical transformación económica fue el nacimiento del «ama de casa». Las mujeres comenzaron a ser redefinidas ideológicamente como las guardianas de una devaluada vida doméstica. Sin embargo, en tanto que ideológica, esta redefinición del lugar de las mujeres estaba muy en contradicción con el ingente número de mujeres inmigrantes que engrosaban las filas de la clase trabajadora en el nordeste. En primer lugar, estas mujeres inmigrantes blancas eran asalariadas, y solo de manera secundaria, amas de casa. Además, había otras mujeres, millones de mujeres, que realizaban duras faenas fuera del hogar como productoras involuntarias de la economía esclavista en el Sur. La realidad del papel de las mujeres en la sociedad decimonónica estadounidense englobaba a mujeres blancas que empleaban su tiempo manejando las máquinas de las fábricas a cambio de salarios miserables, del mismo modo que abarcaba a mujeres negras que trabajaban bajo la coerción de la esclavitud. El «ama de casa» reflejaba una realidad parcial en la medida en que, en realidad, era un símbolo de la prosperidad económica que disfrutaban las clases medias emergentes.
Aunque el «ama de casa» hundía sus raíces en las condiciones sociales de la burguesía y de las clases medias, la ideología decimonónica instituyó a esta figura y a la madre como modelos universales de la feminidad. Desde el momento en el que la propaganda popular representaba la vocación de todas las mujeres en función de su papel en el hogar, las mujeres obligadas a trabajar para obtener un salario pasaron a ser tratadas como extraños visitantes dentro del mundo masculino de la economía pública. Al haberse salido de su esfera «natural», las mujeres no iban a ser tratadas como trabajadoras asalariadas de pleno derecho. El precio que pagaron incluía horarios dilatados, condiciones de trabajo por debajo de los mínimos normales y salarios muy insuficientes. Eran explotadas, incluso, de manera más intensa que los hombres de su misma clase. No es preciso indicar que el sexismo se reveló una fuente de salvajes sobre-beneficios para los capitalistas.
La separación estructural de la economía pública del capitalismo y de la economía privada del hogar se ha visto continuamente reforzada por el obstinado primitivismo de las labores de la casa. A pesar de la proliferación de aparatos para el hogar, el trabajo doméstico ha permanecido inalterado, en un plano cualitativo, por los avances tecnológicos propiciados por el capitalismo industrial. El trabajo doméstico todavía consume miles de horas al año al ama de casa media. En 1903, Charlotte Perkins Gilman propuso una definición del trabajo doméstico que reflejaba las sacudidas que habían transformado la estructura y el contenido del trabajo doméstico en Estados Unidos:
«La expresión ‘trabajo doméstico’ no se aplica a un tipo especial de trabajo, sino a cierto nivel de trabajo, a un estado de desarrollo que atraviesa todo tipo de trabajos. Todas las industrias fueron en algún momento ‘domésticas’, es decir, fueron realizadas en el hogar y para el beneficio de la familia. Desde aquella época remota, todas las industrias han alcanzado etapas superiores, salvo un par de ellas que nunca han abandonado su etapa primaria.»[10]
«El hogar», para Gilman, «no se ha desarrollado en proporción al resto de nuestras instituciones». La economía doméstica revela:
«[…] el mantenimiento de labores rudimentarias en una comunidad industrial moderna y el confinamiento de las mujeres en estas labores y en su limitada área de expresión.»[11]
E insiste en que el trabajo doméstico vicia la humanidad de las mujeres:
«Ella es sobradamente femenina, como el hombre es sobradamente masculino; pero ella no es humana como sí lo es él. La vida doméstica no estimula nuestra humanidad, ya que todos los rasgos característicos del progreso humano se encuentran en el exterior.»[12]
La experiencia histórica de las mujeres negras en Estados Unidos corrobora la afirmación de Gilman. A lo largo de toda la historia de este país, la mayoría de las mujeres negras ha trabajado fuera de sus hogares. Durante la esclavitud, las mujeres faenaban junto a los hombres negros en los campos donde se cultivaban el tabaco y el algodón y, cuando la industria se trasladó al Sur, se las podía ver en las fábricas de tabaco, en las refinerías de azúcar e, incluso, en los aserraderos e integrando los equipos que martilleaban el acero para construir las vías del ferrocarril. Las mujeres esclavas eran iguales que los hombres en el trabajo. El hecho de que sufrieran una penosa igualdad sexual en el trabajo hacía que disfrutaran de una mayor igualdad sexual en el hogar, de los núcleos donde residían los esclavos, que sus hermanas blancas «amas de casa».
Una consecuencia directa de su trabajo fuera de la casa —en calidad de mujeres «libres» no menos que como esclavas— radica en que el trabajo doméstico nunca ha sido el eje central de las vidas de las mujeres negras. Ellas han escapado, en gran medida, al daño psicológico que el capitalismo industrial ha infligido a las amas de casa de clase media, cuyas supuestas virtudes eran la debilidad femenina y la obediencia conyugal. Las mujeres negras difícilmente podían esforzarse por ser débiles, tenían que hacerse fuertes puesto que sus familias y su comunidad necesitaban su fortaleza para sobrevivir. La prueba de las fuerzas acumuladas que las mujeres negras han forjado gracias al trabajo, trabajo y más trabajo, se puede encontrar en las contribuciones de las muchas destacadas líderes femeninas que han emergido dentro de la comunidad negra. Harriet Tubman, Sojourner Truth, Ida Wells y Rosa Parles no son tanto mujeres negras excepcionales como arquetipos de la feminidad negra.
Sin embargo, las mujeres negras han pagado un precio muy elevado por las fuerzas que han adquirido y por la relativa independencia de la que han disfrutado. A pesar de que pocas veces han sido «solo amas de casa», nunca han dejado de realizar su trabajo doméstico. Así pues, han asumido la doble carga del trabajo asalariado y del trabajo en el hogar, una doble carga que exige siempre de las trabajadoras estar dotadas de la perseverancia de Sísifo. En 1920, W. E. B. DuBois observaba:
«[…] unas pocas mujeres nacen libres y otras alcanzan la libertad en medio de insultos y de letras escarlatas, pero a nuestras mujeres de piel negra la libertad les fue impuesta como un desprecio. Con esta libertad están comprando una independencia sin trabas y costosa, ya que, al final, el precio lo pagarán con cada uno de sus escarnios y de sus quejidos.»[13]
Al igual que los hombres negros, las mujeres negras han trabajado hasta el límite de sus fuerzas. Como ellos, han asumido las responsabilidades de sostener a sus familias. Las poco ortodoxas cualidades femeninas de la asertividad y la autosuficiencia —por las que las mujeres negras han sido con frecuencia alabadas pero, más a menudo, reprendidas— son un reflejo de su trabajo y de sus luchas fuera del hogar. Del mismo modo que sus hermanas blancas, llamadas «amas de casa», ellas han cocinado, han limpiado y han alimentado y criado a un número incalculable de niños. Sin embargo, a diferencia de las amas de casa blancas que han aprendido a contar con la seguridad económica facilitada por sus maridos, a las esposas y a las madres negras raramente se les ha brindado el tiempo y la energía para convertirse en expertas de la domesticidad.
Como sus hermanas blancas de clase obrera, que también soportan la doble carga de trabajar para vivir y de atender sus hijos y a sus maridos, las mujeres negras han necesitado ser liberadas de esta opresiva situación durante muchísimo tiempo.
En la actualidad, para las mujeres negras y para todas sus hermanas blancas de clase obrera, la idea de que la carga del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos pueda ser descargada de sus espaldas y asumida por la sociedad contiene uno de los secretos milagrosos de la liberación de las mujeres. La atención a la infancia y la preparación de la comida deberían ser socializadas, el trabajo doméstico debería ser industrializado, y todos estos servicios deberían estar al alcance de las personas de clase trabajadora.
La escasez, cuando no la ausencia, de un debate público sobre la viabilidad de transformar el trabajo doméstico en un horizonte social da fe de los poderes cegadores de la ideología burguesa. No se trata, en absoluto, de que la función doméstica de las mujeres no haya recibido ningún tipo de atención. Por el contrario, el movimiento contemporáneo de las mujeres ha representado el trabajo doméstico como un elemento esencial de su opresión. Incluso hay un movimiento en algunos países capitalistas cuya motivación principal es la terrible situación del ama de casa. Después de haber llegado a la conclusión de que el trabajo doméstico es degradante y opresivo, primordialmente porque es un trabajo no retribuido, este movimiento ha alzado una reivindicación a favor del salario. Sus activistas sostienen que un cheque semanal del gobierno es la clave para mejorar el status del ama de casa y la posición social de las mujeres en general.
El movimiento a favor del salario para el trabajo doméstico tuvo su origen en Italia, donde se celebró su primera manifestación pública en marzo de 1974. Una de las oradoras que se dirigió a la multitud congregada en Mestre proclamó:
«La mitad de la población mundial no recibe un salario. ¡Esta es la mayor contradicción de clase que existe! Y aquí reside nuestra lucha por el salario del trabajo doméstico. Es la reivindicación estratégica; en estos momentos, se trata de la reivindicación más revolucionaria para toda la clase obrera. Si ganamos, es una victoria para la clase; si perdemos, es una derrota para la clase.»[14]
Según la estrategia de este movimiento, el salario contiene la llave de la emancipación de las amas de casa, y esta reivindicación se presenta como el eje central de la campaña para la liberación de las mujeres en general. Además, la lucha del ama de casa por el salario se proyecta sobre todo el movimiento de la clase obrera convirtiéndola en su elemento cardinal.
Los orígenes teóricos del movimiento a favor del salario para el trabajo doméstico se pueden encontrar en un ensayo escrito por Mariarosa dalla Costa titulado Las mujeres y la subversión de la comunidad[15]. En este texto, Dalla Costa defiende una redefinición de las tareas del hogar basada en su tesis de que el carácter privado de los servicios que se prestan en el hogar, en realidad, es una ilusión. Ella mantiene que el ama de casa solo parece estar atendiendo las necesidades privadas de su marido y de sus hijos porque, en realidad, los auténticos beneficiarios de sus servicios son el patrón, en esos momentos, de su marido y los futuros patrones de sus hijos.
«La mujer […] ha sido aislada en la casa, forzada a llevar a cabo un trabajo que se considera no cualificado: el trabajo de dar a luz, criar, disciplinar y servir al obrero para la producción. Su papel en el ciclo de la producción social ha permanecido invisible porque solo el producto de su trabajo, el trabajador, era visible.»[16]
La exigencia de una retribución para las amas de casa se basa en la presunción de que ellas producen una mercancía poseedora de la misma importancia y del mismo valor que las mercancías producidas por sus maridos en el trabajo. En sintonía con la lógica de Dalla Costa, el movimiento a favor de un salario para el trabajo doméstico define a las amas de casa como las creadoras de la fuerza de trabajo que los miembros de su familia venden como mercancías en el mercado capitalista.
Dalla Costa no fue la primera teórica en proponer este análisis de la opresión de las mujeres. Tanto Mary Inman en su libro In Woman’s Defense (1940)[17] como Margaret Benston en «The Political Economy of Women’s Liberation» (1969)[18] definen el trabajo doméstico de tal forma que colocan a las mujeres dentro de una clase específica de la fuerza de trabajo explotada por el capitalismo que se denomina las «amas de casa». Es indudable que las funciones procreadoras, de crianza de los niños y de mantenimiento del hogar de las mujeres hacen posible que los miembros de sus familias trabajen, es decir, que intercambien su fuerza de trabajo por salarios. Pero ¿de ello se deduce automáticamente que las mujeres en general, independiente de su raza y de su clase, pueden ser, en un plano elemental, definidas por sus funciones domésticas? ¿Se deduce automáticamente que el ama de casa es, en realidad, una trabajadora oculta dentro del proceso de producción capitalista?
Si la Revolución Industrial produjo la separación estructural entre la economía doméstica y la economía pública, el trabajo doméstico no puede ser definido como un elemento integrante de la producción capitalista. Más bien, este se encuentra ligado a la producción en tanto que precondición. En última instancia, el empresario no está preocupado por el modo en el que se produce y se sostiene la fuerza de trabajo, puesto que a él solo le preocupa su disponibilidad y su capacidad para generar beneficios. En otras palabras, el proceso de producción capitalista presupone la existencia de una masa explotable de trabajadores.
«El reemplazo de la fuerza de trabajo (de los trabajadores) no es una parte del proceso de producción social, sino un prerrequisito del mismo. Tiene lugar fuera del proceso de trabajo. Su función es la conservación de la existencia humana, que es el fin último de la producción en todas las sociedades.»[19]
En la sociedad sudafricana, donde el racismo ha llevado la explotación económica a sus límites más brutales, la economía capitalista traiciona su separación estructural de la vida doméstica de un modo en particular violento. Sencillamente, los artífices sociales del apartheid han determinado que el trabajo negro proporciona más beneficios cuando la vida doméstica está excluida por completo. Los hombres negros son considerados unidades de trabajo cuyo potencial productivo les dota de valor para la clase capitalista. Pero sus esposas y sus hijos…
«[…] son apéndices superfluos, es decir, no productivos, las mujeres no son más que accesorios de la capacidad procreadora que posee la unidad de fuerza de trabajo masculina negra.»[20]
Esta caracterización de la mujer africana como «apéndice superfluo» no tiene mucho de metáfora. A tenor de la legislación sudafricana, las mujeres negras tienen prohibida la entrada en las zonas blancas (¡el 87 por 100 del país!), que en la mayoría de los casos son las ciudades donde viven y trabajan sus maridos.
Los defensores del apartheid consideran que la vida doméstica negra en los centros industriales de Sudáfrica es superflua y carece de rentabilidad. Pero, también, que supone una amenaza.
«Los funcionarios del gobierno reconocen el papel de las mujeres en la formación de los hogares y temen que su presencia en las ciudades conduzca al establecimiento de una población negra estable.»[21]
La consolidación de familias africanas en las ciudades industrializadas es percibida como una amenaza porque la vida doméstica podría convertirse en una base para aumentar el nivel de resistencia al apartheid. Esta es la razón por la que, a un elevado número de mujeres con permisos de residencia en las zonas blancas, se les asigna vivir en residencias segregadas por un criterio sexual. Las mujeres casadas, así como las solteras, terminan viviendo en estas viviendas de construcción oficial donde la vida familiar está rigurosamente prohibida, de modo que los esposos no pueden visitarse y que ni la madre ni el padre pueden recibir visitas de sus hijos.[22]
Este intenso ataque contra las mujeres negras en Sudáfrica ya ha pasado su factura, puesto que hoy solo el 28,2 por 100 opta por el matrimonio[23]. Por razones de rentabilidad económica y de seguridad política, el apartheid está erosionando —con el objetivo evidente de destruirlo— el propio tejido de la vida doméstica negra. De este modo, el capitalismo sudafricano demuestra, de manera desgarradora, hasta qué punto la economía capitalista es dependiente del trabajo doméstico.
El gobierno no tendría por qué haber emprendido la disolución deliberada de la vida familiar en Sudáfrica si en verdad sucediera que los servicios prestados por las mujeres en el hogar fueran un elemento constitutivo, esencial, del trabajo asalariado bajo el capitalismo. El hecho de que la versión sudafricana del capitalismo pueda prescindir de la vida doméstica es una consecuencia de la separación entre la economía privada del hogar y el proceso de producción en la esfera pública que caracteriza a la sociedad capitalista en su conjunto. Todo parece indicar que resulta fútil sostener, en virtud de la lógica interna del capitalismo, que las mujeres tendrían que ser retribuidas por el trabajo doméstico.
No obstante, aun aceptando que la teoría subyacente a la reivindicación del salario padece una debilidad incurable, a un nivel político podría ser deseable insistir en que las amas de casa deben ser retribuidas. ¿No se podría apelar a un imperativo moral para fundamentar el derecho de las mujeres a cobrar por las horas que dedican al trabajo doméstico? Es probable que a muchas mujeres les suene bastante atractiva la idea de pagar un talón a las amas de casa. Pero seguro que esta atracción no duraría mucho. Porque ¿cuántas de esas mujeres estarían en verdad dispuestas a resignarse a realizar las tareas nada prometedoras e interminables del hogar solo por un salario? Tampoco está claro que un sueldo alteraría el hecho descrito por Lenin:
«[…] el banal trabajo doméstico frustra, estrangula, embrutece y degrada [a la mujer], la encadena a la cocina y al cuidado de los niños y hace que malgaste su fuerza de trabajo en una labor penosa, salvajemente improductiva, banal, irritante, embrutecedora y frustrante.»[24]
Todo indica que estos cheques salariales para las amas de casa, emitidos por el gobierno, legitimarían más esta esclavitud doméstica.
El hecho de que las mujeres que dependen para subsistir del sistema público de protección social pocas veces hayan exigido una compensación por asumir las responsabilidades domésticas ¿no es una crítica implícita al movimiento por el salario doméstico? La consigna en la que en la mayoría de las ocasiones se articula la alternativa inmediata que ellas proponen al deshumanizante sistema asistencial no ha sido «un salario para el trabajo doméstico», sino preferiblemente «una renta anual garantizada para todos». Sin embargo, su deseo a largo plazo es un empleo y un servicio de atención a la infancia público y accesible. Por lo tanto, la renta anual garantizada sirve como un seguro de desempleo hasta que no se creen más puestos de trabajo dotados de salarios adecuados y esto no vaya acompañado de un sistema de financiación pública de atención a la infancia.
La naturaleza problemática de la estrategia que consiste en exigir un «salario para el trabajo doméstico» se pone de manifiesto en las experiencias de otro grupo de mujeres. Las mujeres de la limpieza, las empleadas de hogar, o las criadas, son las que saben mejor que nadie lo que significa recibir un salario por este trabajo. La película de Ousmane Sembene titulada La Noire de… captura de modo brillante su trágica situación[25]. La protagonista de la película es una joven senegalesa que, después de intentar encontrar trabajo, se convierte en la institutriz de una familia francesa que reside en Dakar. Cuando la familia regresa a Francia, ella les acompaña llena de ilusiones. Sin embargo, al llegar a este país, no solo tiene que responsabilizarse de los niños sino que, además, tiene que cocinar, limpiar, lavar y realizar todo el resto de las tareas de la casa. No pasa mucho tiempo antes de que su inicial entusiasmo haya dejado paso a una depresión tan profunda que le lleve a rechazar la paga ofrecida por sus empleadores. El salario no puede compensar su situación sumamente parecida a la de una esclava. Como no dispone de los medios para regresar a Senegal, le embarga la desesperación y opta por el suicidio ante un destino indefinido de dedicación a cocinar, barrer, limpiar el polvo, fregar, etcétera.
En Estados Unidos, las mujeres de color —y, en especial, las mujeres negras— llevan un sinfín de décadas recibiendo salarios por el trabajo doméstico. En 1910, cuando más de la mitad de las mujeres negras tenía un empleo fuera de su hogar, una tercera parte de ellas trabajaba como empleada doméstica asalariada. En 1920 más de la mitad tenía un trabajo en el servicio doméstico y en 1930 la proporción había aumentado hasta alcanzar a tres de cada cinco[26]. Una de las consecuencias de la enorme transformación operada en el empleo femenino durante la Segunda Guerra Mundial fue el ansiado declive en el número de mujeres negras en este sector. Sin embargo, en 1960, un tercio de todas las que tenían un puesto de trabajo todavía estaba atrapada en sus ocupaciones tradicionales[27]. Su proporción en el servicio doméstico no tomó una dirección definitivamente descendente hasta que el trabajo de oficina no se volvió algo más accesible para ellas. En la actualidad la cifra se sitúa alrededor del 13 por 100.[28]
Las enervantes obligaciones domésticas descargadas sobre el conjunto de las mujeres proporcionan una muestra flagrante del poder del sexismo. A raíz de la injerencia añadida del racismo, un ingente número de mujeres negras ha tenido que hacer frente a sus propias labores del hogar y, también, a las tareas domésticas de otras mujeres. Y, en muchas ocasiones, las exigencias del trabajo en la casa de una mujer blanca han obligado a la empleada doméstica a desatender su propio hogar e incluso a sus propios hijos. Como trabajadoras del hogar asalariadas, ellas han sido llamadas a ser esposas y madres subrogadas en millones de hogares blancos.
Durante sus más de cincuenta años de esfuerzos por organizarse, las empleadas domésticas han intentado redefinir su trabajo oponiéndose al papel de ama de casa subrogada. Las labores del ama de casa son interminables e indefinidas. Lo primero que han exigido las trabajadoras del hogar es una clara delimitación de las tareas que se espera que realicen. El nombre mismo de uno de los sindicatos de empleadas domésticas más importantes en la actualidad —Técnicas del Hogar de Estados Unidos [Household Technicians of America]— incide en su rechazo a servir de amas de casa subrogadas cuyo trabajo es «simplemente las tareas propias del hogar». Mientras las trabajadoras domésticas permanezcan a la sombra del ama de casa, continuarán recibiendo salarios mucho más cercanos a la «asignación» del ama de casa que al cheque salarial de un trabajador. Según la Comisión Nacional para el Empleo Doméstico, en 1976 el salario medio de un técnico del hogar con una jornada laboral completa era solo de 2,732 dólares, y dos tercios de los mismos percibía menos de 2 dólares[29]. A pesar de que han transcurrido muchos años desde que se extendió la protección de la regulación del salario mínimo al personal empleado en el servicio doméstico, en 1976 un asombroso 40 por 100 recibía salarios muy por debajo del mínimo establecido. El movimiento a favor del salario por el trabajo doméstico asume que si las mujeres cobraran por ser amas de casa disfrutarían de un status social más elevado. Sin embargo, nada de ello se deduce del dilatado pasado de luchas protagonizado por la trabajadora doméstica retribuida, cuya condición es más paupérrima que la de ningún otro grupo de trabajadores bajo el capitalismo.
Más del 50 por 100 de las mujeres estadounidenses trabaja para mantenerse, constituyendo el 41 por 100 de la fuerza de trabajo del país. Sin embargo, hoy día, un gran número de ellas es incapaz de encontrar un empleo digno. Al igual que el racismo, el sexismo es una de las justificaciones más importantes para explicar las elevadas tasas de desempleo femenino. En realidad, muchas mujeres son «solo amas de casa» porque son trabajadoras desempleadas. Por lo tanto, ¿no cabe que sea más efectivo, para transformar el papel de «solo ama de casa», exigir empleos para las mujeres en condiciones de igualdad con los hombres y presionar para obtener servicios sociales —como, por ejemplo, de atención a la infancia— y beneficios laborales —como permisos de maternidad, etc.— que permitan a más mujeres trabajar fuera de casa? El movimiento a favor del salario por el trabajo doméstico desalienta a las mujeres a salir de casa en busca de empleo, sosteniendo que «la esclavitud en la cadena de montaje no es la liberación de la esclavitud en la pila de la cocina»[30]. No obstante, las portavoces de la campaña insisten en que no promueven la continuación del confinamiento de las mujeres dentro del entorno aislado de sus hogares. Proclaman que aunque se niegan a trabajar en el mercado capitalista per se, no desean asignar a las mujeres la responsabilidad definitiva de las tareas del hogar. En palabras de una representante estadounidense de este movimiento:
«[…] no estamos interesadas en hacer más eficiente o más productivo nuestro trabajo para el capital. Nos interesa reducir nuestro trabajo y, en último término, la negación absoluta a realizarlo. Pero mientras sigamos trabajando en la casa a cambio de nada, nadie prestará en verdad atención a cuánto tiempo trabajamos y a lo duro que lo hacemos. Porque el capital solo introduce tecnología avanzada para reducir los costes de producción después de que la clase obrera haya conseguido victorias salariales. Solo si contabilizamos nuestro coste de producir (es decir, si hacemos que no sea rentable) el capital «descubrirá» la tecnología para aminorar dicho coste. Hoy día a menudo tenemos que salir a cumplir con otro turno de trabajo para poder permitimos el lavaplatos que reduce nuestro trabajo doméstico.»[31]
Una vez que las mujeres hayan alcanzado el derecho a percibir un salario por su trabajo, podrán exigir salarios más elevados y, de este modo, obligar a los capitalistas a emprender la industrialización del trabajo doméstico. ¿Se trata de una estrategia concreta para la liberación de las mujeres o de un sueño irrealizable? ¿Cómo se supone que las mujeres van a conducir la lucha inicial por el salario? Dalla Costa recomienda la huelga de las amas de casa:
«Debemos rechazar la casa porque queremos unirnos a otras mujeres para luchar contra todas las situaciones que parten del supuesto de que las mujeres permanecerán en la casa […]. Abandonar la casa es ya una forma de lucha porque los servicios sociales que desempeñamos dejarían de ser llevados a cabo en esas condiciones.»[32]
Pero, si las mujeres han de dejar la casa, ¿adónde van a ir? ¿Cómo se unirán a otras mujeres? ¿En verdad van a dejar sus hogares movidas por el único deseo de protestar por su trabajo doméstico? ¿No es mucho más realista invitar a las mujeres a «dejar la casa» para buscar un empleo o, al menos, para participar en una campaña masiva a favor de empleos dignos para las mujeres? Por supuesto, bajo las condiciones del capitalismo el trabajo significa trabajo embrutecedor. Y, por supuesto, no es creativo y sí es alienante. Pero a pesar de todo ello, el hecho sigue siendo que en el trabajo las mujeres pueden unirse con sus hermanas —y, de hecho, con sus hermanos— en aras de desafiar a los capitalistas en el centro de producción.
Como trabajadoras, y como militantes activistas en el movimiento obrero, las mujeres pueden generar la fuerza real para luchar contra el pilar y el beneficiario del sexismo, que no es otro que el sistema capitalista monopolista.
Si la estrategia del salario para el trabajo doméstico apenas sirve para proporcionar una solución a largo plazo al problema de la opresión de las mujeres, tampoco aborda, en lo sustantivo, el profundo descontento que sienten las amas de casa. Recientes estudios sociológicos han revelado que las amas de casa actuales están más frustradas con sus vidas que en ninguna época anterior. Cuando Ann Oakley realizó una serie de entrevistas para su libro The Sociology of Housework[33], descubrió que incluso las amas de casa que en un principio parecían no estar preocupadas por su trabajo doméstico acababan expresando una honda insatisfacción. Los siguientes comentarios provenían de una mujer que tenía un empleo externo en una fábrica:
«(¿Te gusta el trabajo doméstico?). Me da igual […]. Supongo que me es indiferente porque no le dedico todo el día. Voy a trabajar y solo hago el trabajo doméstico la mitad del tiempo. Si lo hiciera durante todo el día no me gustaría; el trabajo de la mujer nunca se acaba, te pasas el día trajinando e incluso antes de irte a la cama te queda algo que hacer como vaciar ceniceros o fregar unas copas. No paras de trabajar. Todos los días lo mismo; no puedes decir cosas como que no lo vas a hacer; porque tienes que hacerlo. Como preparar la comida: se tiene que hacer porque si tú no lo haces los niños no comen […]. Supongo que te acostumbras, simplemente lo haces de manera automática […]. Soy más feliz en el trabajo que en casa.
(¿Cuáles dirías que son las peores cosas que tiene ser ama de casa?). Supongo que tienes días con la sensación de que te levantas y de que tienes que hacer las mismas cosas de siempre y de que te aburres, que estás estancada en la misma rutina. Creo si le preguntas a cualquier ama de casa, si es honesta, te dirá que la mitad del tiempo se siente como una esclava; todo el mundo piensa cuando se levanta por la mañana: «Oh no, hoy tengo que hacer las mismas cosas de siempre, hasta que me acueste por la noche». Es siempre hacer lo mismo, es un aburrimiento.»[34]
¿Los salarios disminuirán el aburrimiento? Por supuesto, esta mujer diría que no. Un ama de casa que no trabajaba fuera de su domicilio habló a Oakley del carácter obligatorio del trabajo doméstico:
«Supongo que lo peor es que tienes que hacer el trabajo porque estás en casa. Aunque tengo la opción de no hacerlo, no siento que en verdad pudiera no hacerlo porque tendría que hacerlo.»[35]
Lo más probable es que recibir un salario por hacer este trabajo agravaría la obsesión de esta mujer.
Oakley llegó a la conclusión de que el trabajo doméstico, en particular cuando ocupa toda la jornada, invade tanto la personalidad femenina que el ama de casa se torna indistinguible de su trabajo.
«El ama de casa es, en gran medida, el trabajo que realiza: por ello la separación entre los elementos subjetivos y objetivos en la situación que se crea es, en esencia, más difícil de establecer.»[36]
A menudo, el efecto psicológico es una personalidad trágicamente inmadura y abrumada por sentimientos de inferioridad. Es muy difícil que la liberación psicológica se pueda alcanzar pagando un salario al ama de casa.
Otros estudios sociológicos han confirmado la honda desilusión que sufren las amas de casa contemporáneas. En las entrevistas realizadas por Myra Feree[37] a más de cien mujeres en una comunidad obrera cercana a Boston, «casi el doble de las amas de casa, con respecto a las esposas empleadas, manifestaron estar descontentas con sus vidas». Como es lógico, la mayoría de las mujeres trabajadoras no tenían trabajos per se gratificantes: eran camareras, empleadas fabriles, mecanógrafas, dependientas en supermercados y en grandes almacenes, etc. Sin embargo, su facultad para dejar el aislamiento de sus hogares «saliendo fuera y viendo a otra gente» era tan importante para ellas como sus salarios. ¿Las amas de casa que sentían que se estaban «volviendo locas quedándose en casa» acogerían con agrado la idea de recibir un salario por volverse locas? Una mujer se lamentaba de que «quedarse en casa todo el día es como estar en la cárcel», ¿los salarios derribarían los muros de las prisiones? El único camino realista para escapar de esta cárcel es la búsqueda de un trabajo fuera del hogar.
Cada una de las más del 50 por 100 de las mujeres estadounidenses que en la actualidad trabajan es un poderoso argumento para aliviar la carga del trabajo doméstico. De hecho, los empresarios capitalistas ya han comenzado a explotar la nueva necesidad histórica de las mujeres de emanciparse de su papel de amas de casa. Innumerables y boyantes cadenas de comida rápida como McDonald y Kentucky Fried Chicken confirman el hecho de que si hay más mujeres en el trabajo ello significa que hay menos comidas preparadas en casa. Aparte de la mala calidad de la comida, de que su nivel nutritivo deje mucho que desear y de que exploten a sus trabajadores, el despliegue de estas cadenas de comida rápida llama la atención sobre el hecho de que el ama de casa está tocando a su fin. Como es natural, se necesitan nuevas instituciones sociales que asuman buena parte de sus antiguas tareas. Este es el desafío que se deriva de las copiosas filas de mujeres en la clase obrera. La demanda de una atención a la infancia universal y financiada públicamente es una consecuencia directa del creciente número de madres trabajadoras. Y a medida que más mujeres se organicen en torno a la reivindicación de que se creen más empleos —de empleos en condiciones de plena igualdad con los hombres—, de manera progresiva se irán planteando más cuestiones importantes sobre la futura viabilidad de las labores de ama de casa de las mujeres. Es muy probable que «la esclavitud en la cadena de montaje» no sea en sí misma la «liberación de la pila de la cocina», pero no cabe duda de que la cadena de montaje es el mayor incentivo para que las mujeres hagan presión para acabar con su vieja esclavitud doméstica.
La abolición del trabajo doméstico como responsabilidad exclusiva e individual femenina es un objetivo estratégico de la liberación de las mujeres. Pero la socialización de este trabajo —incluida la preparación de las comidas y el cuidado de los niños— presupone el final del reinado de la búsqueda del beneficio en la economía.
De hecho, el único paso significativo para terminar con la esclavitud doméstica se ha dado en los países socialistas.
Por lo tanto, las mujeres trabajadoras tienen un interés especial, y vital, en la lucha por el socialismo.
Bajo el capitalismo, las campañas a favor de que se creen más empleos en igualdad de condiciones con los hombres, acompañadas de movimientos a favor de instituciones que proporcionen una atención a la infancia pública y subvencionada, contienen un potencial revolucionario explosivo. Esta estrategia cuestiona la validez del capitalismo monopolista y, en última instancia, debe indicar el camino al socialismo.

Notas:

[1] A. Oakley, Woman’s Work The Housewife Past and Present, Nueva York, cit., p. 6.
[2] Barbara Ehrenreich y Deirdre English, «The Manufacture of Housework», Socialist Revolution 26, vol. 5, núm. 4 (octubre-diciembre de 1975), p. 6.
[3] Friedrich Engels, Origen of the Family, Private Property and the State, ed. e intro. de Eleanor Burke Leacock, Nueva York, International Publishers, 1973. Véase capítulo II. La introducción de Leacock a esta edición contiene numerosas observaciones esclarecedoras sobre la teoría de Engels acerca de la emergencia histórica de la dominación masculina [ed. cast.: El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, Madrid, Fundamentos, 1982].
[4] B. Wertheimer, We Were There: The Story of Working Women in America, cit., p. 12.
[5] B. Ehrenreich y D. English, «Microbes and the Manufacture of Housework», cit., p. 9.
[6] B. Wertheimer, We Were There: The Story of Working Women in America, cit., p. 12.
[7] Citado en R. Baxandall et al. (eds.), America’s Working Women: A Documentary History — 1600 to the Present, cit., p. 17.
[8] B. Wertheimer, We Were There: The Story of Working Women in America, cit., p. 13.
[9] B. Ehrenreich y D. English, «The Manufacture of Housework», cit, p. 10.
[10] Charlotte Perkins Gilman, The Home: Its Work and Its Influence [1903], Urbana, Chicago y Londres, University of Illinois Press, 1972, pp. 30–31.
[11] Ibíd., p. 10.
[12] Ibíd., p. 217.
[13] W. E. B. DuBois, Darkwater, cit., p. 185.
[14] Discurso pronunciado por Polga Fortunata. Citado en Wendy Edmon y Suzie Fleming (eds.), All Work and No Pay. Women, Housework and the Wages Due!, Bristol, Falling Wall Press, 1975, p. 18.
[15] Mariarosa dalla COsta y Selma James, The Power of Women and the Subversion of the Community, Bristol, Falling Wall Press, 1973 [ed. cast.: El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, México, Siglo XXI, 1975].
[16] Ibíd., p. 28.
[17] Mary Inman, In Woman’s Defense, Los Angeles, Comittee to Organize the Advancement of Women, 1940. Véase, también, de la misma autora, The Two Forms of Production Under Capitalism, Long Beach, California, publicado por la autora, 1964.
[18] Margaret Benston, «The Political Economy of Women’s Liberation», Monthly Review XXI, 4 (septiembre de 1969).
[19] «On the Economic Status of the Housewife», comentario editorial en Political Affairs LIII, 3 (marzo de 1974), p. 4.
[20] Hilda Bernstein, For TheirTriumphs and For Their Tears: Women in Apartheid South Africa, Londres, International Defence and Aid Fund, 1975, p. 13.
[21] Elizabeth Landis, «Apartheid and the Disabilities of Black Women in South África», Objective: Justice VII, 1 (enero-mayo de 1975), p. 6. Algunos fragmentos de este documento fueron publicados en Freedomways XV, 4 (1975).
[22] H. Bernstein, For Their Triumphs and For Their Tears: Women in Apartheid South Africa, cit., p. 33.
[23] E. Landis, «Apartheid and the Disabilities of Black Women in South Africa», cit., p. 6.
[24] Vladimir llich Lenin, «A Great Beginning», panfleto publicado en julio de 1919. Citado en Collected Works, vol. 29, Moscú, Progress Publishers, 1966, p. 429.
[25] Estrenada en Estados Unidos bajo el título de Black Girl.
[26] J. J. Jackson, «Black Women in a Racist Society», cit., pp. 236–237.
[27] Victor Perlo, Economics of Racism U.S.A., Roots of Black Inequality, Nueva York, International Publishers, 1975, p. 24.
[28] R. Staples, The Black Women in America, cit., p. 27.
[29] Daily World, 26 de julio de 1977, p. 29.
[30] M. Dalla Costa y S. James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, cit., p. 42.
[31] Pat Sweeney, «Wages for Housework: The Strategy for Women’s Liberation», Heresies (enero de 1977), p. 104.
[32] M. Dalla Costa y S. James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, cit., p. 51.
[33] Ann Oakley, The Sociology of Housework, Nueva York, Pantheon Books, 1974.
[34] Ibíd., p. 65.
[35] Ibíd., p. 44.
[36] Ibíd., p. 53.
[37] Myra Feree, Psychology Today X, 4 (septiembre de 1976), p. 76.